En este juego de espejos, nadie es quien dice ser y la moneda está a punto de caer del lado de la justicia... o del caos.
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capitulo 5
El frío de la sala de interrogatorios todavía calaba en mis huesos cuando me escoltaron de regreso a la mansión de madrugada. No me llevaron a mi habitación, sino al despacho de mi padre. El silencio de la casa era absoluto, una calma antinatural que precedía al desmembramiento de mi alma.
Allí estaban los tres. Arturo, sentado tras su escritorio de caoba como un juez de la inquisición; Beatriz, de pie junto a la ventana, dándome la espalda mientras sostenía una copa de brandy; e Isabella, acurrucada en un sillón, envuelta en una manta de cachemira, con los ojos rojos y una expresión de fragilidad que habría engañado a un santo.
—Siéntate, Marina —dijo Arturo. Su voz no era de preocupación, sino de mando.
Me senté. Mis manos todavía tenían rastros de la sangre seca de aquella chica, Lucía. Me miré las uñas, sintiendo que el mundo giraba demasiado rápido.
—He hablado con el comisario —continuó mi padre, entrelazando sus dedos sobre el escritorio—. El informe preliminar es desastroso. Un muerto. Exceso de velocidad. El coche está a nombre de esta familia. Los medios de comunicación olerán la sangre en cuestión de horas si no controlamos la narrativa.
—Papá... Isabella conducía —susurré. Mi voz sonó rota, pequeña—. Ella estaba ebria. Yo intenté detenerla. Tenéis que decirle a la policía la verdad.
Beatriz se giró bruscamente. Sus ojos, antes distantes, ahora ardían con un odio gélido.
—¿La verdad, Marina? ¿Tu verdad? —espetó mi madre—. La verdad es que Isabella tiene un compromiso que salvará esta familia. La verdad es que ella es la imagen de nuestra fundación. Si ella va a la cárcel por "conducir ebria", no solo pierde ella; perdemos todos. El apellido De la Vega quedará arrastrado por el fango.
—¿Y yo? —pregunté, sintiendo un nudo de pánico apretándome la garganta—. ¿Mi vida no importa?
Arturo se inclinó hacia delante. La luz de la lámpara de escritorio acentuaba las sombras de su rostro, haciéndolo parecer una gárgola de piedra.
—Miremos las cosas con frialdad, como adultos —dijo él—. Tú acabas de llegar. Nadie en esta ciudad sabe quién eres. Eres una página en blanco. Si tú asumes la responsabilidad, diremos que fue un trágico accidente de una joven inexperta que no conocía bien la carretera. No hubo alcohol en tu sangre. Los abogados alegarán que la niebla y un fallo mecánico fueron los culpables.
—¡Pero no fue así! —grité, levantándome de la silla—. ¡Ella mató a esa chica! ¡Yo vi sus ojos cuando murió!
Isabella soltó un sollozo desgarrador, ocultando el rostro entre sus manos.
—¡Lo siento, Marina! ¡Lo siento tanto! —gimió ella con una actuación magistral—. Tienes razón, soy un monstruo... Iré yo. Iré a la cárcel y dejaré que papá pierda el contrato con los suizos. Dejaré que Federico rompa conmigo y que mamá caiga en una depresión. Es lo que merezco...
—¡Cállate, Isabella! —la cortó Beatriz, acercándose a ella para consolarla—. No digas estupideces. Tú tienes un futuro. Tú tienes responsabilidades.
Mi madre me miró de nuevo, esta vez con una frialdad que me detuvo el corazón.
—Marina, piensa en lo que tienes aquí. Nada. No tienes amigos, no tienes carrera, no tienes un nombre que proteger todavía. Si haces esto por nosotros, cuando salgas —porque te aseguro que saldrás pronto—, serás nuestra prioridad absoluta. Te daremos la herencia por adelantado. Te daremos el amor y el respeto que tanto anhelas. Serás, finalmente, una verdadera De la Vega.
El peso del sacrificio
Pasé las siguientes horas siendo bombardeada por sus argumentos. Fue una demolición controlada de mi voluntad.
