Sinopsis
Tras morir en un trágico accidente, Sheila Roy despierta en el cuerpo de Saori, la hermana mayor de un personaje secundario en una popular novela de supervivencia zombie. Sabiendo que el fin del mundo comenzará en cuestión de días, utiliza sus conocimientos y los recursos de sus padres para construir un búnker inexpugnable y rescatar a sus hermanos.
Sin embargo, tras la primera noche del apocalipsis, Saori recupera un recuerdo aterrador: el mundo en el que habita no pertenece a una sola novela, sino a la fusión de dos historias distintas. La segunda trama introduce las "Olas de Mutación", eventos globales que transforman el clima, la flora y la fauna en depredadores letales.
Ahora, con un bebé rescatado, un perro que empieza a mostrar una inteligencia inquietante y un grupo de supervivientes bajo su mando, Saori debe liderar a los suyos a través del "Destello de los Mil Soles", un sueño profundo que marcará el inicio de la verdadera evolución biológica.
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Capitulo 20
Mientras el Merodeador avanzaba con un rugido constante, Saori se hundió en el asiento del copiloto y cerró los ojos por un instante. Necesitaba organizar los suministros en su mente, y al hacerlo, su conciencia se deslizó inevitablemente hacia ese espacio infinito que el sistema llamaba «Almacenamiento», pero que para ella era simplemente su hogar.
No era un vacío oscuro ni una lista de inventario flotante. Cuando Saori buscaba algo, su mente caminaba por los pasillos de la casa de dos pisos donde vivió sus años más felices antes del primer fin del mundo. Era una réplica exacta de su antigua realidad, congelada en un estado de abundancia perpetua.
—Necesitaremos más raciones si el frío empeora —murmuró para sí misma, «caminando» mentalmente hacia la pequeña granja que se extendía a unos metros de la casa trasera.
Allí, el tiempo funcionaba bajo sus propias reglas. El árbol de mango que ya venía con la propiedad lucía siempre cargado; Saori sabía que cualquier fruta que arrancara volvería a brotar en cuestión de días, como si la naturaleza allí dentro se negara a aceptar la escasez. Lo mismo ocurría con el pozo de agua cristalina cerca de los corrales: por mucho que llenara bidones para el grupo, el nivel del agua siempre regresaba a su estado original, inagotable y pura.
—Al menos los animales están tranquilos —pensó, observando a las parejas de cría que su hermano había comprado con tanto esfuerzo en aquella vida.
Aunque el sistema le impedía meter nuevas criaturas del mundo exterior —seres ya contaminados por la mutación—, los que ya habitaban su espacio interior seguían reproduciéndose. Las crías nacían sanas, proporcionándole una fuente renovable de carne y leche que el resto de la humanidad consideraría un milagro divino.
—¿Saori? ¿Estás bien? Te quedaste absorta —la voz de Near la trajo de vuelta a la cabina blindada del vehículo.
Ella abrió los ojos y lo miró. Near mantenía las manos firmes en el volante, pero sus nudillos estaban blancos. Afuera, el paisaje urbano de la Ciudad Z se deslizaba como un cadáver devorado por la maleza; pero dentro de Saori, el jardín de su memoria seguía floreciendo, listo para alimentar a su nueva familia.
—Estoy bien —respondió ella, sintiendo una renovada determinación—. Tenemos recursos. Solo necesitamos sobrevivir lo suficiente para usarlos.
El Merodeador dobló una esquina, y de repente, las pantallas térmicas de la cabina empezaron a emitir un parpadeo frenético. El camino hacia Lorinso Industries ya no estaba despejado.
Mientras Near conducía con cautela, el imponente Merodeador se incorporó a la autopista, ofreciendo una vista panorámica del caos absoluto que reinaba en el exterior. A través de los cristales blindados, el grupo observó cómo el mundo se había transformado en un campo de pruebas brutal.
La mayoría de las personas ya habían despertado de su letargo, y el aire vibraba con la energía de las nuevas habilidades que se manifestaban por doquier. Saori vio destellos de fuego, ráfagas de viento y campos de fuerza improvisados entre los coches abandonados. La gente ya no solo huía; algunos habían empezado a luchar.
