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Color De Mi Raza

Color De Mi Raza

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Romance / Aventura / Acción / Completas
Popularitas:813
Nilai: 5
nombre de autor: ARACELYS DE LA CRUZ SALAYA

En la Venezuela colonial del siglo XVIII, la sangre determina el destino, pero el amor desafía todas las convenciones. Don Beltrán Linares es el origen de un legado dividido: por un lado, sus hijos legítimos, criollos de piel blanca que heredan su nombre y fortuna; por el otro, sus hijos bastardos, mestizos y de raza negra, condenados a la marginalidad.

Esta frágil barrera social comienza a resquebrajarse cuando Álvaro Linares, el heredero legítimo de deslumbrante belleza rubia y ojos verdes, conoce a Marina Ribas, una joven mantuana prometida en matrimonio por conveniencia a León Fernández, un hacendado mayor. Al instante, nace entre ellos un amor apasionado y prohibido que desafía los arreglos familiares y pone en riesgo el honor de ambos.

Mientras este romance florece en secreto, los medios hermanos de Álvaro luchan por forjar su propio destino en un mundo hostil:
Tomer Linares, otro de los hijos de Beltrán, se enfrenta a la tragedia cuando Joaquina Ribas la mujer que ama, es raptada por indígenas de la selva, obligándolo a una desesperada búsqueda.
Tadeo, un esclavo liberto, encuentra un amor inesperado y puro con una mujer aborigen, una unión que también deberá superar los prejuicios de la época.
Maya, una esclava que ha ganado su libertad, entabla una relación compleja con un indio cristianizado, navegando entre dos mundos sin pertenecer del todo a ninguno.

"Color de mi raza" es una saga familiar épica que entrelaza estos destinos, explorando el conflicto entre el deber y el deseo, la pureza de sangre y la identidad, en una época donde el amor era el acto de rebelión más peligroso.

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El precio de la Conexion

La oscuridad del puerto cedía ante el temblor de las antorchas. Marina Linares descendió del carruaje y, sin vacilar, se dirigió hacia la mole sombría del bergantín. Sus velas, ya desplegadas, se recortan contra el cielo nocturno como alas ansiosas por el viento. Llevaba solo una pequeña maleta y el peso silencioso del luto, un vestido negro que recordaba la reciente pérdida de su hermano Asher.

«Allí está 'El Leonor'. Todavía no zarpa», pensó, y apresuró el paso.

En el barco, una fila de pasajeros subía lentamente por la angosta pasarela. Pero desde la borda, Álvaro ya la había visto. Sus miradas se encontraron a través de la distancia, cargadas de una incredulidad que se transformó en alborozo. Él bajó corriendo a su encuentro. Una sonrisa, un abrazo que ahogó cualquier palabra, y luego, sus labios se fundieron en un beso largo y urgente, saldando toda espera.

—Pensé que no vendrías —murmuró él, atrayéndola contra su pecho, las palabras naciendo entre sus cabellos.

—Yo temí que ya no me esperarías —confesó ella, enterrándose en su abrazo.

—Jamás me iría sin ti —juró Álvaro, acariciando su mejilla con una ternura que lo decía todo.

Marina bajó la voz, ensombrecida por el recuerdo. —Me despedí de mi familia con una carta para mi padre. Mi madre… solo visita la tumba de mi hermano. No hay espacio para nada más en su pena.

—Lo sé, mi amor. Es una herida muy honda —susurró él, compartiendo su dolor.

—Pero no viajaremos solos —dijo Álvaro, tomándola de la mano con renovada decisión—. Ven.

De la penumbra de cubierta emergieron dos figuras: Leonor, la hermana de Álvaro, y Maggie, su leal compañera. Ambas sonrieron, dando la bienvenida a Marina a bordo.

—Maggie, no sabré cómo agradecer lo que hiciste por Álvaro —dijo Marina, con los ojos brillantes—. Sin ti, él no estaría aquí.

—Álvaro es como un hermano para mí —respondió Maggie con calidez—. Crecimos juntos. Haría cualquier cosa por él.

Leonor se adelantó, su expresión resuelta y alegre. —Bienvenida, Marina. Me alegra que el amor haya triunfado. ¡Que viva el amor!

—Y yo amo a Álvaro —declaró Marina, y las dos mujeres se abrazaron como hermanas que ya lo eran en espíritu.

