Ella era la única testigo. Él, la sentencia de muerte que terminó convirtiéndose en su dueño.
Elena Thomas vivía entre archivos y sombras, convencida de que su invisibilidad era su mayor escudo. Pero una noche, en un callejón donde el aire sabía a hierro y pólvora, vio lo que nadie debía ver: a Viktor Volkov, el heredero más despiadado de la Bratva, ejecutando a sangre fría.
Ella esperaba una bala. En su lugar, recibió unas manos de acero que la arrancaron del suelo y una voz que le prometió un infierno personal. "No te mataré, pequeña", le susurró él al oído, mientras el calor de su cuerpo la envolvía como una trampa de seda. "Pero a partir de hoy, tu nombre, tu cuerpo y hasta tu último suspiro me pertenecen".
Ahora, Elena es la prisionera de oro en una fortaleza de cristal. Viktor es un monstruo que no sabe amar, solo poseer; un hombre que la mira con una mezcla de odio y un deseo que amenaza con quemarlos a ambos.
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capítulo 23
El salón de mármol de la Comisión de la Mafia en Venecia brillaba bajo lámparas de cristal de Murano, pero el ambiente era gélido. Todos los clanes europeos estaban allí. Cuando las puertas dobles se abrieron, el aliento de los presentes se detuvo.
Elena entró luciendo un vestido de seda roja profunda que abrazaba cada una de sus curvas, con la espalda descubierta y el cabello recogido en un moño elegante que dejaba a la vista su cuello delicado. A su lado, Viktor era una montaña de músculos y peligro, enfundado en un traje negro hecho a medida que apenas disimulaba la envergadura de sus hombros. Su mano no se apartaba de la cintura de Elena, un gesto de posesión absoluto que advertía a todos los presentes: Mírenla, pero si la tocan, morirán.
— Mantén la cabeza alta, pequeña —susurró Viktor cerca de su oído, su aliento enviando una descarga eléctrica por la columna de Elena—. Estás a punto de convertirte en su pesadilla.
A medida que avanzaban, los capos de otras familias se acercaban. Un joven heredero de los Castelli, con una sonrisa arrogante, se interpuso en su camino e intentó tomar la mano de Elena para besarla.
— He oído que la señorita Thomas ha heredado las llaves del reino —dijo el hombre, devorándola con la mirada—. Quizás necesite un aliado más... flexible que un Volkov.
Antes de que sus labios rozaran la piel de Elena, Viktor le atrapó la muñeca con una fuerza que hizo crujir los huesos. El rostro de Viktor se transformó en una máscara de violencia contenida.
— Si vuelves a acercarte a ella —siseó Viktor, su voz retumbando como un trueno en el salón—, te arrancaré la lengua y se la enviaré a tu padre en una caja de plata. Ella es mía. En todos los sentidos imaginables.
El hombre retrocedió, pálido. Elena, aunque mantenía su carácter firme, sintió que su corazón se derretía ante la feroz protección de Viktor. Ya no era solo control; era un fuego que la quemaba y la reconfortaba a la vez.
(...)
Después de imponer sus condiciones a la Comisión y asegurar la libertad definitiva de su padre, Elena y Viktor salieron al balcón que daba al Gran Canal. El aire nocturno era fresco, pero el calor entre ellos seguía siendo abrasador.
Elena se apoyó en la barandilla, mirando el agua. Viktor se colocó detrás de ella, envolviéndola con sus brazos, hundiendo su rostro en el hueco de su cuello.
— Lo lograste —dijo él, su voz inusualmente suave—. Ahora tienes el poder para irte, Elena. Tienes el dinero para borrar tu rastro y desaparecer de mi mundo para siempre.
Elena se giró entre sus brazos, rodeando su cuello con sus manos pequeñas. Sus ojos café estaban húmedos, pero brillaban con una verdad que ya no podía ocultar.
— No quiero irme, Viktor —susurró ella—. Durante meses te odié por retenerme, por mentirme... pero en esa cueva, y en esa cama, me di cuenta de que mi libertad no significa nada si no estás tú para reclamarla.
Viktor se quedó petrificado. Sus celos y su posesividad siempre habían sido su escudo, pero escuchar esas palabras lo desarmó por completo. La tomó por la barbilla, obligándola a mirarlo.
