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Reencarnada Para Limpiar Mi Nombre

Reencarnada Para Limpiar Mi Nombre

Status: En proceso
Genre:Época / Reencarnación / Venganza
Popularitas:7k
Nilai: 5
nombre de autor: Jisieli

Fui obligada a casarme con un Duque y después de ello me inculparon de haberlo asesinado!!

- ¡Pero si yo no fui!

Gracias al cielo por darme una segunda oportunidad.
¡Esta vez no seré la dulce Viollet, me vengaré y limpiaré mi nombre!

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Capítulo 11: El tesoro de la serpiente

Viollet

La primera vez que mi padre me llamó bastarda, tenía seis años y acababa de descubrir que mi madre no había muerto de parto, sino que se había tirado desde lo alto de las murallas porque no soportaba mirarme.

Esa fue la historia que me contaron. La que mamé con leche de odio y culpa. La que me hizo creer durante catorce años que mi existencia había matado a la única persona que quizá pudo quererme.

Ahora sabía que todo era mentira. Mi madre no se había suicidado. La habían asesinado. Y yo no era una bastarda nacida de la violación de un borracho a una mujer indefensa. Era la nieta de un rey, la legítima heredera de un tesoro que podía cambiar el destino del imperio.

El pergamino que el rey me había entregado temblaba entre mis dedos mientras lo releía por quinta vez. La letra de mi madre era pequeña, apretada, como si hubiera querido ocultar sus palabras incluso en el papel.

“A mi hija Viollet, la única luz en esta oscuridad: si estás leyendo esto, es porque yo ya no estoy. No creas lo que te digan sobre mi muerte. Fui asesinada por el hombre que juró amarme, el mismo que me violó y me encerró cuando descubrió que no podía doblegarme. El tesoro que tu abuelo me legó está escondido donde solo tú puedes encontrarlo: en el lugar donde las aguas del río encuentran la sal del mar, bajo la mirada de la doncella de piedra. Que los dioses te protejan, hija mía. Y que mi muerte no haya sido en vano.”

—¿Entiendes lo que dice? —preguntó Rubén, que estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia los jardines oscuros.

—Sí —respondí, doblando el pergamino con cuidado—. El tesoro está en la desembocadura del río Giosem, donde se encuentra con el mar. Hay una estatua allí, una doncella de piedra que mi madre me llevó a ver una vez cuando era muy pequeña. Creí que era un sueño.

—¿Recuerdas dónde está?

—Recuerdo que había una cueva detrás de la estatua. Y que mi madre me dijo que era un lugar secreto, solo para nosotras.

Rubén se volvió hacia mí, y en sus ojos grises vi una mezcla de determinación y algo más. Algo que se parecía al orgullo.

—Entonces iremos al amanecer. Antes de que tu padre sepa que hemos descubierto la verdad.

—No será tan fácil —dije, levantándome del sillón—. Mi padre no es tonto. Si el rey lo ha estado vigilando, si Emill ya está arrestado, él sabrá que ha llegado el momento de actuar. Apostaría a que ya está moviendo sus piezas.

—Entonces movamos las nuestras más rápido.

Cruzó la habitación en tres zancadas y me tomó entre sus brazos. Su calor me envolvió, y por un instante el miedo que había estado conteniendo desde que leí la carta de mi madre se disolvió en el roce de su pecho contra el mío.

—No voy a dejar que te haga daño —murmuró contra mi cabello—. Ni tu padre, ni tu hermana, ni nadie. Te lo prometo.

—Lo sé —respondí, apretándome contra él—. Pero yo tampoco voy a dejar que te hagan daño a ti. Esta vez, Rubén, esta vez luchamos juntos.

Me besó, y el beso fue largo, profundo, cargado de todas las palabras que no hacían falta decir. Cuando nos separamos, ambos estábamos sin aliento.

—Prepara a Lars y a los hombres —dije, apartándome con esfuerzo—. Yo me encargo de Mira. Y necesito algo más.

—¿Qué?

—Un mensajero de confianza. Alguien que pueda llevar una carta a la condesa viuda de Marche. La necesitaremos en el consejo cuando todo esto explote.

Rubén sonrió, y esa sonrisa era la de un lobo que ha olido la sangre.

—De eso encárgate tú. Yo me ocupo de los soldados.

---

Rubén

La noche se alargó como un cuchillo entre costillas.

Mientras Viollet escribía su carta y daba instrucciones a Mira, yo recorrí los pasillos del palacio con Lars a mi lado, reuniendo a mis hombres. No eran muchos: una docena de soldados leales que me habían seguido desde las guerras del norte, hombres que habían visto morir a Darell y que habían jurado vengarlo.

