Valeria Álvarez ha hecho de su vida una fortaleza llena de éxitos.
Arquitecta consagrada, brillante y dueña absoluta de su vida, vive bajo una única norma: nada que la ate, nada que la distraiga, nada que comprometa la libertad que tanto le costó ganar. Sus noches pueden ser intensas, pero siempre breves; su corazón, innegociablemente cerrado.
Hasta que, en una de esas noches sin nombre, un desconocido la hace perder el control que tanto presume dominar.
Un beso que incendia.
Un toque que desarma.
Una decisión impulsiva que no quiere repetir… ni olvidar.
Lo último que espera es verlo entrar a su estudio días después.
Mucho menos descubrir que es su nuevo asistente.
Impuesto. Inamovible.
E hijo de uno de sus inversores más poderosos.
Él es joven, talentoso y peligrosamente seguro de lo que quiere: a ella.
Valeria se aferra a sus límites, a su experiencia, a su distancia.
Pero cada mirada pesa, cada roce la contradice, cada discusión los acerca más de lo que deberían.
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Rendición absoluta
Tras la huida de Valeria, la gala continuó para Tomás como una película a la que le han quitado el sonido. Se quedó en la terraza unos minutos más, dejando que el aire frío disipara el calor que el beso había dejado en su piel. Observó el lugar donde ella había estado apoyada; todavía parecía quedar en el aire una estela de su perfume, algo cítrico y sofisticado que ahora se mezclaba con el olor metálico de la ciudad.
Tomás regresó al salón, pero ya no era el mismo. Se movió entre los invitados con una cortesía mecánica, aceptando felicitaciones y estrechando manos, mientras su mente diseccionaba cada segundo de lo ocurrido. Él no era un improvisado. Sabía que Valeria era una mujer de estructuras rígidas, pero también había aprendido a leer las grietas. Había visto el pánico en sus ojos justo antes de que se marchara, un pánico que no nacía del rechazo, sino del reconocimiento. Ella no huía de él; huía de lo que él provocaba en su ordenado y gélido mundo.
—¿Buscando a la arquitecta? —le preguntó un socio mayor, sacándolo de sus pensamientos.
—La arquitecta sabe cuándo retirarse para dejar que el proyecto hable por sí solo —respondió Tomás con una sonrisa enigmática.
Despues de esa interacción se quedó hasta el final, observando las apariencias de los demás, entendiendo que Valeria tenía razón en algo: ese mundo era frágil. Pero él no tenía miedo de romperlo.
A la mañana siguiente, la oficina de la firma amaneció con el ritmo frenético de siempre. El sonido de los teléfonos, el murmullo de las impresoras de gran formato y el aroma a café recién hecho llenaban el espacio. Valeria había llegado dos horas antes de lo habitual, refugiándose tras una montaña de planos y una cafetera llena. Se había puesto un traje de sastre gris humo, abotonado hasta arriba, y el cabello tan tirante que parecía dolerle. Era su armadura de guerra.
Cuando Tomás entró en la oficina, no se detuvo en su escritorio que ahora estaba en otro sitio. Fue directo hacia el despacho de Valeria. No llamó a la puerta; simplemente entró y la cerró tras de sí con un clic que resonó como un disparo en el silencio de la estancia.
Valeria ni siquiera levantó la vista del plano que fingía estudiar.
—Llega tarde, Tomás. Tenemos que revisar los cálculos estructurales del ala norte —dijo con una voz monótona, casi robótica.
—No llego tarde. De hecho, he llegado justo a tiempo —respondió él, caminando hasta quedar frente a su escritorio.
Ella levantó la mirada, forzando una expresión de indiferencia ejecutiva.
—Sobre lo de anoche… fue un error de cálculo. El contexto, el alcohol, el éxito de la gala. No se repetirá y espero que tengas la madurez suficiente para no mencionarlo. A mí no me pasa nada contigo, y preferiría que mantuviéramos esto en el plano estrictamente profesional.
Tomás soltó una risa seca, sin rastro de burla, más bien de incredulidad. Apoyó las manos sobre el escritorio, inclinándose hacia ella.
