Manjiro y tú eran mejores amigos desde pequeños, por eso estuviste con él desde siempre y tienes sentimientos hacia él. Los fundadores también eran tus amigos, pero desde que una chica llamada Luna entró a Toman, te "robó" a tus amigos, también a Manjiro. Manjiro se volvió distante: no te contestaba, te excluía, te ignoraba... esto te afectó un poco. Tu mejor amigo y el chico que te gustaba te cambiaba un poco más cada minuto. Siempre que intentabas hablar de ello, decía que estabas siendo posesiva y que no tenías razón para actuar así... hasta que llegó ese día.
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2
El empujón de ella fue suave pero firme, suficiente para que Manjiro perdiera el equilibrio momentáneo y la puerta se cerrara con un chasquido definitivo. El taxi arrancó sin dudarlo, dejándolo plantado en la acera mientras observaba cómo la figura de ella se hacía pequeña en la distancia.
—¡Otro día! —gruñó para sí mismo, pateando una piedra con frustración—. ¡Como si fuera tan fácil!
Sacó su propio teléfono con movimientos bruscos, marcando el número de ella con dedos temblorosos. La llamada sonó varias veces antes de ir directamente al buzón de voz.
—¡Maldita sea! ¡Contéstame cuando te llame! —vociferó al aparato antes de colgar violentamente.
Se apoyó contra la pared de Toman, pasando ambas manos por su cabello mientras luchaba por calmarse.
La imagen del taxi desapareciendo calle abajo encendió una mecha dentro de Manjiro. No iba a dejar que esto terminara así, no después de todo lo que habían compartido.
—¡Espera un maldito segundo! —gritó al aire vacío, como si pudiera detener físicamente el vehículo—. ¡No me vas a ignorar tan fácilmente!
Sin pensarlo dos veces, corrió hacia donde había dejado su moto estacionada. El motor rugió a la vida bajo sus manos expertas mientras se ponía el casco con un movimiento rápido y decidido.
—¡Voy por ti! —murmuró para sí mismo, acelerando con violencia y dejando marcas de neumáticos en el asfalto frente a Toman.
Condujo como un loco por las calles estrechas del distrito, esquivando coches y peatones con una concentración peligrosa. Su único objetivo era alcanzar aquel taxi antes de que llegara a dondequiera que ella estuviera huyendo.
El viaje en taxi pareció eterno para ella, aunque apenas duró unos minutos. Cuando el coche se detuvo frente a su edificio de apartamentos, pagó al conductor y se apresuró a entrar sin mirar atrás. Subió los cuatro pisos por las escaleras, evitando el ascensor como si temiera que Manjiro la siguiera incluso hasta allí.
Una vez dentro de su pequeño apartamento, cerró la puerta con doble llave y se apoyó contra la madera fría. Solo entonces dejó escapar el aliento que había estado conteniendo.
Pero la paz duraría poco.
Un golpe fuerte y desesperado retumbó desde el otro lado de la puerta.
El golpe en la puerta resonó con fuerza, una y otra vez, sin importar la hora. Era el sonido inconfundible de la moto de Manjiro y su impaciencia. Su nombre se escuchaba amortiguado pero claro a través de la madera.
—¡Saori! ¡Sé que estás ahí! ¡Abre la maldita puerta!
La voz de Manjiro era un gruñido gutural, mezclado con una urgencia que delataba su frustración. El timbre sonó sin parar, un estridente recordatorio de su presencia afuera.
—¡No voy a irme de aquí hasta que hablemos! ¡No puedes simplemente huir cada vez que las cosas se ponen difíciles!
Se escuchó un golpe seco contra la pared, como si hubiera apoyado la frente en ella. Su respiración era pesada, audible incluso a través del aislamiento.
Ignoro su intento de entrar y me concentro en las cajas que había en mi apartamento, me Iba a mudar a otro país, ya lo había decidido hace mucho tiempo.
Mientras Manjiro seguía golpeando la puerta y gritando su nombre con creciente irritación, ella se concentró en las cajas apiladas en el centro de su sala. Cada una estaba etiquetada cuidadosamente con el contenido y la habitación correspondiente: cocina, dormitorio, baño.
Sus movimientos eran metódicos, casi mecánicos, mientras comenzaba a empacar los platos y cubiertos de la cocina. El sonido de la porcelana chocando suavemente contra el cartón llenaba el silencio de su apartamento, un contraste brutal con el caos que Manjiro estaba causando en el pasillo.
Había tomado esta decisión meses atrás, antes incluso de que Luna apareciera en sus vidas. Un trabajo en otro país ofrecía estabilidad financiera y emocional; una escapatoria limpia de un dolor que sentía crecer día a día.
El sonido de las cajas siendo arrastradas por el suelo de madera finalmente captó la atención de Manjiro a través de la puerta. Se detuvo un instante, su respiración aún agitada pero su voz adoptando un tono diferente.
—¿Qué diablos estás haciendo ahí dentro? ¿Por qué escucho ruidos de muebles? —preguntó, acercándose más a la madera como si pudiera sentir lo que pasaba del otro lado—. Saori, abre la puerta y habla conmigo. Esto no suena bien.
Cuando el silencio se prolongó demasiado, golpeó nuevamente, aunque con menos fuerza que antes.
—¡Maldita sea! Si no me abres en este momento, voy a derribar esta puerta yo mismo. Sabes que puedo hacerlo —amenazó con una mezcla de frustración y preocupación creciente—. No me obligues a hacer algo estúpido por ti.
Lo ignoro, ya que sé que mi puerta si puede resistir a los golpes de él, y sigo apilando las cajas cerca de la puerta
El sonido de las cajas siendo arrastradas y apiladas con cuidado resonó con claridad a través de la puerta. Manjiro escuchó cómo cada movimiento de ella era deliberado, como si estuviera ordenando su vida pieza por pieza.
—¡Estás empacando! —exclamó, su voz subiendo de tono con incredulidad—. ¿En serio? ¿Vas a huir de mí así?
Golpeó la puerta con la palma de la mano, un ritmo desesperado que intentaba atravesar la barrera física entre ellos.
—¡No puedes simplemente desaparecer! ¡No después de todo lo que hemos compartido! ¡Esto no se termina con una maldita mudanza!
Su tono se volvió más urgente, casi suplicante.
—¡Dime a dónde vas! ¡Dime qué país es! ¡No importa si estas al otro lado del mundo, iré contigo si es necesario!
Lo ignoro y al acabar de apilar las cajas, me meto al baño a tomar un baño relajante.