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EL DESCONOCIDO EN MI ALMOHADA

EL DESCONOCIDO EN MI ALMOHADA

Status: Terminada
Genre:Fantasía épica / Mundo de fantasía / Viaje a un mundo de fantasía / Completas
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

El Desconocido de mi Almohada es una historia de amor, misterio y autodescubrimiento que te hará cuestionar los límites entre la realidad y la fantasía.

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 4

La mañana del cuarto día en Seúl empezó con un silencio pesado. No era el silencio de la paz, sino el de la anticipación, ese que sientes justo antes de una tormenta eléctrica cuando el aire se vuelve denso y parece que cuesta más trabajo llenar los pulmones. Me quedé mirando el techo, repasando las palabras de mi sueño: Namdaemun, diez de la noche.

—Es una locura, Valeria. Estás perdiendo la cabeza —me dije mientras me preparaba un café instantáneo en la habitación.

¿Cómo podía confiar en una dirección dada por una proyección de mi mente? Sin embargo, había algo en la forma en que el Min-ho real me había mirado ayer en su oficina que me decía que el sueño no era solo ruido. Era una brújula.

El día en la oficina fue un ejercicio de resistencia. Min-ho estaba más insoportable que nunca. Criticó cada coma de mi informe técnico, me hizo cambiar el orden de tres gráficas que estaban perfectamente bien y no me miró a los ojos ni una sola vez. Era como si estuviera intentando castigarme por ese momento de debilidad que tuvimos la tarde anterior.

—Señorita Valeria, si no puede manejar la precisión que requiere Han-Guk, quizás debamos reconsiderar su estancia —dijo a media tarde, delante de dos secretarias que fingieron no oír nada.

Sentí que la sangre me hervía. Estuve a punto de mandarlo todo al diablo, de coger un avión de vuelta a Madrid y casarme con Marcos y su aburrida obsesión por las encimeras de granito. Pero entonces recordé la foto que él había escondido en el cajón. Recordé al hombre que parecía solo en medio de un imperio de cristal.

—Estará listo para mañana, señor Kang —respondí con una calma que ni yo misma sabía que poseía.

Salí de la oficina a las ocho. Cené algo rápido en una tienda de conveniencia: un triángulo de arroz y un té frío. No quería volver al hotel. Sabía que si me tumbaba, me quedaría dormida y quizás el sueño me daría otra pista, pero esta vez quería comprobarlo por mí misma, despierta.

A las nueve y media, cogí el metro hacia Namdaemun.

El mercado de Namdaemun es un caos organizado. Incluso de noche, cuando la mayoría de los puestos de ropa empiezan a cerrar, los puestos de comida callejera cobran una vida frenética. Hay humo, hay gritos de vendedores, hay olor a fritura, a pescado seco y a especias que te pican en la nariz. Caminé entre la multitud, sintiéndome más extranjera que nunca. ¿Qué estaba haciendo allí? Un ejecutivo de alto nivel como Kang Min-ho no vendría a un sitio así. Él cenaría en restaurantes con estrellas Michelin donde los camareros llevan guantes de seda.

Dieron las diez. El frío empezaba a colarse por las costuras de mi abrigo. Me senté en un taburete de plástico cerca de un puesto que vendía hotteok (esos panqueques dulces rellenos de canela). Estuve a punto de rendirme. Me sentía ridícula, una turista despistada siguiendo las instrucciones de un fantasma.

Entonces lo vi.

No llevaba el traje azul. Iba con unos vaqueros oscuros, una sudadera negra con la capucha echada hacia atrás y, por encima, aquel abrigo gris. El abrigo de mis sueños.

Caminaba con las manos en los bolsillos, con la mirada baja, esquivando a la gente con una agilidad que no tenía el hombre rígido de la oficina. Se detuvo frente a un puesto de fideos muy humilde, uno que apenas era una lona de plástico y cuatro taburetes desparejados. Se sentó y pidió algo en voz baja.

Me quedé paralizada. El corazón me iba a mil por hora. Era él. Sin la armadura, sin los guardaespaldas, sin el escudo de cristal del piso 42.

Me acerqué lentamente. El ruido del mercado parecía desvanecerse a medida que acortaba la distancia. Cuando estuve a un par de metros, me detuve. Él estaba sorbiendo el caldo, con los hombros relajados. Parecía diez años más joven.

—El mundo real tiene bordes afilados, ¿verdad? —dije, usando las palabras que él me había dicho en el sueño.

Min-ho se tensó tanto que pensé que iba a romper los palillos. Se giró lentamente. Al ver mi cara, sus ojos se abrieron de par en par. No era la mirada de superioridad de la oficina; era puro asombro, mezclado con algo que se parecía mucho al miedo.

—¿Usted? —su voz era un susurro—. ¿Qué hace aquí? ¿Me está siguiendo?

—No —mentí, aunque técnicamente era cierto; no lo seguía a él, seguía a mi intuición—. Me gusta este mercado. Y parece que a usted también.

