NovelToon NovelToon
LAS DOS CARAS DE LA MONEDA

LAS DOS CARAS DE LA MONEDA

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Amor-odio / Malentendidos / Completas
Popularitas:966
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

En este juego de espejos, nadie es quien dice ser y la moneda está a punto de caer del lado de la justicia... o del caos.

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 7

El furgón blindado olía a desinfectante barato y a miedo rancio. Estaba encadenada a un banco de metal junto a otras tres mujeres cuyos rostros eran mapas de una violencia que yo apenas empezaba a comprender. El vehículo saltaba sobre los baches de la carretera periférica, y cada sacudida enviaba una punzada de dolor a mis muñecas, donde las esposas ya habían empezado a devorar la piel.

—¿Primera vez, princesita? —preguntó la mujer que tenía enfrente. Tenía un tatuaje de una lágrima bajo el ojo y una mirada que parecía haber visto el fin del mundo y haber sobrevivido para contarlo.

No respondí. Tenía la garganta tan seca que temía que, si intentaba hablar, mis cuerdas vocales se quebrarían como cristal.

—Te pregunto a ti, la del vestido de diseño —insistió, soltando una risa ronca—. Disfruta de esa tela mientras puedas. En diez minutos, lo único que vas a compartir con nosotras es el mugriento color naranja y el olor a rancho.

El furgón se detuvo. Escuché el chirrido de unos portones hidráulicos y el ladrido lejano de perros guardianes. Cuando las puertas traseras se abrieron, la luz del mediodía me cegó. Estábamos en el patio de ingreso de la Prisión Central de Mujeres. Muros de seis metros coronados con concertinas de acero que brillaban bajo el sol como dientes de tiburón.

—¡Bajen! ¡En fila! ¡Mirada al suelo! —gritó una guardiana de hombros anchos y rostro de granito.

Caminé mecánicamente. Mis zapatos de tacón, esos que Isabella me había obligado a comprar para "parecer una De la Vega", se hundían en la grava del patio. Me sentía ridícula, una broma de mal gusto en medio de aquel infierno de cemento.

El despojo de la identidad

El proceso de ingreso fue una violación sistemática de mi dignidad. Me llevaron a una sala de azulejos blancos donde el eco de los gritos de otras presas rebotaba sin cesar.

—Ropa sobre la mesa. Joyas en la bolsa —ordenó una funcionaria sin mirarme a los ojos.

Me quité el vestido plateado, la última armadura de mi vida anterior. Me quité el collar de diamantes falsos que Isabella me había puesto con tanta "sororidad". Me quedé desnuda bajo la luz fluorescente, sintiéndome más vulnerable que nunca. Me inspeccionaron cada orificio, cada centímetro de piel, como si fuera un pedazo de carne en un matadero. No era una inspección de seguridad; era un ritual de deshumanización.

Me entregaron el uniforme: un mono de sarga rígida que picaba al contacto con la piel y unas zapatillas de lona sin cordones. Mi nombre, Marina De la Vega, desapareció. Ahora era la interna 4021.

—Tu familia dejó esto —dijo la funcionaria, lanzándome una pequeña bolsa con artículos de aseo básicos—. Dicen que no volverán hasta que pase el revuelo de la prensa. Que te portes bien.

"Que te portes bien". Como si fuera una niña en un campamento de verano y no una chiva expiatoria enviada al matadero por sus propios padres. Busqué una nota, una carta, cualquier rastro de arrepentimiento de Arturo o Beatriz. No había nada. Solo jabón de barra y un cepillo de dientes de plástico.

El choque de realidad: El ala C

Me escoltaron a través de pasillos que parecían laberintos de rejas y hormigón. El sonido era ensordecedor: gritos, golpes en el metal, risas histéricas y el llanto sordo que parecía filtrarse por las paredes. Llegamos al Ala C.

—Celda 14. Compartida —dijo la guardiana, abriendo la reja con un estruendo que me hizo saltar.

La celda era un nicho de tres por dos metros. Dos literas de metal, un inodoro sin tapa y un lavabo oxidado. Sentada en la litera inferior, la mujer del furgón me observaba con una sonrisa depredadora.

—Vaya, vaya. El destino es caprichoso, princesita. Parece que vamos a ser mejores amigas. Me llamo "La Flaca", pero tú puedes llamarme "Señora" si quieres conservar tus dientes.

Me senté en la litera superior, encogiéndome sobre mí misma. El colchón era una lámina de espuma delgada que olía a humedad y a los sueños rotos de quien hubiera estado allí antes que yo.

—No quiero problemas —susurré.

—En este lugar, los problemas no se buscan, te encuentran —respondió ella, poniéndose de pie—. Especialmente si tienes un apellido que suena a dinero. ¿Sabes cuántas mujeres aquí dentro han sido estafadas o pisoteadas por gente como tu padre? Eres un trofeo de caza, niña. Un recordatorio de que, a veces, los de arriba también caen.

Esa noche no pude dormir. Me quedé mirando el techo, contando las grietas en el cemento. El silencio en prisión no existe; es una sinfonía de lamentos y amenazas. Pensé en la chica muerta, Lucía. Pensé en Julián y en su mirada de odio en el juicio. Y luego, inevitablemente, pensé en Isabella.

