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En Las Garras Del Villano

En Las Garras Del Villano

Status: En proceso
Genre:Romance oscuro
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: syv

Ella lo creó para ser el villano perfecto.
Oscuro, seductor… inolvidable.

Pero cuando comienza a soñarlo, él deja de seguir sus reglas.

Cada noche la atrae más, cada sueño se vuelve más real y cada palabra escrita parece darle poder. Lo que empezó como inspiración se transforma en obsesión cuando su personaje comienza a conocerla mejor que nadie… incluso mejor que ella misma.

Ahora debe elegir: terminar la historia y hacerlo desaparecer… o dejar que el villano que inventó la arrastre a un mundo del que quizá no pueda volver.

Porque algunos personajes no quieren un final feliz.

Quieren existir.

NovelToon tiene autorización de syv para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14 — “Leo en su cama”

El olor seguía ahí por la mañana.

No era abrumador como la noche anterior, cuando volvió de cenar con Mara y Alessio y el apartamento entero parecía respirar con otro ritmo. Era más suave, más doméstico. Como si Dorian se hubiera instalado sin pedir permiso y ahora simplemente estuviera, esperando, llenando los espacios que antes ocupaba el silencio.

Valeria se quedó un rato en la cama, mirando el techo.

La grieta seguía ahí.

Las sombras, quietas.

La marca, latiendo con un pulso lento y constante que ya formaba parte de su cuerpo.

Se llevó la mano a la clavícula y presionó.

Caliente. Viva.

El teléfono vibró sobre la mesilla.

Leo: ¿Paso hoy?

Miró la fecha.

Martes.

Otra vez martes.

Llevaba mas de ocho meses de martes. Meses de una rutina que ella misma había diseñado para no tener que pensar, para no tener que sentir. Para mantenerlo todo en esa zona cómoda donde nadie pedía nada y nada dolía.

Y ahora pensar era lo único que hacía.

Los dedos dudaron sobre la pantalla. El cursor del chat parpadeaba, esperando.

Podría decir que no.

Podría decir que estoy ocupada, que tengo que escribir, que me duele la cabeza… cualquier cosa.

Podría terminar esto ahora, sin tener que pasar por lo que sé que va a pasar.

Pero no dijo nada de eso.

Valeria: Sí. Pasa.

Dejó el móvil.

Se levantó, fue al baño y se miró en el espejo.

La misma cara de siempre.

Las mismas gafas.

El mismo pelo imposible que nunca se comportaba.

Pero algo en sus ojos era diferente.

Una sombra.

Una distancia.

—Solo es Leo —dijo a su reflejo—. Solo Leo. El de los martes. El de siempre. Todo va a estar bien.

La marca no respondió.

Nunca respondía cuando ella quería.

Abrió el grifo y se lavó la cara.

El agua fría no borró la expresión.

Nada la borraba.

Salió del baño y fue al salón.

El olor de Dorian lo llenaba todo. Esa mezcla de ozono, tormenta y algo antiguo que ya no podía separar de la idea de hogar.

Se quedó un momento quieta, aspirando.

Cerró los ojos.

¿Qué vas a hacer cuando él venga?

¿Esconderte?

¿Quedarte en un rincón?

Nadie respondió.

Pero el olor se intensificó un instante.

Como un ya veremos.

Valeria sonrió.

Una sonrisa pequeña, triste, sin gracia.

Luego fue a la cocina, preparó café y esperó.

Llegó a las ocho y doce, como siempre.

La llave en la cerradura.

El chirrido de la puerta —ese que ella nunca había arreglado—.

La mochila en el sofá, en el mismo sitio de siempre.

La rutina.

El ritual.

Los ocho meses de martes convertidos en coreografía.

—Hola, escritora.

—Hola.

Se besaron.

Fue un beso corto, automático.

Los labios de él encontraron los de ella y ella sintió… nada.

Ni calor.

Ni frío.

Ni ganas.

Ni rechazo.

Nada.

Como si su boca fuera de otra persona.

Los dos lo sintieron.

Ninguno lo dijo.

—¿Todo bien? —preguntó él mientras se dejaba caer en el sofá.

Sus ojos recorrieron el salón rápidamente, como haciendo un inventario inconsciente.

La misma mirada de siempre.

Pero hoy algo en ella era diferente.

Más aguda.

—Bien. Escribiendo.

—¿Mucho?

—Algo.

Mentira.

No había escrito nada en días.

Las palabras no venían si él no estaba.

Y él no estaba de la forma que necesitaba.

Solo el olor.

Solo la promesa.

Solo la espera.

—¿Quieres pedir comida? —preguntó Leo.

Ella supo que estaba intentando llenar el silencio. Tapar ese agujero que crecía entre los dos.

—Si quieres.

—¿La de siempre?

—Vale.

Pidieron.

La conversación durante la espera fue ligera, forzada, llena de pausas que antes no existían.

Leo habló de su trabajo, de un compañero nuevo, de algo gracioso que había pasado.