—El conde Ritman tiene al menos cincuenta hombres armados en la ciudad —informó Lars mientras ajustaba su espada al cinto—. Y tiene el apoyo de al menos tres nobles más: los condes de Orth, Vellis y Marlow. Todos ellos endeudados hasta las cejas, todos esperando que el tesoro de la vieja reina les limpie las cuentas.

—El tesoro de mi esposa —corregí, con un filo en la voz que hizo que Lars levantará una ceja—. No de la vieja reina. De Viollet.

—Como diga, mi señor. Pero la pregunta es: ¿cómo vamos a llegar al río antes que ellos? Si el conde se entera de que hemos descubierto la ubicación…

—No va a enterarse. Porque no vamos a ir todos juntos.

Lars me miró con curiosidad.

—Explíquese.

—Dividimos las fuerzas. Tú te llevas a seis hombres por el camino principal, haciendo ruido, llamando la atención. Que parezca que vamos en masa hacia el río. Yo me llevaré a Viollet y a los otros seis por el camino de los pescadores, el que bordea los acantilados. Llegaremos antes, cogeremos el tesoro y lo llevaremos al palacio antes de que el conde sepa qué pasó.

—Es arriesgado —dijo Lars, frunciendo el ceño—. Si el conde tiene espías en el palacio, sabrá que nos hemos dividido.

—Que lo sepa. Eso lo confundirá. No sabrá si el tesoro va con mi grupo o con el tuyo.

—¿Y si adivina?

—Entonces tendrá que elegir. Y mientras él elige, nosotros ya estaremos en el palacio con el tesoro en las manos.

Lars asintió, aunque su expresión seguía siendo sombría.

—Y si algo sale mal, mi señor… si el conde nos tiende una emboscada…

—Entonces lucharemos —dije, y mi mano encontró la empuñadura de mi espada—. Como siempre hemos hecho.

---

Viollet

Salimos del palacio cuando el cielo empezaba a teñirse de rosa y púrpura.

Rubén iba a mi lado, con su capa negra ondeando al viento y su espada desenvainada. Detrás, seis soldados con las armas listas y los rostros cubiertos por capuchas. Lars y su grupo habían partido media hora antes, con las antorchas encendidas y los caballos al galope, haciendo tanto ruido como les fue posible.

Nosotros viajábamos en silencio, a pie, por el sendero que bordeaba los acantilados. El mar rugía abajo, estrellándose contra las rocas con una furia que parecía presagiar la tormenta que se avecinaba.

—¿Estás bien? —preguntó Rubén, notando mi respiración entrecortada.

—Sí. Solo… esto es más empinado de lo que recordaba.

Me tendió la mano y la tomé sin dudar. Sus dedos eran fuertes, cálidos, y el contacto me devolvió algo de la confianza que empezaba a flaquear.

No era miedo a morir. Había muerto una vez, y aunque el recuerdo de la guillotina seguía despertándome en las noches de insomnio, ya no le temía. Era miedo a perderlo a él. A que esta segunda oportunidad, que me había sido concedida para salvarlo, se desvaneciera entre mis dedos como el humo.

—Cuando lleguemos —dijo él, como si leyera mis pensamientos—, quiero que te quedes detrás de mí. Pase lo que pase.

—No voy a esconderme mientras tú peleas.

—No te pido que te escondas. Te pido que te protejas. Si algo me pasa, tú tienes que llegar al tesoro. Tú tienes que completar esto.

—No te va a pasar nada —respondí, apretando sus dedos con fuerza—. Porque yo no voy a permitirlo.

Sonrió, y por un instante, en la luz rosada del amanecer, vi al hombre que había estado escondido bajo el hielo durante años. No era el duque frío ni el soldado implacable. Era Rubén, simplemente Rubén, y en sus ojos había algo que me robó el aliento.

—Eres la mujer más obstinada que he conocido —dijo.

—Lo sé. Y aún así te casaste conmigo.

—Y volvería a hacerlo. Una y otra vez.

El beso que me dio fue breve, casto casi, pero me llenó de una calidez que ningún fuego podría igualar.

—Vamos —dijo, soltándome la mano con renuencia—. No estamos lejos.

---

La estatua de la doncella estaba donde mi madre me había dicho.

Se alzaba en la desembocadura del río, una figura de piedra blanca que miraba hacia el mar con los brazos extendidos. El agua del río, dulce y tranquila, se encontraba con las olas saladas en un remolino de espuma que parecía bailar a sus pies.

—Detrás de la estatua —dije, señalando una grieta apenas visible en la roca—. Ahí está la cueva.

