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La Cura No Es El Olvido.

La Cura No Es El Olvido.

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido
Popularitas:964
Nilai: 5
nombre de autor: Jakelyn Arevalo

En el corazón de un pueblo olvidado donde la guerra es el único idioma que se habla, Isaí, una joven doctora de 23 años, lucha cada día por arrebatarle vidas a la muerte. Su mundo de batas blancas y juramentos éticos se tambalea cuando conoce a Antonio, un guerrillero marcado por la pólvora cuya sola presencia es una sentencia de peligro.
Lo que comienza como una cura clandestina se transforma en un romance prohibido que desafía toda lógica. Sin embargo, en un lugar donde la lealtad se paga con sangre, el amor es un lujo mortal. Convencido de que su cercanía es la mayor amenaza para la mujer que ama, pero el reto y desafío más grande que enfrentar es un inesperado embarazo que sirve de ruleta a huir dejando a atrás los sueños por amor no es la Cura al olvido.

NovelToon tiene autorización de Jakelyn Arevalo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20: El sabor de la infamia y el veredicto del silencio

El día en San José fue una coreografía de náuseas contenidas y sonrisas de cristal. El Capitán Néstor, se había propuesto conquistar el fortín de la doctora no con balas, sino con una abundancia que resultaba obscena en un pueblo que se caía a pedazos. Durante diez horas, Isaí fue el centro de un despliegue de atenciones tácticas: bandejas de plata con frutas que olían a frescura prohibida, meriendas de hojaldre que Néstor le servía personalmente cuando le daba vueltas en el día, mientras sus manos enguantadas rozaban las de ella con una propiedad que la hacía sentir sucia.

Isaí aceptaba cada bocado con una gratitud fingida que le quemaba la garganta. Comía para que él no sospechara, comía para alimentar la falsa de su "anemia", pero sobre todo, comía para ocultar el secreto que ya no cabía en su pecho. Cada vez que Néstor se reía de alguna anécdota militar, Isaí solo contaba los minutos para que el sol se hundiera tras la cordillera.

"Come, mi querida doctora", parecía decir la mirada de Néstor. "Come, que cada bocado te hace más mía".

Pero ella no era suya. Ella era un campo minado esperando el paso de la noche.

Esa noche, Isaí volvió a dejar la ventana trasera entreabierta. No sabía si Antonio regresaría después de casi ser atrapado, pero su corazón necesitaba gritarle la verdad al silencio de la noche, esperando que el viento llevara su mensaje hasta lo profundo de la selva.

Cuando la última patrulla de la guarnición pasó frente al consultorio y el silencio sepulcral de la selva reclamó el pueblo, la ventana trasera cedió. Antonio entró con el sigilo de un depredador, trayendo consigo el olor a pólvora húmeda y la paranoia de quien sabe que camina sobre el filo de una navaja. Luis, apostado afuera bajo su disfraz de campesino eterno, dio la señal de que el callejón estaba limpio.

Antonio no esperó a las palabras. La tomó por la cintura, buscándole la boca con una urgencia que sabía a reclamo para besar los labios que guardaban su único lugar de paz. Sus manos, toscas y curtidas por el metal del fusil, recorrieron su espalda con una desesperación violenta.

—Ese maldito ha estado aquí todo el día —masculló Antonio contra su cuello, su voz vibrando con una rabia animal—. Huele a él en cada rincón de esta consultorio, Isaí. Huele a su perfume y a su comida de oficial.

Isaí lo apartó suavemente, manteniéndolo a la distancia de un brazo. Su mirada no era la de la mujer sumisa que Néstor creía haber domado, ni la de la amante desvalida que Antonio recordaba. Había algo extraño en su postura, una frialdad nueva.

—Me cortejó con todo lo que tiene, Antonio —dijo ella, su voz cortando la penumbra como un bisturí—. Me trajo meriendas, me habló de protección, me miró como si fuera un trofeo que ya ha ganado. Y yo le sonreí. Le di las gracias. Dejé que pensara que estaba ganando terreno porque esa era la única forma de que tú pudieras entrar por esa ventana esta noche.

Antonio frunció el ceño, confundido por la dureza en el tono de ella.

—¿De qué hablas? Luis dice que debemos movernos ya.

—Hablo de que mientras él me servía café y me hablaba de un futuro bajo su bandera, yo solo esperaba que el mundo se hiciera oscuro para decirte esto —Isaí sacó un pequeño frasco de cristal del bolsillo de su bata y lo puso en la mano de Antonio. El líquido dentro había cambiado de color, un veredicto químico que no admitía apelaciones—. Me hice una prueba esta mañana, Antonio. No es anemia. No es el cansancio de la guerra.

Antonio miró el frasco, luego a ella. La comprensión lo golpeó como una descarga eléctrica. El guerrillero que no temía a las emboscadas sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

—¿Estás segura? —susurró, chocando de frente con una realidad que no podía disparar ni esconder.

—Positivo —sentenció ella, y por primera vez, una sonrisa amarga y de miedo cruzó su rostro—. El Capitán cree que me está alimentando a mí, pero en realidad, sin saberlo, está alimentando algo que hoy más que nunca nos une.

El hombre que quiere mi cama está pagando la comida del heredero de su enemigo.

Antonio soltó una sonrisa seca, casi macabra, mientras apretaba el frasco en su puño. El drama de la situación alcanzó su punto más alto: estaban en el corazón del territorio enemigo, rodeados de fusiles que querían sus cabezas, celebrando una vida que era, en esencia, el acto de rebelión más grande que podían cometer.

—Es una locura —dijo Antonio, tomándola por la nuca con una fuerza posesiva—. Es una sentencia de muerte para todos.

—Es nuestra única verdad, Antonio.

Néstor es el carcelero que me cuida la celda, pero tú eres el dueño de lo que crece dentro de ella. Ahora dime… ¿vas a dejar que ese oficial siga creyendo que tiene el control, o vas a sacarnos de este infierno antes de que mi vientre empiece a contar la historia que nuestros labios callan?

En ese momento, el silbido de Luis afuera se tornó agudo. Alguien se acercaba. Antonio guardó el frasco en su chaleco, besó a Isaí con una ferocidad que prometía fuego y sangre, y se desvaneció en la negrura de la ventana.

Isaí se quedó sola, respirando el aire frío de la noche. Se limpió los labios, se desajustó la bata y se preparó para descansar un poco.

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Elizabeth Medina
que fuerte decisión de Antonio pero tiene que proteger a la doctora
Elizabeth Medina
bueno veremos que pasa con esta doctora y ese desconocido
Jakelyn Arevalo
Los invito a ver parte de mi historia, en 25 capítulos que continuará 😘😘😘
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