El día que Sofía Reyes descubrió que debía casarse con Santiago Ferrer, su mejor amigo de toda la vida, decidió alejarse de él.
Santiago hizo lo mismo.
Pero años después, un secreto familiar, un imperio peligroso y una muerte inesperada los obligarán a volver a encontrarse.
Y algunos destinos… simplemente no se pueden evitar.
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Capítulo 17
Santiago
Me quité la chaqueta y cubrí a Sofía con cuidado.
Aún temblaba.
No lo decía, pero su cuerpo lo delataba.
La abracé hasta que se quedó dormida entre mis brazos. Su respiración se volvió lenta, profunda, como si por fin su cuerpo hubiera entendido que estaba a salvo… al menos por ahora.
La cargué con cuidado.
Era ligera.
Siempre lo había sido.
La acosté en la cama de la habitación, acomodándola con cuidado para no despertarla. La arropé y me quedé unos segundos mirándola.
No llevaba ni dos semanas casado con ella…
Y ya habían intentado matarla.
Besé su frente.
Acaricié su mejilla con suavidad.
Luego me obligué a salir.
No podía quedarme.
No ahora.
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Apenas cerré la puerta, mi expresión cambió.
—Quiero un guardia en cada ventana —ordené al jefe de seguridad—. Y otro en la puerta.
El hombre asintió de inmediato.
—Nadie se acerca a ella sin mi autorización.
—Sí, señor.
Di un paso más cerca.
—Y quiero un agente exclusivo para Sofía.
Frunció ligeramente el ceño.
—¿Exclusivo?
—Que sea su sombra. Que no se le despegue ni un segundo.
El hombre asintió.
—Entendido.
Lo miré fijamente.
—Y que imponga respeto.
—Así será.
Luciano se acercó en ese momento.
—¿Está bien?
—Sí —respondí—. No le pasó nada.
Luciano cerró los ojos un segundo y soltó el aire.
—Menos mal.
Pero no había tiempo para alivios.
El tema de seguridad tenía que resolverse esa misma noche, así nos dieran las doce del día siguiente.
Entré a la sala de reuniones.
Todos estaban sentados.
Demasiado tranquilos para mi gusto.
Golpeé la mesa con la mano.
El sonido retumbó en la habitación.
—Trataron de matar a mi esposa.
El silencio fue inmediato.
Los miré uno por uno.
—¿Alguien tiene alguna objeción a mi idea de cazar y aniquilar?
Nadie habló durante unos segundos.
Hasta que uno de los líderes levantó la voz.
—Me parece una exageración, señor Ferrer.
Lo miré.
—¿Exageración?
Me incliné ligeramente hacia adelante.
—Ya mataron a dos líderes.
Mi voz bajó, pero se volvió más peligrosa.
—Atentaron contra la vida de mi esposa.
Hice una pausa.
—Usted podría ser el siguiente.
El hombre guardó silencio.
Luciano intervino.
—Estoy de acuerdo con Santiago.
Lo miré de reojo.
—La familia Ferrer y Reyes ya perdió a sus líderes originales —continuó—. Y no pretendo ser el próximo.
Sabía que Luciano estaría de mi lado.
Eso inclinaba la balanza.
Karen habló entonces.
Su voz era firme.
—Mi padre está en UCI. Su estado es reservado.
Todos la miraron.
—Y fue a causa de la misma persona que asesinó a mi suegro y al señor Ferrer.
Hizo una pausa.
—Por ende… yo me uno a la guerra.
Uno de los hombres soltó una risa seca.
—Con todo respeto… usted solo es una mujer. Y ahora es Reyes.
El ambiente se tensó.
Karen no retrocedió ni un paso.
—Mi padre no tiene más hijos —respondió con orgullo—. Y estoy casada.
Lo miró directamente.
—Las decisiones en la familia Reyes-Manrique se toman en conjunto. Como iguales.
La observé.
Tenía carácter.
Había aprendido rápido.
El hombre se levantó de la silla, alterado.
Antes de que pudiera avanzar, Luciano ya estaba de pie.
Se interpuso entre él y Karen.
Y en ese momento…
Vi una versión de Luciano que pocos conocían.
Fría.
Peligrosa.
—Cálmese —dijo con voz baja—. O se queda sin manos.
El tono…
No dejaba espacio a dudas.
Karen tocó su brazo suavemente.
—Sentémonos —dijo con calma—. No hay necesidad de matarnos entre nosotros.
Poco a poco, todos volvieron a sus lugares.
Los hombres bajaron las armas.
Respiré profundo.
—Entonces…
Los miré a todos.
—¿Queda aprobado?
Hice una pausa.
—¿O lo hacemos a la vieja usanza?
Antes, lo que decía el líder del clan se cumplía.
Con o sin aprobación.
Y esa tradición…
Aún pesaba.
—Estoy siendo diplomático —añadí.
Uno a uno, comenzaron a asentir.
La votación fue clara.
A favor.
Revisé mi teléfono.
Un mensaje de Sofía.
¿Dónde estás, Santi?
Sonreí levemente.
Hacía tiempo no me llamaba así.
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Salí de la sala y volví a la habitación.
Abrí la puerta con cuidado.
Sofía estaba despierta.
Sentada en la cama, abrazando sus piernas, con mi chaqueta puesta.
—¿Cómo te sientes?
—Un poco nerviosa.
Asentí.
Me quité los zapatos y me metí en la cama con ella.
La acerqué a mí.
—Creo que tu hermano y Karen se gustan… o son muy buenos actores.
Sofía sonrió levemente.
—También creo eso.
Su cuerpo se relajó un poco.
—¿Nos quedamos aquí hoy?
—Sí.
Miró alrededor.
—Nunca había estado en esta propiedad de los Ferrer.
—¿No?
Negó.
—¿Aquí es donde se toman las grandes decisiones?
—Sí.
—¿Y solo vienen los líderes?
—Sí.
Me miró.
—Cuántas tradiciones…
Sonreí.
—Demasiadas.
Nos quedamos en silencio.
Y dormimos juntos.
Como muchas veces antes.
Pero esta vez…
Era diferente.
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A la mañana siguiente, en la casa en la que viviríamos…
Empezamos a discutir.
—Ese color es horrible —dije mirando los gabinetes de la cocina.
Sofía cruzó los brazos.
—Son elegantes.
—Son vomitivos.
—Eres un grosero, Santiago.
Ella levantó la barbilla.
—Tú ni sabes cocinar. Aquí ni vas a entrar.
—Que no sepa cocinar no significa que no vaya a entrar a la cocina.
Se encogió de hombros.
—Ya te acostumbrarás.
La miré.
Y negué con la cabeza.
—Este matrimonio…
Suspiré.
—Va a ser una guerra.
Sofía sonrió.
—Pues que empiece.