En un mundo donde la luna elige a quienes están destinados a amarse, Alessandra Montenegro Valerius ha pasado toda su vida huyendo de cualquier emoción. Fría, racional y convencida de que el amor solo destruye, ha construido una existencia perfecta… pero vacía.
Todo cambia cuando asiste al compromiso de su hermana y descubre que ese lugar no pertenece al mundo humano, sino a uno donde los hombres lobo gobiernan y los lazos del destino son imposibles de romper. Allí, no solo enfrentará secretos ocultos sobre su propia sangre —un antiguo linaje de brujas—, sino también al único hombre capaz de desafiar todo lo que cree: un rey que ha esperado siglos por ella.
Entre magia, poder, heridas del pasado y un amor que ninguno de los dos desea aceptar, Alessandra tendrá que decidir si seguir negando lo que siente… o arriesgarse a vivir por primera vez.
Porque a veces, el destino no pide permiso. Solo reclama lo que siempre fue suyo.
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CAPÍTULO 15: LA SANGRE QUE NOS UNE
Alessandra pasó la noche en vela, sentada en la terraza, con la lluvia cayendo suave sobre el lago y las sombras quietas a sus pies. No pensaba en el aquelarre. No pensaba en la profecía. Pensaba en su abuela.
En la mujer de ojos grises que había aparecido después de veintiséis años de silencio. En las palabras que había dicho. En el miedo que había visto en su rostro.
Aeron se quedó con ella toda la noche. No hablaron. No hacía falta.
Cuando el cielo empezó a aclarar, Alessandra sintió que algo dentro de ella se había calmado. No era perdón. Era algo más. Era la certeza de que, aunque el pasado no pudiera cambiarse, el futuro aún estaba por escribirse.
—¿Vas a hablar con ella? —preguntó Aeron.
—Sí. Pero no ahora. Ahora necesito entender.
Bajó a la cocina cuando el sol ya estaba alto. Clarissa estaba preparando el desayuno, con movimientos lentos, como si también hubiera dormido mal. Fiorella estaba sentada en la mesa, con las manos alrededor de una taza de té que ya debía estar fría.
—¿Dónde está? —preguntó Alessandra.
—En la biblioteca —respondió Clarissa—. Estuvo ahí toda la noche. Leyendo sus libros viejos.
Alessandra asintió y salió sin decir nada más.
La biblioteca estaba en penumbra. Las cortinas estaban cerradas, y solo una lámpara de pie iluminaba la mesa donde la abuela Elena estaba sentada. Tenía un libro abierto frente a ella, pero no estaba leyendo. Miraba el vacío con los ojos grises que eran iguales a los suyos.
—¿No dormiste? —preguntó Alessandra desde la puerta.
—No. Hay mucho que hacer. Poco tiempo.
—¿Qué estás buscando?
—La forma de protegerte. Cuando el aquelarre vuelva, no va a ser como la otra vez. Van a venir con todo. Y vos aún no controlas tu magia.
Alessandra se acercó a la mesa. El libro que la abuela Elena estaba mirando era el mismo diario que ella había estado leyendo los días anteriores.
—Leí lo que escribiste —dijo—. Sobre el sello. Sobre por qué lo pusiste.
—¿Y qué pensaste?
—Que tuviste miedo.
—Sí. Mucho.
—Pero el miedo no es excusa.
La abuela Elena levantó la vista. En sus ojos había algo que Alessandra no esperaba. Aceptación.
—No. No lo es. Por eso estoy aquí. No para excusarme. Para ayudar. Para hacer lo que pueda antes de que sea tarde.
—¿Antes de que sea tarde para qué?
—Antes de que vengan. Antes de que te hagan daño. Antes de que me muera.
Alessandra sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Estás enferma?
—No. Solo vieja. Y he gastado mucha magia en estos años. Manteniéndome oculta. Manteniéndolos alejados. Ya no me queda mucho.
—¿Por eso volviste? ¿Por qué te estás muriendo?
—Volví porque quería verte antes de irme. Porque quería pedirte perdón. Porque quería que supieras que no fue por falta de amor. Fue por miedo. Siempre fue por miedo.
Alessandra se sentó frente a ella. Las sombras a su alrededor se movían suaves, como si también estuvieran escuchando.
—¿Por qué no nos criaste? —preguntó—. ¿Por qué nos dejaste con mamá? ¿Por qué nunca volviste?
—Porque sabía que si me quedaba, iban a venir. Porque sabía que mi magia los atraería. Porque pensé que era mejor que crecieran sin mí antes que crecieran con ellos acechándolas.
—¿Y mamá? ¿Ella también lo sabía?
—Sí. Por eso se fue. Por eso se alejó de todo esto. Por eso quiso que tuvieran una vida normal. Sin magia. Sin lobos. Sin peligro.
—Pero no funcionó.
—No. Porque la magia no se puede esconder para siempre. Porque el destino no se puede negar. Porque vos siempre ibas a ser quien sos.
Alessandra sintió que las lágrimas le quemaban los ojos.
—¿Por qué no me enseñaste? ¿Por qué no me preparaste? ¿Por qué me dejaste vacía?
—Porque pensé que si no sentías, no ibas a sufrir. Porque pensé que si no sabías lo que tenías, no iban a venir por vos. Porque pensé que el vacío era mejor que el dolor.
—Y te equivocaste.
—Me equivoqué.