—Es matemática simple, Marina —insistía Arturo—. Una pieza se sacrifica para salvar el tablero. Si Isabella cae, todos caemos. Si tú asumes esto, nosotros te sostendremos. Tendrás los mejores abogados que el dinero pueda comprar. No pisarás una celda común, te lo prometo. Moveré mis influencias.
—¿Y la familia de la chica? —pregunté, con la imagen de la bicicleta girando todavía en mi mente—. ¿Qué pasa con ellos?
—Se les indemnizará generosamente —dijo Arturo con un gesto de desdén—. La gente de esa clase entiende el lenguaje del dinero mejor que el de la justicia. Les daremos lo suficiente para que guarden silencio y sigan con sus vidas mediocres.
Caminé hacia la ventana. El amanecer empezaba a teñir el cielo de un gris plomizo. Me sentía atrapada en una red tejida con hilos de seda y espinas. Por un lado, la posibilidad de ser finalmente "parte de ellos", de comprar el afecto de mis padres con mi propia libertad. Por otro, la injusticia atroz de cargar con la culpa de un asesinato que no cometí.
Isabella se acercó a mí. Me tomó de las manos. Sus dedos estaban calientes, a diferencia de los míos que parecían hielo.
—Marina, te lo ruego —susurró, con lágrimas reales o muy bien fingidas rodando por sus mejillas—. Si lo haces, te deberé mi vida. Seré tu esclava, tu hermana, tu mejor amiga. No dejes que me pudra en una celda. Yo no soy fuerte como tú. Tú has sobrevivido sola toda tu vida, tú sabes cómo luchar. Yo... yo me moriría allí dentro.
Esa frase fue la que terminó de romperme. "Tú eres fuerte". Era el cumplido más cruel que me habían hecho jamás. Me estaban castigando por mi resiliencia, usando mi capacidad de supervivencia como excusa para arrojarme a los lobos.
—¿Me prometéis que saldré pronto? —pregunté, mirando a Arturo.
—Tienes mi palabra de honor —dijo él, aunque ahora sé que el honor de un De la Vega vale menos que el papel en el que imprimen sus pagarés—. Seis meses, un año a lo sumo. Una mancha menor en un expediente que luego limpiaremos con una nueva identidad si es necesario.
—Está bien —susurré, sintiendo que una parte de mí moría en ese despacho—. Diré que yo conducía.
El pacto con el diablo
En cuanto las palabras salieron de mi boca, la atmósfera en la habitación cambió. La tensión se disipó como por arte de magia. Beatriz dejó su copa y me dio un beso en la frente, un gesto que en otro momento me habría hecho llorar de felicidad, pero que ahora se sentía como el beso de Judas.
—Eres una buena chica, Marina —dijo ella—. Sabía que podías ser una de los nuestros.
Arturo se levantó inmediatamente y empezó a hacer llamadas. Ya no era un padre, era un estratega militar.
—¿Comisario? Sí, mi hija Marina está lista para dar su declaración definitiva. Sí, ella estaba al volante. Estaba muy nerviosa, por eso la confusión inicial. No, Isabella estaba en estado de shock, no sabía lo que decía. Preparad los documentos. Mi abogado llegará en diez minutos.
Isabella me abrazó con una fuerza casi asfixiante.
—Gracias, gracias, gracias —repetía al oído.
Pero mientras me abrazaba, vi su reflejo en el espejo del despacho. La angustia había desaparecido de su rostro. Sus ojos ya no estaban empañados; estaban fijos en su propio reflejo, retocándose un mechón de pelo con una calma aterradora. Ya estaba pensando en el siguiente evento, en el compromiso, en su vida perfecta que acababa de ser salvada por la "pariente tosca".
Me llevaron de vuelta a la comisaría en un coche diferente. Ya no era el deportivo destrozado, sino una camioneta negra blindada. Durante el trayecto, el abogado de la familia, un hombre de rostro afilado llamado Valerius, me dio las instrucciones finales.