Sin embargo, entre la multitud de sobrevivientes desesperados, uno resaltaba de forma aterradora.
—Miren a ese tipo —susurró Sora, señalando hacia un paso elevado.
Era un joven que parecía haber perdido cualquier rastro de cordura. Tenía una sonrisa perversa grabada en el rostro, una expresión de euforia pura que contrastaba con el horror que lo rodeaba. No estaba huyendo ni defendiéndose por miedo; disfrutaba cada segundo de la carnicería. A su alrededor, los cuerpos de varios zombies yacían despedazados por lo que parecían ser hilos de energía invisibles que brotaban de sus dedos.
—Es un lunático —murmuró Near, apretando el volante—. No está matando para sobrevivir, está cazando.
Saori sintió un nudo en el estómago. Sabía que el "Veredicto" no solo otorgaba poder a quienes querían proteger, sino también a aquellos cuyos instintos más oscuros ahora tenían vía libre. Aquel hombre no veía a los zombies como una amenaza, sino como juguetes desechables para probar su fuerza.
—Ignóralo, Near. No te detengas —ordenó Saori, sin apartar la vista de las pantallas térmicas—. Ese tipo es el ejemplo de lo que pasa cuando el poder llega antes que la razón. Si nos cruzamos con alguien así, no habrá negociación posible.
El Merodeador rugió, sus pesadas ruedas aplastando el asfalto agrietado mientras dejaban atrás al maníaco. Saori notó que la temperatura en el exterior seguía bajando; una fina capa de escarcha empezaba a cubrir los restos de los vehículos en la autopista. El clima seguía siendo su enemigo más implacable, y aquel encuentro solo confirmaba que los monstruos con rostro humano serían tan peligrosos como las plantas mutantes o los muertos vivientes.
—Lorinso Industries está cerca —anunció Near, rompiendo el tenso silencio—. Pero la entrada principal de la autopista está bloqueada por una pila de camiones volcados. Tendremos que decidir si embestirlos o buscar una salida lateral.
El rugido del motor del Merodeador era lo único que mantenía la cordura dentro de la cabina, mientras afuera la autopista se transformaba en un cementerio de metal y gritos. A través de los monitores de visión térmica, Saori observó a un hombre que reía histéricamente; su bate de béisbol, envuelto en arcos de electricidad azulada, reventaba cráneos de zombis con la facilidad de quien rompe sandías maduras. Ya había perdido la cabeza.
—No miren —ordenó Saori a los niños, aunque sus propios ojos permanecían clavados en una escena que le estrujó el corazón.
A unos cien metros, un autobús universitario estaba volcado sobre la mediana. Varios estudiantes forcejeaban desesperadamente por salir a través de las ventanas rotas, mientras otros intentaban arrastrar a compañeros heridos que habían sido alcanzados por las mandíbulas de los muertos que despertaban. Lo peor no eran los zombis; desde los postes de luz, sombras alargadas y multiarticuladas empezaban a descender. Insectos mutados, atraídos por el olor a sangre fresca, cerraban el cerco sobre el autobús.
Near aminoró la velocidad por puro instinto, con las manos temblando sobre el volante.
—Saori... son chicos de nuestra edad. Si usamos el blindaje del Merodeador, podríamos abrirles paso...
Saori sintió un nudo amargo en la garganta. Por un segundo, la imagen de la niña que salvó en su vida pasada —la que le costó la muerte— cruzó su mente como un relámpago de culpa. Sus dedos se cerraron con tanta fuerza sobre el borde del asiento que los nudillos se le pusieron blancos. Miró de reojo a Tesha, que dormía ajena a la masacre en brazos de Naoko, y luego a sus hermanos.
—No somos héroes, Near. No podemos detenernos —sentenció Saori. Sus palabras sonaron frías, casi mecánicas, para ocultar la grieta que se abría en su pecho—. Si bajamos la rampa, nos rodearán. Si el motor falla, moriremos todos. Mi prioridad es que nosotros lleguemos a Lorinso Industries vivos.