Rubén se adelantó, con la espada en alto, y los soldados nos rodearon en formación. El amanecer se había convertido en día, y la luz del sol penetraba en la cueva con una intensidad que me sorprendió.

No era una cueva cualquiera. Era una cámara tallada en la roca, con paredes cubiertas de mosaicos que representaban a un rey y una mujer de cabello blanco como el mío. Mi abuelo. Mi madre.

En el centro, sobre un pedestal de mármol, había un cofre de roble tallado con el emblema de la casa real: el águila y la espada.

—Es él —susurré, avanzando hacia el pedestal con pasos temblorosos.

—Espera —dijo Rubén, deteniéndome con un brazo—. Esto es demasiado fácil. Tu madre lo escondió aquí hace veinte años. ¿Cómo es posible que tu padre no lo haya encontrado?

—Porque mi padre no podía entrar —respondí, señalando el umbral de la cueva, donde la luz del sol formaba un arcoíris tenue—. La leyenda decía que solo un descendiente directo podía cruzar el umbral sin que la cueva se derrumbara. Mi padre lo intentó una vez, cuando yo era pequeña. Lo trajo aquí a la fuerza, me puso delante. Pero yo tenía miedo, lloré, y él creyó que el tesoro no existía. Que mi madre había mentido.

—Pero tú recordabas.

—Recordaba —asentí—. Y ahora, veinte años después, he vuelto.

Me arrodillé frente al cofre. Mis dedos rozaron la tapa, sintiendo la madera rugosa bajo las yemas. No había cerradura, solo una inscripción en la tapa que decía: “Para la que lleva mi sangre, la puerta se abre.”

Apreté los dedos contra la madera, y el cofre se abrió con un suspiro que pareció venir de las profundidades de la tierra.

Dentro, no había oro.

Había documentos. Pergaminos apilados en legajos, sellados con lacre rojo, con las firmas de nobles que habían jurado lealtad a mi abuelo antes de morir. Cartas de traición, mapas de rutas comerciales secretas, nombres de hombres que habían financiado guerras en la sombra.

Y en el fondo, un diario. El diario de mi madre.

Tomé el diario con manos temblorosas y abrí la primera página. Su letra, la misma que había llorado sobre el pergamino del rey, me miró desde el papel como un fantasma.

“Hoy he descubierto que mi esposo planea matarme. No por el tesoro, que ya sabe que no puede abrir. Sino porque he empezado a hablar con el rey, a contarle lo que sé. Sergio tiene miedo de que el hijo que espero herede el secreto. Pero no sabe que el secreto no está en la sangre, sino en la verdad. Y la verdad, aunque la entierren, siempre vuelve a la superficie.”

Cerré el diario y lo apreté contra mi pecho.

—¿Qué hay? —preguntó Rubén, arrodillándose a mi lado.

—La verdad —respondí, y en mi voz no había lágrimas, sino acero—. Todo lo que mi padre ha estado escondiendo durante veinte años. Los nombres de los nobles que conspiraron contra el rey, las rutas del contrabando con las que financió su ejército privado, las pruebas de que fue él quien asesinó a mi madre y trató de asesinar a tu padre años antes. Todo está aquí.

Rubén me miró con unos ojos que ardían.

—Con esto —dijo—, tu padre está acabado.

—No solo mi padre —respondí, levantándome con el diario en las manos—. También el rey. Porque si mi madre estaba hablando con él, si le estaba contando todo esto, entonces él sabía la verdad desde el principio. Y aún así me dejó casar con el duque. Me dejó… —mi voz se quebró, pero forcé las palabras a salir—. Me dejó morir la primera vez.

—¿Morir? —Rubén frunció el ceño—. Viollet, ¿de qué hablas?

Fue entonces cuando lo oímos.

Pasos. Muchos pasos. Y una voz que conocía demasiado bien, que me había perseguido en pesadillas durante dos vidas.

—Ahí está mi querida hija —dijo el conde Sergio Ritman, apareciendo en la entrada de la cueva con una sonrisa que me heló la sangre—. Siempre tan lista. Siempre tan obediente. Hasta que dejaste de serlo.

A su espalda, una docena de hombres armados bloqueaban la salida. Y a su lado, con su abanico de nácar y su sonrisa de serpiente, estaba Grecia.

—Hola, hermana —dijo, con una dulzura que era puro veneno—. ¿No me digas que pensabas irte sin despedirte?

---

Rubén

Mi espada ya estaba en mi mano antes de que el conde terminara de hablar.

—Proteged a la duquesa —ordené a mis hombres, situándome entre Viollet y su padre—. No dejéis que nadie se acerque a ella.

