La lluvia caía suavemente sobre los ventanales de la mansión Torres.
Liliana Pérez estaba sentada en la sala principal, con las manos entrelazadas sobre su regazo. La luz tenue de la lámpara iluminaba su rostro tranquilo, aunque por dentro su corazón latía con fuerza.
Habían pasado cinco años desde que se convirtió en Liliana Torre..
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Llamada...
La mansión estaba tranquila.
Demasiado tranquila.
Liliana caminaba por el pasillo del segundo piso con una ligera inquietud que no sabía explicar. Sus dedos rozaban distraídamente la baranda de madera mientras avanzaba, sintiendo el frío del material bajo su piel.
Algo no estaba bien.
No sabía qué.
Pero lo sentía.
Al bajar las escaleras, lo vio.
Dominic estaba en la sala, de pie junto a la ventana, hablando por teléfono. Su postura era rígida, seria, completamente concentrada.
—Sí… salgo en una hora —decía con voz firme.
Liliana se detuvo sin que él la notara.
—No, no lo pospongas… estaré ahí esta misma tarde.
Su tono era frío, profesional.
Modo negocio.
Liliana sintió una ligera incomodidad.
—Prepara todo… quiero que la reunión sea privada.
Colgó.
Y entonces giró.
Sus miradas se encontraron.
Hubo un segundo de silencio.
—¿Vas a salir? —preguntó ella, intentando que su voz sonara normal.
—Sí.
Respuesta corta.
Directa.
—¿Por trabajo?
—Siempre es por trabajo.
Liliana asintió.
Pero no se movió.
Algo en su pecho se apretó ligeramente.
—¿Cuánto tiempo?
Dominic dudó un segundo.
—Dos días… tal vez tres.
Ese "tal vez" no le gustó.
—¿Dónde?
—Fuera de la ciudad.
Otra respuesta vaga.
Liliana lo observó.
—Podrías ser un poco más específico.
Dominic se acercó lentamente.
—¿Te preocupa?
Ella bajó la mirada apenas.
—Solo pregunto.
Él la observó unos segundos más.
—Voy a cerrar un acuerdo importante… necesito hacerlo personalmente.
Liliana asintió.
—Entiendo.
Pero no se sentía tranquila.
No sabía por qué.
Dominic tomó su reloj del sofá y se lo colocó.
—Salgo en veinte minutos.
El silencio volvió.
Ella quería decir algo.
No sabía qué.
Pero quería decirlo.
—Ten cuidado —dijo finalmente.
Dominic la miró.
Esa frase…
era simple.
Pero inesperada.
—Siempre lo tengo.
Pero su voz fue más suave.
Y eso la inquietó más.
Dominic caminó hacia la puerta.
Luego se detuvo.
Sin girarse.
—Si necesitas algo… llámame.
Liliana lo miró.
—No soy una niña.
Dominic sonrió apenas.
—No… pero igual.
Y salió.
La puerta se cerró.
Y la mansión quedó en silencio.
Un silencio extraño.
Pesado.
Liliana no sabía por qué… pero sintió un vacío repentino.
---
Horas después…
La carretera estaba casi vacía.
El cielo comenzaba a nublarse.
El viento movía las ramas de los árboles a los lados del camino, creando sombras irregulares sobre el asfalto.
Dominic conducía.
Una mano en el volante.
La otra apoyada en la consola.
Su expresión era seria.
Concentrada.
Pero su mente no estaba completamente en la carretera.
Pensaba.
En la conversación de esa mañana.
En su mirada.
En ese "ten cuidado".
Algo en su pecho se tensó ligeramente.
Sacudió la cabeza.
No.
No iba a pensar en eso.
Volvió a concentrarse.
El cielo se oscureció más.
Las primeras gotas comenzaron a caer.
Lentas.
Irregulares.
Luego más fuertes.
La lluvia comenzó a golpear el parabrisas.
Dominic encendió los limpiaparabrisas.
El sonido rítmico llenó el interior del auto.
La carretera se volvió resbaladiza.
La visibilidad disminuyó.
Pero Dominic no redujo demasiado la velocidad.
Estaba acostumbrado.
Siempre confiaba en su control.
El teléfono vibró.
Miró la pantalla.
Número desconocido.
Lo ignoró.
Volvió a sonar.
Y otra vez.
Frunció ligeramente el ceño.
Contestó con manos libres.
—¿Sí?
—Señor… soy del equipo de la reunión…
La voz sonaba nerviosa.
—Diga.
—Hay un cambio… necesitamos que tome la ruta alternativa… hay un accidente más adelante.
Dominic miró la carretera.
—Entendido.
Colgó.
Tomó la salida alternativa.
Una carretera más estrecha.
Más oscura.
Menos transitada.
La lluvia aumentó.
El sonido del agua golpeando el techo era cada vez más fuerte.
Los neumáticos comenzaron a deslizarse ligeramente.
Dominic ajustó el volante.
Pero entonces…
Las luces.
De repente.
Un camión apareció en dirección contraria.
Demasiado rápido.
Demasiado cerca.
Dominic giró el volante.
Los neumáticos chillaron.
El auto se deslizó.
El corazón le dio un golpe fuerte en el pecho.
El volante vibró violentamente.
La lluvia impedía ver claramente.
El camión tocó la bocina.
Un sonido fuerte.
Ensordecedor.
Dominic intentó corregir.
Pero el auto patinó.
Las ruedas perdieron adherencia.
Todo ocurrió en segundos.
El auto giró.
El sonido del metal.
El impacto.
Un golpe brutal.
El parabrisas estalló.
El mundo giró.
Oscuridad.
Silencio.
Solo el sonido de la lluvia cayendo.
---
Mansión
Liliana estaba en la sala.
Intentaba leer.
Pero no podía concentrarse.
Pasaba las páginas sin realmente leer.
Algo la inquietaba.
Miró su teléfono.
Nada.
Lo dejó.
Se levantó.
Caminó.
Volvió a sentarse.
El reloj avanzaba lentamente.
Entonces…
El teléfono sonó.
El sonido la sobresaltó.
Lo tomó.
Número desconocido.
Contestó.
—¿Sí?
Hubo un segundo de silencio.
Luego una voz.
Seria.
Formal.
—¿Señora…?
Liliana frunció el ceño.
—Sí.
—¿Es usted la esposa del señor Dominic?
Su corazón se detuvo un segundo.
—Sí… ¿qué ocurre?
La voz dudó.
—Hubo un accidente…
El mundo pareció detenerse.
Liliana sintió cómo su respiración se cortaba.
—¿Accidente?
—El vehículo del señor Dominic…
El teléfono comenzó a temblar en su mano.
—¿Está… está bien?
Silencio.
Demasiado largo.
—Señora… lo trasladaron de urgencia…
Liliana sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Dónde…?
—Hospital Central…
El teléfono resbaló.
Sus dedos se aflojaron.
El móvil cayó al suelo.
El sonido del golpe resonó en la sala vacía.
Liliana se quedó inmóvil.
Pálida.
Sin respirar.
Sus ojos abiertos.
Impactada.
Su mente repitiendo una sola palabra.
Accidente.
Accidente.
Accidente.
Y por primera vez…
Sintió miedo.
Miedo real.
Porque sin darse cuenta…
había empezado a importarle más de lo que quería admitir.
Y ahora…
Podía perderlo.