No creas ni por un instante que mi historia de vida será la típica de hombres salvajes y predecibles. La mía se escribe con fuerza, con intención, con estrategia… con una presencia que se desliza bajo la piel y deja huella.
Haré que tu corazón pierda el compás, que se acelere y se rinda al ritmo de mis movimientos, como si cada paso que doy marcara el destino entre nosotros.
No será una simple historia… será mi historia la que te deje un pulso constante, una tensión que te erice la piel y te obligue a sentir cada latido en sintonía conmigo.
ACTUALIZACIÓN DIARIA
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Nada importaba en ese momento.
Y entonces lo vieron.
A él emergiendo del bosque.
Con Aelina Moonveil.
El murmullo fue inmediato.
Los soldados bajaron la mirada con respeto automático, golpeando el suelo con el asta de sus armas. Los nobles hombres se quedaron rígidos, desconcertados, intercambiando miradas cargadas de preguntas que ninguno se atrevía a formular.
Pero fueron las damas quienes reaccionaron con mayor intensidad.
Sus abanicos se detuvieron a medio movimiento. Sus ojos recorrieron la escena: Aelina Moonveil sostenida contra él, su ropa ligeramente desordenada, la marca en su cuello apenas visible, la cercanía indiscutible.
Estupefacción.
Luego recelo.
Después algo más oscuro.
Envidia.
Un odio silencioso comenzó a formarse en sus miradas. No era difícil de interpretar. El rey jamás había mostrado interés abierto por ninguna mujer en público. Jamás había tocado a una dama frente a la corte.
Y ahora regresaba del bosque cargando a una desconocida como si le perteneciera.
Él no prestó atención a nada de eso.
No miró a los nobles.
No miró a las damas.
No explicó.
Su expresión era fría, su postura recta sobre el caballo, un brazo firme asegurando a Aelina contra él.
Su voz resonó grave y autoritaria:
—Preparen un carruaje. Regresamos al palacio.
No fue una sugerencia.
Los soldados se movieron de inmediato. Los sirvientes corrieron a cumplir la orden sin demoras.
El murmullo quedó atrás mientras la maquinaria del poder se ponía en marcha.
Y en medio de todas esas miradas cargadas de juicio, deseo y resentimiento…
El rey no apartó la vista del horizonte.
Como si ya hubiera tomado una decisión que nadie más comprendía.
.
.
.
El carruaje atravesó los grandes portones del palacio bajo el sonido metálico de las cadenas al elevarse. Las torres blancas se alzaban imponentes contra el cielo, estandartes reales ondeando con solemnidad.
No hubo anuncio formal.
No hubo protocolo.
Él descendió primero y, sin esperar ayuda, tomó a Aelina Moonveil en brazos. No como a una prisionera. No como a un objeto. La sostuvo con firmeza y cuidado, un brazo bajo sus rodillas y otro sosteniendo su espalda, manteniéndola estable contra su pecho.
Los sirvientes que se encontraban en la escalinata quedaron paralizados.
Su guardia personal, un soldado que llevaba años a su lado en guerra y consejo, abrió apenas los ojos con incredulidad. Sabía que su rey había mostrado un interés inusual durante la cacería. Lo había visto transformarse. Había sentido la tensión.
Pero esto…
Esto era público.
Y el rey jamás hacía nada sin intención.
Recorrió los largos pasillos de mármol sin detenerse, ignorando las miradas, los murmullos ahogados, las inclinaciones apresuradas de quienes se apartaban de su camino. No tomó rumbo hacia las habitaciones de huéspedes. Ni hacia las cámaras médicas.
Subió las escaleras principales.
Se dirigió directamente a la habitación deshabilitada que estaba reservada exclusivamente para la futura reina del reino.
Las puertas dobles se abrieron con rapidez ante su presencia.
Incluso los sirvientes encargados de mantener ese lugar impecable quedaron sin habla al verlo cruzar el umbral con una mujer inconsciente en brazos.
El guardia personal permaneció en la entrada, rígido, procesando lo evidente: su rey no estaba actuando por impulso pasajero.
Estaba marcando territorio.
Él entró en la lujosa habitación —decorada con sedas finas, cortinas translúcidas, muebles tallados en madera oscura y una cama amplia con dosel delicadamente bordado— y caminó hasta el centro.
Se inclinó con cuidado.
Recostó a Aelina Moonveil suavemente sobre la cama, acomodando su cabeza sobre los almohadones como si fuera algo frágil… aunque sabía que no lo era.
Sin apartar la mirada de ella, habló con voz firme:
—Retírense. Todos.
No hubo objeciones.
Las puertas se cerraron.
El silencio quedó suspendido entre ellos.
Ella seguía inconsciente, su respiración suave y rítmica. El cabello azul celeste se extendía sobre la seda clara como un río brillante. La ligera herida en su cuello contrastaba con la delicadeza de su piel.
Él permaneció de pie junto a la cama durante varios segundos.
Luego avanzó despacio.
Su mirada recorrió cada detalle: la más fina hebra de su cabello, el contorno de su rostro, la curva delicada de sus hombros, la línea elegante de sus piernas hasta sus pequeños pies descalzos.
Se detuvo en la mordida que había dejado.
La marca era visible. Su marca.
Sus ojos violetas se oscurecieron levemente mientras inclinaba el rostro apenas, aspirando el aroma que emanaba de ella. Incluso dormida, incluso débil, su esencia seguía siendo intensa.
Embriagadora.
Peligrosa.
No era solo deseo lo que lo mantenía allí observándola.
Era fascinación.
Y una certeza que comenzaba a tomar forma con cada respiración:
Ella había cruzado un límite del que ninguno de los dos podría retroceder.
La habitación permanecía en silencio, apenas interrumpido por la respiración suave de Aelina Moonveil.
Entonces ocurrió.
La herida en su cuello —la marca que él mismo había dejado— comenzó a cerrarse lentamente, casi imperceptible al principio. La piel se regeneró con una suavidad antinatural, la línea rojiza desapareciendo como si el tiempo retrocediera sobre su carne. En cuestión de minutos solo quedó una leve sombra, un recuerdo tenue del mordisco.
Él no intervino.
Observó.
Sus ojos violetas siguieron cada segundo del proceso, atentos, analíticos… y luego satisfechos. No había sorpresa en su expresión, sino confirmación.
Así que no era una hembra común.
La comisura de sus labios se curvó apenas.
Había marcado territorio. Había sellado algo más profundo que un simple gesto posesivo. El vínculo se había formado… y el cuerpo de ella lo aceptó.
Eso bastaba.
Por primera vez desde la cacería, su postura se relajó ligeramente. No le importaban los rumores que ya debían estar recorriendo el palacio. No le importaban las miradas de los nobles ni las especulaciones del consejo.
Nada importaba en ese momento.
Solo ella.
Se despojó del manto con calma y se acomodó sobre la cama, recostándose a su lado. No la tocó con brusquedad esta vez. Se posicionó lo suficientemente cerca como para sentir el calor de su cuerpo, lo bastante próximo para percibir su aroma sin necesidad de inclinarse.
Su brazo descansó a su lado, pero su presencia era envolvente, protectora… y posesiva.
La observó unos instantes más, memorizando los detalles de su rostro ahora sereno.
—No escaparás otra vez —murmuró en voz baja, más para sí mismo que para ella.
Y así permaneció.
Recostado junto a la mujer que había despertado su instinto más antiguo, dispuesto a vigilar su descanso.
Durante el resto del día.
bueno lo importante es que el la esta cuidando pero hay le va tocar difícil con todas esas mujeres
hay no que paso