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La Mujer Sin Rostro

La Mujer Sin Rostro

Status: En proceso
Genre:Reencarnación(época moderna) / CEO / Posesivo
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Jesse25

Hay amores para toda la vida y todas las vidas que sigan.

NovelToon tiene autorización de Jesse25 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

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Acto I: La Pieza

Capítulo 3: La torre

El miércoles amaneció gris, como si Madrid hubiera decidido acompañar mi estado de ánimo.

Me levanté a las siete, lo que para mí era una hora criminal. Blanca protestó cuando aparté sus patas de mi cara y se volvió a enrollar en la almohada con la dignidad ofendida de quien ha sido despertada sin permiso.

—No me mires así —le dije—. Tú no tienes que fingir que sabes usar Excel.

Ella me miró igual. Los gatos son especialistas en el desprecio inmutable.

Ducha rápida. El agua caliente tardó tres minutos en llegar, como siempre. Me sequé el pelo con una toalla que ya había visto días mejores y me enfrenté al armario.

¿Qué se pone una para fingir que puede ser secretaria?

Al final opté por lo más neutro que tenía: unos pantalones negros, una camisa blanca algo planchada, y una chaqueta que Laura me había prestado hacía un año y nunca devolví. Mirándome al espejo, parecía una actriz en un casting para un papel que no quería.

—Vas a ir —me dije—. Vas a hacer la entrevista. Si te cogen, aguantas unos meses, pagas deudas, y luego vuelves a lo tuyo.

Mi reflejo no pareció muy convencido.

AZCA a las nueve y media de la mañana era un hervidero de trajes y cafés para llevar.

La Torre Picasso se alzaba sobre el cielo gris como un monolito de los ochenta. Cristal oscuro, líneas rectas, esa arquitectura que parece decir: "aquí se hace dinero y tú no pintas nada". Crucé el vestíbulo sintiéndome diminuta, una intrusa en un mundo de gente que olía a colonia cara y a seguridad laboral.

El ascensor subió hasta el piso veintitrés con un zumbido mecánico. Las puertas se abrieron y me encontré en un recibidor de mármol blanco con una recepcionista que parecía sacada de un anuncio de coches.

—Buenos días, vengo a la entrevista con recursos humanos —dije con la voz más firme de lo que me sentía.

—¿Su nombre?

—Irene Costa.

—Un momento, por favor.

La recepcionista tecleó algo, sonrió con la precisión de un reloj suizo y señaló una puerta acristalada.

—La señorita Sánchez la recibirá en unos minutos. Puede esperar ahí.

"Aquí" era una salita con sofás de cuero negro, revistas de economía sobre una mesa de centro y un cuadro abstracto en la pared que probablemente costaba más que mi alquiler de un año. Me senté en el borde del sofá, sin atreverme a recostarme, y esperé.

Pasaron cinco minutos. Diez. Quince.

Empecé a dibujar mentalmente a la recepcionista. La postura, la inclinación de la cabeza, la mano sobre el teléfono. Sin rostro, claro. Siempre sin rostro.

—¿Irene Costa?

Levanté la vista. Un hombre de unos treinta y tantos años estaba frente a mí. Llevaba gafas finas, traje azul marino, y una expresión neutra que no delataba nada.

—Sí, soy yo.

—Sergio Buitrago. Soy el asistente de dirección. La señorita Sánchez se ha retrasado, así que la atenderé yo directamente, si le parece bien.

—Claro, sí, por supuesto.

Me levanté demasiado rápido y casi tropiezo con la mesa de centro. Sergio no se rió. Eso ya era algo.

Su despacho era pequeño pero ordenado. Una mesa con dos pantallas, estanterías con carpetas perfectamente alineadas, y una planta en una maceta blanca que parecía milagrosamente viva en ese ambiente de aire acondicionado y fluorescencia.

—Siéntese, por favor.

Me senté. Él hizo lo mismo y abrió un portátil sin dejar de mirarme.

—Su currículum es... interesante.

—¿En qué sentido?

—Bellas Artes. Máster en Florencia. Y ninguna experiencia laboral relacionada.

—He tenido trabajos. Camarera, dependienta, ayudante de restauración...

—Pero nada administrativo.

—No.

Sergio me miró por encima de las gafas. No era una mirada hostil, solo evaluadora.

—¿Y por qué quiere trabajar aquí?

Porque necesito dinero. Porque mi madre me presiona. Porque el arte no da de comer. Porque estoy harta de deberle a Laura.