—Qué gesto tan noble —dijo el conde, con una sonrisa que me recordó a las ratas que pululaban en los muelles—. Pero innecesario. No he venido a pelear, duque. He venido a recuperar lo que es mío.

—Nada de lo que hay en esa cueva es tuyo —respondí, y mi voz era un gruñido—. Todo pertenece a Viollet. Por derecho de sangre y por derecho de ley.

—¿Ley? —El conde rió, y su risa sonó hueca, como el eco en una tumba—. La ley la escriben los hombres con poder, duque. Y yo, gracias a las deudas que usted me ha pagado con la dote de mi hija, tengo ahora más poder que nunca.

—El poder que se compra con dinero prestado no es poder —dije, avanzando un paso—. Es deuda. Y las deudas, conde, siempre se pagan.

El conde dejó de reír. Sus ojos, del mismo gris que los de Grecia, se clavaron en mí con un odio que hacía décadas no veía.

—Usted me debe la vida, duque. Mi hijo Darell murió por usted. Y yo, en mi generosidad, acepté que pagara su deuda casándose con mi hija menor. Pero ahora usted me da la espalda, me roba lo que es mío, y encima tiene la osadía de amenazarme.

—Darell murió porque tú lo enviaste a una misión que sabías que era una trampa —dije, y la verdad salió de mis labios con la fuerza de una espada—. Lo sé todo, conde. Los informes, las cartas, los testimonios de los soldados que sobrevivieron. Tú querías que Darell muriera porque era el único que podía proteger a Viollet de ti. Porque era el único que sabía la verdad sobre tu mujer.

El conde palideció. A su lado, Grecia dejó de abanicarse.

—Eso es mentira —siseó Grecia, con los ojos echando chispas—. Mi padre amaba a Darell. Era su hijo mayor, su heredero…

—Su heredero era un estorbo —la interrumpí—. Un estorbo que conocía demasiado, que había visto cómo su madre moría envenenada, que había oído los planes de su padre para matar también a la pequeña Viollet. Darell murió porque tú lo mataste, conde. Y ahora, veinte años después, voy a hacer que pagues por ello.

El conde dio un paso atrás, y en sus ojos vi el miedo por primera vez.

—Matadlos —ordenó, con voz ronca—. Matadlos a todos.

Sus hombres avanzaron, pero los míos ya estaban en posición. El eco de las espadas al chocar llenó la cueva, y el olor a hierro y a sudor se mezcló con la sal del mar.

Yo me abrí paso entre los enemigos como una hoja de cuchillo, con la furia de veinte años de mentiras ardiendo en mi pecho. Cada golpe era por Darell. Cada estocada, por la madre de Viollet. Cada paso que avanzaba, una promesa de justicia.

Pero el conde no peleaba. Se había refugiado detrás de sus hombres, con Grecia agarrada a su brazo, y en sus ojos ya no había miedo. Había locura.

—¡Viollet! —grité, volviéndome hacia ella—. ¡Sal de la cueva!

Era demasiado tarde.

El conde había llevado consigo un barril de aceite. Lo vi rodar hacia el centro de la cueva mientras uno de sus hombres encendía una antorcha.

—Si no puedo tener el tesoro —gritó el conde, con una risa que helaba la sangre—, nadie lo tendrá.

La antorcha cayó. El aceite se incendió con un estallido que me lanzó al suelo.

El humo llenó la cueva en segundos, espeso, negro, abrasador. Toqué la pared en busca de Viollet, llamándola a gritos, pero el humo me ahogaba, me cegaba.

—¡Viollet! —grité una vez más, y mi voz se perdió en el rugido de las llamas.

Y entonces, entre el fuego y el humo, vi su cabello blanco.

Estaba arrodillada junto al pedestal, con el diario de su madre apretado contra el pecho. El humo la envolvía, y sus ojos violetas buscaban los míos con una desesperación que me partió el alma.

—¡Rubén! —gritó, y su voz era un hilo.

Me lancé hacia ella, sintiendo el calor de las llamas en mi piel, el dolor de las quemaduras que empezaban a florecer en mis brazos. La alcancé justo cuando una viga del techo se desplomaba entre nosotros, y la cubrí con mi cuerpo, sintiendo el impacto en la espalda, el olor a carne quemada.

—No te mueras —susurró ella, con los dedos en mi rostro—. Por favor, no te mueras.

—No voy a morir —respondí, aunque el dolor me arrancaba la voz—. Te lo prometí.

Mis hombres nos rodearon, creando un escudo humano contra las llamas. Lars apareció entre el humo, con una capa mojada que nos cubrió a los dos.

—¡Salida! —gritó—. ¡Por la grieta trasera!