Con la mano de Marina firmemente entre las suyas, Álvaro la guió hacia la borda. El bergantín comenzaba a deslizarse, silencioso, alejándose del muelle de Los Frailejones. Marina se acurrucó contra su hombro, y un pensamiento sereno la inundó: «Al fin, viviré al lado del hombre que amo».

Mientras la costa se fundía con la noche, una mezcla de añoranza y libertad llenó el aire. Leonor y Maggie, tomadas de la mano, intercambiaron una sonrisa cómplice antes de bajar a cenar. El comedor de primera clase estaba desierto, reservado para ellos; al fin y al cabo, el bergantín era propiedad de los Linares, y llevaba su legado en el nombre.

—Muero de hambre —anunció Marina, dejando escapar una risa aliviada.

—¡Es nuestra primera cena juntos como familia! —exclamó Leonor, la emoción vibrando en su voz.

—Así es, cuñada —asintió Marina, sonriendo—. A partir de ahora, todos nuestros viajes serán en compañía.

Más tarde, en la intimidad de su camarote, Leonor y Maggie se encontraron solas, envueltas en la excitación del secreto compartido. Maggie ayudó a Leonor a desvestirse, con una familiaridad que trascendía el servicio. Cuando quedaron desnudas la una frente a la otra, no hubo vergüenza, solo la verdad deslumbrante de su atracción. De la mano, se deslizaron entre las sábanas frías, y sus miradas se enlazaron en la penumbra, un diálogo más elocuente que cualquier palabra.

—Te amo tanto, Maggie —confesó Leonor, y selló su declaración con un beso suave que la mulata correspondió con idéntica devoción.

Enlazadas, Maggie murmuró contra su piel: —Crecimos juntas en la casona Linares. Mi madre llegó a esas tierras embarazada de un hombre blanco… ¿Recuerdas esa historia?

—Sí —susurró Leonor, acariciando su espalda—. Y recuerdo que de niñas peleábamos sin cesar.

—Y ahora… míranos —Maggie sonrió, extasiada—. Enamoradas. Viviendo nuestra verdad. Te amo, Leonor.

No hicieron falta más palabras. Leonor respondió con otro beso, esta vez lento y profundo, mientras el barco las mecía, alejándolas del mundo hacia un horizonte que, por fin, les pertenecía sólo a ellas.

Por su parte Álvaro y Marina se amaban. En la intimidad de su habitación, se acostaron abrazados, Álvaro, admirado veía el abdomen grávido de la chica.

—Nuestro primer hijo, Marina, estoy tan emocionado que me asusto—Exclamo Álvaro, la chica se echó a reír.

—¿Por qué te asustas? —Pregunto Marina intrigada.

—Un hijo es una responsabilidad, muy grande, hay que cuidarlo y luchar para brindarle su techo, que no le falte nada—Comento Álvaro, evidentemente convencido de lo que pensaba.

—Si lo sé, pero también sé, que va a contar con sus padres, quienes lucharán para brindarle todo lo que necesite, sobre todo mucho cariño y protección—Prometió, Marina, acariciando la mejilla a su adorado, Álvaro, quien asintió.

En la vivienda de los Ribas, Conrado entró en la habitación de su esposa con una bandeja de alimentos en la mano. Allí encontró a Berta, sentada al borde de la cama, los ojos hundidos en lágrimas mientras contemplaba un retrato enmarcado de su difunto hijo. Al verlo, su tristeza se transformó en una pregunta acuciante:

—¿Conrado, por qué Dios permitió que mataran a mi hijo? ¿Por qué? —exclamó Berta, sujetándolo por los hombros con desesperación.

Conrado se sentó a su lado y, sin dudarlo, la abrazó con la fuerza de quien comparte un dolor profundo.

—Estoy tan dolido como tú, Berta... Este destino ha sido cruel, y el peso de este sufrimiento es desolador —susurró el hombre, sus palabras impregnadas de tristeza.

Berta se arrojó a su pecho, llorando desconsoladamente. Tras un momento de silencio, Conrado rompió ese clima sombrío.

—Berta, tengo dos cartas. Una de ellas la escribió Asher, me imagino que como una despedida... —afirmó, entregándole un sobre que temblaba entre sus dedos.

