La muerte no fue el final.
Fue el inicio de su venganza.
Reencarnó con todos sus recuerdos intactos, regresando a la manada donde lo perdió todo. En su vida pasada fue traicionada, manipulada y destruida… y Selene fue quien deseó su lugar, su poder y su destino.
Ahora, fingiendo ser la misma de antes, observa cómo la jerarquía se pudre desde dentro mientras Selene vuelve a acercarse, convencida de que esta vez sí podrá arrebatárselo todo.
Pero ella recuerda cada traición.
En esta vida no permitirá que nadie le quite lo que es suyo.
La luna le dio una segunda oportunidad…
y esta vez Ella no ha vuelto para amar.
Ha vuelto para reclamar, para dominar, y para destruir a quien intentó borrarla.
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Preparativos y sombras
Regresé a mi habitación con la cabeza hecha un caos.
Las lobas estaban dando un golpe de estado silencioso.
Mi padre hacía la vista gorda con la absurda esperanza de atraer de vuelta a mi madre.
Y, para rematar, había una loba moviendo los hilos desde las sombras.
Aurora.
Si la brujería existía —y sabía que era real—, entonces algo más estaba ocurriendo en esta manada. Algo oculto. Algo peligroso.
Abrí la puerta de mi habitación y encontré a Cassie sentada en la cama, llorando.
—¿Qué pasó? —pregunté de inmediato, corriendo hacia ella.
—Nada —murmuró entre sollozos—. Solo… no quiero que te vayas.
Le limpié el rostro con cuidado y solté una pequeña risa.
—¿Ya estás preocupada por el final del verano si acabo de llegar?
Me dejé caer a su lado y la rodeé con un brazo, pero algo no encajaba. Había un rastro de miedo en el aire. Uno que no le pertenecía del todo.
—¿Quién vino mientras yo no estaba? —pregunté con suavidad.
Cassie se tensó… y luego, como si algo se apagara dentro de ella, se relajó.
—Nadie —dijo, apartando la mirada.
El miedo desapareció de golpe.
Demasiado rápido.
—Háblame —susurré, entrelazando mis dedos con los suyos—. No puedo ayudarte si no sé qué pasa.
—No puedes ayudarme —respondió—. Pronto te irás y nos quedaremos aquí otra vez… solos.
Su mano se apretó con fuerza contra la mía.
No.
No iban a quedar solas.
—No estarán solas —dije con firmeza—. Voy a hablar con las beta y las gamma. Antes de irme, esta manada va a cambiar. Esto no puede seguir así.
Cassie alzó la vista, sorprendida.
—¿De verdad?
—De verdad. Ya hablé con mi papá. Como alfa, permitir este abuso va contra todo lo que defendemos. El poder solo debe existir dentro de la estructura. Todos los demás somos iguales. Así lo quiso la Diosa de la Luna… y así será.
La miré fijamente.
—Ahora dime qué pasa.
—No puedo —susurró.
Y entonces lo entendí.
—¿Quién te dijo qué?
—Nadie —respondió con rapidez, incorporándose—. No presiones, Ayla. Por favor.
Mi mejor amiga. Mi otra mitad. Rogándome que no siguiera.
—Está bien —cedí al final—. Vamos a prepararnos.
La llevé hasta la silla frente al tocador.
—Nada de mirarte.
Cassie negó con la cabeza y cerró los ojos obediente.
Comencé con su cabello. Lo sequé, lo rize con cuidado y lo recogí en un peinado suelto, dejando mechones suaves enmarcando su rostro. Luego vino el maquillaje: tonos marrones y dorados que realzaban sus brillantes ojos azules.
Cuando terminé, di un paso atrás.
—Estás preciosa.
Intentó girarse, pero la detuve.
—Todavía no.
Soltó una risita y volvió a cerrar los ojos.
—Ahora me toca a mí —dije—. Puedes abrirlos, pero prométeme que no te mirarás en ningún espejo.
—Está bien —respondió, resignada.
Me sequé el cabello y lo dejé caer en ondas suaves. Oscurecí mis ojos con un maquillaje intenso y terminé con labios rojos. Simple y letal.
—Te ves increíble —dijo Cassie.
—Lo sé —respondí sonriendo—. Ojos cerrados otra vez.
La llevé al armario y saqué la lencería nueva.
—Ponte esto. Luego llámame.
Esperé afuera, nerviosa, hasta escuchar su voz.
—Estoy lista.
Entré y la ayudé con el vestido dorado, subiéndole la cremallera con cuidado. Luego me puse el mío, color granate, ajustado a mis curvas. Tomé los collares y accesorios: el ónix para mí, el oro con diamantes para ella.
Nos coloqué frente al espejo.
—Ahora sí. Mira.
Cassie abrió los ojos y se llevó las manos al rostro.
—Ayla… no puedo.
—Claro que puedes —le guiñé un ojo—. Solo lo estás tomando prestado.
Nos observamos en el espejo.
Ella brillaba como una diosa.
Yo, como una amenaza.
Estábamos impresionantes.
Un golpe suave en la puerta nos sacó del momento.
—Hora de irnos, cariño —dijo la voz de mi padre desde el otro lado.
Sonreí.
Esto…
esto iba a ponerse interesante.