La lluvia caía suavemente sobre los ventanales de la mansión Torres.
Liliana Pérez estaba sentada en la sala principal, con las manos entrelazadas sobre su regazo. La luz tenue de la lámpara iluminaba su rostro tranquilo, aunque por dentro su corazón latía con fuerza.
Habían pasado cinco años desde que se convirtió en Liliana Torre..
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El Divorcio...
La lluvia caía suavemente sobre los ventanales de la mansión Torres.
Liliana Pérez estaba sentada en la sala principal, con las manos entrelazadas sobre su regazo. La luz tenue de la lámpara iluminaba su rostro tranquilo, aunque por dentro su corazón latía con fuerza.
Habían pasado cinco años desde que se convirtió en Liliana Torres.
Cinco años viviendo en esa enorme casa.
Cinco años esperando algo que nunca llegó.
Un matrimonio.
Pero en realidad… aquello nunca fue un matrimonio.
Miguel Torres nunca la miró como esposa.
Nunca la tomó de la mano.
Nunca compartió una noche con ella.
Para él, Liliana siempre fue solo una decisión de su abuela.
El sonido de la puerta abriéndose interrumpió sus pensamientos.
Miguel entró al salón quitándose el saco del traje. Como siempre, lucía elegante y perfecto, con esa expresión fría que parecía imposible de romper.
—Tenemos que hablar —dijo con voz seria.
Liliana levantó la mirada.
—Claro.
Miguel caminó hasta la mesa de cristal frente a ella y dejó un sobre blanco.
—Son los papeles del divorcio.
Las palabras cayeron en la habitación como un golpe seco.
Liliana observó el sobre durante varios segundos.
Aunque lo había imaginado muchas veces… escucharlo seguía doliendo.
—Creo que esto es lo mejor para ambos —continuó Miguel—. Este matrimonio nunca funcionó.
Liliana levantó lentamente la mirada hacia él.
—¿Nunca funcionó… o nunca lo intentaste?
Miguel frunció el ceño levemente.
—Sabes que no quería casarme.
—Lo sé —respondió ella con una pequeña sonrisa triste—. Siempre lo supe.
Un silencio incómodo llenó la habitación.
Durante cinco años, Liliana había sido paciente.
Nunca lo presionó.
Nunca reclamó.
Nunca le pidió amor.
Pero esa noche algo en ella había cambiado.
—¿Alguna vez pensaste en intentarlo? —preguntó Liliana.
Miguel no respondió.
Y ese silencio fue suficiente.
Liliana bajó la mirada hacia los papeles del divorcio.
Tomó la pluma.
—¿Eso es todo? —preguntó ella suavemente.
—Te transferiré dinero —dijo Miguel—. También puedes quedarte con el departamento de la ciudad.
Liliana soltó una pequeña risa amarga.
—Cinco años de matrimonio… y eso es lo que valen.
Miguel no dijo nada.
Liliana firmó los papeles.
Luego los empujó hacia él.
—Listo.
Miguel se sorprendió.
Esperaba lágrimas.
Reclamos.
Pero Liliana estaba completamente tranquila.
Demasiado tranquila.
Ella se levantó del sofá.
—Adiós, Miguel.
Y sin mirar atrás, subió las escaleras.
Esa misma noche hizo su maleta.
Solo tomó algunas cosas.
Ropa.
Un par de libros.
Y su dignidad.
Cuando salió de la mansión Torres, la lluvia seguía cayendo.
Nadie la detuvo.
Nadie le preguntó a dónde iba.
La única persona que la vio salir fue Victoria Torres, la abuela de Miguel.
La anciana estaba en el pasillo del segundo piso.
—¿Te vas? —preguntó con tristeza.
Liliana levantó la mirada hacia ella.
—Sí, abuela Victoria.
La mujer suspiró profundamente.
—Ese idiota no sabe lo que perdió.
Liliana sonrió suavemente.
—Tal vez algún día lo entienda.
Luego salió de la casa.
Y desapareció.
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Dos años después
El gran salón del Hotel Imperial estaba lleno de empresarios importantes.
Era una de las galas más exclusivas del año.
Miguel Torres estaba conversando con algunos inversionistas cuando el murmullo de la gente comenzó a crecer.
Algo había llamado la atención de todos.
Miguel frunció el ceño y miró hacia la entrada.
Y entonces la vio.
Liliana.
Pero ya no era la misma mujer.
Su cabello oscuro caía elegantemente sobre sus hombros.
Su vestido rojo resaltaba su figura.
Su mirada ya no era tímida… ahora era segura y fuerte.
Miguel sintió que el aire se detenía en sus pulmones.
Pero lo que realmente lo dejó paralizado…
Fue ver quién estaba a su lado.
Un hombre alto, elegante, de presencia imponente.
Dominic Torres.
El hermano mayor de Miguel.
Dominic rodeaba la cintura de Liliana con naturalidad, como si siempre hubiera pertenecido allí.
Miguel caminó hacia ellos, incapaz de controlar la tormenta que se formaba dentro de su pecho.
—Liliana…
Ella levantó la mirada hacia él.
Por un momento, sus ojos se encontraron.
Pero ya no había amor en los de ella.
Solo calma.
Dominic miró a Miguel con una ligera sonrisa.
—Hermano —dijo con tranquilidad—. Qué coincidencia encontrarte aquí.
Miguel no podía apartar los ojos de Liliana.
—¿Qué está pasando?
Dominic tomó la mano de Liliana.
—Creo que ya lo sabes.
Miguel sintió que algo dentro de él se rompía.
—Liliana… ¿qué significa esto?
Liliana lo miró con serenidad.
—Significa que seguí adelante con mi vida.
Dominic levantó ligeramente su mano, mostrando un anillo brillante.
—Permíteme presentarte correctamente.
Hizo una pausa.
—Ella es mi esposa.
El mundo de Miguel se derrumbó en ese instante.