Pasado y Caos es una novela de terror psicológico y suspenso que se mueve entre el dolor humano y lo inexplicable. Sigue a Evan, un niño marcado por una pérdida temprana, mientras el mundo a su alrededor intenta dar explicaciones racionales a hechos que parecen negarse a ser entendidos del todo.
La historia avanza entre recuerdos rotos, silencios incómodos y una presencia que nunca se muestra del todo, pero que se siente en cada página. No se apoya en el terror fácil, sino en la incomodidad de lo que persiste: la culpa, la memoria y aquello que se hereda sin querer.
Es una novela oscura, íntima y emocional, donde el verdadero miedo no siempre viene de afuera, sino de lo que uno guarda cuando deja de hablar.
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Capítulo 19: La que es y no es
El reloj detenido
El orfanato estaba envuelto en un silencio espeso. Afuera, la lluvia golpeaba contra los cristales con un
ritmo lento y constante, como si alguien llevara horas tocando un tambor con los nudillos. Dentro, el
reloj del pasillo, aquel que siempre marcaba los rezos y las comidas, se había detenido a las tres en
punto.
Lo extraño no era que las agujas no se movieran, sino que el tic-tac seguía sonando, como si el tiempo
avanzara sin obedecer a su propio cuerpo.
Elena despertó sobresaltada. Había sentido pasos, pasos pequeños, arrastrados, que se detenían
justo frente a su puerta. No eran los de un adulto. Tampoco el andar nervioso de los niños cuando iban
al baño de noche. Eran pasos irregulares, como si un cuerpo demasiado pesado intentará caminar con
pies demasiado pequeños.
Elena mantuvo la respiración. El silencio le apretaba los pulmones.
Finalmente, decidió abrir la puerta.
Y allí la vio.
Jacinta niña
En el suelo del pasillo, iluminada apenas por la luz mortecina de la lámpara de aceite, había una niña.
Estaba sentada con las rodillas recogidas, abrazando una muñeca rota. Tenía el cabello enredado,
lleno de nudos, y los ojos abiertos de par en par, con un brillo que no era inocente, aunque su rostro
pareciera el de cualquier huérfana del lugar.
La niña sonrió. Una sonrisa torcida, rota, como si no supiera exactamente cómo debía hacerse.
Elena —¿Por qué no duermes? —preguntó Elena con un hilo de voz.
La niña levantó la cabeza y contestó, acariciando el torso descabezado de la muñeca:
Niña —Porque alguien me llama en los pasillos. Y si no voy… se enoja.
Elena sintió que algo se retorcía dentro de ella. Esa niña no era una desconocida, pero tampoco un
rostro familiar. Era como ver un recuerdo olvidado de pronto en carne y hueso.
La interrupción
De pronto, una voz sonó detrás de Elena:
Voz desconocida —Elena, ¿qué haces despertar a estas horas?
Era Margaret, una de las niñas mayores del orfanato. Llevaba una vela en la mano, y la llama
proyectaba su sombra alargada contra las paredes húmedas.
Elena se apartó para que Margaret pudiera ver. Señaló a la niña del suelo, pero algo cambió en ese
instante.
Margaret frunció el ceño.
Margaret —Jacinta… ¿Qué haces aquí? —preguntó Margaret.
Elena se quedó helada.
Jacinta ya no era una niña. Allí mismo, en el mismo sitio donde un instante antes abrazaba su muñeca,
ahora había una mujer adulta. Tenía un rostro sereno, maternal, con las manos ocupadas en ordenar
unos papeles. Su sonrisa era la misma, pero su forma era completamente distinta.
Cuidadora Jacinta —Perdona, Margaret —dijo con voz suave, de cuidadora responsable—. No podía
dormir. Vine a revisar que todo estuviera en orden.
Margaret asintió como si aquello fuera natural.
Elena se llevó las manos a la boca. El mundo acababa de doblarse sobre sí mismo.
Padre Mauricio
Los pasos del sacerdote resonaron por el pasillo. Su sotana arrastraba un murmullo de tela húmeda
contra el suelo. Llegó con el rostro cansado, más demacrado que de costumbre.
Padre Mauricio —¿Qué hacen despiertas? —preguntó con tono severo.
Jacinta — adulta— se inclinó con respeto, como si hubiera practicado esa postura durante años.
Cuidadora Jacinta —Padre, los niños estaban inquietos. Pensé que lo mejor era revisar.
Mauricio la miró con aprobación.
Padre Mauricio —Bien hecho, Jacinta. Siempre tan atenta.
Elena parpadeó. ¿Siempre? Esa palabra le martillaba en la cabeza.
Elena —No… —murmuró ella, temblando—. No puede ser. Yo la vi. Era una niña…
Margaret la fulminó con la mirada.
