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DOMANDO A LA BESTIA

DOMANDO A LA BESTIA

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Malentendidos / Romance / Completas
Popularitas:5.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Él juró protegerla del mundo, pero no sabe cómo protegerse de ella. Entre reglas rotas y secretos compartidos, Alexander descubrirá que su cicatriz no es lo más difícil de sanar, y que, a veces, para ser libre, hay que dejarse domar.
¿Podrá la luz de Isabella iluminar la oscuridad de la Bestia, o terminará ella consumida por sus sombras?

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 5

Narrado por: Alexander

El silencio de mi despacho siempre ha sido mi refugio, pero esta noche es una celda. Me sirvo un whisky, el cristal del vaso tintineando contra el anillo de sello que llevo en la mano derecha. El líquido ámbar quema al bajar por mi garganta, pero no es suficiente para extinguir el rastro de perfume a flores silvestres que parece haberse adherido a las paredes de esta habitación tras la visita de Isabella.

"Estás muerto en vida y quieres arrastrarme contigo".

Sus palabras resuenan en mi mente como el eco de un disparo en un callejón vacío. Me pongo de pie y camino hacia el ventanal que da al jardín. Desde aquí, puedo ver la luz encendida en su habitación, en el ala este. Una mancha de claridad en mi mundo de sombras. Esa mujer es un error de cálculo. Marcus me pidió que la protegiera, pero no me advirtió que protegerla significaría enfrentarme a la fuerza más destructiva que he conocido: la alegría pura y sin filtros.

Me observo en el reflejo del cristal. La cicatriz se ve más marcada bajo la luz tenue de la lámpara de pie. Es un mapa de mi propia brutalidad, una barrera física que debería mantener a cualquier persona cuerda a kilómetros de distancia. Pero ella no parece tener miedo de la marca. Tiene miedo de la jaula que he construido a su alrededor, una jaula que, irónicamente, es lo único que la mantiene respirando.

Bebo el último sorbo de whisky y decido que es hora de dormir. O de intentarlo.

Sin embargo, el sueño no llega. Me muevo entre las sábanas negras, mi cuerpo tenso como un arco a punto de disparar. Escucho un ruido suave en el pasillo. Un roce. El crujido de la madera. Mis instintos de cazador se disparan. En un movimiento fluido, salgo de la cama, tomo mi arma de la mesilla de noche y me deslizo hacia la puerta con la silenciosa eficacia de una sombra.

Abro la puerta apenas unos centímetros.

Es ella.

Isabella camina por el pasillo en dirección a la cocina. Lleva un camisón de seda blanca, tan fino que parece una segunda piel, que se desliza sobre sus curvas con cada paso que da. Su cabello castaño cae desordenado sobre su espalda, y sus pies descalzos no hacen ruido sobre el mármol frío. No lleva escolta. Ha roto la regla número siete: No deambular por la casa después de medianoche.

Debería llamarla. Debería ordenarle que vuelva a su habitación con esa voz de mando que hace temblar a mis hombres. Pero me quedo ahí, oculto en la oscuridad de mi dormitorio, observándola. Hay algo hipnótico en su forma de moverse, una vulnerabilidad que me golpea con la fuerza de un puñetazo en el estómago.

La sigo a una distancia prudencial, moviéndome entre las sombras que conozco tan bien. La encuentro en la cocina, bajo la luz tenue de la campana extractora. Está buscando algo en la nevera. La seda de su camisón se tensa sobre sus caderas mientras se inclina, revelando la silueta de sus piernas largas y esbeltas. Siento una punzada de algo que no es protección, algo mucho más oscuro y primitivo. Deseo. Un deseo que me quema la sangre y que me recuerda que, debajo de la Bestia, todavía hay un hombre.

—La regla número siete no es una sugerencia, Isabella.

Mi voz rasga el silencio de la cocina. Ella se sobresalta, dejando escapar un pequeño grito, y se gira hacia mí, presionando la espalda contra la puerta de la nevera. Sus ojos azules están muy abiertos, llenos de sorpresa y, por un instante, de un brillo que no es miedo.

—Me... me dio hambre. No pude cenar con ese silencio sepulcral que impones en el comedor —dice, tratando de recuperar la compostura. Se cruza de brazos sobre el pecho, pero el gesto solo logra enfatizar la forma de sus senos bajo la tela ligera—. ¿Siempre apareces así, como un fantasma?

Doy un paso hacia la luz. Guardo el arma en la parte trasera de mi pantalón, pero no relajo la postura. El contraste entre nosotros es casi cómico: yo, vestido solo con mis pantalones de dormir negros, mi torso desnudo revelando no solo la cicatriz del rostro sino las marcas de batalla en mi pecho y hombros; ella, una visión de pureza y luz en medio de mi santuario de acero.

—En esta casa, el hambre se sacia en los horarios permitidos —le digo, acercándome hasta que solo unos pocos centímetros nos separan.

Puedo olerla de nuevo. Jazmín y piel cálida. El calor que emana de ella es una tentación física. Noto cómo su respiración se acelera, cómo sus ojos recorren las cicatrices de mi pecho antes de subir a los míos. Hay una tensión eléctrica en el aire, una sensualidad no dicha que vibra entre los dos como una cuerda de violín a punto de romperse.

—Tienes muchas cicatrices —susurra ella. Su mano se levanta, casi por instinto, como si quisiera tocar la marca que cruza mi pectoral izquierdo, justo sobre el corazón. Se detiene a medio camino, sus dedos temblando en el aire—. ¿Duelen todavía?