En ese momento, ella estaría cenando en algún restaurante de lujo, riendo con Federico, brindando por su libertad comprada con mi juventud. Podía imaginarla perfectamente: tocándose el cabello, fingiendo una pizca de tristeza cuando alguien mencionara mi nombre, solo para cambiar de tema rápidamente hacia la decoración de su boda.

La rabia empezó a hervir en mi estómago, una sensación cálida que contrastaba con el frío glacial de la celda. Mi padre me había prometido seis meses. Me había prometido protección. Pero la mirada de la guardiana y el desprecio de "La Flaca" me decían la verdad: en este lugar, los De la Vega no tenían jurisdicción. Aquí, yo estaba sola.

La mirada de triunfo (en diferido)

A la mañana siguiente, nos llevaron al comedor. El olor a avena quemada y café rancio era insoportable. Me senté en una mesa apartada, tratando de pasar desapercibida, pero era imposible. Mi piel era demasiado clara, mis manos demasiado suaves, mi porte todavía conservaba el rastro de la educación aristocrática que me habían impuesto a la fuerza.

En una esquina del comedor había un televisor viejo, con la pantalla protegida por una malla de alambre. Estaban dando las noticias matinales.

—...y en otras noticias de la alta sociedad —decía la presentadora—, tras el trágico juicio que terminó con la condena de Marina De la Vega, la familia parece intentar recuperar la normalidad. Anoche se celebró la gala de compromiso de Isabella De la Vega y el heredero financiero Federico Santillán.

La cámara mostró imágenes de la mansión. Mi casa. Estaba iluminada con miles de luces blancas. Isabella aparecía en pantalla luciendo un vestido de seda blanca, radiante, del brazo de Federico. Arturo y Beatriz sonreían a las cámaras, luciendo impecables, como si su otra hija no estuviera en ese mismo instante comiendo gachas de avena en un cuenco de plástico.

Isabella se acercó al micrófono cuando un periodista le preguntó por mí.

—Es un momento muy duro para nuestra familia —dijo ella, bajando la mirada con una modestia ensayada—. Amamos a Marina, pero creemos en la justicia. Ella cometió un error terrible y debe pagar por ello. Nosotros seguiremos apoyándola desde la distancia, mientras intentamos sanar esta herida.

Vi cómo se le escapaba una sonrisa casi imperceptible justo antes de que la cámara cortara a otra noticia. Una mirada de triunfo absoluto. Ella había ganado. Había borrado la mancha de su pecado y la había transferido a mi historial. Había consolidado su poder mientras yo me convertía en un residuo social.

—Parece que tu hermana se lo está pasando de miedo —dijo una voz a mi espalda.

Era "La Flaca". Estaba de pie con su bandeja, mirando el televisor con los ojos entrecerrados.

—Te han vendido, ¿verdad? —preguntó, sentándose frente a mí sin pedir permiso—. Se nota en tu cara. No eres una asesina. Eres una tonta que creyó en la familia.

—No sé de qué hablas —dije, tratando de tragar un bocado que se sentía como arena.

—He estado aquí tres veces, niña. Conozco a las de tu clase. Tu padre pagó para que este juicio fuera rápido. Pagó para que no se investigara más. Te han empaquetado y te han mandado aquí para que los platos limpios se queden en casa.

Me quedé en silencio. La verdad dolía más que cualquier golpe físico.

—Si quieres sobrevivir aquí, vas a tener que dejar de ser una De la Vega y empezar a ser una perra —continuó ella, bajando la voz—. Porque en cuanto el dinero de tu padre deje de llegar a las cuentas de los alcaides —y dejará de llegar, créeme, porque ya no les eres útil—, las hienas van a venir por ti.

El abandono total

Las semanas se convirtieron en meses. Al principio, esperaba el día de visitas con una esperanza patética. Me ponía el uniforme lo más limpio posible, me peinaba con los dedos y esperaba a que dijeran mi nombre por el altavoz.

—Interna 4021, tiene visita —nunca llegó.

Ni una vez. Ni Arturo, ni Beatriz, ni mucho menos Isabella. Ni siquiera el abogado Valerius volvió para informarme sobre las supuestas gestiones para reducir mi condena. El silencio de mi familia era un mensaje claro: estaba muerta para ellos.

Me enteré por las revistas viejas que llegaban a la biblioteca de la prisión que Isabella se había casado. Vi las fotos de la "boda del año". Vi a mis padres abrazando a su nuevo yerno, ocupando el espacio que legalmente me pertenecía. Mi firma en los documentos que Valerius me trajo a la celda —documentos que firmé sin leer, confiando en mi padre— les había dado el control total de mis activos.

Ya no tenían que fingir. Ya no tenían que visitarme. Me habían enterrado viva.

La soledad en prisión es un animal que te devora desde dentro. Empecé a perder peso. Mis ojos se hundieron y mi piel se volvió grisácea. El abandono era total. Ni una carta, ni una transferencia para la tienda de la prisión, nada. Estaba a merced de la jerarquía carcelaria.

