Alina Rinaldi siempre ha sabido cuál es su lugar: obedecer, callar y sobrevivir dentro de un clan que nunca ha sido realmente suyo.
Adriano Vassari nació para mandar. Como heredero de una de las dinastías más poderosas, su futuro ya está escrito… incluso si eso significa casarse con una desconocida.
Cuando sus caminos se cruzan lejos de las reglas y los nombres que los atan, lo que comienza como un encuentro casual se convierte en algo imposible de ignorar.
Pero en un mundo donde la sangre lo define todo, hay verdades que no pueden ocultarse para siempre.
Y cuando salgan a la luz, no solo destruirán el acuerdo que los une…
podrían destruirlos a ellos también.
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CAPITULO 24
Alina
No podía dormir sabiendo que Adriano estaba en territorio Marshall.
La casa, que normalmente se sentía cálida y viva, esa noche era demasiado grande, demasiado silenciosa. Cada rincón parecía recordarme que él no estaba. Caminé descalza por la habitación, recogiendo la ropa que habíamos dejado tirada sin cuidado. Sonreí levemente al ver una de sus camisas en el suelo… y luego la sonrisa desapareció.
No sabía si volvería a verlo esa noche.
Suspiré y seguí ordenando. No quería que las empleadas encontraran aquel desastre. Había cosas que eran solo nuestras, incluso en medio de ese matrimonio tan repentino. Tomé la ropa interior, recogí la basura del baño —demasiados preservativos— y traté de concentrarme en algo simple, algo que no implicara pensar en helicópteros, armas o sangre.
Cuando abrí su lado del clóset para guardar unas camisas, algo llamó mi atención.
Una caja.
La tomé sin pensarlo demasiado.
Dimetrelix.
Fruncí el ceño. No estaba escondida. No estaba camuflada. Estaba ahí… como si fuera algo completamente normal.
Me senté en la orilla de la cama con la caja en la mano y busqué en internet.
Dimetrelix: anticonceptivo hormonal experimental masculino. Actúa inhibiendo temporalmente la producción de espermatozoides. Requiere uso continuo y supervisión médica. Puede generar efectos secundarios como cambios hormonales, fatiga o alteraciones en el estado de ánimo.
Me quedé mirando la pantalla unos segundos más de lo necesario.
—Así que… esto es lo que toma todas las mañanas —murmuré.
Recordé cada vez que lo veía beber agua apenas despertaba. Nunca pregunté. Nunca pensé que debía hacerlo.
Cerré los ojos.
No sabía exactamente qué sentía.
No era enojo… pero tampoco era indiferencia.
Fui al baño y abrí el gabinete. Ahí estaba otra caja, a medio usar.
Dos semanas.
Dos semanas evitando el tema… y yo sin darme cuenta.
Apoyé ambas manos en el lavamanos y respiré profundo.
—¿Qué estás haciendo, Adriano…?
No obtuve respuesta, solo el eco de mis propios pensamientos.
El cansancio me venció poco después.
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Desperté sola.
La cama seguía tibia, pero vacía. Miré el reloj. Había amanecido hacía rato.
La operación se había alargado.
O tal vez… algo no había salido como esperaba.
Me duché intentando despejar la mente, pero el agua no logró llevarse la incomodidad que se había instalado en mi pecho.
Bajé a desayunar sin hambre.
Apenas había dado dos bocados cuando escuché voces.
—Buenos días —dijo Enzo entrando con Lucca.
—Buenos días —respondí, forzando una sonrisa—. ¿Quieren café?
Se sentaron conmigo.
—¿Adriano no ha llegado? —preguntó Lucca.
—No.
Enzo me observó con más atención de la habitual.
—¿Cómo lo has visto?
—Mejor —respondí—. Mucho mejor.
Él asintió lentamente.
—Gracias.
Lo miré confundida.
—¿Por qué?
Enzo bajó la mirada unos segundos antes de responder.
—Porque… en parte es culpa mía que todo esto haya pasado.
Sentí un nudo en la garganta.
—Hay cosas que no se pueden cambiar —dije con suavidad—. Pero sí se pueden sanar.
El ambiente se volvió denso por un instante, así que Enzo cambió de tema.
—¿Úrsula se ha puesto en contacto contigo?
Mi mano se tensó sobre la taza.
—La vi ayer —respondí con aparente calma—. ¿Por qué?
—Puede que intente decirte cosas —continuó—. Cosas que no son ciertas.
Lo miré fijamente.
—¿Como qué?
Lucca soltó una risa.
—Como que ella y Adriano tuvieron algo —dijo—. Por favor…
Enzo lo fulminó con la mirada.
—Lucca.
—¿Qué? Es verdad —se encogió de hombros—. Adriano siempre la detestó.
No dije nada.
Pero esa incomodidad volvió.
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Después de que se fueron, fui a las caballerizas.
Montar siempre me ayudaba a pensar. A ordenar ideas.
Pero ese día… ni el viento en el rostro logró calmarme.
Porque ahora había algo más.
Una pregunta que no podía ignorar:
¿Por qué Adriano estaba evitando tener hijos conmigo?
No era solo el momento. No era solo la guerra.
Era una decisión.
Su decisión.
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Cuando regresé a casa, vi su camioneta.
El corazón me dio un vuelco.
Subí corriendo las escaleras y entré a la habitación.
Ahí estaba.
Dormido.
Boca abajo, sin camisa, con el cuerpo marcado por el cansancio… y por la vida que llevaba. Su mano derecha ya no tenía puntos, pero la cicatriz seguía ahí, reciente, vulnerable.
Me acerqué despacio.
—Volviste… —susurré.
No respondió.
Me metí a la ducha sin hacer ruido.
Cuando salí, él ya estaba despierto.
Sus ojos estaban sobre mí.
—¿Cómo te fue? —pregunté.
—Bien —respondió, con ese tono controlado de siempre.
Tomé aire.
—¿Pusieron resistencia?
—Como siempre —se pasó la mano por el cabello—. Pero logramos gran parte del objetivo.
Noté la molestia en su voz.
No le gustaba no cerrar algo al cien por ciento.
Fui al clóset, tomé la caja… y se la lancé.
La atrapó sin dificultad.
—¿Me explicas? —pregunté.
La miró.
Y luego me miró a mí.
—Pensé que lo sabías.
—Pues no —respondí, cruzándome de brazos.
Silencio.
—No es buen momento para tener hijos, Alina —dijo finalmente.
Ahí estaba.
Directo. Frío. Claro.
Sentí algo romperse dentro de mí.
—No sabes si algún día vas a querer —respondí en voz baja.
Él suspiró.
—Ahora mismo… no sé si puedo ser eso que tú necesitas.
Tragué saliva.
—Vuelve a terapia.
Me miró.
Largo. Profundo.
—Está bien.
Parpadeé sorprendida.
—¿Así de fácil?
Se levantó, tomó la pastilla y sonrió levemente.
—No es fácil —dijo—. Pero eres importante.
Algo dentro de mí se suavizó.
Me acerqué.
—Quiero aprender —le dije.
—¿Qué cosa?
—Todo —respondí—. No quiero ser solo la esposa que espera en casa.
Él sonrió.
Una sonrisa real.
—No lo eres.
Y en ese momento… supe que, a pesar de todo—
seguíamos siendo un equipo.