Margaret —Deja de decir tonterías, Elena. Jacinta siempre ha sido una cuidadora.
Elena retrocedió. La duda empezó a desgarrarle las entrañas. ¿Y si era ella la equivocada? ¿Y si la
realidad se estaba resquebrajando solo en sus ojos?
El espejo
En el pasillo colgaba un espejo antiguo, de marco dorado, empañado por la humedad. Elena se acercó
con la vela temblorosa en las manos.
Y lo vio.
El reflejo de Jacinta no era uno solo. Se multiplicaba. Primero, la niña con la muñeca rota. Luego, la
adulta de voz maternal. Después, una silueta oscura, alta, sin rostro, con las manos alargadas como
ramas negras.
Cada forma parpadeaba sobre la otra, sobreponiéndose como si fueran transparencias mal impresas.
Elena retrocedió horrorizada. El corazón le latía con tanta fuerza que creyó que se le rompería el
pecho.
La voz en la mente
En su habitación, más tarde, Jacinta se sentó al borde de la cama. El silencio era tan espeso que
podía escuchar los latidos en su propia sien.
Y entonces, lo oyó.
Una voz, cálida y venenosa, reptando en su mente:
Voz en la mente —Puedes ser lo que ellos quieran. Niña o mujer. Recuerdo o sombra.
Voz en la mente —No tienen forma propia, Jacinta. Porque yo te la regalo.
Jacinta apretó las sábanas. Su respiración se acelera.
Voz de la mente —Sin mí —continuó la voz—, no eres nada.
Los niños juegan
A la mañana siguiente, los niños corrían en el patio. La lluvia había cedido, pero el cielo estaba
cubierto de nubes grises.
Lo extraño era que jugaban con Jacinta. Como si fuera una de ellas. Le tiraban la pelota, la
perseguían, la llamaban por su nombre entre risas.
Hasta que uno de los más pequeños se detuvo en seco y gritó:
Niño—¡No está aquí! ¡No está aquí!
Los demás lo miraron confundidos. Algunos veían a Jacinta. Otros no. Y los que sí la veían… no
coincidían en la descripción.
Elena observaba desde la ventana, con el estómago revuelto. La realidad se estaba rompiendo.
La libreta
Corrió a su cuarto, tomó su libreta y empezó a escribir con mano temblorosa:
"Jacinta cambia de forma. No todos la vemos igual. Es niña. Es adulta. Es sombra. No sé cuál es la
verdadera."
Las palabras parecían moverse solas en el papel, como si quisieran huir de su propia tinta.
Mauricio y los registros
Esa tarde, el Padre Mauricio buscó los registros antiguos del orfanato. Revisó listas de cuidadores,
nombres de donantes, registros médicos.
No encontró a Jacinta en ninguno.
Se llevó las manos a la cabeza. La había visto decenas de veces, había hablado con ella, le había
confiado tareas. Y sin embargo, en el papel… no existía.
Un sudor frío le recorrió la espalda.
La visita nocturna
Esa noche, Elena despertó con un peso en la cama. Abrió los ojos y la vio.
Era Jacinta niña, con la muñeca rota entre las manos.
Niña Jacinta —No me olvides… —susurró con voz trémula—. Si me olvidas, me perderé.
Elena tragó saliva, los ojos llenos de lágrimas.
Pero la puerta se abrió de golpe.
Jacinta adulta entró con una vela, su voz maternal flotando en la oscuridad.
Cuidadora Jacinta —¿Estás bien, pequeñas? Te escuché llorar.
Elena gritó. Las dos estaban allí al mismo tiempo.
El grito colectivo
El grito de Elena despertó a todos los niños. Se levantaron de sus camas y, como si fueran
marionetas, gritaron al unísono un solo nombre:
Niños —¡Jacinta!
Pero cada voz lo pronunció distinto: infantil, adulta, rota, chillona, grave, como un alarido que no
pertenecía a ninguna garganta humana.
Las paredes vibraron. Las velas se apagaron. El aire se volvió espeso como alquitrán.
Y ambas Jacintas —niña y adulta— hablaron al mismo tiempo, con una voz que no era de este mundo:
Jacinta niña/adulta —No importa cómo me vean. Mientras me recuerden, existo.
El nombre borrado
Elena cayó de rodillas, llorando, y escribió a toda prisa en su libreta:
"Jacinta no es Jacinta. Es el monstruo disfrazado. Pero ¿desde cuándo? ¿Desde el principio lo fue?"
Intentó escribir el nombre una y otra vez, pero las letras se borraban solas. Solo quedó una frase:
"Si olvidamos su nombre, quizás desaparezca… pero si seguimos recordándola, crecerá."
El diario vibró. Palpitó. Como un corazón latiendo en la oscuridad.