Sol ha sobrevivido diez años sin nombre, sin recuerdos y sin más compañía que el dolor. Desde que despertó a los dieciocho sin saber quién era, su vida se convirtió en golpes y tortura. Pero todo cambia cuando llega al castillo del rey demonio... Y él, sin explicación alguna, le pide matrimonio.
¿Acaso ya se conocen? Quizás, el secreto de su recuerdos sean la respuesta porque él la ama tanto.
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Capitulo 7
— Tu no vale la pena de nada. Te aseguro de que si te mató ahora, no podré vivir tranquilo con mi futura esposa. Pero te haré sufrir como nunca si no la sueltas.
Antonieta, llena de impotencia, se mordió la lengua con tanta fuerza que terminó rompiéndola. Sabía perfectamente que el rey no estaba bromeando al amenazar con lastimarla si no soltaba a Sol. Aun así, la dejó ir de mala gana, arrojándola hacia el suelo. Pero antes de que Sol cayera, Lumiel la atrapó entre sus brazos.
Las uñas del rey habían dejado marcas en el cuello de Antonieta. Ella lo tocó con una mezcla de dolor y furia. Tras años a su lado, ni siquiera había logrado una relación cercana con él. Y aun con todo ese tiempo compartido, Lumiel había preferido salvar a una desconocida antes que a su propia esposa.
Observó la escena en silencio. El rey sostenía a Sol con desesperación, intentando devolverle el calor a sus brazos casi congelados.
Antonieta levantó la barbilla con frialdad y le dedicó a Sol una última mirada venenosa, la mujer a quien las sirvientas llamaban la reina de
los plebeyos. Luego salió sin decir palabra.
Sofía soltó a Amelia, quien corrió tras su señora.
Noel pidió permiso a Ruth para acercarse a Sol. Ella asintió y lo dejó ir.
— ¡Sol! — exclamó Noel, angustiado.
Lumiel seguía de rodillas sujetándola. Sol intentó mover el brazo, pero un crujido, como hielo partiéndose, alarmó al rey. En cuanto lo escuchó, se levantó con ella en brazos.
— Tengo que llevarla rápido para curarla — dijo, intentando mantener la calma.
En ese instante entraron Catrina y Gael.
— Vi a la reina salir de la mansión — comentó Gael —. ¿No pasó nada grave?
Pero al ver los brazos helados de Sol, su expresión se endureció.
Lumiel pasó a su lado, tajante.
— Quiero todas las pertenencias de Antonieta fuera del castillo. Le advertí que se comportara. Ahora verá las consecuencias de no obedecer. Ruth.
— Dígame, mi señor — respondió ella.
— Lleva al niño a su alcoba. Yo llevaré a Sol a la mía. Ahí tengo todo para curarla. Después hablaremos de lo ocurrido.
— Lo que usted ordene, mi señor.
Sol notó la preocupación en los ojos de Noel. Forzó una sonrisa.
— Por favor, deja que Noel me acompañe. Le prometí no dejarlo solo.
Lumiel respondió con severidad.
— No. Él no puede ir a donde vamos. Ya di mis órdenes. Obedezcan.
Noel tragó fuerte, pero mantuvo el valor.
— Estaré bien, Sol. Lo importante es que te recuperes pronto para que estés a mi lado.
Sol le sonrió con orgullo.
— Ese es mi pequeño Noel. Sanaré lo más rápido posible.
Lumiel observó la escena con una expresión melancólica antes de dirigirse al castillo con Sol en brazos.
Gael se llevó una mano a la nuca, frustrado.
— Vaya problema en el que me metió el rey. Tratar con esa mujer es peor que tratar con el diablo — murmuró. Luego se giró y salió del lugar.
Catrina lo vio alejarse con expresión apagada. Sofía, divertida, le dio un codazo.
— Ya sé quién te gusta.
— No pienses mal — farfulló Catrina, completamente sonrojada —. Solo me preocupa Sol. Eso es todo.
— Gran excusa. No voy a negar que es atractivo. Pero el rey es más guapo.
Ruth volvió a golpearle la cabeza con una sartén.
— Dios mío, tu tamaño no se compadece con tu cerebro — comentó — Noel, ¿te acompaño hasta la habitación?
— Si. Tengo que acostumbrarme a estar sin Sol por un rato.
— Bien. Te llevaré hasta allá.
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Lumiel avanzaba por un largo pasillo oscuro. Las antorchas no brillaban con fuego tradicional, sino con una luz verde esmeralda. Llegaron a una puerta majestuosa que se abrió sola al reconocer la presencia del rey.
Al entrar, Sol quedó maravillada.
Un amplio salón decorado con tapices, tonos rojizos y detalles dorados se extendía ante ella. Incluso había un segundo piso. Pensó que Lumiel la dejaría en uno de los elegantes muebles, pero no fue así. Siguieron subiendo las escaleras, directos hacia otra habitación.
— ¿Lumiel?...
— ¿Creíste que te dejaría abajo? Tranquilízate. No te haré nada. Excepto curarte. — La miró de reojo — Eres muy fácil de leer.
