Raeliana fue despojada de la mansión murió sabiendo que fue utilizada.. despierta en el pasado, con todos sus recuerdos intactos y una sola meta: no volver a casarse con el conde que la llevó a la muerte. Esta vez, antes de que el palacio la destruya, ella cambiará el destino…
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Despertar en otra vida
El último recuerdo fue el impacto.
Un resbalón. El vacío. El golpe seco.
Después, nada.
Raeliana abrió los ojos con el pecho agitado.
No escuchaba máquinas. No olía a hospital.
Vio un techo alto, decorado. Cortinas gruesas. Muebles antiguos.
Se quedó quieta, tratando de entender.
—Mi Lady, ya debemos empezar a prepararla —dijo una voz cerca.
Giró la cabeza.
Dos mujeres vestidas como sirvientas la miraban con respeto.
Raeliana se sentó en la cama lentamente.
Sentía el cuerpo… distinto.
Más liviano. Más delgado.
Bajó de la cama y caminó hasta un espejo grande.
Cuando se vio, dejó de respirar un segundo.
Cabello rojo. Ojos celestes. Rostro fino.
No era ella.
Pero lo reconocía.
Imágenes empezaron a encajar solas en su cabeza:
Una boda fría.
Un hombre distante.
Una mujer rubia en su casa.
Tres hijos.
Un bosque.
Una espada entrando en su vientre.
Raeliana se sostuvo del mueble.
—Esto ya pasó…
No eran recuerdos inventados. Los sentía reales. Dolorosos.
Entendió algo que la hizo temblar.
Esa chica había vivido todo eso.
Y había muerto.
Y ella… estaba ahora en su cuerpo.
—¿Qué día es hoy? —preguntó.
—Su baile de mayoría de edad, señorita.
El corazón le dio un vuelco.
El inicio.
El día donde todo empezó.
Se miró otra vez al espejo.
—Entonces todavía puedo cambiarlo.
Horas después, ya vestida con el corsé apretado y el vestido pesado, bajó al salón.
Música. Conversaciones. Risas.
Raeliana observaba todo con una calma extraña.
Sabía exactamente qué iba a pasar.
Sabía que el conde estaba allí.
Lo vio entrar.
Misma postura. Misma mirada fría que recordaba.
Sintió rechazo inmediato.
Ese hombre arruinó la vida de esta chica.
No iba a permitir que pasara otra vez.
Desvió la vista… y notó a alguien más.
Un hombre alto, vestido de oscuro, apartado del grupo.
Nadie se le acercaba.
Algunas miradas iban hacia él y se apartaban rápido.
Escuchó un murmullo cerca:
—Es el duque…
—Dicen que no sonríe nunca…
—Que en batalla no tiene piedad…
Raeliana lo miró con atención.
Serio. Callado. Observando todo.
Diferente.
El conde ya empezaba a caminar hacia ella.
Raeliana no dudó.
Cruzó el salón directo hacia el duque.
Se detuvo frente a él.
—¿Me concede este baile, mi lord?
El duque la miró unos segundos antes de responder.
—No acostumbro.
—Entonces hoy será la excepción.
Le tomó la mano sin esperar permiso.
Empezaron a moverse por el salón.
Raeliana notó de reojo al conde detenerse, confundido.
La música seguía sonando cuando Raeliana se apartó con el duque hacia una zona más tranquila del jardín.
Las antorchas iluminaban apenas el camino. Se escuchaban las voces lejanas del salón.
El duque la miró con atención.
—Milady, me sorprende su atrevimiento.
—Necesito hablar con usted con franqueza, su excelencia.
—La escucho.
Raeliana respiró hondo.
—Sé que el conde va a pedir mi mano. Y no pienso aceptarlo.
Raeliana fue directa.
El duque no cambió el gesto, pero su mirada se volvió más fija.
—Eso no suele decidirlo una dama.
—Esta vez sí.
Él esperó.
—Necesito un compromiso inmediato —dijo ella—. Un anuncio formal esta misma noche.
El duque entrecerró los ojos.
—¿Y por qué yo?
—Porque usted no se deja manejar por nadie. Porque su nombre impone respeto. Y porque sé ,que no es un hombre que necesite fingir.
Hubo un silencio corto.
—Está pidiéndome un trato, milady.
—Sí.
—¿Matrimonio por conveniencia?
—Exacto.
El duque la observó de arriba abajo, evaluándola.
No veía nervios. No veía timidez.
—Acepto —dijo finalmente—. Pero con una condición.
Raeliana lo miró.
—Desde este momento será mi prometida. Y deberá ir a vivir a mi residencia para ser educada como futura duquesa.
Raeliana no dudó.
—Acepto.
El duque asintió una vez.
—Entonces hagámoslo oficial.
Regresaron al salón.
Las conversaciones bajaron cuando los vieron entrar juntos.
El conde, que estaba cerca de los padres de Raeliana, los miró confundido.
El duque avanzó con paso firme hasta quedar frente al conde Rosenthal y su esposa.
Hizo una leve reverencia.
—Mi lord, mi lady. Solicito formalmente la mano de su hija, milady Raeliana, en compromiso.
El silencio fue total.
—¿Qué? —murmuró la madre.
El padre parpadeó varias veces.
El conde dio un paso al frente.
—¿Disculpe?
El duque continuó, sin mirarlo.
—Deseo anunciarlo esta misma noche, con su aprobación.
Raeliana se mantuvo firme al lado de él.
El conde Rosenthal miró a su hija.
—¿Raeliana…?
Ella sostuvo la mirada de su padre.
—Sí, padre.
El duque extendió la mano hacia ella.
Raeliana la tomó.