Estrella Portugal nació en cuna de oro y pasó casi treinta años construyendo un imperio empresarial internacional, convenciendo al mundo de que no necesitaba a nadie, haciéndose dueña de cada lugar donde pisaba y dejando atrás el amor, confundiéndose incluso con el deseo.
Pero un accidente borra su memoria y también la coraza que siempre la protegió, ahora no recuerda su divorcio, su poder, ni a Lucio Salvatierra, el hombre diez años menor que la ama y logró ver el alma de la mujer implacable, que asusta a todos los demás.
Ahora, en medio de la confusión, su corazón laterá con miedo, con deseo, con libertad, por alguien que cree no conocer, pero la hace vibrar y no pide permiso; sin saber, que el imperio que había construido puede venirse abajo, y la ayuda vendrá de quien menos se lo espera.
¿Será capaz Estrella de no dejar ir el amor cuando recupere la memoria?
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LIBRO VI (Penúltimo)
Colección AMORES QUE SANAN
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6. Amnesia retrógrada
La puerta se abrió con discreción, pero la tensión podía sentirse en cada una de las personas que iban ingresando a la habitación de Estrella. Ya les había avisado incluso antes de que se lo dijera a Estrella, pero no sé imaginó que cuando ella despertara no lo reconocería.
Lucio fue el primero en ingresar, aunque esta vez no venía solo. Detrás de él apareció Alex, ya con veintinueve años, con el porte rígido, había aprendido a cuidar de su familia, ahora conformada por su esposa Eliana Safra, una mujer igual de aguerrida que su madre, y dos hijos Fabiola de nueve años y Facundo de dos años.
...Alex Romero...
Unos pasos más atrás, estaba Camila, lucía pálida, con esa fragilidad controlada que solo quien ha estado al borde sabe disimular, hace poco ha salido del centro psiquiátrico donde ha estado internada. El tratamiento ha dado resultados, pero no puede evitar sentirse insegura, después de haber desperdiciado años de su vida, por no haber controlado adecuadamente sus emociones.
...Camila Romero...
Estrella los miró sin reconocerlos. No vio el parecido inmediato con su propio rostro, no identificó en Alex la misma línea firme de su mandíbula, ni en Camila la intensidad emocional que tantas veces la desbordó en la adolescencia. Solo vio a dos desconocidos observándola como si ella fuera la que había desaparecido.
- “Mamá”, dijo Alex, con una voz firme que intentaba no quebrarse. Estrella frunció el ceño.
- “Señor, creo que está equivocado, yo no tengo hijos”, respondió Estrella con educación fría.
Camila dio un paso adelante, pero Lucio extendió el brazo con suavidad para detenerla antes de que la emoción la sobrepasara, para Estrella la recuperación total de su hija era su objetivo más grande. No era el momento de explosiones, y él lo sabía.
Alex respiró hondo antes de hablar otra vez.
- “Soy Alex Romero. Tu hijo. Tengo veintinueve años”, dijo Alex.
El apellido cayó como una piedra. Estrella lo reconocía. Era el apellido de Gustavo, su prometido.
Su mente empezó a tambalearse.
- “Eso es imposible”, susurró Estrella, y esta vez el tono ya no era desafiante, sino desorientado.
En ese momento el neurólogo entró acompañado por una residente y cerró la puerta con cuidado, creando un espacio más íntimo, aunque el ambiente estaba lejos de ser sereno.
- “Señora Portugal”, comenzó con voz técnica pero compasiva. “Tras evaluar su estado neurológico y revisar las imágenes, podemos confirmar que presenta una amnesia retrógrada. Su memoria se ha anclado en una etapa específica de su vida, aproximadamente alrededor de los veinte años”. Estrella negó lentamente.
- “Yo recuerdo todo lo necesario. Estoy por casarme con Gustavo”, insistió Estrella.
El silencio que siguió fue devastador. Alex bajó la mirada apenas un segundo antes de volver a sostenerla.
- “Sí te casaste con él. Y tuvieron dos hijos. Camila y yo”, manifestó Alex.
El médico intervino antes de que la carga emocional desbordara la escena.
- “Su cerebro ha bloqueado recuerdos posteriores a esa etapa. No es una decisión consciente, es un mecanismo de protección tras el traumatismo. Para usted no han pasado treinta años, pero sí han pasado”, expresó el médico.
