Hola, soy CubeThings.
Me gusta escribir historias que se sienten… más que solo leerse. Historias que mezclan fantasía, romance y emoción, donde los personajes no son perfectos, pero sí intensos.
Amo los mundos tipo anime: yokais, magia, destinos entrelazados… y amores que no se construyen de un día para otro.
Mis historias suelen ser slow burn, con tensión, misterio y personajes que se marcan entre sí de formas que no siempre entienden.
Si te gustan las historias que te hacen sentir, que te envuelven poco a poco… entonces estás en el lugar correcto.
NovelToon tiene autorización de Cube Things para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Antes de conocerte
Cuando Hikari salió de la oficina, el aire se sintió distinto.
Más ligero.
Pero su pecho…
no.
Su corazón seguía latiendo demasiado rápido.
Caminó sin pensar mucho hasta regresar a la zona de trabajo, donde Rita estaba acomodando algunas telas.
En cuanto la vio, levantó una ceja.
—¿Y?
Hikari parpadeó.
—¿Y qué?
Rita dejó lo que estaba haciendo.
—No te hagas —dijo—. ¿Cómo te fue con el ogro?
Hikari dudó.
Un segundo.
Dos.
—…normal.
Rita la miró fijamente.
—No te creo nada.
Hikari desvió la mirada.
—Solo… me regañó.
Rita bufó.
—Claro que lo hizo.
Se cruzó de brazos.
—Ese tipo no sabe hacer otra cosa.
Hikari no respondió.
Porque no era verdad.
No del todo.
Rita la observó un poco más.
Y luego suspiró.
—Bueno, mientras sigas viva, todo bien.
Hikari soltó una pequeña risa.
—Supongo…
—Ven —añadió Rita—. Aún hay trabajo.
Y el día continuó.
Largo.
Pesado.
Lleno de tareas.
Pero esta vez…
Hikari estaba más distraída.
Más pensativa.
Porque cada vez que cerraba los ojos por un segundo…
sentía otra vez ese momento.
La mano de Kuro en su barbilla.
Su voz.
Su cercanía.
—…
Sacudió la cabeza.
—Concéntrate…
Pero no era fácil.
Esa noche, el ryokan volvió a quedarse en silencio.
Hikari se dejó caer sobre su futón, completamente agotada.
El cuerpo le pesaba.
Los músculos le dolían.
Pero su mente…
seguía despierta.
Miró el techo unos segundos.
—…¿qué iba a decir…?
susurró.
Recordando.
“Porque… tú—”
Cerró los ojos.
Intentando dormir.
Y poco a poco…
el cansancio ganó.
Su respiración se volvió más lenta.
Más profunda.
Y entonces…
soñó.
Era de noche.
Pero no como las noches del ryokan.
Era… diferente.
Más oscura.
Más antigua.
Hikari estaba ahí.
Pero no era la misma.
Era pequeña.
Una niña.
Corría.
Riendo.
Cerca de un río.
El agua brillaba con la luz de la luna.
—¡Mira! —su voz infantil llenaba el aire— ¡es tan bonito!
Se acercó demasiado al borde.
El suelo estaba húmedo.
Resbaloso.
—¡Hikari, cuidado—!
Su pie se deslizó.
—¡—!
Y cayó.
El tiempo se detuvo.
El agua oscura se acercaba.
Fría.
Profunda.
—¡—!
Pero antes de tocarla—
Una mano la sujetó.
Firme.
Fuerte.
La detuvo en el aire.
Hikari quedó suspendida.
Su pequeño cuerpo temblando.
Sus ojos abiertos por el susto.
Alzó la mirada.
Y lo vio.
Un hombre.
Alto.
Cubierto por una máscara.
Oscura.
Con dos cuernos que sobresalían de su cabeza.
Imponente.
Aterrador.
Y aun así…
—…no te muevas.
Su voz.
Grave.
Pero… tranquila.
La sostuvo con facilidad.
Como si no pesara nada.
La levantó y la colocó de nuevo en tierra firme.
Hikari lo miró.
Sin miedo.
—…gracias…
murmuró la niña.