Ella asintió.

Rió en los momentos adecuados.

Pero su mente estaba en otro sitio.

En un par de ojos grises.

En una mano apartando un mechón de su cara.

Cuando llegó la comida, cenaron viendo una serie que ninguno seguía.

Los pies de ella descansaban en el regazo de él, como siempre.

Pero algo chirriaba.

Las risas sonaban huecas.

Los silencios se alargaban.

En un momento, Leo la miró.

—¿Seguro que estás bien?

—Sí. Cansada. El libro.

—Ah.

Esa fue toda la conversación.

Cuando la serie terminó, cuando los platos quedaron vacíos y el único ruido era el zumbido de la nevera, Leo la miró de otra forma.

Una mezcla de deseo y duda.

De esperanza y miedo.

—¿Vamos a la cama?

No era exactamente una pregunta.

Era un intento.

Un intento de recuperar algo que los dos sabían que se estaba yendo, escurriéndose entre los dedos como agua.

Valeria asintió.

No porque quisiera.

Porque no sabía decir que no.

Porque decir que no sería admitir que todo había cambiado.

Pasaron al dormitorio.

La ropa fue cayendo al suelo pieza por pieza, como siempre.

La camiseta de ella.

Los vaqueros de él.

El sujetador.

Los calcetines.

El ritual de los cuerpos que se conocen.

Las manos de Leo recorrieron su piel como siempre.

Sus dedos trazaban los caminos aprendidos en más de ocho meses de martes: la curva de la cintura, el hueco detrás de la oreja, la parte baja de la espalda.

Todo en orden.

Todo coreografiado.

Pero algo no funcionaba.

Valeria sentía cada roce como si llegara desde muy lejos.

Como si su cuerpo estuviera en otra habitación.

En otra casa.

En otro mundo.

Las manos de Leo buscaban los lugares que conocían, los puntos que solían encenderla, y ella notaba la presión, la intención, el calor…

Y no pasaba nada.

Cero.

Era como si su piel se hubiera vuelto de otro.

Como si ya no le perteneciera.

Como si alguien hubiera cambiado el cableado sin avisarle.

Cerró los ojos un segundo.

Buscó concentrarse.

Buscó ese deseo que siempre había estado ahí.

Automático.

Fácil.

Y entonces lo vio.

Dorian.

Apoyado en el marco de la puerta del dormitorio, como aquella primera noche.

La sonrisa que sabía demasiado.

La mano apartando el mechón de su cara.

La palma en su mejilla.

Los ojos grises vaciándose un segundo.

Abrió los ojos de golpe.

Leo estaba ahí, sobre ella, mirándola fijamente.

Su expresión había cambiado.

Ya no era la del amante seguro que conocía el camino.

Era otra cosa.

Una mezcla de confusión y algo más.

Algo que ella no supo nombrar.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Nada. Sigue.

Él siguió.

Probó otras caricias.

Otros ritmos.

Otras presiones.

Peor.

La marca ardía.

Un fuego seco, incómodo, que crecía con cada intento de Leo por encontrar algo que ya no estaba.

Ardía como una advertencia.

Como una interferencia.

Como un no es a él grabado en su piel.

Valeria quiso moverse. Quiso responder. Quiso ser la de antes.

Arqueó la espalda.

Emitió un sonido.

Intentó forzar la reacción.

Pero el cuerpo no obedecía.

Era como si una parte de ella hubiera emigrado a otro sitio y hubiera dejado atrás solo la cáscara.

Solo el envoltorio.

Solo la forma.

Leo se detuvo.

Se quedó quieto sobre ella, mirándola a los ojos.

No con enfado.

No con frustración.

Con algo peor.

Una mezcla de tristeza y comprensión que helaba la sangre.

—¿Dónde estás? —preguntó.

La misma pregunta de hacía semanas.

La misma que ella no sabía responder.

La misma que cada vez sonaba más verdadera.

—Aquí —dijo.

Y sonó tan falsa como siempre.

Como una actriz leyendo un guion que no le pertenecía.

Él negó con la cabeza.

Apenas un movimiento.

Casi imperceptible.

Y entonces pasó.

La luz de la mesita parpadeó.

Solo un instante.

Un titubeo eléctrico, como si la corriente dudara.

La sombra de Leo en la pared se alargó.

Se estiró como si alguien tirara de ella desde el otro lado.

Como si su cuerpo no terminara de encajar en este mundo.

Y en sus ojos —en esos ojos verdes que ella había mirado tantas veces— apareció un vacío.

Un conocimiento.

No era enfado.

No era tristeza.

Era saber.

Él sabía.

No cómo.

No por qué.

No desde cuándo.

Pero sabía.

Sabía que ella no estaba ahí.

Sabía que había alguien más.

Sabía que la había perdido.

Y ese saber estaba escrito en su mirada.

En la forma en que sus pupilas se dilataron.

