Raeliana fue despojada de la mansión murió sabiendo que fue utilizada.. despierta en el pasado, con todos sus recuerdos intactos y una sola meta: no volver a casarse con el conde que la llevó a la muerte. Esta vez, antes de que el palacio la destruya, ella cambiará el destino…
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secuestro
Cuando terminó la pieza, Raeliana hizo una leve reverencia.
—Necesito retirarme unos minutos.
No esperó permiso.
Salió al pasillo.
Alguien la sujetó con fuerza del brazo.
El conde.
Su rostro estaba tenso, los ojos desordenados.
—Debió haberme esperado.
—No le debo nada.
—Yo la elegí primero.
Raeliana lo miró con frialdad.
—Usted lo planeó. No es lo mismo.
El conde se inclinó más, invadiendo su espacio.
—Aún puedo arreglar esto.
Raeliana dio un paso atrás.
—No vuelva a tocarme.
Entró al salón de damas.
No vio cuando él entró detrás.
Un pañuelo cubrió su boca.
Olor fuerte.
Oscuridad. Se desmayó .
Cuando despertó, estaba atada.
El carruaje avanzaba rápido, sacudiéndose en el camino.
Frente a ella, el conde la observaba con una mezcla de rabia, ansiedad y algo peor.
Obsesión.
—No voy a perder contra él.
Raeliana evaluó la situación en silencio.
Manos atadas. Espacio reducido. Él nervioso.
Bien.
—Esto se resolverá esta noche —continuó—. Un sacerdote nos espera.
Está desesperado. No está pensando.
Raeliana levantó la vista.
Raeliana respiró lento.
—No entiende con quién compite —dijo ella en voz baja.
El conde soltó una risa corta.
—¿Con un asesino frío?
Ella sostuvo su mirada.
—Con un hombre que no pierde lo que considera suyo.
El conde dudó un segundo.
Ese segundo bastó.
Suficiente.
Raeliana giró las muñecas.
La cuerda estaba mal asegurada.
Se liberó una mano y golpeó su garganta con precisión.
Seco.
El conde cayó hacia atrás, sin aire, llevándose las manos al cuello.
Raeliana abrió la puerta del carruaje y saltó.
El impacto le raspó brazos y piernas.
Dolió.
No importa.
Se levantó y corrió.
El bosque era oscuro y húmedo.
Las ramas atrapaban su vestido.
Escuchó gritos detrás.
La estaban persiguiendo.
El miedo intentó subir por su pecho.
No ahora. Corre.
—Maldito vestido…
Pisó la falda, casi cayó, se sostuvo y siguió.
De pronto, una sombra salió de la oscuridad.
Una mano cubrió su boca.
Su cuerpo reaccionó para atacar.
—Soy yo.
La voz baja, firme.
Duque Noah
Su pecho estaba rígido contra su espalda.
—Tranquila.
Raeliana dejó de resistirse.
Detrás de ellos, pasos apresurados.
El cochero apareció con espada.
Noah la soltó y avanzó.
No dijo nada.
Solo atacó.
El enfrentamiento duró segundos.
Un corte.
El hombre intentó defenderse.
Segundo corte.
Cayó.
Silencio.
El conde apareció tambaleando, pálido al ver el cuerpo en el suelo.
—D-duque… esto puede arreglarse…
Noé no respondió.
Caminó hacia él con calma.
Como si ya supiera el final.
El conde retrocedió.
—Fue un impulso…
Noé habló finalmente.
Noah lo mira como si ya estuviera muerto.
—Tocaste lo que es mío.
El conde cayó de rodillas.
—Por favor…
Raeliana no podía moverse.
Esto no es una película. Esto es real.
Nunca había visto algo así de cerca.
Noah levantó la espada.
—Hay cosas que no se perdonan.
Un solo movimiento.
Rápido.
El bosque quedó en silencio.
Noah se giró hacia ella de inmediato.
La miró de pies a cabeza.
Se acercó despacio.
Revisó su rostro, brazos, vestido roto.
Se quitó la capa y la colocó sobre sus hombros.
—Perdón por hacerla ver esto.
Raeliana respiraba lento.
No iba a desmoronarse.
No frente a él.
—Así es este mundo —dijo.
Noah sostuvo su cara con cuidado.
Sus manos estaban frías.
—Mientras esté conmigo, nadie volverá a tocarla.
Raeliana lo sostuvo la mirada.
Este hombre mata sin dudar.
Noah la levantó sin pedir permiso y la subió al caballo.
Se colocó detrás, rodeándola con un brazo firme.
Ella sintió el latido fuerte contra su espalda.
El corazón le latía fuerte.
Cabalgó sin decir una palabra.
Raeliana no se soltó.
Porque entendía algo ahora.
Este mundo no era seguro.
Pero él…
Era más peligroso que cualquier otro.
Y aun así, era el único lugar donde no sentía miedo.
Regresaron al ducado.