—Es fascinante cómo puedes mentir con las palabras mientras todo tu cuerpo grita la verdad —dijo en voz baja—. Dices que no te pasa nada, pero desde que entré no has podido sostenerme la mirada más de tres segundos.
—Estás confundiendo mi incomodidad con otra cosa —replicó ella, poniéndose de pie para intentar recuperar la superioridad física—. Eres joven, Tomás. Tienes una visión romántica o quizás egocéntrica de las cosas. Para mí, eres mi asistente. Nada más.
Tomás rodeó el escritorio. Valeria no retrocedió; su orgullo se lo impedía, aunque sus dedos se cerraran con fuerza alrededor del bolígrafo de plata que sostenía en su mano. Él se detuvo a escasos centímetros, invadiendo ese espacio personal que ella custodiaba como una frontera militar.
—¿Ah, sí? —desafió él—. Entonces, ¿por qué tu piel se estremece cuando estoy así de cerca? Puedo verlo en la base de tu cuello, Valeria. Es el mismo estremecimiento de la noche que pasamos juntos, cuando mis manos te tocaban y tú me pedías que no me detuviera.
—¡Basta! —exclamó ella, pero su voz no tuvo la firmeza que buscaba. Se sintió traicionada por su propio sistema nervioso.
Tomás no se detuvo. Se acercó más, hasta que el calor que emanaba de su cuerpo empezó a derretir la capa de hielo que ella se había esforzado en construir. Sus labios quedaron a milímetros de los de Valeria. Ella podía sentir el aliento de él, una provocación constante que la obligaba a luchar por cada bocanada de aire.
—Niégalo otra vez —susurró él—. Mira mis ojos y dime que no sientes este campo de fuerza entre nosotros.
Valeria cerró los ojos con fuerza, tratando de invocar la imagen de Samuel, de su carrera, de las paredes del orfanato… cualquier cosa que la anclara a la razón. Pero Tomás se inclinó más, desplazando su rostro hasta que sus labios rozaron el lóbulo de su oído. El contacto fue mínimo, apenas una caricia de aire y piel, pero fue suficiente para que un escalofrío recorriera la columna de Valeria.
—Si es verdad que no sientes nada… —le susurró él, su voz vibrando ronca directamente contra su oído—, ¿por qué puedo notar cómo tu cuerpo se estremece? ¿Por qué tus labios tiemblan aunque intentes mantenerlos juntos?
Valeria emitió un suspiro entrecortado, una rendición involuntaria que escapó de sus pulmones. El aroma de la loción de Tomás —madera, papel y una masculinidad limpia— la inundó.
—No puedes ocultarlo, Valeria —continuó él, bajando aún más el tono—. Tu cuerpo tiene aroma a deseo. No importa cuántos trajes caros te pongas ni cuántas reglas escribas en un papel. Huelo cómo me deseas desde que entré a la oficina esta mañana.
Era verdad. Valeria sintió que la lógica la abandonaba. Desde que salió del orfanato toda su vida había sido una construcción perfecta, un edificio sin fallas, y ahora Tomás era el terremoto que venía a demostrarle que los cimientos eran mucho más débiles de lo que ella creía. No podía seguir mintiendo, no cuando su propio corazón latía con tanta fuerza que temía que él pudiera sentirlo a través de la ropa.
Tomás se retiró apenas un centímetro para mirarla. Con una lentitud exasperante, levantó la mano y, con un solo dedo bajo su barbilla, la obligó a levantar el rostro. Valeria abrió los ojos; estaban nublados, despojados de la autoridad habitual, convertidos en dos pozos de vulnerabilidad pura.
Él no esperó a que ella hablara. Simplemente la besó.
No fue como el beso breve de la terraza. Este fue un beso de posesión, una manera de reclamar un territorio que ambos sabían que ya le pertenecía. Valeria, por un instante, intentó resistirse, pero sus manos, que inicialmente iban a empujarlo, terminaron enredándose en la solapa de su chaqueta, tirando de él hacia ella. Correspondio el beso con una urgencia que rozaba la desesperación, permitiendo que Tomás derribara, de un solo golpe, la última de sus defensas.
En ese despacho de cristal, a la vista de una oficina que creía conocer a la implacable Valeria, ella finalmente aceptó que había una fuerza que ningún plano arquitectónico podía prever ni contener.