—Ya no —respondo. Mi voz ha bajado un octavo, volviéndose más ronca—. El dolor físico es temporal. El que se queda es el que no se ve.

—Alexander... —ella da un pequeño paso hacia adelante, invadiendo mi espacio con una valentía que me desarma. Su mirada se fija en mi boca, y por un segundo, la idea de tomarla allí mismo, contra el frío acero de la cocina, nubla mi juicio—. ¿Por qué te esfuerzas tanto en ser este monstruo? Sé que Marcus te quería. Él no amaría a una bestia sin alma.

—Marcus veía lo que quería ver. La realidad es lo que tienes frente a ti —agarro su muñeca antes de que pueda tocarme. Su pulso galopa bajo mis dedos, una pequeña criatura atrapada—. Vuelve a tu habitación, Isabella. Ahora.

—¿O qué? ¿Vas a castigarme? —desafía, y hay una chispa de picardía en sus ojos que me hace apretar los dientes—. ¿Vas a ponerme otra regla?

La atraigo hacia mí con un movimiento brusco, eliminando cualquier espacio. Su cuerpo choca contra el mío; la suavidad de su vientre contra la dureza de mis músculos, el roce de sus muslos contra mis pantalones. Es una tortura voluntaria. La miro desde arriba, dejando que vea toda la ferocidad que trato de contener.

—No juegues con fuego, pequeña —le advierto, mi aliento rozando sus labios—. No tienes idea de lo que soy capaz de hacer cuando pierdo el control. Y créeme, no querrías estar cerca cuando eso ocurra.

Siento cómo se estremece, pero no se aleja. Al contrario, se inclina ligeramente hacia mí, sus labios casi rozando la piel de mi pecho. Es una provocación pura, una invitación al desastre.

—Tal vez no tengo miedo de tu fuego, Alexander —murmura.

El silencio que sigue es tan pesado que parece que el oxígeno se ha agotado en la habitación. Durante un latido infinito, estoy a punto de romper todas mis reglas, de reclamar sus labios y demostrarle por qué me llaman la Bestia. Pero el recuerdo de Marcus, de su sangre manchando mis manos en aquel callejón, vuelve a mí como un jarro de agua fría.

La suelto bruscamente, como si su piel quemara.

—Fuera —le ordeno, señalando la puerta—. Si te encuentro fuera de tu habitación después de las diez otra vez, cerraré tu puerta por fuera. No me obligues a tratarte como a una prisionera de verdad.

Isabella me mira durante un largo momento, su expresión pasando de la audacia a una tristeza profunda que me hiere más que cualquier insulto. Se ajusta el camisón y camina hacia la salida con la cabeza alta.

—Buenas noches, Alexander —dice sin mirar atrás.

Me quedo solo en la cocina, con el corazón martilleando contra mis costillas y el deseo vibrando en cada fibra de mi ser. Me apoyo contra la encimera, cerrando los ojos con fuerza. Siento el rastro de su calor en mi mano, el eco de su cuerpo contra el mío.

Mañana tengo que ser más duro. Mañana tengo que recordar que ella es un encargo, una promesa de sangre, no una mujer que puede entrar en mi cama y sanar mis heridas. Pero mientras escucho sus pasos alejarse, me doy cuenta de que la regla más difícil de cumplir no es la que le impuse a ella.

Es la regla de no desearla. De no soñar con la suavidad de su piel y la luz de su risa.

Miro mi mano, la misma que ha quitado vidas, la misma que hoy tembló al sentir su pulso. La Bestia está perdiendo el control, y lo peor es que, por primera vez en mi vida, no quiero recuperarlo.

Subo a mi habitación, pero antes de entrar en el ala oeste, me detengo frente a su puerta. Escucho el sonido de su respiración suave al otro lado. Me quedo ahí, vigilándola en el silencio, cumpliendo mi promesa de protegerla del mundo.

Pero, ¿quién me protegerá a mí de ella?

Mañana será un día largo. Los profesores, las reglas, el orden. Pero sé que nada de eso importa. Isabella ha plantado una semilla de caos en mi jardín de piedra, y me temo que, por mucho que intente arrancarla, ya ha empezado a florecer.

Vuelvo a mi cama fría, pero el aroma a jazmín me sigue. Y en la oscuridad, la cicatriz de mi rostro parece arder con una intensidad nueva. La Bestia tiene hambre, sí. Pero no de violencia.

Tiene hambre de la mujer que duerme al otro lado de la mansión. Y ese es el peligro más grande de todos.

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Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Te da miedo enamorarte y no lograr protegerla de ti mismo 🤣, esta muy buena 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Hay bestia, tu serás el domado por Isabella, estas muy seguro de que ganarás 🤣👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Tanto miedo le tienes a Isabella que no quieres ni que te mire, eres un blanducho no mas 🤣👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Tu derribaras las barreras de ese corazón de hielo 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Comenzó muy buena, pero triste para Isabella, ciando se entere 👏👏👏
Edith Hernandez
muy bonita la novela
Ivis Medina
muchas cosas no tienen sentido pero aquí de paso, como va a dejar una carta el Marcus protegiendo al fénix ? el fénix no existía antes de su muerte,
Ivis Medina
muchas cosas no tienen sentido pero aquí de paso, como va a dejar una carta el Marcus protegiendo al fénix ? el fénix no existía antes de su muerte,
Susy
Excelente historia me encantó♥️♥️♥️
Susy
Que capítulo 😈
Susy
Triste 😔
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