Doña Berta desdobló el papel, y mientras lo leía en voz alta, su mundo pareció desmoronarse:

«Si leen esta carta, es porque ya estoy muerto. Padres, perdonen a su hijo; participé junto a mi primo Hermes, Miguel Ángel y Jonás en la violación de Corina, la mujer de mi tío Lucio, y vi cómo Jonás la estranguló. No hice nada para impedirlo. Perdónenme, maté a mi tío en defensa propia».

Un impacto helado recorrió a la madre.

—Esto no es verdad. No puede ser verdad, mi hijo… ¡No! Me niego a aceptar algo tan aberrante —negaba doña Berta, incrédula ante la revelación.

—La encontré entre sus cosas, es su letra —respondió el padre, con una resignación que lo entristecía aún más.

Berta tomó nuevamente la carta, haciendo un esfuerzo por desentrañar las letras escritas, y finalmente dijo:

—Debemos hablar con Hermes y los otros chicos.

Conrado asintió, pero una nueva inquietud asomó entre ellos.

—¿Y la otra carta? —preguntó Berta, con curiosidad mientras se secaba las lágrimas.

—Es de la sinvergüenza de Marina, que está embarazada de un tal Álvaro y se fue a España —respondió Conrado, la molestia visible en su voz.

—Marina es tan impulsiva, tan arriesgada… No piensa en nada excepto en su amor. Dios, por favor, cuida de mi hija; le escribiré —prometió Berta, mientras buscaba pluma y papel. A la vista de su determinación, Conrado sintió que la esperanza comenzaba a renacer en medio de su desconsuelo.

Al día siguiente, Hermes se despertó con la carta que le había dejado Leonor sobre el pecho.

—¡Buen día, señor Hermes! —exclamó Zacarías, el esclavo encargado de atenderlo. Era un hombre corpulento y de gran estatura.

—Zacarías, llévame al baño —pidió Hermes.

Zacarías lo levantó en sus brazos con facilidad. Hermes llevaba puesto su camisón blanco, típico de la época, y lo sentó en una silla acondicionada especialmente para él, donde se encontraba su vaso de cama.

—Señor Hermes, tiene visita —informó Zacarías mientras lo vestía.

El chico se mostró extrañado e irritado; no podía sacar de su mente las palabras de despedida de Leonor.

«Viajó a España junto a mi hermano Álvaro, mi tía Amanda enfermó». Aquellas palabras atormentaban a Hermes, que lidiaba tanto con su incapacidad como con la partida de su esposa.

—Zacarías, no tengo deseos de ver a nadie —respondió Hermes, visiblemente malhumorado.

—Su tío Conrado desea hablar con usted —informó el esclavo mientras lo acomodaba en su silla de ruedas.

Hermes se mostró hastiado.

—¿Hablar de qué? Maldición —refunfuñó, haciendo muecas de descontento.

—Lo llevaré al jardín; allí lo está esperando —dijo Zacarías, decidido.

Ya en el jardín, Hermes vio a su tío Conrado, quien lo miraba con el ceño fruncido. Conrado hizo señas al esclavo para que se retirara. Zacarías obedeció de inmediato, pero se ocultó para escuchar la conversación. Conrado se sentó en un banco de madera frente a su sobrino y le entregó la carta que había dejado Asher.

—¿Qué es esto, tío? —preguntó Hermes, intrigado.

Hermes abrió la carta y leyó el contenido en voz baja.

—Le juro, tío, que no sabíamos que era la mujer de mi tío Lucio, lo juro —dijo Hermes entre lágrimas.

—Lo que hicieron es muy grave, Hermes, muy grave —susurró Conrado.

El hombre miró a su alrededor, sintiendo que había oído un ruido. Se levantó de inmediato, buscó detrás de la vivienda, pero no vio a nadie. Cuando regresó, Hermes todavía tenía la carta en sus manos.

—Recuerdo ese suceso todos los días de mi vida... Sé que lo que hicimos no tiene vuelta atrás —dijo el chico, resignado.

Conrado lo abrazó, intentando en esa muestra de amor brindarle toda la protección que el chico necesitaba.

¡Claro que sí! Con gusto le pongo ese toque de "magia" para que la narrativa fluya con más elegancia y tensión dramática. He pulido el lenguaje, mejorado la puntuación y dado más fuerza a las descripciones para que el lector sienta el contraste entre la alegría de la boda y el caos del ataque.

