Cande, ceo de una gran empresa, muere y reencarna en Fiorella. Volviéndose la niñera del hijo del villano. El frívolo Giovanni. Tiene que proteger al niño para que no muera de una traición por parte de la corona. De lo contrario, ella es quien morirá. ¿lo malo a parte de que su vida depende de un niño? Es que nunca tuvo uno o cuido tan siquiera. Por eso, el joven amo le resulta tan estresante.
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Capitulo 22: La vida en el pueblo es muy bonito.
El silencio de la cabaña dejó de ser extraño después de algunos semanas. Al principio Fiorella despertaba con la sensación de que algo faltaba. Todo estaba quieto, demasiado quieto para alguien que había pasado tanto tiempo rodeada de gente y responsabilidades.
Pero con el paso de los días comenzó a entender algo simple. Estar sola no era un problema. Era un alivio.
Fiorella empezó a notar cómo su mente se volvía más tranquila cada mañana. No tenía que levantarse pensando en amenazas, ni en estrategias, ni en quién podría estar conspirando detrás de una sonrisa amable. Solo tenía que abrir los ojos, respirar el aire fresco que entraba por la ventana y decidir qué quería hacer ese día.
Eso, para ella, era un regalo.
La cabaña se volvió su rutina.
Se levantaba temprano, preparaba algo de comer, salía a caminar por los alrededores y regresaba con la calma. A veces pasaba horas simplemente arreglando cosas dentro de la casa, ordenando la despensa o limpiando el pequeño terreno que rodeaba la construcción.
Con el tiempo también descubrió algo más.
A unos kilómetros de distancia había un pueblo. No era pequeño, tampoco demasiado grande. Tenía una plaza amplia, varias casas de madera bien cuidadas, una panadería que siempre tenía gente entrando y saliendo, y algunas tiendas donde seconseguir casi cualquier cosa necesaria.
La primera vez que bajó al pueblo fue por curiosidad.
Quería ver si podía comprar algo diferente para la despensa. Pero lo que encontró fue algo que no esperaba.
La gente. Los habitantes del pueblo eran tranquilos, curiosos al principio, pero no insistentes. Algunos la miraban con atención cuando llegó por primera vez, como si intentaran adivinar de dónde venía una mujer que claramente no era del lugar.
Un hombre mayor que atendía la panadería fue el primero en hablarle.
— No te había visto por aquí.
Fiorella apoyó las manos en el mostrador mientras observaba el pan recién hecho.
— Vivo en la cabaña al norte.
El hombre levantó las cejas.
— Ah, la casa que acomodaron hace un mes.
— Esa misma.
El panadero sonrió con naturalidad.
— Entonces bienvenida al pueblo.
Fiorella asintió ligeramente.
No esperaba mucho más que eso. Pero con el paso de los días las cosas cambiaron.
Cada vez que bajaba al pueblo alguien terminaba hablándole. A veces era el panadero, otras veces la mujer que vendía telas o una señora mayor que siempre estaba sentada frente a su casa mirando la plaza.
No la trataban como alguien importante.
Tampoco le pedían nada. Simplemente conversaban. Un día una mujer la invitó a tomar té en su casa.
— Pasa un momento —le dijo con una sonrisa sencilla—. Acabo de preparar una tetera.
Fiorella dudó un segundo.
— No quiero interrumpir.
— No interrumpes nada, aquí nadie tiene tanta prisa.
Ese tipo de invitaciones comenzaron a repetirse.
A veces la llamaban para compartir comida, otras veces simplemente para sentarse a conversar en la plaza mientras el sol bajaba.
Y lo más extraño para Fiorella era algo que nunca había vivido antes.
Nadie le pedía que trabajara. Nadie esperaba que resolviera problemas. Solo la invitaban porque querían su compañía.
Ese tipo de vida le dio algo que no sabía que necesitaba. Los meses pasaron con esa rutina sencilla. Tres meses para ser exactos.
Durante ese tiempo Fiorella se acostumbró a caminar por el pueblo como si siempre hubiera vivido allí. La gente ya conocía su nombre, sabían que vivía en la cabaña al norte y que no le gustaban demasiado las conversaciones largas, pero aun así disfrutaban tenerla cerca.
Ella también empezó a disfrutarlo.
Pero había momentos en que el silencio regresaba.
Especialmente por la noche.
