En un mundo donde la luna elige a quienes están destinados a amarse, Alessandra Montenegro Valerius ha pasado toda su vida huyendo de cualquier emoción. Fría, racional y convencida de que el amor solo destruye, ha construido una existencia perfecta… pero vacía.
Todo cambia cuando asiste al compromiso de su hermana y descubre que ese lugar no pertenece al mundo humano, sino a uno donde los hombres lobo gobiernan y los lazos del destino son imposibles de romper. Allí, no solo enfrentará secretos ocultos sobre su propia sangre —un antiguo linaje de brujas—, sino también al único hombre capaz de desafiar todo lo que cree: un rey que ha esperado siglos por ella.
Entre magia, poder, heridas del pasado y un amor que ninguno de los dos desea aceptar, Alessandra tendrá que decidir si seguir negando lo que siente… o arriesgarse a vivir por primera vez.
Porque a veces, el destino no pide permiso. Solo reclama lo que siempre fue suyo.
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CAPÍTULO 12: LOS QUE VINIERON DE LAS SOMBRAS
Alessandra no durmió esa noche.
No porque las sombras la inquietaran o porque el corazón no la dejara en paz. Era otra cosa. Era una sensación que no sabía nombrar, una presencia en el aire, algo que la observaba desde los bordes de su conciencia.
Se quedó en la ventana de su habitación, con las cortinas abiertas, mirando el lago que brillaba bajo la luna. Las sombras descansaban a sus pies, pero no estaban quietas. Se movían, lentamente, como si también sintieran algo en el aire.
Aeron había dicho que las sombras eran parte de ella. Que respondían a lo que ella sentía. Si se movían así, inquietas, era porque algo dentro de ella también lo estaba.
Cerró los ojos y trató de escuchar. No con los oídos. Con algo más profundo. Con ese lugar que había estado vacío tanto tiempo y ahora empezaba a llenarse.
Y entonces lo sintió.
No era un sonido. Era una vibración. Algo que venía del bosque, algo que se movía entre los árboles, algo que no pertenecía a este lugar.
Abrió los ojos. Las sombras a su alrededor se habían detenido, rígidas, como si también hubieran sentido algo.
—Aeron —susurró, sin saber si él podría escucharla.
Pero él siempre la escuchaba.
La puerta se abrió sin que nadie la tocara. Aeron estaba en el umbral, con el cabello desordenado y los ojos dorados brillando en la penumbra.
—Lo sentiste —dijo. No era una pregunta.
—¿Qué es?
—Vienen.
Bajaron las escaleras juntos. La casa estaba en silencio, pero no era el silencio del sueño. Era el silencio de la espera. Clarissa y Fiorella ya estaban en la cocina, con Sebastián y Nicolás. En sus rostros, la misma tensión que Alessandra sentía en el pecho.
—Están cerca —dijo Sebastián, con la voz baja—. Los sentí hace unos minutos.
—¿Cuántos? —preguntó Aeron.
—No lo sé. Al menos cinco. Tal vez más.
—¿Son ellos? —preguntó Fiorella, con una voz que intentaba ser firme pero temblaba—. ¿El aquelarre?
—Puede ser —respondió Nicolás—. O puede ser otra cosa.
—¿Otra cosa cómo qué?
Nicolás y Sebastián intercambiaron una mirada. Alessandra vio algo en sus ojos que no le gustó. Miedo.
—Hay cosas en este bosque más viejas que nosotros —dijo Nicolás—. Más viejas que los lobos. Más viejas que las brujas. Algunas están dormidas. Otras, esperan.
—¿Esperan qué? —preguntó Alessandra.
—A alguien que las despierte.
El silencio se hizo denso. Alessandra sintió que la sangre se le enfriaba, que las sombras a su alrededor se agitaban, que algo dentro de ella respondía a las palabras de Nicolás.
—¿Crees que yo las desperté? —preguntó—. ¿Con mi magia?
—No lo sabemos —respondió Aeron—. Pero no importa ahora. Lo que importa es protegerte.
—No quiero que nadie se lastime por mí.
Aeron se acercó. Tomó su rostro entre las manos, con una suavidad que contrastaba con la tensión en su mandíbula.
—No va a pasar. Porque no vamos a dejar que pase.
Alessandra quiso decir algo, quiso decirle que no valía la pena, que no merecía que arriesgaran sus vidas por ella. Pero las palabras no salieron. Porque en sus ojos dorados vio algo que no podía negar. Determinación. Y algo más. Algo que la dejó sin aliento.
Amor.