—Porque quiero aprender —dije—. Y porque me han hablado muy bien de la empresa.

—¿Quién?

—Mi tía. Dice que tienen una fundación de arte.

Sergio levantó una ceja.

—La Fundación Moncada, sí. Está vinculada a la empresa, pero es independiente.

—¿Trabajan con artistas?

—La fundación apoya artistas emergentes, sí. Pero no tiene relación con el puesto que ofrecemos.

—Claro, claro. Solo preguntaba.

Sergio tecleó algo. La planta de la maceta parecía observarme con la misma atención que él.

—Dígame, Irene. ¿Sabe usar Excel?

—Lo básico.

—¿Word?

—Sí.

—¿PowerPoint?

—He hecho alguna presentación.

—¿En la universidad?

—Sí.

—¿Hace cuánto?

—Cinco años.

Él asintió lentamente, como si anotara mentalmente cada respuesta en una columna de pros y contras.

—Le voy a ser sincero —dijo—. Buscamos a alguien con experiencia. Pero también buscamos a alguien con cabeza, con criterio, con capacidad de aprender. Su currículum no encaja, pero su carta de presentación sí.

—¿Mi carta?

—La escribió usted, ¿no?

—Sí.

—Decía que necesita este trabajo para poder seguir dedicándose a su verdadera vocación. Eso es honesto. Y la honestidad escasea.

Me quedé callada. No esperaba que alguien hubiera leído la carta con atención, y mucho menos que la mencionara.

—El puesto es de apoyo administrativo —continuó Sergio—. Atenderá llamadas, gestionará agendas, hará tareas de secretaría. No tiene nada que ver con el arte. ¿Puede con eso?

—Sí.

—¿Está segura?

—Necesito pagar el alquiler.

Él asintió. No sonrió, pero por primera vez su expresión se suavizó.

—Bien. Tendrá un período de prueba de tres meses. Si funciona, estará fija. ¿Le parece?

—¿Me está diciendo que...

—Que está contratada, sí. Empieza el lunes.

Salí del despacho flotando. O tambaleándome. No lo sé bien.

La recepcionista me sonrió al pasar. Le devolví la sonrisa con una mezcla de euforia y pánico. Iba hacia el ascensor cuando las puertas se abrieron y un hombre salió.

Traje oscuro. Canas en las sienes. Mirada intensa.

Pasó a mi lado sin verme, absorto en algo que llevaba en la mano. Un móvil, quizá. O un pensamiento. No lo sé.

Pero cuando el ascensor se cerró, algo me hizo mirar atrás. Él ya había desaparecido por un pasillo, escoltado por dos personas que hablaban sin parar.

No supe por qué, pero durante un segundo tuve la sensación de que debía conocerlo.

Luego el ascensor bajó y me olvidé.

Esa noche, llamé a Laura.

—¿Qué tal la entrevista?

—Me han cogido.

—¿En serio? ¿Esa torre de cristal y gente rica?

—Esa misma.

—¿Y qué vas a hacer?

—Sobrevivir.

Hubo un silencio. Luego Laura soltó una risa.

—Mi pequeña artista vendida al capitalismo.

—Tres meses —dije—. Solo tres meses. Mientras tanto, sigo pintando. Y mi tía lo de Berlín...

—Ya, ya. Pero vas a tener que madrugar. Y llevar ropa planchada. Y sonreír a jefes.

—No sonrías tanto que te acostumbras.

Me reí. En el estudio, Blanca me miraba desde el sillón naranja con esa expresión suya de "no sé qué haces pero seguro que está mal".

—¿Sabes qué? —dijo Laura—. Esto puede estar bien. Vas a conocer gente. Dinero. Poder. A lo mejor encuentras un mecenas.

—Lo que voy a encontrar es una nómina.

—También. Pero quién sabe.

Colgué y me quedé mirando la noche a través del ventanal.

En algún lugar de esa torre, en algún piso veintitantos, el hombre del traje oscuro estaría haciendo cosas de millonario. Y yo no volvería a pensar en él.

O eso creía.

1
Olivia Uribe
muy bueno, gracias¡¡¡¡
Olivia Uribe
la historia me gusta mucho, no se porque tiene tan pocos votos, ojala y la termines autora, no nos dejes a medias de la trama
Fernanda Gutierrez
el yo de otra bida
Romina Fernanda Paez
necesito saber el final!! no puede quedar ahi
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