No recuerdo cómo salimos. Solo recuerdo sus manos en las mías, su cuerpo contra el mío, y el aire limpio del acantilado cuando por fin rompimos la superficie.

El último sonido que oí antes de perder el conocimiento fue la risa de Grecia, alejándose con su padre hacia el bosque.

Y luego, la oscuridad.

---

Viollet

Desperté en los brazos de Rubén, con el sol de mediodía cegándome y el olor a humo pegado a mi ropa.

—¿Estás bien? —fue lo primero que dije.

Él abrió los ojos. Estaban enrojecidos, llenos de ceniza, pero vivos. Sonrió, y su sonrisa era la cosa más hermosa que había visto en dos vidas.

—Sí —respondió, con voz ronca—. Y tú también.

—El diario —recordé de repente, buscando a mi alrededor—. El diario de mi madre…

—Está aquí —dijo Lars, acercándose con el libro en las manos. Estaba chamuscado en los bordes, pero intacto—. La duquesa no lo soltó ni cuando la viga cayó.

Tomé el diario y lo abrí. Las páginas seguían legibles. La verdad seguía allí, esperando.

—Mi padre escapó —dije, y no fue una pregunta.

—Sí —respondió Rubén, incorporándose con esfuerzo—. Pero no irá lejos. El rey ya sabe lo que ha hecho. Y ahora tenemos las pruebas.

—¿Y Grecia?

Rubén enmudeció. Lars bajó la vista.

—Tu hermana escapó con él —dijo al fin—. Lo siento, duquesa.

Apreté el diario contra mi pecho y cerré los ojos. Grecia. Mi hermana. La que había crecido a mi lado odiándome, la que había tejido la red que me llevó a la guillotina, la que ahora huía con el hombre que asesinó a mi madre.

No era justo. Pero la justicia, lo estaba aprendiendo, no llegaba siempre cuando uno la quería. A veces había que esperar. A veces había que tener paciencia.

—Volverán —dije, abriendo los ojos—. Y cuando lo hagan, estaré lista.

Rubén me tomó la mano.

—Juntos —dijo.

—Juntos —repetí.

Y allí, entre las ruinas humeantes de la cueva que había guardado los secretos de mi madre durante veinte años, me juré a mí misma que esta vez, la verdad no sería enterrada.

Esta vez, la verdad ardería más que cualquier mentira.

________________________________

Gracias por leer 😊❤️

1
DAISY VARGAS
el reencarno también 🤔
Iliana Curiel
Vaya autora me encantó este capítulo, me enamoré y me encanta que haces que vea cada lugar y sentimientos de los protas, que bonito gracias 🥰🥰🥰
inuyasha/ Tomoe🦊
estoy pérdida el rey que sería? es Emiliano?
inuyasha/ Tomoe🦊
quiero ver la caída del Rey, esperen Emilio que es el hermano de la madre de ella. el sería el rey?
🦋Akiro🦋
👏
noem
este capítulo no debería ir antes 👀👀
osea si está bien publicado o se publicó primero uno y después el otro
por qué a como medio entendí se supone este iba antes (osea este vendría siendo el caso 9 ) o da igual ?
Jisieli: tengo q revisar
total 1 replies
noem
gracias por publicar
Alberto Ayala
interesante 🥰se va poniendo muy interesante 🤭
(˃̣̣̣̣̣̣︿˂̣̣̣̣̣̣ )SOMEBODY
Me E N C A N T A 😌💅 DIVA EMPODERARA💅😌💅💅
Beatriz Diaz
👏muy bien gracias buenas imágenes
inuyasha/ Tomoe🦊
ya necesito la declaración de que ella renació y el de una cierta manera también pero sin recuerdos
inuyasha/ Tomoe🦊
AHHH necesito más capítulos o me va agarrar algo lo jurooooo
autora un maratón está joya se merece un maratón 🔥🔥🔥
Iliana Curiel
ahhhhh dios mío está ansiedad por leer más jajajaja ya me quedé sin uñas autora,
gracias mil gracias me encanta tu novela eres una escritora maravillosa ❤️❤️🥰🥰
Iliana Curiel
dios mío autora me mori, me regresé y me derretir por ese beso ansiado. ❤️❤️❤️❤️
Iliana Curiel
Esa hermana espero y sufra por lo que hizo
Iliana Curiel
me encanta tu historia autora 🥰🥰🥰🥰
Jisieli: Muchas gracias ❤️✨
total 1 replies
inuyasha/ Tomoe🦊
AHHH me tiene tan Atrapada necesito más capítulos plisss
Jisieli: Ya van en Camino 🤭
total 2 replies
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