Isabella Mondragón es una joven que, en su primera vida, crece sin el cariño suficiente de su padre y se enamora de un duque joven y atento. Por descuido y traiciones en la corte, su vida termina trágicamente; su padre, desesperado, usa un hechizo prohibido para retroceder en el tiempo y tratar de salvarla, pagando un precio alto por ese poder. Gracias a ese retroceso, Isabella vuelve nueve años atrás: recupera una edad distinta y la oportunidad de rehacer su destino sin que todos sepan lo ocurrido en su anterior vida.....
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Capítulo 18
Las tropas del Trébol se reúnen para una nueva ofensiva.
Mientras Isabella y Mateo se adentraban en el corazón del territorio enemigo, en las afueras de la capital se estaba gestando un milagro que pocos creían posible. Por primera vez en siglos, los estandartes de las grandes casas —el Trébol de los Cylrus, el Dragón de los Mondragón, el Cuervo de los BlackRaven y el León de los Melgarejo leales— ondeaban juntos bajo un mismo cielo.
Viktor Mondragón, vestido con su armadura de combate completa, caminaba por las líneas de fuego de los campamentos. A su lado, Vladislav intentaba mantener el paso, con una expresión de seriedad impropia de sus quince años.
—¿Crees que lleguen a tiempo, padre? —preguntó el joven, mirando hacia el horizonte oscurecido del Este.
—Tu hermana es la mujer más fuerte que este imperio ha conocido, Vladislav —respondió Viktor, aunque sus ojos buscaban cualquier señal de los mensajeros de viento—. Pero el valor de un líder se mide por la fe que inspira en los que se quedan. Mira a tu alrededor.
Vladislav observó. Vio a campesinos que habían tomado guadañas y las habían reforzado con acero, entrenando junto a caballeros de élite. Vio a María y Ximena organizando tiendas de campaña donde sanadores de diferentes provincias compartían sus secretos de medicina, olvidando antiguas rivalidades. Vio a la Princesa Paula entregando raciones de comida personalmente, rompiendo la barrera entre la realeza y el pueblo.
—Esto es lo que Isabella quería —dijo Elisa, uniéndose a ellos. Llevaba una túnica de viaje y un báculo de madera de roble—. No solo ganar una guerra, sino unir las piezas de un imperio roto.
En el centro del campamento, el Emperador Mario salió de su tienda. Ya no vestía sus ropas de seda, sino una coraza funcional. Se dirigió al estrado improvisado. Miles de soldados guardaron silencio.
—Soldados del Trébol —comenzó Mario, y su voz, aunque cansada, recuperó algo de su antigua autoridad—. He fallado como soberano al permitir que la ambición nos cegara. He permitido que el veneno de la traición se filtrara en mi corte. Pero hoy, no les hablo como su Emperador por derecho divino, sino como un hombre que desea que sus hijos tengan un mañana. Lady Isabella y Lord Mateo están luchando en la oscuridad por nosotros. Nuestra tarea es asegurarnos de que tengan un mundo al cual regresar. ¡Por el Trébol y por la Luz!
—¡Por el Trébol y por la Luz! —el grito de miles de gargantas sacudió la tierra, elevando la moral a niveles que no se veían desde la fundación del imperio.
La moral es alta, pero las dudas persisten sobre el futuro.
Sin embargo, detrás de los vítores, la realidad técnica era sombría. Santiago se acercó a Viktor con un informe reciente.
—Duque, las noticias de las provincias del Sur son desastrosas. La erosión del vacío está acelerándose. Si Isabella no destruye el ancla en las próximas cuarenta y ocho horas, el suelo que estamos pisando se convertirá en ceniza. No importa cuántos soldados tengamos si no hay tierra firme para luchar.
Viktor asintió, apretando el puño.
—Lo sé. Por eso esta ofensiva no es para ganar terreno, sino para distraer a las fuerzas de Melgarejo. Si atacamos el frente con todo lo que tenemos, obligaremos a sus "Segadores" a retroceder para defender la frontera, quitándole presión a Isabella y Mateo en su infiltración.
—Es una misión de sacrificio —murmuró Vladislav, entendiendo finalmente por qué su padre le había pedido que cuidara de Elisa si algo sucedía.
—Toda guerra lo es, hijo —dijo Viktor, mirando al joven con orgullo y tristeza—. Pero preferiría morir defendiendo esta unidad que vivir un siglo en la soledad de nuestra antigua gloria.
Esa noche, el campamento fue un hervidero de actividad. Los capitanes Daniel y Adrián revisaban los mapas de ataque. Regina y Martina preparaban las unidades de arqueros con flechas embebidas en fuego sagrado. Había una sensación de hermandad que trascendía los rangos.
Sin embargo, en las sombras, las dudas seguían susurrando. Algunos soldados veteranos recordaban la masacre del Norte y se preguntaban si esta vez la magia de Isabella sería suficiente contra una entidad que no parecía seguir las reglas de la naturaleza.
—He visto hombres volverse locos solo por mirar el vacío —comentó un soldado joven mientras afilaba su espada.
—Yo también —respondió su compañero—. Pero he visto a Lady Mondragón caminar entre los rayos y salir ilesa. Si ella cree que hay esperanza, yo la seguiré hasta el fin del mundo.
Al caer la medianoche, una bengala de color azul brillante —la señal de Isabella— iluminó débilmente el cielo del lejano Este. Era la señal para que el ejército iniciara su marcha.
Viktor montó en su semental blanco y desenvainó su espada de hielo.
—¡Avancen! —ordenó.
El rugido del ejército al ponerse en marcha fue ensordecedor. Pero mientras los soldados marchaban con la cabeza alta, los líderes compartían una mirada silenciosa. Sabían que esta era la última jugada del tablero. Si Isabella fallaba en el corazón del enemigo, no habría retirada posible. El futuro del Imperio del Trébol, y de cada alma dentro de él, pendía del hilo más delgado de esperanza: el amor de una pareja y la fuerza de un imperio que finalmente había aprendido a ser uno solo.
La moral era alta, pero en el silencio de la noche, cada hombre y mujer se preguntaba si el sol que verían mañana sería el último de su existencia. El viaje hacia la batalla final había comenzado, y no había vuelta atrás.