historia de Alfas, omegas y betas
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Capítulo 5 — Nombres
Dormimos los tres en el galpón. No porque quisiéramos. Porque había un solo colchón que no estaba manchado de humedad y porque la gotera marcaba el único lugar seco en una esquina. Valenti puso el colchón contra la pared y se acostó del lado de la puerta, con la campera hecha un bollo bajo la cabeza y la barra de hierro al alcance de la mano. Elián se tiró en el medio sin preguntar. Yo me quedé parado como un boludo hasta que Elián me miró y dijo:
—O te acostás o te quedás de guardia y te dormís parado. Elegí.
Me acosté del otro lado. Beta en el borde, como siempre. Solo que esta vez el borde daba contra un omega que respiraba demasiado despacio y un alfa que no dormía aunque cerrara los ojos.
No soñé. Me desperté tres veces por la gotera —*tac*— y una por el olor. Ya no era solo hierro y madera mojada. Era eso mezclado con algo dulce que no supe nombrar hasta que entendí que venía de Elián. Supresores vencidos. Cuerpo empezando a hablar después de años tapado. Me di vuelta para el lado de la pared y conté los ladrillos hasta que se hizo de día.
Valenti ya estaba despierto. Había conectado el pendrive a la radio vieja —tenía entrada USB, cosa que no sabía que existía en radios de esa edad—. No salió música. Salió una luz roja chiquita. Estaba copiando.
—Hay más —dijo sin mirarme—. En el archivo. Carpetas ocultas. El que lo subió no sabía limpiar metadatos.
Me acerqué. En la pantalla mínima de la radio aparecían nombres. Archivos con fechas de los últimos seis años. “Rinaldi_E_Ciclo3”, “Rinaldi_E_SupresionAjuste”, “Rinaldi_E_InformeConsejero”. Y una carpeta que no tenía nombre, solo un número: 0427-B.
Mi número.
Se me heló la espalda. Valenti lo abrió. Era mi legajo del Censo. El de los dieciséis. Foto carnet, pulso, reacción a cápsula: nula. Apto para tareas administrativas. Beta confirmado. Abajo, en notas a mano escaneadas: “Sujeto no presenta respuesta feromonal. Sin embargo, en prueba cruzada (alfa #V-7742) se registró microdilatación pupilar a los 7.2 segundos. Descartado como error de medición. No repetir prueba. Beta.”
V-7742. No me decía nada. Hasta que Valenti giró apenas la cabeza y vi la cicatriz del cuello.
—No fue error —dijo.
No supe si me hablaba a mí o a la pantalla.
Elián se sentó en el colchón. Tenía el pelo aplastado de un lado y la marca del cuello más roja a la luz de la mañana. Miró la pantalla y después a mí.
—Vos —dijo.
—No sabía —dije. Beta. Defendiéndome antes de que me acusen.
—No —dijo él—. Vos. Por eso podés olerlo.
Valenti cerró la radio de un golpe. La luz roja se apagó.
—No importa —dijo—. No importa ahora.
—Sí importa —dijo Elián, y por primera vez le subió la voz—. Si él puede olernos sin que lo hayamos marcado, sin que estemos en celo, entonces el folleto miente en algo más que en lo de “estabilidad social”. Y si miente en eso, miente en todo.
Se hizo silencio. No el de los betas. El de cuando tres personas se dan cuenta de que están paradas sobre algo que no tiene piso.
Golpearon la puerta.
No el toc toc de visita. Tres golpes secos, espaciados. Protocolo de la Guardia.
Valenti agarró la barra. Elián se puso de pie sin hacer ruido —omega dominante, ahora entendía por qué los supresores le dejaban marcas: no para callarlo a él, sino para que no callara a los demás—. Yo me quedé con el pendrive en la mano. No supe en qué momento lo había sacado.
—Sector 9, inspección de rutina —dijo una voz del otro lado—. Abrir.
Valenti me miró. Después miró a Elián. Después la barra.
—No abrimos —susurró Elián—. Si entran, ven el brazalete faltante, ven la marca, ven el pendrive. Nos llevan a los tres.
—Si no abrimos, tiran la puerta y es peor —dijo Valenti.
Yo miré mi brazalete gris, sobre la mesa donde lo había dejado anoche. Lo levanté. Estaba tibio.
—Abro yo —dije.
Los dos me miraron como si por primera vez me vieran entero.
—Beta —dijo Valenti—. Sin brazalete no sos beta. Sos desclasificado.
—Con brazalete tampoco —dije, y me lo puse. El clic del cierre sonó más fuerte que los golpes.
Abrí la puerta solo lo suficiente para que se viera el gris.
—Damián Torres —dije antes de que preguntaran—. Archivo del Centro. Me mandaron a inventariar el depósito viejo del Sector 9. Orden 7742.
El guardia —alfa, joven, brazalete rojo recién soldado— me miró de arriba abajo. Después miró el brazalete. Después la planilla que yo no tenía pero que inventé con la misma voz con la que llevo ocho años diciendo “firmá acá”.
—Nadie avisó —dijo.
—Nadie avisa de los betas —contesté—. Por eso nos mandan.
Dudó. Los alfas no dudan mucho, pero cuando el fondo habla con la frase correcta, se confunden. Miró por encima de mi hombro. Valenti estaba atrás, sin brazalete, con la barra baja pero visible. Elián no estaba. Se había metido debajo de la mesa, tapado con una lona. No lo vio.
—Diez minutos —dijo el guardia—. Y te vas. Este sector no es seguro.
—Diez minutos —repetí.
Cerró y se fue. Escuchamos las botas alejarse por la grava.
Valenti cerró con la barra y se apoyó en la puerta, soltando el aire. Elián salió de abajo de la mesa, pálido pero con la mandíbula apretada. Me miró.
—Bienvenido a la fuga, Damián Torres —dijo.
No era felicitación. Era bautismo.
Guardé el pendrive en el bolsillo interno de la campera. El brazalete me quedaba flojo ahora, como si la muñeca hubiera cambiado en una noche.
—Nos vamos ya —dijo Valenti—. Antes de que el “beta de inventario” aparezca en algún informe.
—¿A dónde? —pregunté.
Elián se puso la campera grande, la que parecía de Valenti pero que le quedaba mejor a él.
—Donde no puedan leer el folleto en voz alta —dijo.
Y salimos por la puerta de atrás, con la gotera todavía haciendo tac cada tres segundos, marcando un tiempo que ya no era el del Centro.