Un día, en el patio, un grupo de internas me acorraló cerca de las duchas. Eran las "hienas" de las que hablaba La Flaca.

—Oímos que tu familia es rica, De la Vega —dijo la líder, una mujer con una cicatriz que le atravesaba el labio—. Pero parece que se han olvidado de ti. Eso nos pone muy tristes. ¿Qué tal si nos das algo para alegrarnos el día?

—No tengo nada —dije, retrocediendo hasta chocar con el muro frío.

—Siempre tienes algo. Tienes esa arrogancia que todavía no te hemos quitado.

El primer golpe me dio en el estómago, sacándome todo el aire. El segundo me alcanzó en la mandíbula. Caí al suelo, sintiendo el sabor metálico de la sangre en mi boca. Mientras me pateaban, no sentí miedo. Sentí una claridad cristalina.

Mis padres no vendrían. Isabella no vendría. La Marina que quería amor había muerto en ese patio, bajo las botas de mujeres que la odiaban por un apellido que ya no significaba nada.

—¡Basta! —gritó una voz autoritaria.

Las mujeres se dispersaron. Una mujer mayor, de unos sesenta años, de mirada inteligente y manos curtidas, se acercó a mí. No era una guardiana. Era otra presa, pero incluso las hienas le tenían respeto. Era "La Maestra", una ex-estafadora de guante blanco que llevaba una década allí dentro.

Me tendió la mano. La tomé.

—Levántate, niña —dijo con una voz suave pero firme—. Si te quedas en el suelo, te comerán. Si te levantas, quizás pueda enseñarte a morder.

Miré a la mujer. En sus ojos no vi lástima, vi una oportunidad. Vi la posibilidad de transformar mi dolor en una herramienta.

—No tengo nada que darle a cambio —dije, limpiándome la sangre de la comisura de los labios.

—Tienes odio —respondió ella con una sonrisa enigmática—. Y el odio, bien canalizado, es el combustible más puro del mundo. Tú quieres venganza, ¿verdad?

—Quiero que sientan lo que yo siento.

—Entonces olvídate de ser una víctima. A partir de hoy, vas a aprender a ser el espejo. Vas a aprender a ser quien ellos creen que eres, para luego convertirte en su peor pesadilla.

Esa noche, de vuelta en mi celda, ya no lloré. Me miré en el pequeño trozo de metal pulido que servía de espejo. Mi rostro estaba hinchado, morado, irreconocible. Pero detrás del dolor, había algo nuevo. Una chispa de acero.

El Arco 1 de mi vida estaba terminando. El espejismo de la familia se había disipado. La traición estaba consumada. Pero mientras ellos celebraban en su mansión de cristal, yo empezaba mi verdadera educación.

No iba a ser una prisionera durante cinco años. Iba a ser una estudiante en la universidad del infierno. Aprendería finanzas de los estafadores, psicología de los manipuladores y supervivencia de los olvidados.

Isabella tenía razón en una cosa: las dos caras de la moneda siempre existen. Ella me había mostrado la suya. Ahora, yo me prepararía para mostrarle la mía. Una cara que ella no reconocería ni en sus peores pesadillas.

1
Hope Mag Vasquez
Wuaoooo!!!! hasta cuándo el tablero va a dejar de moverse /Frown//Frown/
Hope Mag Vasquez
Unas joyitas los de la Vegas..... se hicieron millonarios sobre bases de algodón
Hope Mag Vasquez
Quien sabe... a lo mejor sigue siendo estúpida.....
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Muy bonita la novela, muchas felicidades escritora y gracias por compartirla 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Wow mas mentiras, quien es realmente el padre del niño, y que pasara con Julian y Marina?
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Hay tantos secretos entre todos que ya me late que son todos unos desgraciados infelices peleando como buitres
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Cuantas cosas ocultas mas tendrán que salir a la luz, esta muy buena 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Hay cuantas cosas mas saldrán a la luz 😭👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Chuta, de quien eres hija Marina? 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Esta muy buena e intrigante 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
No entiendo porque Sebastian es su nieto, si Federico es el esposo de Isabella, pero el niño es con otra mujer 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Ese hijo a de ser la recluta que escribía cartas que nunca se enviaron 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Viejo desgraciado se a de están quemando en el infierno, nunca quisieron a nadie, ya que la vieja sabía todo igual 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Al fin estas haciendo justicia, por ti, por Lucía y todos los que han sido estafados 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Que pasara ahora, se mataran, oh Julian intervendra
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Trabajando juntos lo lograron, falta la zorra de Usabelja y su madre 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Que desgraciado este viejo de Arturo, cree que hará tonta a Elena 🤣🤣👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Que bien Elena aprendiste con la mejor Maestra que jamas te unieras imaginado y con Julian de apoyo hará un gran equipo 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Que bueno que Julian acepto aliarse con ella, asi se dará cuenta realmente quienes son esos desgraciados sin escrúpulos 🤭👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Yo creo que Julian ya sabía eso, ojalá se unan para acabar con esos desgraciados y también porque no enamorarse 🤭👏👏👏
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play