"En el pintoresco corregimiento de Jurubirá, en la exuberante región del Chocó colombiano, Aurora vive una vida sencilla y tranquila, ajena a los secretos que guarda su pasado. Rodeada de ríos cristalinos, selva vibrante y la calidez de su familia, cada día parece igual… hasta que la llegada de Pablo, un joven de la ciudad de Madrid, irrumpe en su mundo. Entre encuentros inesperados, emociones que desafían su corazón y secretos familiares que podrían cambiarlo todo, Aurora deberá enfrentar la diferencia de clases, los sentimientos prohibidos y la incertidumbre de un destino que jamás imaginó."
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El Muro de Sal
El rugido de una lancha de motor potente rompió la calma del amanecer en Jurubirá. No era la lancha de suministros ni un bote de pesca; era una embarcación moderna que traía a tres hombres con trípodes, niveles láser y planos enrollados. El abogado de Alessandro, con su traje ahora arrugado por la humedad, señalaba con prepotencia hacia el sector norte.
Aurora estaba terminando de remendar una red en la orilla cuando vio al grupo avanzar hacia la propiedad de su padre. Sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la brisa marina. Dejó las herramientas y corrió hacia el lindero, donde una hilera de cocoteros marcaba el inicio de las tierras de los Garcés.
—¡Quietos ahí! —gritó Aurora, interponiéndose en el camino—. ¿A dónde creen que van con esos aparatos? Esta es propiedad privada. Aquí no entra nadie sin permiso de mi padre.
El abogado se acomodó las gafas, mirando a Aurora con una mezcla de fastidio y superioridad.
—Señorita, traemos una orden de inspección técnica de la Corporación Rossi. Estos terrenos están bajo estudio de utilidad pública para el desarrollo del puerto. Solo venimos a medir los linderos. Haga el favor de hacerse a un lado.
—¡Me importa un bledo su corporación! —replicó Aurora, con los ojos echando chispas—. En esta tierra manda la ley de mi padre, no la de unos señores de ciudad que solo saben ensuciar el aire con sus motores. ¡Lárguense de aquí!
Pablo llegó corriendo, con la respiración entrecortada. Vio la escena: el abogado sosteniendo un documento legal, los topógrafos confundidos y Aurora, firme como un roble, bloqueando el paso con las manos en jarra. Al verlo llegar, la mirada de Aurora cambió; ya no era solo rabia, era una decepción profunda que le dolió a Pablo más que cualquier grito.
—¿Usted sabía esto, Rossi? —preguntó Aurora con la voz quebrada por la traición—. ¿Para esto quería que le enseñara los linderos? ¿Para que sus perros vinieran a marcarlos?
—Aurora, escucha... —intentó decir Pablo, acercándose a ella, pero el abogado lo interrumpió.
—Señor Pablo, qué bueno que llega. Dígale a esta mujer que coopere. Su padre, don Alessandro, fue muy claro: si no hay firmas hoy, empezamos el proceso legal de desalojo administrativo por obstrucción al desarrollo.
El silencio que siguió fue sepulcral. Julio y Santiago habían llegado detrás de Aurora, atraídos por el alboroto. Julio no traía armas, solo su presencia digna, pero sus ojos buscaban a Pablo, esperando una explicación que el joven Rossi no sabía cómo dar sin destruir lo poco que quedaba de su honor en ese pueblo.
—Rossi... —susurró Julio con una tristeza infinita—. ¿Es verdad lo que dice este hombre? ¿Usted vino a nuestra mesa solo para ver cómo quitarnos la silla?
Pablo miró a la familia Garcés y luego al abogado, que sostenía el teléfono listo para llamar a la policía del puerto. Sabía que si no detenía esto ahora, el nombre Rossi sería sinónimo de ruina para Jurubirá.
—Baje el teléfono —ordenó Pablo, volviéndose hacia el abogado con una autoridad que nunca había usado—. Y recojan sus equipos. Ahora mismo.
—Pero señor Pablo, las órdenes de su padre son...
—¡He dicho que se retiren! —rugió Pablo, dando un paso al frente—. Yo soy el director de este proyecto en campo y no he autorizado ninguna medición hoy. Regresen a la posada y esperen mis instrucciones. Si vuelven a pisar esta propiedad sin mi permiso, yo mismo me encargaré de que mi padre los despida por desacato.
El abogado, sorprendido por el arrebato del heredero, hizo una señal a los técnicos. Recogieron los trípodes en silencio y se retiraron hacia la lancha.
Cuando el motor se alejó, el silencio regresó a la playa, pero la paz se había ido para siempre. Pablo se giró hacia los Garcés. Aurora lo miraba con los brazos cruzados, pero sus ojos estaban llenos de lágrimas contenidas.
—Gracias por detenerlos, Rossi —dijo ella, con una frialdad que le heló la sangre—. Pero eso no cambia lo que traía en el maletín. Usted es uno de ellos. Y nosotros... nosotros solo somos el obstáculo en su mapa.
Aurora se dio la vuelta y entró a la casa sin mirar atrás. Julio le puso una mano en el hombro a Pablo, un gesto que no fue de perdón, sino de despedida. Pablo se quedó solo en la orilla, dándose cuenta de que, al defender a los Garcés, acababa de declarar la guerra a su propio padre, y al mismo tiempo, había perdido la confianza de la mujer que empezaba a amar.