Salieron al jardín cuando la luna estaba en lo más alto. El cielo estaba despejado, las estrellas brillaban, y el lago reflejaba la luz como un espejo de plata. Pero algo en el aire había cambiado. Algo que Alessandra no podía ver pero sentía en la piel.
Las sombras se movían a su alrededor, más densas que nunca, como si también estuvieran alerta. Fiorella estaba a su lado, con las manos apretadas y los ojos fijos en el bosque. Clarissa, junto a Sebastián, con una luz tenue brillando en sus palmas.
—¿Estás lista? —preguntó Aeron.
—No. Pero igual voy.
Casi sonrió. Casi.
Los minutos pasaron lentos. El viento soplaba desde el bosque, trayendo aromas que Alessandra no reconocía: tierra mojada, hojas secas, algo más. Algo que olía a viejo, a dormido, a espera.
Y entonces los vio.
Salieron de entre los árboles como sombras que cobraban vida. Eran cinco, vestidos con túnicas oscuras que arrastraban por el suelo. Sus rostros estaban ocultos por capuchas, pero Alessandra sintió sus miradas como un peso en el pecho.
El que iba delante se detuvo a unos pasos del jardín. Sus manos estaban levantadas, y en ellas brillaba una luz que no era como la de Clarissa. Era más oscura. Más fría.
—Alessandra Montenegro Valerius —dijo, y su voz era áspera, como piedras rozándose—. Por fin te encontramos.
—¿Quiénes son? —preguntó Aeron, poniéndose delante de ella.
—Los que vinieron a reclamar lo que es nuestro.
—Ella no es de ustedes.
El hombre de la capucha se rió. Era un sonido seco, sin humor.
—No sabes lo que dices, lobo. Esa mujer lleva nuestra marca desde antes de nacer. Su sangre nos pertenece. Su magia nos pertenece. Y vamos a llevárnosla, con o sin tu permiso.
Aeron dio un paso adelante. Alessandra sintió que el aire a su alrededor cambiaba, que algo en él se transformaba. Sus ojos dorados brillaban con una intensidad que no había visto nunca.
—No la vas a tocar.
El hombre de la capucha levantó una mano. La luz oscura en sus palmas creció, extendiéndose hacia ellos como una sombra viva.
—No tienes poder sobre nosotros, lobo. Tu manada es fuerte, pero nosotros somos más viejos. Más oscuros. No puedes detener lo que ya empezó.
—Puedo intentarlo.
Y entonces todo pasó muy rápido.
La luz oscura explotó, llenando el jardín de sombras que no eran las de Alessandra. Sebastián y Nicolás se transformaron, sus cuerpos haciéndose más grandes, más salvajes. Clarissa levantó las manos y un escudo de luz azul se extendió frente a ellos. Fiorella, sin saber qué hacer, se quedó inmóvil, con los ojos abiertos.
Pero Alessandra no vio nada de eso.
Vio a Aeron.
Vio cómo la luz oscura lo alcanzó, cómo su cuerpo se tensó, cómo cayó de rodillas con un gemido que le desgarró el pecho.
Y algo dentro de ella se rompió.
No era el sello. El sello ya no estaba. Era algo más profundo. Algo que había estado dormido desde que tenía memoria. Algo que no sabía que existía.
Las sombras a su alrededor explotaron.
No eran las sombras que la habían acompañado toda la vida. Eran más grandes, más oscuras, más poderosas. Se extendieron como un manto, cubriendo el jardín, cubriendo a los hombres de las capuchas, cubriendo todo.
Y en el centro de esa oscuridad, Alessandra brillaba.
No era una luz suave como la de Clarissa. Era una luz blanca, intensa, que brotaba de sus manos, de sus ojos, de su pecho. Una luz que dolía mirar. Una luz que parecía venir de otro lugar.
—¡Detente! —gritó el hombre de la capucha, con la voz rota—. ¡Vas a matarnos!
Alessandra lo miró. En sus ojos grises no había miedo. No había duda. Había algo que no había sentido en veintiséis años.
Poder.
—Me buscaron —dijo, y su voz era diferente, más profunda, más antigua—. Me sellaron. Me hicieron creer que no valía nada. Pero aquí estoy. Y no me voy a esconder nunca más.
La luz creció. Los hombres de las capuchas cayeron de rodillas, cubriéndose el rostro con las manos. La luz oscura que habían lanzado se disipó como humo al viento.
—¡Por favor! —gritó uno—. ¡Nos iremos! ¡No volveremos!
Alessandra sintió la luz dentro de ella, pidiendo salir, pidiendo acabar con ellos. Era tan fácil. Solo tenía que dejarla ir.