Frente a la modesta capilla del pueblo, un carruaje se detuvo con parsimonia. En su interior, Alexia permanecía sentada frente a sus padres, con el corazón galopando bajo el encaje de su vestido.

—A esta hora, Álvaro y Leonor ya deben haber zarpado —comentó don Beltrán, rompiendo el silencio.

—Eso me tranquiliza; por poco lo matan —suspiró ella, recordando el peligro evadido.

—Estoy tan nerviosa... ¿Cómo me veo? —preguntó la joven, mientras sus dedos jugaban inquietos con un ramo de exquisitas rosas.

—Estás radiante, hija —respondió su padre con una sonrisa protectora.

—Respira, mantén la calma y relájate —le pidió su madre, dándole un cariñoso pellizco en las mejillas para devolverle el color.

—Ya llegamos. Bajemos —anunció don Beltrán, siendo el primero en descender.

Al salir, notó que la capilla estaba concurrida. Job se acercó de inmediato, con la curiosidad marcada en el rostro.

—¿Todo en orden? —preguntó.

—Perfecto. Es hora de entrar —informó el padre, henchido de orgullo.

Don Beltrán avanzó por el pasillo central llevando del brazo a su hija menor. En el altar, el prometido la esperaba con una mirada cargada de ternura. Tras el intercambio de votos, don Beltrán se retiró a su asiento junto a su esposa, susurrando: «Les deseo plena felicidad, chicos».

Cerca de ellos se encontraban los esposos Ordóñez. Boris permanecía firme junto a su mujer, quien, a pesar de su aspecto demacrado y delgado, lucía una chispa de profunda emoción al ver a su único hijo contraer nupcias. Tomer y su esposa, Joaquina, también presenciaban la escena con atención. Antes de que terminara la reunión, Tomer se acercó a saludar a sus padres.

—Buenas tardes. Se les ve emocionados —dijo con una sonrisa.

—Hijo, ¿has verificado que no falte nada para la recepción? —preguntó su padre, siempre previsor.

—Todo está listo, padre. Descuide y disfrute el momento —susurró Tomer antes de alejarse.

Mientras tanto, afuera, las sombras de la noche empezaban a reclamar el pueblo. Un grupo de hombres encapuchados, vestidos de negro, acechaba entre la penumbra. Rómulo y Vicente, alertas, patrullaban el perímetro junto a los hombres de confianza de los Ordóñez, vigilando cada movimiento.

La ceremonia concluyó y los invitados comenzaron a salir, seguidos por los recién casados, quienes fueron recibidos por una jubilosa lluvia de arroz.

—Hijo, felicidades, te quiero mucho —exclamó Boris, abrazando con fuerza a su elegante heredero.

—¡Me casé! Estoy tan feliz —reía Alexia entre los brazos de sus padres.

Sin embargo, el júbilo se quebró con el estruendo de los disparos.

El pánico se apoderó de la multitud. Una bala alcanzó al novio en el brazo y continuó su trayectoria hasta incrustarse en la espalda de su padre. Boris cayó al suelo, arrastrando a su hijo en la caída.

—¡Padre, aguante! —suplicó el joven, quitándose la chaqueta con desesperación para presionar la herida y contener la sangre.

Otro proyectil alcanzó a doña Adela en el muslo. Entre su esposo y Job, lograron arrastrarla hacia una esquina para cubrirse.

—¡Padre, quédese con ella! ¡Iré tras esos malditos! —rugió Job. Seguido por Vicente y Rómulo, se lanzó a la persecución de los jinetes, que ya les llevaban ventaja en la oscuridad.

Tomer y Joaquina reaccionaron con rapidez, ayudando a subir a doña Adela a un carruaje que partió a toda velocidad hacia el convento, donde los sacerdotes practicaban la medicina.

—Resista, doña Adela, ya casi llegamos —la animaba Joaquina.

Ante la gravedad de la hemorragia, Joaquina no lo dudó: rasgó su fino vestido de seda para improvisar un torniquete, mientras Tomer cargaba a la mujer y su padre, con el rostro desencajado por la angustia, rezaba en silencio por su vida.

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Yuri😊
claro con esas habilidades y siendo chicas quien no? 😃😃
ARACELYS DE LA CRUZ Salaya: Gracias por comentar, Yuri
total 1 replies
Yuri😊
Dile que no lleva vacas🤣🤣🤣🤣
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