Estrella llevó la mano al vendaje de su costado como si necesitara comprobar que al menos ese dolor era real. Su respiración se volvió irregular, no por el golpe físico sino por la sensación de estar atrapada en una vida que no reconocía.
- “¿Y Gustavo?”, preguntó Estrella, aferrándose al único nombre que le resultaba sólido.
Fue Camila quien respondió, y su voz tembló apenas.
- “Se divorciaron hace más de diez años”, dijo Camila.
Esa revelación pareció afectar más que la palabra “hijos”. Cómo podría haberse divorciado de Gustavo, cómo su gran amor podía haber fracasado.
El médico continuó explicando con precisión clínica que el pronóstico era incierto, que los recuerdos podían regresar gradualmente o no hacerlo, que lo recomendable era evitar forzar información excesiva para no generar mayor ansiedad cognitiva.
Mientras hablaba, Estrella no lo miraba a él. Lo miraba a Lucio. Lo hacía con una intensidad distinta a la del despertar. Ahora había contexto. Si su matrimonio había terminado, si habían pasado décadas, si esos hijos eran reales, entonces ese hombre no era un intruso casual. Era parte del tiempo que le faltaba.
Alex, más racional que su hermana, intervino con cuidado; preocupado también por la seguridad de su madre, ella había tomado el avión privado para venir a verla, luego de enterado del atentado mortal que había recibido su madre, el equipo de seguridad había parecido, y que su madre estuviera viva era un milagro.
- “Hay algo más que el doctor debería saber”, dijo Alex, mirando primero a Lucio y luego al médico. “Mi cuñado Edward Safra es neurocirujano. Él puede revisar las imágenes también”.
El dato no era casual. Estrella sintió que el suelo se movía bajo ella otra vez, un cuñado, una nuera y una punzada en el pecho, como si hubiera una historia que causó heridas.
Había estructuras familiares que no existían en su memoria pero que estaban allí, sólidas, mirándola con ojos propios.
Camila se acercó esta vez sin que nadie la detuviera, aunque mantuvo una distancia prudente.
- “No tienes que entenderlo todo ahora, solo descansa”, dijo la joven con una serenidad aprendida a la fuerza, ahora era su madre quien necesitaba ayuda.
Había algo en esa voz que rozó el pecho de Estrella como una brisa conocida, un eco emocional que no llegaba a ser recuerdo pero sí a un vínculo. Y eso fue más perturbador que cualquier diagnóstico.
El médico terminó sus indicaciones y salió, dejando a la familia en una intimidad incómoda. El móvil de Alex suena, ve el mensaje de su padre.
- “Ya viene papá, acaba de llegar a la ciudad”, dijo el hijo mayor de Estrella.
La palabra cae diferente esta vez. Estrella levanta la mirada con una mezcla de alivio y urgencia, si lo que dicen es cierto, entonces pronto él estaría con ella.
- “¿Gustavo está aquí?”, preguntó Estrella, y por primera vez desde que despertó, su voz sonó luminosa.
Lucio siente el cambio como una presión en el pecho, pero no interviene. Sabe que ese nombre pertenece a una parte de ella que él no puede disputar.
Camila observa la escena con una comprensión silenciosa; ella sí recuerda cómo era su madre antes de volverse implacable, antes de que el imperio empresarial la consumiera, pero también recuerda cuando su relación con Edward despertó aún más a la fiera que puede llegar a ser, pero también notó con más facilidad el cambio cuando volvió a verla, y la presencia de Lucio a su lado le daba calidez, no lo habían oficializado, pero eran más que amigos.
- “Sí, mamá. Pero hay cosas que tienes que saber antes de que lo veas”, manifestó Camila con suavidad.
- “No necesito saber nada. Solo quiero verlo”, replicó Estrella.
Y en esa frase no había arrogancia, sino la pureza intacta de la joven que se enamoró por primera vez, para la memoria que ella conservaba, Gustavo era el único amor que conocía.
Lucio entiende entonces que el verdadero desafío no será que lo recuerde; será que, al recordar, lo elija; su relación con Gustavo parece fue tan poderosa, que fue lo único que no olvidó.