Y entonces sintió algo más.
Una mano en la suya.
Aeron estaba a su lado, arrodillado, con el rostro pálido y los ojos fijos en ella. No había miedo en su mirada. Había algo más.
—Ya —dijo, con la voz débil pero firme—. Ya está bien. No eres como ellos.
La luz comenzó a apagarse. Las sombras se retiraron. El jardín volvió a ser lo que era: un lugar de paz, de árboles, de lago.
Alessandra cayó de rodillas junto a Aeron, con las manos temblando, con el corazón latiendo tan rápido que creía que iba a estallar.
—¿Estás bien? —preguntó, tocando su rostro, buscando sus ojos.
—Estoy bien —respondió él, con una sonrisa débil—. Tú me salvaste.
—Casi los mato.
—Pero no lo hiciste.
—Porque tú me detuviste.
Aeron levantó una mano. Rozó su mejilla con los dedos, con esa suavidad que Alessandra empezaba a necesitar.
—Porque tú no eres una asesina. Porque tu magia no es para destruir. Es para proteger.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque la usaste para protegerme a mí.
Alessandra sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. No las contuvo. Se dejó caer contra su pecho, sintiendo su corazón latir junto al suyo, sintiendo que el mundo volvía a su lugar.
Los hombres de las capuchas se fueron.
No dijo nada más. No hicieron amenazas. Se levantaron del suelo con las túnicas sucias y las manos temblando, y se perdieron en el bosque sin mirar atrás.
Sebastián y Nicolás volvieron a su forma humana. Clarissa apagó la luz de sus manos. Fiorella, que había estado inmóvil todo el tiempo, soltó un suspiro que parecía haber estado guardando horas.
—¿Ya se fueron? —preguntó.
—Ya se fueron —respondió Sebastián.
—¿Y no van a volver?
—No por ahora.
Fiorella se dejó caer en el banco de piedra, con las piernas temblando.
—Necesito un té. O algo más fuerte.
Clarissa soltó una risa que era más alivio que alegría.
—Yo también.
En la cocina, con las tazas humeando entre las manos y las luces encendidas, la casa volvió a ser un hogar. Fiorella había recuperado el color en las mejillas, y Clarissa ya no miraba hacia la ventana cada dos segundos.
Alessandra estaba sentada en una silla, con las manos alrededor de una taza que no bebía. Las sombras descansaban a sus pies, quietas, como si también estuvieran agotadas.
Aeron se sentó a su lado.
—¿Cómo te sientes? —preguntó.
—No lo sé. Como si hubiera estado durmiendo toda mi vida y de repente hubiera despertado. Como si pudiera hacer cosas que nunca imaginé. Como si… —Hizo una pausa—. Como si pudiera destruir todo si no tengo cuidado.
Aeron tomó su mano.
—Por eso vas a aprender a controlarlo. No vas a estar sola. Nunca más.
Alessandra lo miró. En sus ojos dorados vio algo que no había visto nunca. No era la intensidad de siempre. No era la paciencia infinita. Era algo más.
Era la promesa de que, pase lo que pase, iba a estar ahí.
—¿Te vas a quedar? —preguntó.
—Todo el tiempo que quieras.
—¿Y si quiero que te quedes siempre?
Aeron sonrió. Era una sonrisa pequeña, casi imperceptible. Pero Alessandra la sintió en todo el cuerpo.
—Entonces me quedo siempre.
Esa noche, cuando las luces de la casa se apagaron y el silencio volvió a reinar en el valle, Alessandra se quedó en la ventana de su habitación, mirando el lago que brillaba bajo la luna.
Las sombras descansaban a sus pies, quietas, en paz. Ya no eran una presencia que la inquietaba. Eran parte de ella. Como los brazos, como las piernas, como el corazón que ahora latía con un ritmo que reconocía.
Aeron no había vuelto a su habitación. Se quedó en el jardín, junto al roble, vigilando. Alessandra lo veía desde la ventana, una figura oscura recortada contra la luz de la luna.
No tenía miedo. No desde que él estaba ahí.
Apoyó la frente en el vidrio frío y cerró los ojos. Las sombras se movieron suavemente, acunándola, arrullándola.
Por primera vez en veintiséis años, Alessandra Montenegro Valerius durmió sin pesadillas.
Soñó con un lago quieto, con un árbol antiguo, con un hombre de ojos dorados que la esperaba en la orilla. Soñó que caminaba hacia él sin miedo, que sus manos se encontraban, que la luz de la luna los envolvía como un manto.
Soñó que, por fin, había llegado a casa.