Él miró a su alrededor, incómodo, como si buscara una salida de emergencia. Se limpió los labios con una servilleta de papel y recuperó un poco de su compostura, aunque el abrigo gris lo hacía parecer mucho más humano.

—Este no es lugar para una extranjera a estas horas —dijo, intentando sonar autoritario, pero no le salió bien.

—Y este no es lugar para el Director de Desarrollo de una multinacional —repliqué, sentándome en el taburete de al lado sin esperar a que me invitara.

Él guardó silencio. El vapor de los fideos flotaba entre nosotros. El vendedor, un hombre mayor con la cara llena de arrugas, nos miraba con curiosidad pero no decía nada.

—Vengo aquí cuando no puedo soportar el ruido de arriba —confesó él finalmente, bajando la guardia—. Mi abuela tenía un puesto cerca de aquí. Cuando era niño, este olor significaba que estaba a salvo.

Me quedé muda. El Min-ho del sueño tenía razón: debajo del hielo había un niño que recordaba el olor de la seguridad.

—¿Por qué es tan duro con todo el mundo, Min-ho? —le pregunté. Usar su nombre de pila sin el "señor Kang" fue como saltar al vacío sin paracaídas.

Él me miró fijamente. Por primera vez, no apartó la vista. Había una conexión eléctrica, algo que iba más allá del lenguaje.

—Porque si dejas que la gente se acerque, ven las grietas. Y en mi mundo, las grietas se usan para destruirte. Usted... usted es una grieta, Valeria. Desde que entró en esa sala de juntas, siento que algo se está rompiendo.

—¿Y eso es malo? —pregunté, acercándome un poco más.

Él no respondió con palabras. Se quedó mirándome los labios, y por un segundo eterno, pensé que me besaría allí mismo, entre el humo de los fideos y el ruido de los vendedores de calcetines. Pero entonces, su mirada cambió. Se volvió confusa, casi dolorosa.

—¿Cómo sabía que yo estaría aquí? —preguntó de repente—. Nadie sabe que vengo aquí. Ni siquiera mi asistente.

No podía decirle la verdad. No podía decirle: "Es que apareces en mi almohada todas las noches y me das instrucciones". Me habría tomado por loca y me habría enviado de vuelta a España en el primer vuelo disponible.

—Tuve una corazonada —dije simplemente—. A veces, los sueños nos dicen dónde buscar lo que nos falta.

Él se levantó de golpe, dejando unos billetes sobre la mesa. Su máscara de hielo volvió a encajarse en su sitio, pero esta vez estaba mal puesta, ladeada.

—Mañana en la oficina, señorita Valeria. Olvide que esto ha pasado. No somos amigos. Somos socios de negocios.

—¿Entonces por qué lleva ese abrigo? —le solté mientras él se alejaba.

Él se detuvo en seco. Miró la manga de su abrigo gris, como si acabara de darse cuenta de lo que llevaba puesto. No dijo nada. Simplemente desapareció entre la multitud de Namdaemun, dejándome allí con el corazón desbocado y el olor a canela de los hotteok impregnado en la ropa.

Regresé al hotel temblando, pero no de frío. Sabía que había cruzado una línea de la que no se podía volver. Había visto al hombre real, y él sabía que yo lo había visto.

Esa noche, cuando cerré los ojos, no hubo playa, ni oficina, ni mercado.

Aparecí en un espacio blanco, infinito. Él estaba allí, pero no era el Min-ho del abrigo gris, ni el del traje azul. Estaba sentado en el suelo, con la cabeza entre las rodillas.

—Lo has asustado —dijo su voz, que parecía venir de todas partes.

—Tenía que hacerlo —respondí, sentándome a su lado—. No puedo seguir amando a una sombra si el hombre real me trata como a una extraña.

Él levantó la cabeza. Sus ojos estaban llenos de lágrimas en el sueño.

—La realidad duele, Valeria. Él se está acordando de cosas que juró olvidar. Se está acordando de una promesa que nos hicimos hace mucho tiempo, en un lugar que no está en los mapas.

—¿Qué promesa? —pregunté, desesperada.

—La promesa de no dejarnos solos en la oscuridad —susurró él—. Pero prepárate. Mañana, el hombre real va a intentar echarte de su vida. El miedo es más fuerte que el recuerdo.

Me desperté antes de que saliera el sol. Tenía las mejillas mojadas. No sabía si eran mis lágrimas o las de él. Pero sabía que iba a ser una guerra. Una guerra entre el miedo de un hombre que no quería recordar y la determinación de una mujer que no podía olvidar.

Miré mi maleta. Si me echaba mañana, al menos podría decir que lo había intentado. Pero algo me decía que Min-ho no podía echarme, porque yo ya no estaba solo en su oficina. Estaba en su cabeza. Estaba en su almohada. Y, aunque él no lo supiera todavía, estaba empezando a estar en su corazón.

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The Wolf 🥀🐺🍃
una historia que se parece a mi vida mi ....me pasó lo mismo con mi ahora esposo y dejé de soñarlo cuando xfin lo conocí y extrañaba a el chico de mi sueños 😭😭....veamos k pasa .
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