Grace, estancada en el desempleo y la monotonía, decide arriesgarlo todo por una conexión virtual de años. Junto a su mejor amiga, cruza la frontera para conocer a Noah, un dedicado estudiante de medicina que vive consumido por la exigencia de sus guardias hospitalarias. Aunque Noah queda cautivado al ver que ella es más hermosa en persona de lo que imaginó, no está dispuesto a comprometerse: su carrera es su única prioridad. Sin embargo, la química física y emocional pronto desbarata sus planes. ¿Podrán construir un futuro real o simplemente el trabajo consumirá a un lado?
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Parte 20
Noah
Podía notar en sus ojos el dolor, incluso en el silencio que cargaba. Y me preguntaba, con un nudo en la garganta, cuántas veces había sido yo el responsable de que ella ya no pudiera confiar en mí, ni siquiera por un segundo.
No encontraba las palabras correctas para describir lo que sentía. Verla en ese estado, frágil, luchando por recuperarse, me destrozaba. Incluso el momento en que abrió los ojos por primera vez me había dejado en shock: no podía procesar que seguía aquí conmigo, que seguía viva. Sentía una presión en el pecho que me impedía respirar con calma, que me hacía preguntarme si ella estaría conmigo algún día... y la respuesta era incierta, porque sabía que mis errores habían marcado demasiado.
¿Con qué cara podía yo pedirle que se quedara a mi lado? ¿Con qué valor exigirle una oportunidad más? No tenía derecho. Hacerlo era un acto de cinismo, un descaro imperdonable... y aún así, lo único que deseaba en lo más profundo era que me dejara amarla como se merecía.
Cerré los ojos un instante y luego volví a mirarla dormir. Me había convertido en su sombra. No me despegaba de su lado; solo me alejaba cuando el deber en el hospital me obligaba a correr a atender a otro paciente, pero siempre volvía lo más rápido posible. Dormir, comer, respirar... todo lo hacía cerca de ella, como si mi vida dependiera de su compañía.
Esa fue mi rutina durante una semana entera. La veía mejorar poco a poco, recuperar fuerzas, aprender a caminar de nuevo con ayuda. Su cuerpo luchaba con el dolor, pero su espíritu seguía firme. Y cada pequeño avance de ella se sentía como un regalo.
—Te dejo a mi hija, porque tenemos trabajo pendiente —me dijo la madre de Grace, con una mirada dura, evaluándome de arriba a abajo. El padre, en cambio, me habló con un tono más serio, casi amenazante:
—Si llegas a repetir lo mismo, si vuelves a hacerle daño... no preguntaré nada, simplemente la haré volver al país.
Asentí en silencio. No necesitaba que me repitieran lo obvio. Yo sabía perfectamente cómo debía cuidarla, siempre lo supe... pero también sabía que había fallado. Y ese pensamiento me perforaba el alma.
Más tarde, mientras ella miraba el televisor desde la cama de hospital, me dijo con voz cansada:
—Me puedes dejar, no te preocupes.
Fruncí el ceño, sorprendido.
—¿Por qué dices eso?
—Porque no tienes que forzarte por lo que mis padres dicen —me respondió, sin mirarme—. No quiero sentir tu lástima.
Me dolió. Me quemó en el pecho. Respiré profundo, conteniéndome antes de hablar.
—No siento lástima, Grace. —Tomé su mano con suavidad—. Te dije que me dieras una oportunidad.
Ella no respondió. Su silencio era más fuerte que cualquier palabra. Y lo entendía. Tenía razones para no creerme, para no querer escucharme. Había sido un hombre cobarde, injusto, cruel con sus sentimientos. ¿Cómo exigirle ahora que confiara en mí?
Me incliné un poco más cerca, sin soltar su mano, y la miré con toda la sinceridad que podía ofrecerle:
—Te quiero en mi vida, Grace. No puedo prometerte que estaré siempre físicamente presente, porque sabes cómo es mi trabajo... pero sí puedo prometerte que cada día, cada minuto, haré lo que sea necesario para que te sientas la mujer más amada y afortunada del mundo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Y aunque no dijera nada, aunque sus labios temblaran sin pronunciar palabra, podía ver en su mirada todo lo que pensaba, todo lo que sentía. No estaba mintiendo. Jamás había estado tan seguro de algo: yo quería todo con ella.
