A Bárbara Lopes le rompieron el corazón, vio sus sueños truncados y aprendió, de la peor manera, que confiar tiene un alto costo. Aun así, su lema es seguir intentándolo, incluso cuando no hay salida, porque nunca tuvo otras opciones.
Gustavo Medeiros, heredero de vastas tierras y empresario nato, vive recluido, aislado por los traumas del pasado y por la responsabilidad de criar solo a su hija. Acostumbrado a controlar cada aspecto de su vida a través del trabajo, cree que así puede mantener el control de su mundo, aunque eso signifique mantenerse alejado de los demás.
Cuando los caminos de Bárbara y Gustavo se cruzan, dos mundos opuestos chocan. Entre heridas abiertas, decisiones difíciles y sentimientos inesperados, él empieza a ver cómo se le escapa el control, mientras ella se enfrenta a la difícil decisión de volver a confiar.
Una historia de nuevos comienzos, decisiones y el valor de volver a confiar, incluso cuando el pasado sigue doliendo.
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Capítulo 3
El olor a flores es demasiado fuerte. No combina con Elisa. Nunca combinó. A ella le gustaban las cosas simples, las ventanas abiertas, la tierra mojada después de la lluvia. Aún así, allí está ella, rodeada de coronas que no dicen nada sobre quién fue.
Permanezco de pie al lado del ataúd, las manos rígidas, los hombros duros como si aún necesitaran sostener algo. Personas pasan, murmuran palabras que se escurren por mis oídos sin dejar rastro. Mis sentimientos. Ella descansó. Dios sabe lo que hace. Ninguna de esas frases alcanza el lugar donde mora el dolor.
Elisa está inmóvil. Demasiado pequeña dentro de esa caja de madera clara. El rostro sereno parece una afrenta, como si la muerte hubiera osado imitarla. Pienso, por un segundo cruel, que ella va a abrir los ojos y reclamar del exageración de las flores. Que va a decir que todo esto es innecesario.
Pero ella no abre.
En el banco justo atrás, un llanto bajo corta el aire como una lámina. Nuestra hija. Enrollada en una cobija clara, ajena a la gravedad del momento, como solo un recién nacido consigue ser. El sonido me atraviesa más que cualquier palabra. Elisa debería estar allí, ajustando el paño, diciendo que es solo hambre, que ya vuelve.
Ella no vuelve.
Sujeto el borde del ataúd con fuerza, como si el contacto pudiera anclarla aquí. Como si el peso de mis manos fuera suficiente para impedir lo imposible. Diez años juntos no me enseñaron a vivir sin ella. Enseñaron apenas a reconocerla en todo, inclusive en esa niña que ahora me mira sin saber quién soy.
Cuando alguien coloca el bebé en mis brazos, siento el pánico subir por la garganta. Ella es demasiado leve. Demasiado frágil. Y yo estoy pesado por dentro, lleno de una ausencia que no cabe en nadie. Sujeto a mi hija como quien sujeta algo a punto de romperse, consciente demás de cada movimiento, incapaz de sentir cualquier instinto además del miedo.
No sé hacer eso.
No sé cuidar.
Elisa sabía.
Salgo del velorio sin mirar para atrás. Conduzco sin destino por algunos minutos, con el llanto bajo de la niña llenando el coche, hasta estacionar delante de la cancela de la hacienda. El lugar que siempre fue mi refugio ahora parece demasiado grande, demasiado silencioso.
Es Doña Célia quien nos ve primero.
Ella está allí hace más tiempo de lo que me gusta admitir. Ayudó a mi padre, después se quedó. Siempre fue de esas presencias constantes, casi invisibles, pero indispensables. Cuando se aproxima al coche y ve al bebé en el banco, su rostro cambia. No de espanto, de entendimiento.
—¿Puedo tomar a la niña, patróncito? —pregunta, aunque ya sepa la respuesta.
No consigo hablar. Apenas balanceo la cabeza.
Doña Célia no insiste. Abre la puerta, extiende los brazos con firmeza y toma a mi hija con la seguridad de quien ya cuidó de muchos comienzos. El llanto cesa casi de inmediato, como si el mundo hubiera encontrado a alguien capaz de sustentarlo.
—Yo no sé hacer eso —digo, la voz baja, cruda.
Ella me encara sin pena.
—Nadie sabe al comienzo, Don Gustavo —responde—. Uno aprende quedándose.
Dentro de la casa, Doña Célia asume lo que yo no consigo. Prepara el cuarto, hierve agua, organiza biberones, toma decisiones. No me aparta, pero tampoco me empuja. Me deja observar, como si supiera que mi amor aún está enterrado junto con el miedo.
Me aproximo a la cuna improvisada cuando el silencio finalmente se instala.
—Ella se llama Clara —digo, casi en un susurro—. Fue el nombre que Elisa escogió.
Doña Célia sonríe levemente.
—Nombre bonito. Combina con ella.
Miro a mi hija con atención. La piel clara, las mejillas naturalmente rosadas, los ojos azules, cerrados ahora, pero que sé que son del mismo color del mar que a Elisa le gustaba observar en silencio. Clara carga a la madre en el rostro, en los trazos suaves que parecen promesa y recuerdo al mismo tiempo.
—Ella es la cara de Elisa —digo, y la voz falla por primera vez.
—Va a crecer recordando —responde Doña Célia, con respeto.
Me quedo allí, parado, sintiendo el peso y el milagro de aquella semejanza. Amar a Clara significa amar a Elisa otra vez. Y eso me aterra más que cualquier responsabilidad, porque amar duele. Y perder, más aún.
Cuando Clara se mueve en la cuna y suelta un sonido bajo, casi un suspiro, algo en mí responde. Un reflejo tímido, imperfecto, pero real.
Tal vez yo no sepa cuidar.
Tal vez yo aún esté demasiado quebrado.
Pero ella es todo lo que me resta de Elisa.
Y, aún sin saber cómo, entiendo que huir no es una opción.
Voy a tener que aprender a quedarme.