El hombre no respondió.
Pero no se fue.
Se quedó ahí.
Observándola.
Como asegurándose de que estuviera bien.
Como si…
eso fuera lo único importante.
El viento movió suavemente su ropa.
La luna iluminó sus ojos por debajo de la máscara.
Y por un segundo—
brillaron.
Violetas.
—…
El mundo se distorsionó.
El sonido se desvaneció.
La imagen se rompió.
Hikari abrió los ojos de golpe.
—¡—!
Respirando agitada.
El techo del dormitorio.
La oscuridad.
El silencio.
Todo volvió.
Se llevó una mano al pecho.
Su corazón latía con fuerza.
—…¿qué… fue eso…?
susurró.
Pero en el fondo…
ya lo sabía.
Porque esos ojos…
no eran desconocidos.
—…Kuro…
El nombre salió apenas.
Como un secreto.
Como algo que…
no debería recordar.
Pero lo hizo.
Y eso…
lo cambiaba todo.
Hikari no volvió a dormirse.
Se quedó recostada sobre el futón, mirando la oscuridad del techo, con la respiración todavía un poco agitada. Su mano seguía apoyada sobre su pecho, como si intentara calmar el ritmo de su propio corazón.
Pero no funcionaba.
Porque cada vez que cerraba los ojos…
veía esa escena otra vez.
El río.
El frío.
La caída.
Y esa mano.
Firme.
Segura.
Protegiéndola.
Hikari tragó saliva.
—…no fue un sueño normal…
murmuró en voz baja.
Se giró ligeramente sobre el futón, cubriéndose con la manta hasta los hombros. El dormitorio estaba en silencio. Solo se escuchaba la respiración tranquila de las demás trabajadoras, sumidas en un sueño profundo.
Todo parecía normal.
Y aun así…
ella sentía que algo había cambiado.
—…Kuro…
El nombre salió apenas, como un susurro que no debía existir.
Pero ahora no podía evitarlo.
Ese rostro.
Esa voz.
Esos ojos.
Violetas.
Exactamente iguales.
Hikari cerró los ojos con fuerza.
—¿Por qué…?
No entendía.
No recordaba nada más.
Solo ese momento.
Solo esa sensación.
Y lo más extraño…
no era miedo.
Era otra cosa.
Algo más suave.
Más profundo.
Como si una parte de ella…
ya lo conociera.
—…esto es raro…
Se giró otra vez, intentando acomodarse.
Pero el sueño no volvió.
Y cuando finalmente el cansancio logró vencerla de nuevo…
fue demasiado poco.
El amanecer llegó en silencio.
Una luz tenue comenzó a filtrarse por las rendijas del dormitorio, iluminando poco a poco el espacio. El aire era fresco, limpio, y traía consigo ese aroma suave a madera y té que parecía impregnar todo el ryokan.
—Levántense.
La voz de Rita rompió la calma sin esfuerzo.
Hikari abrió los ojos de inmediato.
Como si no hubiera estado dormida del todo.
—Vamos, no tenemos todo el día —añadió Rita, moviendo ligeramente una de sus colas con impaciencia.
Las demás comenzaron a incorporarse poco a poco.
Hikari también.
Se sentó, aún con la sensación extraña del sueño pegada al cuerpo.
—…no dormí casi nada…
murmuró para sí misma.
—Se te nota —dijo Rita sin mirarla—. Pero no es excusa.
Hikari soltó un suspiro suave.
—Sí, ya me di cuenta…
Se levantó, acomodando rápidamente su uniforme.
El día comenzaba otra vez.
Y con él…
el trabajo.
—
Después de limpiar los pisos, como el día anterior, Hikari sentía los brazos más pesados, pero sus movimientos eran más seguros.
Más fluidos.
Rita la observó de reojo.
—No lo haces tan mal.
Hikari levantó una ceja.
—Eso suena casi como un cumplido.
—No te emociones —respondió Rita—. Solo significa que no estorbas tanto como ayer.
Hikari dejó escapar una pequeña risa.
Y por un momento…
todo se sintió normal.