— Te amo, Elena —confesó él, la palabra sonando extraña pero poderosa en sus labios—. Te amo con una rabia que me asusta. No sé cómo ser un hombre normal, solo sé que el mundo no tiene sentido si no estás bajo mi sombra.
— Entonces deja de ser mi carcelero y sé mi compañero —respondió ella, sellando sus palabras con un beso que ya no sabía a desesperación, sino a una entrega absoluta.
Viktor la levantó en vilo, pegándola contra la pared del balcón, besándola con una devoción salvaje. Ya no era una cuestión de quién era el dueño de quién; ambos estaban encadenados por algo mucho más fuerte que el dinero o la sangre. Estaban enamorados, y el mundo entero estaba a punto de temblar bajo sus pies.
(...)
La suite del palacio veneciano era una oda a la opulencia: techos pintados al fresco, espejos con marcos de oro y una cama con dosel que parecía un trono. Pero para Viktor y Elena, solo era el escenario de su propia guerra privada.
En cuanto la pesada puerta de roble se cerró tras ellos, el control que Viktor había mantenido durante toda la gala se desmoronó. Sus celos, alimentados por cada mirada que los otros hombres le habían lanzado a Elena, estallaron en una necesidad física de reclamarla.
— Te miraban como si pudieras ser de cualquiera —gruñó Viktor, su voz ronca vibrando en el aire cargado de tensión—. Como si el hecho de que ahora tengas poder te hiciera disponible para ellos.
Él la acorraló contra la puerta, su cuerpo de casi dos metros bloqueando cualquier luz. Sus manos grandes y ásperas, marcadas por la violencia de su mundo, se hundieron en el pelo castaño de Elena, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás para que sus ojos café encontraran los suyos, que ardían con un fuego oscuro de acero fundido.
— Necesito recordarte de quién eres, Elena. Necesito que sientas que no hay un solo rincón de tu alma que no me pertenezca —sentenció él, su aliento caliente rozando los labios de ella.
Elena no retrocedió. La adrenalina de haber ganado la batalla política en la Comisión se había transformado en un hambre líquida. Sus manos buscaron el pecho de Viktor, desgarrando la tela de su camisa fina para sentir el calor abrasador de su piel.
— Entonces hazlo —susurró ella, su voz cargada de un desafío que era pura invitación—. No me dejes olvidar que soy tuya.
Viktor la levantó en vilo con una facilidad aterradora, haciendo que ella enroscara sus piernas alrededor de su cintura. La seda roja de su vestido se deslizó hacia arriba, revelando la suavidad de sus muslos contra la dureza de los pantalones de él. Viktor la llevó hacia la cama, pero se detuvo frente al gran espejo de cuerpo entero.
— Mira —le ordenó él, su mano bajando por su espalda para apretarla contra su pelvis, marcando su dominio—. Mira lo pequeña que te ves en mis manos. Mira cómo tiemblas cuando te toco.
Elena se observó en el reflejo: una criatura de porcelana y fuego atrapada en los brazos de un gigante cubierto de cicatrices. La visión era tan erótica como intimidante. Viktor bajó la cabeza, besando su cuello con una ferocidad que dejaba marcas rojas sobre su piel blanca, reclamando su territorio centímetro a centímetro.
Cuando finalmente la dejó sobre las sábanas de seda, la habitación se convirtió en un campo de batalla de suspiros y gemidos. Viktor la despojó de su ropa con una urgencia salvaje, su mirada recorriendo su cuerpo con una posesividad que no admitía secretos. La amó con una intensidad que bordeaba la locura, cada movimiento era una declaración de propiedad, cada caricia una promesa de que nunca la dejaría ir.
Elena se entregó con una pasión que desarmó al propio Viktor. Sus uñas se clavaron en la espalda de él, trazando nuevas líneas sobre sus antiguas heridas. En el momento del clímax, Viktor se hundió en ella como si quisiera fundir sus huesos, susurrando su nombre como una oración y una orden al mismo tiempo.
— Eres mía —repitió él, su voz quebrada mientras se derrumbaba sobre ella, protegiéndola con su peso—. Mi mujer, mi reina, mi obsesión.