—Pero... —insistió Near, mirando por el retrovisor cómo una de las criaturas aladas se lanzaba sobre un estudiante.
—¡Sigue conduciendo! —gritó Saori, y esta vez su voz vibró con un eco de su habilidad mental que hizo que el vehículo entero pareciera estremecerse—. En este mundo, la bondad es un lujo que solo los protagonistas de las novelas pueden permitirse. Y yo no soy la protagonista.
Mientras el Merodeador se alejaba, dejando atrás los gritos que el blindaje lograba sofocar, Saori se hundió en su asiento. Se sintió pequeña frente al destino. Su Almacenamiento era una bendición, una "casa" perfecta llena de comida y agua, pero tenía una limitación cruel: solo ella podía entrar físicamente. No podía esconder al grupo allí para protegerlos de la radiación o el frío, y mucho menos podía rescatar a extraños para meterlos en su dimensión de bolsillo.
—Qué suerte tiene él... —pensó con amargura, recordando al protagonista de la novela original—. En su equipo hay dos usuarios con almacenamiento, y él siempre parece tener el poder suficiente para salvar a todos sin sacrificar su alma.
Ella, en cambio, acababa de sacrificar un pedazo de la suya para asegurar que el Merodeador no se detuviera. El cielo violeta comenzó a soltar los primeros copos de una nieve grisácea y pesada. El aire afuera empezaría a hacer mucho frío muy pronto, y esos estudiantes, si sobrevivían a los insectos, morirían congelados antes del anochecer.
—Acelera, Near —murmuró Saori, cerrando los ojos—. Tenemos que llegar al laboratorio antes de que el asfalto se convierta en una pista de hielo.
Saori se recostó contra el respaldo de cuero del Merodeador, sintiendo la vibración del motor bajo sus pies. Necesitaba ordenarse. Mientras el paisaje de la autopista se convertía en un borrón de nieve gris y sangre, ella cerró los ojos un segundo. En su mente, el mapa de la zona se iluminó con docenas de puntos rojos que palpitaban; algunos eran sobrevivientes aterrados apiñados en autos, otros eran depredadores esperando el momento de saltar desde las sombras de los edificios.
—El Localizador no miente —murmuró, viendo cómo los puntos rojos más grandes se movían con una velocidad depredadora hacia el autobús escolar que acababan de dejar atrás.
Sintió una sed repentina. Sin abrir los ojos, extendió una mano pálida. Una botella de agua mineral que estaba en el compartimento central se elevó suavemente, flotando en el aire hasta aterrizar con precisión milimétrica en su palma. Su Telequinesis se sentía más fluida, más natural, como un músculo que finalmente aprendía a tensarse. Era similar a la de Sora, pero ella sabía que su hermano estaba destinado a algo más oscuro: el mando sobre los no muertos. Ella, en cambio, sentía que su poder mental podía doblegar voluntades vivas, siempre que fueran lo suficientemente débiles.
—Max, ¿qué ves? —preguntó Saori mentalmente.
A través de su Telepatía, recibió una ráfaga de imágenes: el olor a ozono, el sabor metálico del aire y una sensación de hambre contenida. Max no solo era un perro mutante; era su radar biológico. Aunque Yuuta y Asami tenían una conexión más profunda con las bestias y los insectos, Saori podía "leer" las intenciones de los mutantes antes de que atacaran.
—Estamos cerca de Lorinso Industries —dijo Near, interrumpiendo sus pensamientos—. Pero los sensores térmicos están detectando algo masivo bloqueando la entrada principal.
Saori abrió los ojos y consultó sus Estadísticas. Sus ojos brillaron con un destello azulado mientras escaneaba el horizonte. Debajo de sus habilidades activas, vio varias pestañas bloqueadas, nombres borrosos que parpadeaban como estática.
—Aún soy débil —pensó, apretando el puño.
Se fijó en una de sus habilidades más recientes: Golpeadora Profesional. Le resultaba irónico; probablemente el sistema la había etiquetado así por la forma en que corregía a sus hermanos en el búnker, pero presentía que, con el entrenamiento adecuado, podría convertir esa broma en una técnica de combate devastadora. Al lado, Asesina de No Vivos brillaba con un tono carmesí, un recordatorio del rastro de sangre que ya había dejado atrás.