Cuando el sol se ocultaba y la cabaña quedaba iluminada solo por la luz suave de las lámparas, Fiorella a veces se quedaba sentada frente a la ventana mirando la oscuridad del bosque.
Y en esos momentos algunos pensamientos aparecían sin que ella los buscara. Se preguntaba cómo estaría Gabriel. A veces también pensaba vagamente en Giovanni.
No lo hacía con frecuencia.
Pero el pensamiento aparecía de vez en cuando, rápido, como una pregunta que no necesitaba respuesta.
Luego simplemente dejaba de pensar en eso.
Su vida ahora estaba allí. Incluso había intentado algo más. Conocer hombres.
En el pueblo no faltaban hombres solteros que miraban con curiosidad a una mujer como Fiorella. Algunos intentaron acercarse con conversación simple.
Uno de ellos la invitó a caminar una noche.
— Podríamos dar una vuelta por el río —dijo con tono relajado—. El lugar es tranquilo.
Fiorella lo miró unos segundos antes de responder.
— ¿Y luego?
El hombre se encogió de hombros con una sonrisa.
— Luego vemos qué pasa.
Fiorella entendió exactamente a qué se refería.
— No.
— ¿No?
— No me interesa eso.
El hombre parecía sorprendido.
— Pensé que…
— Pensaste mal.
Después de ese intento hubo otros. Pero todos terminaban igual.
Algunos hombres buscaban algo rápido, algo que terminara en una noche sin compromisos ni preguntas. Fiorella no estaba interesada. Incluso decían que su actitud era muy fuerte como para una dama tan hermosa como ella. Pero le daba igual porque no había una conexión genuina con ellos.
Realmente estaba bien así.
Un día, mientras regresaba a la cabaña después de pasar la tarde en el pueblo, encontró algo nuevo sobre la mesa.
Una carta.
Fiorella la tomó con curiosidad. Reconoció la letra de inmediato. Era Gabriel. Se sentó en la silla y abrió el sobre con cuidado.
La letra del niño era clara, sorprendentemente ordenada para alguien de su edad. De hecho, Fiorella no pudo evitar reír un poco al compararla con su propia escritura.
— Tiene mejor letra que yo —murmuró.
Comenzó a leer.
Gabriel le contaba que la extrañaba mucho, que el castillo estaba más tranquilo ahora y que podía correr por todo el lugar.
También escribió algo que llamó su atención. Decía que su padre se había vuelto más cariñoso con él. Más atento.
Pero también decía que Giovanni parecía más pensativo que antes. Como si estuviera ocupado en sus propios pensamientos.
Fiorella terminó de leer la carta lentamente.
El niño había llenado casi todo el papel contando cosas simples del castillo; cómo había empezado a practicar esgrima con un maestro nuevo y cómo había intentado cocinar algo en la cocina del castillo, aunque el resultado fue tan malo que los cocineros lo sacaron antes de que pudiera quemar algo más.
Fiorella sonrió mientras terminaba de leer. Luego dobló la carta con cuidado.
— Ese niño...
Aun así, la carta se quedó en sus manos un momento más. Sabía algo más. Gabriel también había escrito que su padre quería enviarle una carta.
Pero que aún no lo había hecho.
El niño explicaba que Giovanni parecía querer escribir algo muchas veces, pero luego dejaba el papel a un lado.
Fiorella apoyó el codo sobre la mesa mientras pensaba.
— No sabe cómo empezar —murmuró.
Podía imaginarlo perfectamente. Giovanni no era alguien que hablara con facilidad cuando se trataba de cosas personales.
Escribir una carta probablemente era aún peor.
Fiorella tomó un papel. Pensó por un momento en escribir algo más largo. Tal vez responder a todo lo que Gabriel había contado. Incluso escribir algo breve para Giovanni.
Pero después de unos minutos dejó el papel sobre la mesa.
— No.
No lo haría.
No porque estuviera molesta. Simplemente porque no era necesario. Así que tomó otro papel y escribió solo para Gabriel. Le contó cómo era la cabaña, cómo había conocido el pueblo cercano y cómo algunas personas del lugar la invitaban a beber té o compartir comida.
También le dijo algo simple al final.
Que estaba bien.bY que esperaba que él también lo estuviera.bCuando terminó dobló la carta y la guardó en el sobre.
— Eso es suficiente.
Fiorella dejó la carta sobre la mesa para enviarla al día siguiente.
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