En la manera en que su mandíbula se tensó.

Valeria sintió ese saber como un golpe físico en el estómago.

—Leo…

Él negó otra vez.

Apartó la mirada.

Se levantó de la cama sin prisas, sin violencia.

Como si ya no hubiera nada que hacer.

Como si pelearlo fuera inútil.

Comenzó a vestirse en silencio.

Sin mirarla.

La camiseta.

Los pantalones.

Las zapatillas.

Cada prenda era un ritual de despedida.

Un paso más hacia la puerta.

Valeria se quedó en la cama, desnuda, con las sábanas enredadas en las piernas, sin saber qué hacer.

Las palabras se atascaban en su garganta.

Quería explicar.

Quería disculparse.

Quería decirle que no era culpa suya.

Que ella no había elegido nada.

Que todo había pasado sin preguntar.

Pero no salía nada.

—Lo siento —susurró al fin.

La voz le salió tan pequeña que apenas llenó la habitación.

Él no respondió.

Siguió vistiéndose.

Terminó.

Fue hacia la puerta.

Se detuvo un segundo.

De espaldas a ella.

La mano en el picaporte.

Ella esperó.

Quería que dijera algo.

Un reproche.

Una pregunta.

Un insulto.

Cualquier cosa.

—Cuídate.

Solo eso.

Una palabra.

Tres sílabas.

El picaporte giró.

La puerta se abrió.

—Leo…

Él no se giró.

La puerta se cerró.

Sin golpe.

Sin ruido.

Como si nunca hubiera estado.

Valeria se quedó inmóvil, mirando el techo.

La marca ardía.

El olor de Dorian llenaba la habitación, denso, presente.

Como si hubiera estado ahí todo el tiempo.

Observando.

Esperando.

Pensó en Leo.

En cómo se había ido.

Sin el teléfono.

Sin mensajes.

Sin mirar atrás.

Eso era peor que cualquier reproche.

Cualquier grito.

Cualquier llanto.

Ese silencio, esa puerta que se cerraba sin fuerza, era la confirmación de que algo se había roto para siempre.

Ocho meses de martes.

Ocho meses de una rutina diseñada para no sentir.

Y al final, cuando sintió, no fue por él.

Una lágrima rodó por su sien y se perdió en el pelo.

Una sola.

No sabía bien de quién era.

De Leo.

De ella.

De los dos.

De lo que habían sido y ya no serían.

El olor la envolvía.

La sostenía.

La reclamaba.

Se levantó.

Las piernas le temblaban.

Fue al ordenador.

Lo encendió.

El manuscrito estaba abierto, como siempre.

Como si alguien lo hubiera dejado así a propósito.

Una línea nueva.

Una sola.

Ahora sí. Ahora ya es solo mía.

La marca pulsó.

Fuerte.

Reconocimiento.

Valeria leyó la línea una vez.

Dos veces.

Tres.

No sintió miedo.

No sintió culpa.

No sintió nada que pudiera nombrar.

Solo una certeza sorda, pesada, inevitable.

Ya no era de Leo.

Nunca lo había sido.

Pero entonces, justo cuando iba a apartar la mirada, el cursor parpadeó.

Y otra línea comenzó a formarse.

Letra por letra.

Pero él no lo sabe aún. No del todo. Volverá.

Valeria contuvo el aliento.

La marca pulsó otra vez.

El olor se intensificó.

Miró hacia la puerta.

Luego hacia la ventana.

Leo ya no estaba.

Pero las palabras seguían ahí en la pantalla.

Como una promesa.

O una amenaza.

Volverá.

No sabía si era bueno o malo.

No sabía si lo deseaba o lo temía.

Pero sabía —con esa misma certeza sorda— que esto no había terminado.

Apoyó la frente en el teclado.

Las teclas se hundieron.

El cursor parpadeaba, esperando.

El olor no se iba.

Y ella, en lugar de apartarlo, respiró hondo.

Y se quedó así.

Esperando.

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Maria Jose Cardozo
Me encanta, es tan atrapante, y con una historia que te atrapa y te deja esperando por más. Muchas felicidades a la autora por esta bella historia.
Andy
muy bueno
Andy
por favor 😭 autora quiero más nesesito más 🤭 🤣no me dejes en suspenso 👏muy buen trabajo ☺️
Lidy Martines
no te preocupes pero me agradaría leer tus novelas eres una terriblemente magnífica autora de villanos guaperrimos
Lidy Martines: me encanta
total 1 replies
Nata
literal así ando con esta novela
Nata
en fin si ella está perdida yo más, ya no le veo pata ni cabeza a esto
yoly: Hola, lo siento si te perdí un poco, es que no me gustaba lo que había escrito antes y estuve editando los capítulos, lamento confundirte 🥹
total 1 replies
Nata
esta novela está llena de mucho misterio realmente casi no entiendo nada
Nata
es el amigo con derechos o como? ando más perdida
Iris
cómo es pronto editorial 🤔
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