Después de caminar durante días moribunda, atormentada y al borde de la muerte, Christine es rescatada por un extraño hombre que la acoge en su tétrica y solitaria casa, ofreciéndole su ayuda desinteresadamente.
Pero pronto se dará cuenta de que todo lo que acontece en ese lugar es de lo más tenebroso y sobrenatural, y de que ese hombre no es quién aparenta ser.
¿Qué insólitos huéspedes habitan aquella morada?
¿Quién se esconde tras ese oscuro hombre?
Y la pregunta más importante:
¿Lograra ella sobrevivir a tantos hechos ocultos?
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el anciano...
Más allá de la Eternidad...
Cap. 20
Emitió un fuerte grito que escapó se entre los dedos de mis manos, haciendo vibrar todas las paredes de madera. La silencié estrangulándola, hasta que sus movimientos se hicieron más lentos y regulares. Entonces la miré fijamente a los ojos, aún sabiendo que no podría ver mi cara con mucho detalle, con la mirada de un tigre a punto de abordar a su presa para acabar con ella.
Destrocé su vestido en mil piezas mientras apretaba fuerte contra su cuello, inmovilizándola y comencé mi complejo ritual tranquilamente y sin prisa, hasta que quedé saciado.
La observé escrupuloso, de rodillas junto a ella. Sus latidos eran muy lentos e irregulares. Su cuerpo yacía sin sentido en el frío suelo de la vieja casa y la oscura y coagulada sangre fluía despacio alrededor de su silueta inerte manchando mis costosos y estilosos ropajes.
Salí serenamente y me alejé del lugar. A unos pocos metros en una oscura esquina había dejado resguardado el caballo, que permanecía calmado y quieto junto a una pared. Me monté en él colocándome el sombrero intentando ocultar mi rostro lo mejor posible y cabalgué cada vez con más velocidad hasta que finalmente me adentré en el bosque, caminó de mi casa...
Christine...
Fue una noche inquieta… No solía dormir mal en ninguna ocasión. Mi conciencia siempre se había mantenido tranquila y despejada. Pero, aquella noche el sudor y las pesadillas me invadieron y apenas pude descansar.
Lo dejé pasar, por la mañana me levantaría y daría un paseo a caballo alrededor de la orilla del río y así volvería a mi rutina diaria.
Como siempre...
Se destapó hasta las rodillas y empujó las sábanas con los pies hasta que estuvo completamente destapada.
No sabía por qué, tenía una extraña sensación que no lograba descifrar, pero que la inquietaba. Podía ser a causa de la fiebre. Su cuerpo estaba empapado en sudor y la cabeza le daba mil vueltas.
Se irguió en la cama apretando sus rodillas contra su pecho y observó a través de las ventanas como el cielo estaba demasiado oscuro aquella noche.
Como era habitual el silencio la acompañaba no solo en aquella estancia, si no en toda la enorme casa.
Y de repente una brutal sed llegó hasta su garganta.
Un crujido sonó al otro lado de la puerta, y como un resorte Christine se levantó y fue hasta ella, abriéndola...
- William, ¿podrías...
Pero allí no había nadie.
Salió y caminó a toda prisa por el pasillo buscando a William, pero transpasó varias puertas y no encontró a nadie, hasta que creyó ver un pequeño destello de luz justo en una esquina, se acercó hasta ella y al cruzarla una insólita imagen la dejó petrificada.
Se mantuvo de pie sin saber que
Un anciano con el pelo oscuro teñido de canas y los ojos azules estaba parado frente a ella observándola extrañado... Ninguno dijo absolutamente nada. Tan solo se observaron en silencio.
Aquel hombre mayor no era Lenard, el amable mayordomo que ayudaba a William en la casa, era otra cosa y por chocante que pudiera parecer sus facciones y sobre todo sus exóticos ojos le resultaban muy familiares.
Sentía algo muy alarmante al observarle.
Él no se movía, parecía como si estuviera petrificado o disecado frente a ella y según pasaban los segundos los nervios la atacaban cada vez más.
Observó fijamente a ese hombre y de repente lo vió parpadear y girar su vista de nuevo a ella.
Aquello fue suficiente para que saliera corriendo impetuosamente en dirección contraria, muerta de miedo.
- ¡Christine, Christine, Christine!
Reconoció la voz y se dio la vuelta al instante, todavía con las lágrimas anegando sus ojos.
- ¡William!
Este estaba justo detrás de ella con una bandeja en las manos y observándola exhausto.
- ¿Qué ocurre?
- ¿Quién era, quien era ese hombre? - Le preguntó Christine aterrada
- ¿Qué hombre? ¿De quien hablas?
- El anciano que estaba al otro lado del pasillo, el que me miraba como si estuviera muerto.
- No se de quien hablas Christine.
- Pero yo le he visto, estaba ahí y el me miraba a mí. -Christine casi gritaba mientras se aferraba a los brazos de William provocando que la bandeja casi cayera al suelo.
- Tranquilízate Christine, aquí no hay nadie, solo estoy yo, únicamente tú y yo. -Le dijo intentando tranquilizarla, apoyando la bandeja en un brazo y agarrándola con el otro que tenía libre.
- Pero yo le he visto, era muy real, tenía los ojos muy azules y el rostro lleno de arrugas.
- Escúchame Christine, aquí no hay nadie, yo acabo de venir por ese mismo pasillo y no me he cruzado con nadie mi amor. Has estado teniendo fiebre durante la noche y... - Le acercó el dorso de la mano a su frente-. Por lo que parece todavía tienes algo. Déjame que te lleve a tus aposentos. Ahora mismo te estaba subiendo algo para que comieras y bebieras.
- Deacuerdo, es que... Estoy un poco... No se, rara. Tengo sed y creo que he estado teniendo pesadillas.
- Es normal con la fiebre, no te preocupes. Déjame que cuide de tí.
Christine sonrió levemente y se dejó llevar hasta la havitación.
- ¿Cómo me has llamado?
hayyy súper mega grandiosa historia.