El silencio se instaló entre ellas. Alessandra sintió que las sombras a su alrededor se calmaban, que algo dentro de ella se soltaba, que el nudo que había llevado en el pecho toda la vida empezaba a deshacerse.
—No te perdono —dijo—. No ahora. Tal vez nunca.
—Lo sé.
—Pero quiero entender. Quiero saber quién soy. Quiero saber qué puedo hacer. Y quiero que me ayudes.
La abuela Elena levantó la vista. En sus ojos grises había algo que Alessandra no había visto nunca.
Esperanza.
—Te voy a enseñar todo lo que sé. No es mucho. Pero es todo lo que tengo.
—¿Y después?
—Después, tú decides. Tu vida. Tu magia. Tu destino.
Alessandra asintió. No dijo nada más. Pero por primera vez, sintió que el peso que había llevado toda la vida empezaba a ser un poco más liviano.
Salió de la biblioteca con las manos temblando. Aeron la esperaba en el pasillo, apoyado en la pared, con los brazos cruzados.
—¿Cómo fue? —preguntó.
—Difícil. Pero bien.
—¿Qué vas a hacer?
—Aprender. Prepararme. Para cuando vuelvan.
—¿Y con ella?
—No lo sé. Pero creo que voy a darle una oportunidad.
Aeron se acercó. Tomó su rostro entre las manos.
—Estoy orgulloso de ti. No es fácil hacer lo que hiciste.
—No hice nada.
—Hiciste lo más difícil. Escuchaste. Aunque doliera. Aunque quisieras no hacerlo.
Alessandra apoyó la frente en su pecho. Cerró los ojos. Sintió su corazón latir junto al suyo.
—No sé si voy a poder perdonarla.
—No tienes que hacerlo hoy. Ni mañana. Ni nunca. Pero no dejes que el rencor te consuma. No vale la pena.
—¿Cómo sabes?
—Porque lo vi en otros. En los que esperaron tanto tiempo para perdonar que cuando lo hicieron, ya era tarde. Y tú tienes mucho por delante. Mucho por vivir. No dejes que el pasado te ate.
Alessandra levantó la vista. En sus ojos dorados vio algo que no había visto nunca. Paz.
—¿Cómo hacés? —preguntó—. Para estar tan tranquilo después de todo lo que pasó.
—Porque tengo todo lo que siempre quise. Estás aquí. Estás bien. El resto no importa.
—¿Y si vuelven?
—Entonces los enfrentamos. Juntos.
Alessandra sonrió. Era una sonrisa pequeña, pero real.
—Juntos —repitió.
Por la tarde, la abuela Elena salió al jardín. El sol había salido después de la lluvia, y el lago brillaba con una luz dorada. Clarissa y Fiorella estaban sentadas en el banco de piedra, con las piernas colgando y los pies descalzos.
—¿Puedo sentarme? —preguntó la abuela.
Clarissa asintió. Fiorella no dijo nada, pero se corrió un poco.
Se quedaron en silencio un rato, mirando el agua. El roble se alzaba en la orilla, y las primeras flores del jardín empezaban a abrirse después de la tormenta.
—¿Por qué no viniste antes? —preguntó Fiorella, con la voz más baja de lo habitual.
—Por miedo. Por vergüenza. Porque pensé que no me querían ver.
—Y tenías razón —dijo Fiorella—. No te queríamos ver. Pero eso no significa que no te necesitáramos.
La abuela Elena bajó la cabeza.
—Lo sé. Y no hay excusa que pueda arreglarlo. Solo quería que supieran que siempre las quise. Desde el primer día. Aunque no estuviera ahí.
Clarissa tomó su mano.
—¿Te vas a quedar? —preguntó.
—Si me dejan.
—Entonces quédate.
Fiorella no dijo nada. Pero no se apartó.
Esa noche, Alessandra se sentó en la terraza con sus hermanas y su abuela. La luna estaba llena, redonda y blanca, reflejándose en el lago. Aeron estaba en el jardín, junto al roble, pero ya no vigilaba. Descansaba.
—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó Fiorella.
—Ahora vamos a prepararnos —dijo la abuela Elena—. Les voy a enseñar todo lo que sé. No es mucho. Pero es todo lo que tengo.
—¿Y después?
—Después, ustedes deciden. Su vida. Su magia. Su destino.
Alessandra miró a sus hermanas. Clarissa sonreía, con esa calma que siempre la caracterizaba. Fiorella tenía los ojos fijos en la luna, pero su mandíbula estaba relajada.
—No sé qué va a pasar —dijo Alessandra—. Pero creo que vamos a estar bien.
—¿Cómo sabes? —preguntó Fiorella.
—Porque estamos juntas. Porque no estamos solas. Porque después de todo lo que pasó, todavía estamos aquí.
Clarissa tomó su mano. Fiorella hizo lo mismo.
—Juntas —dijo Clarissa.
—Siempre —dijo Fiorella.
La abuela Elena las miró con los ojos grises que eran iguales a los suyos. En ellos había algo que Alessandra no esperaba. Orgullo.
—Son mis nietas —dijo, con la voz quebrada—. Y son lo mejor que hice en mi vida.
Alessandra sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. No las contuvo.
—No te perdono —dijo—. No todavía.
—Lo sé.
—Pero estoy contenta de que estés aquí.
La abuela Elena sonrió. Era una sonrisa pequeña, cansada, pero real.
—Yo también, nieta. Yo también.