No me dijo nada esa vez, incluso cuando yo pasaba las noches en un sofá, medio doblado, con la espalda adolorida y el cuerpo agotado. El hospital se convirtió en mi verdadero hogar; solo iba a la casa para darme una ducha rápida y regresar corriendo.
—No quiero que me bañes tú —me dijo de pronto, dándome la espalda mientras sujetaba con fuerza la bata de hospital, como si esa delgada tela fuera un escudo entre nosotros.
—Nena, tengo que bañarte. Ya puedes hacerlo, ya te estás curando, y eso es bueno —traté de convencerla con suavidad.
—No quiero... ¿no lo puede hacer una enfermera? —su voz sonó frágil, casi como un ruego.
—¿Prefieres que lo haga una enfermera? —pregunté, ladeando la cabeza, aunque ya sabía la respuesta. Grace me miró de reojo, con esa mirada entrecerrada que siempre usaba cuando estaba a punto de juzgarme en silencio. Yo la conocía demasiado bien. Sabía lo tímida que era, lo mucho que le costaba mostrarse vulnerable.
—No es la primera vez que te veo desnuda —añadí, intentando aliviar la tensión.
—Pero es diferente... aquí me estás bañando como si fuera tu paciente —susurró, casi con vergüenza.
Negué con firmeza, acercándome un paso más.
—No —dije, con voz grave y segura—. No lo hago como médico. Lo hago como si fueras mi mujer. La mujer que quiero en las buenas y en las malas. Porque incluso si enfermas, incluso si te pasa algo grave, seguiré aquí. Claro que siento deseo por ti, claro que eres la mujer que me enciende de mil maneras... pero va más allá. Esto es cuidarte, es amarte en todas tus facetas.
Grace apretó la bata contra su cuerpo y sus ojos brillaron con un miedo que yo conocía demasiado bien.
—No quiero que las cosas cambien en algún punto si me ves de esa manera —me confesó en un hilo de voz.
Sabía que ese baño era especial. Era el primero después de tanto tiempo de cuidados con paños y esponjas. Tenía que hacerlo con calma: sus heridas seguían ahí, y con el embarazo debíamos ser aún más cuidadosos. No era solo un baño, era un paso enorme en su recuperación.
Algunas veces le había ayudado a mover los brazos o las piernas, pero nunca la había visto resistirse tanto. Podía sentir cómo la batalla estaba en su interior, entre la vergüenza, el orgullo y el miedo.
El tiempo había pasado y ahora en su cuerpo se notaba una pequeña curva en el vientre. Era sutil, pero suficiente para arrancarme un suspiro cada vez que la veía. Nuestro bebé estaba creciendo ahí, en ese espacio tan pequeño y tan inmenso a la vez. Grace, aún con las marcas del dolor, se veía más radiante que nunca.
—Por favor... no quiero que cambie —me pidió con los ojos llenos de incertidumbre.
Asentí despacio, acercándome a ella con una toalla sobre el hombro.
—Lo haremos bien, no te preocupes —le respondí, y no era solo una promesa para ese instante, sino para todo lo que venía. Sí, amaba cada rincón de su cuerpo, pero más que eso, amaba su bienestar.
Sus manos temblaban cuando empezó a desnudarse. Yo solo esperé en silencio, paciente, sin presionarla. El sonido de la tela cayendo contra el suelo fue un golpe seco que me estremeció. Ella respiraba hondo, como si cada movimiento fuera una prueba de fuego.
Con cuidado la ayudé a entrar en la tina. El agua tibia se agitó suavemente, rodeándola, y en ese instante entendí que cuidar de ella en su fragilidad era un privilegio. La mujer que amaba, la madre de mi hijo, estaba confiando en mí, aunque sus ojos aún reflejaran miedo.
Y yo iba a demostrarle, con cada gesto, que nunca más iba a dejar que se sintiera sola.