—Near, prepárate —ordenó Saori, mientras hacía flotar su mochila hacia su regazo para sacar una ración de chocolate—. No solo vamos a entrar a ese laboratorio. Vamos a tomar el control. Si mi Profecía es correcta, lo que hay dentro de ese edificio es la única razón por la que todavía no hemos muerto por la radiación.
El Merodeador rugió, encarando las puertas de acero de Lorinso Industries, donde la nieve gris comenzaba a acumularse sobre los cuerpos de los guardias que, incluso en la muerte, parecían estar protegiendo un secreto prohibido.
Saori desvió la mirada de los monitores tácticos y observó a Sora. Su hermano mantenía una expresión de desinterés casi clínico mientras el Merodeador pasaba junto a una escena de pesadilla, pero ella lo conocía mejor que nadie. Esa frialdad era su armadura; Sora podía ser amable, pero su instinto de preservación era afilado como un bisturí. Si empezaba a sospechar de alguien, esa persona ya estaba muerta en su mente, solo que aún no lo sabía.
A su lado, Naoko apretaba a Tesha contra su pecho, mientras los niños se encogían en sus asientos de cuero blindado. Max, el enorme Rottweiler mutante, emitió un gruñido sordo, sus sentidos captando la vibración del asfalto que se resquebrajaba bajo sus pies.
—Near, busca una salida hacia la zona comercial antes de enfilar hacia el laboratorio —ordenó Saori—. Necesitamos suministros para Tesha. Pañales, leche en polvo, medicina... será imposible conseguir algo de eso una vez que la nieve gris lo cubra todo.
—Entendido —respondió Near con una mueca de tensión, girando el pesado volante del blindado.
Saori sintió una punzada de inquietud al ver a los sobrevivientes por la ventana, pero se obligó a endurecer el corazón. No iba a ser la heroína de esta historia. No arriesgaría a su familia por desconocidos que, en este nuevo mundo, podrían clavarte un cuchillo por la espalda al minuto siguiente de haberlos salvado. Le resultaba absurdo cómo los protagonistas de las novelas obligaban a sus seres queridos a lanzarse al peligro por extraños.
—Eso es una forma rápida de terminar bajo tierra —pensó con cinismo.
—Es por lo del clima, ¿verdad? —preguntó Sora, notando cómo Saori revisaba obsesivamente las rejillas de ventilación del vehículo.
—Sí —asintió ella, sintiendo que un escalofrío real recorría su nuca—. Empezaría a hacer mucho frío pronto, y no hablo de un invierno normal. Hablo de una glaciación repentina.
En ese momento, Saori no pudo evitar sentir una oleada de envidia pura hacia el protagonista de la novela original.
—¡Qué maldita suerte tienen algunos! —refunfuñó entre dientes—. El equipo del protagonista tiene a un usuario de fuego. Esos tipos son literalmente estufas andantes; el frío no les afecta y pueden mantener a todo su grupo caliente con solo un gesto. Incluso crean lucecitas mágicas que no queman para iluminar el campamento. ¡Es injusto!
Sora soltó una risa seca, entendiendo el punto. Saori continuó con su lista mental de agravios contra el destino: el protagonista también tenía a alguien con control del viento que podía secar la ropa al instante. En cambio, ellos estaban en un camión de guerra, preparándose para forrarse en capas de ropa y usar compresas químicas para no calentarse... sino para simplemente no morir congelados.
—Esos son los beneficios de tener el "guion" de tu lado —murmuró Saori, suspirando—. Nosotros tenemos que conformarnos con el acero y el ingenio. Near, ahí, en esa farmacia de la esquina. Detente, pero no apagues el motor. Voy a entrar rápido con Max.
El Merodeador se detuvo frente a un local con los cristales rotos. Afuera, los primeros copos de nieve negra comenzaban a caer, derritiéndose al contacto con la sangre del pavimento.