—No llores demasiado, pero no parezcas fría —decía, mientras revisaba unos papeles—. Di que te deslumbró un coche que venía en sentido contrario. Di que perdiste el control por la falta de experiencia con un motor tan potente. No menciones el alcohol de Isabella. Si te preguntan por qué ella gritaba que tú tenías la culpa, di que ella estaba intentando protegerte de la realidad, pero que tú no puedes vivir con la mentira.
—Entiendo —dije mecánicamente.
Entramos en la comisaría por la puerta trasera para evitar a los pocos periodistas que ya empezaban a merodear. Me sentaron frente a un detective de ojos cansados que me miró con una mezcla de lástima y sospecha.
—Entonces, señorita Marina De la Vega... ¿confirma usted que era la conductora del vehículo en el momento del impacto?
Miré hacia el cristal unidireccional. Sabía que detrás, mi padre y mi abogado me observaban. Sabía que mi destino estaba sellado por un pacto que yo misma había aceptado en un momento de debilidad y hambre de amor.
—Sí —dije, y sentí que una losa de cemento caía sobre mi pecho—. Yo conducía.
La primera grieta en la promesa
El proceso fue rápido, demasiado rápido. El "juicio exprés" que mi padre había prometido se puso en marcha con una eficiencia aterradora. Sin embargo, algo empezó a oler mal desde el primer día.
Las visitas de mis padres, que debían ser diarias, empezaron a espaciarse. "Estamos gestionando la prensa", decían. "Es mejor que no nos vean entrar y salir demasiado para no levantar sospechas sobre nuestra influencia", añadían.
Unos días antes del juicio, Isabella vino a verme. Traía flores y ropa nueva, pero no podía ocultar su impaciencia.
—Marina, el compromiso se ha adelantado —me dijo, sin mirarme a los ojos—. Papá dice que es mejor que todo quede zanjado pronto. No podré estar en la sala el día de la sentencia. Sería demasiado duro para mí verte allí, y los fotógrafos estarían encima de nosotros.
—Me prometiste que estarías a mi lado, Isabella —dije, agarrada a los barrotes de la sala de visitas—. Me dijiste que esto era un trámite.
—Y lo es, querida. Pero entiende mi posición. Federico está bajo mucha presión de su familia. Si se enteran de que estoy involucrada emocionalmente con una... criminal, aunque sea mi hermana y haya sido un accidente, las cosas podrían complicarse.
"Criminal". La palabra me golpeó como un rayo.
—¡Yo no soy una criminal! ¡Tú lo eres! —le siseé.
Ella se puso de pie, ajustándose el bolso de marca. Su máscara de amabilidad flaqueó por un segundo.
—Esa no es la versión que consta en las actas, Marina. Ten cuidado con lo que dices, incluso aquí. Papá está pagando mucho dinero para que estés "cómoda". No querrás que ese flujo de dinero se detenga, ¿verdad?
Salió de la sala sin mirar atrás. En ese momento, la venda se me cayó de los ojos. No me estaban protegiendo; me estaban enterrando. Me habían convencido de que "no tenía nada que perder" comparada con Isabella, pero en realidad me habían quitado lo único que me quedaba: mi integridad y mi futuro.
Esa noche, en mi celda preventiva, comprendí la magnitud de mi error. Mis padres no me habían traído de vuelta para amarme. Me habían traído para tener un repuesto, una pieza de recambio para cuando su hija perfecta cometiera un error fatal. Yo era el pararrayos de los De la Vega.
El capítulo de la manipulación terminaba con una Marina rota, pero con una semilla de duda que empezaba a germinar. Si ellos habían sido capaces de venderme por un contrato bancario y una boda de sociedad, yo sería capaz de cualquier cosa para verlos arder.
Pero antes de la venganza, vendría el dolor. Vendría el juicio, los testigos falsos comprados por mi propio padre y la mirada de triunfo de Isabella desde la distancia. Vendría la cárcel, el abandono total y los cinco años que transformarían mi corazón de carne en una piedra afilada.
La moneda había sido lanzada. Y mientras ellos celebraban su victoria en los salones de la mansión, yo empezaba a contar los días. No para mi liberación, sino para su final.