Sara regresa a la granja de sus padres para cuidar a su madre en campania de su esposo Alejandro,
Al llegar Sara comienza a ver el fantasma de una niña en sus sueños y comienza a caminar dormida, despertando cada mañana, en un lugar diferente, cada vez más alejada de la granja
Alejandro pronto trata de investigar lo que esta pasando y poco a poco comienza a descubrir los oscuros secretos del pasado que oculta su Esposa
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EL INTERCAMBIO
La noche era densa y oscura, y el silencio en la celda del padre de Sara era casi palpable. En su mente, los ecos de los recuerdos lo atormentaban, y mientras sus ojos se cerraban, fue arrastrado a un sueño inquietante. En ese sueño, Mariana apareció, su figura etérea iluminada por una luz sombría. “¿Por qué no recuerdas?” susurró, su voz resonando como un eco en la penumbra. El padre de Sara sintió un escalofrío recorrer su espalda, y aunque sabía que era solo un sueño, la intensidad de su presencia lo hizo dudar.
Mariana sonrió, una sonrisa que no prometía paz, sino una venganza que se cocía a fuego lento. “Camina hacia mí,” dijo, y él, como hipnotizado, comenzó a moverse. Sus pasos eran pesados y vacilantes, como si el suelo bajo sus pies estuviera hecho de plomo. Cuando se acercó a la pared de su celda, la atmósfera se tornó pesada, y una risa oscura llenó el aire. “¿Quieres liberarte de este dolor?” preguntó Mariana, y antes de que pudiera responder, la fuerza de su voluntad lo empujó contra la pared. Un golpe brutal resonó en la celda, seguido de un silencio mortal. La vida se desvaneció de sus ojos, y el eco de su culpa se extinguió.
Mientras tanto, en la granja, Sara se encontraba sumida en un profundo sueño, decidida a enfrentar a Mariana. La luna iluminaba su rostro, y aunque su corazón latía con fuerza, una extraña calma la envolvía. En sus sueños, sintió la presencia de Mariana nuevamente. “Sara,” la llamó, su voz suave como un susurro, pero cargada de una urgencia inquietante. La cascada apareció ante ella, brillando en la oscuridad como un faro de destino. “Ven, te necesito,” insistió Mariana, y Sara se sintió atraída hacia la orilla, como si un hilo invisible la uniera a la figura espectral.
“Tu vida, por la de ella,” dijo Mariana, y las palabras se clavaron en el corazón de Sara como dagas. En ese instante, comprendió que el trato que le ofrecía era más que un simple intercambio. Mariana le ofrecía la vida de su bebé a cambio de la suya. La angustia la invadió, pero una parte de ella, la parte que anhelaba liberarse del dolor, comenzó a considerar la oferta. “¿Es esto lo que realmente quiero?” pensó, sintiendo el peso de la decisión sobre sus hombros. La cascada rugía a sus pies, y el agua brillaba con una luz sobrenatural.
Mientras tanto, Alejandro se encontraba en la carretera, corriendo a toda velocidad hacia la granja. Su corazón latía con fuerza, cada paso resonando como un tambor en su pecho. “¿Dónde estás, Sara?” murmuró, la preocupación apoderándose de él. Su mente estaba llena de imágenes de su esposa, de la vida que habían construido juntos. Cuando llegó a la granja, la encontró vacía. “¡Sara!” gritó, su voz desgarrándose en el aire. Pero no hubo respuesta, solo el eco de su propia desesperación.
Sin perder tiempo, Alejandro comenzó a buscarla en cada rincón de la granja. La angustia se transformó en pánico mientras corría hacia la cascada, un lugar que siempre había simbolizado la belleza y el peligro. Al llegar, el sonido del agua cayendo lo envolvió, y su corazón se detuvo por un momento. Allí, en el borde de la cascada, vio a Sara, sus ojos cerrados, como si estuviera en trance.
“Sara, ¡no!” gritó, su voz resonando en el aire, pero ella no lo escuchó. La figura de Mariana se alzaba a su lado, como un espectro que guiaba a su presa hacia el abismo. Alejandro sintió que el tiempo se detenía mientras corría hacia ella, sus pasos resonando en la tierra húmeda. “¡Detente!” imploró, pero Sara parecía estar en otro mundo, atrapada entre la vida y la muerte, entre la esperanza y la desesperación.
En su mente, Sara luchaba con la decisión. “¿Qué debo hacer?” pensó, sintiendo que la vida de su bebé pesaba en su corazón. “¿Es esto lo que quiero? ¿Un trato con el diablo?” Mariana sonrió, y la presión de su oferta se intensificó. “Piensa en el dolor que podrías evitar,” dijo, su voz suave como un canto de sirena. “Tu vida por la de ella. Es un precio justo.” La confusión y el miedo se entrelazaban en su mente, y antes de que pudiera encontrar una respuesta, su cuerpo se movió.
“¡Sara!” Alejandro llegó justo a tiempo para ver cómo ella se lanzaba al vacío, sus ojos cerrados, el rostro sereno en medio del caos. “¡No!” gritó con toda su fuerza, pero el sonido del agua rugiendo ahogó su voz. En un instante, el tiempo se detuvo. El mundo se volvió borroso mientras él se acercaba al borde, la desesperación llenando su pecho. “¡Sara, vuelve!” Pero ya era demasiado tarde. Ella había tomado su decisión, y el destino había sido sellado.
Con un último suspiro, el eco de su grito resonó en el aire, y la cascada se tragó a Sara, llevándola a un abismo oscuro y profundo. Alejandro se quedó paralizado, sintiendo que la tierra se desmoronaba bajo sus pies. La vida que había esperado, la familia que habían soñado, se desvanecía ante sus ojos. En ese momento, comprendió que la lucha no había hecho más que comenzar, y que el verdadero terror estaba apenas comenzando a revelarse.