— ¿Ah, sí? ¿Y qué estoy pensando ahora? — lo desafió ella.
Lumiel examinó su expresión. Sol apartó la mirada, intentando evitar que sus nervios la delataran.
— ¿Por qué apartas la mirada? — preguntó él, confiado —. Ah, ya sé. Te pondrías nerviosa si me miras fijamente, ¿no?... Quien no lo haría.
Sol maldijo por adentro y desvió el pensamiento para dificultarle la lectura.
Lumiel abrió la puerta de otra habitación. Sol quedó aún más impresionada con la decoración elegante y cálida del lugar.
El rey sonrió, complacido.
— Si crees que estas decoraciones no son mías, estás muy equivocada. Por tu reacción, imagino que volví a ganar.
Sol sonrió débilmente.
— Me rindo. Seguir retándote sería sumar derrotas.
Lumiel la sentó con cuidado frente a la chimenea. Se ausentó y regresó con una pequeña flama en la palma de su mano.
— Acerca tus manos al fuego, Sol.
— Si hago eso me voy a quemar — dijo ella, preocupada.
Lumiel extendió su mano, firme.
— Confía en mí.
Sol dudó, pero entregó sus manos congeladas. Estas crujieron al contacto, el hielo fracturándose. Lumiel la miró directamente.
— Perdóname por esto. No sabía que ella llegaría tan lejos — murmuró mientras sumergía las manos de Sol en el fuego, que no quemaba, sino que brindaba un calor envolvente —. El divorcio se hará oficial mañana. Y ese mismo día será nuestra boda. Claro, si aún lo quieres.
El corazón de Sol se paralizó. No supo qué decir. Lumiel lo notó. El hielo comenzó a derretirse, pero Sol estaba demasiado aturdida para notarlo.
— Aceptó. Aceptó casarme contigo solo por la comodidad que le darás al niño.
— Aprecio tu sinceridad.— sonrió él.— No mucho las tienen aquí. Cuando puedas mover los dedos y los brazos, avísame. Te llevaré a tu alcoba.
Sus manos se movían por fin, ahora reposaba en las de él. Ese suave toque era todo lo que necesitaba ella para aliviarse.
En eso, Lumiel se levanta alejándose de su lado. Sol quedó sola con sus pensamientos.
“¿Mañana?... ¿No es muy pronto? Quería conocerlo mejor antes del matrimonio. Y Antonieta… sus celos podrían lastimar a alguien. Incluso a Noel. Tengo que decirle. Tengo que reunir valor
Sol salió de la habitación con los brazos casi recuperados. Encontró a Lumiel mirando por la ventana.
— Supongo que ya estás mejor — comentó él.
— Sí. Gracias por curarme.
Lumiel se acercó y le ofreció su brazo. Sol lo tomó. Ambos caminan hacia la alcoba de la mujer.
— No tienes por qué agradecerme. Fue mi descuido. Sabía que Antonieta estaba loca, pero no que fuera capaz de asesinarte.
Sol reunió valor para hablar.
— Lumiel, no quiero sonar grosera, pero si alguien llegara a tu hogar y te quitara todo lo que tienes, ¿cómo te sentirías? No la estoy defendiendo, pero no me parece justo lo que le haces.
Lumiel respiró hondo.
— Lo que le hago no se compara con lo que ella le hizo a mi pueblo. Éramos pareja y reyes, pero jamás se comportó como tal. No le importaba mi gente. Derrochaba dinero en fiestas inútiles. Ignoraba los problemas de ambos reinos. En pocas palabras, no nació para ser reina. — La miró con seriedad —. Pero tú sí.
Sol se detuvo, sorprendida.
— ¿Yo? ¿Por qué?
— Porque defiendes incluso a quienes no conoces. Incluso a tus enemigos. Proteges a los inocentes, das tu vida por ellos. Y tú siempre has sido así.
Un pensamiento atravesó a Sol.
“¿Siempre? Habla como si me conociera. Ya lo ha hecho antes, cuando nos conocimos, en el jardín. Él sabe quién soy"
— Lumiel... ¿tú sabes quién soy? — preguntó.
Pero él no respondió. Guardó silencio mientras avanzaban por el pasillo hasta llegar a su alcoba.
Sol soltó su brazo. Sabía que lo que estaba a punto de decir podía molestarle. Respiró profundo.
— Lumiel… — él se giró —. Ya no sé si estoy dispuesta a casarme contigo. Agradezco tu trato, pero...
De inmediato, Lumiel la acorraló contra la puerta. Apoyó una mano junto a su cabeza, acercándose lo suficiente para que sus respiraciones se mezclaran.
Con una sonrisa peligrosa, dijo.
— Sol, Ya me diste tu palabra. Eso vale más que tus dudas. Tengo métodos de que te arrepientas de tan solo dejarme.
Se inclinó más cerca. Muy cerca. Con intenciones oscuras de posar sus labios sobre lo de ella.
Sol sintió el corazón acelerarse. Su cuerpo no se resistía. Sus labios, sin querer, lo esperaban. Esa extraña sensación de anhelo, no espero sentir emoción de hacerlo.