Miranda Saavedra. Un nombre que en los círculos financieros es sinónimo de respeto, fortuna y un orgullo inquebrantable. Como presidenta de uno de los conglomerados más influyentes del país, su presencia intimida a los tiburones de la industria y su mirada es capaz de desmantelar cualquier defensa antes de que se pronuncie la primera palabra en una junta.
Pero esa armadura de seda y acero fue forjada en el fuego.
Hubo un tiempo en que Miranda era otra mujer: una esposa dedicada que creía en la paciencia y en el refugio de un hogar, soñando con una familia que nunca llegó. Esa vida "perfecta" se desintegró en un solo instante, convirtiéndose en un infierno de sombras cuando el mundo que conocía la traicionó, siendo secuestrada para ser vendida al mejor postor.
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Un momento de tregua
A pesar del peligro que los acechaba y de la tormenta que rugía fuera de esas paredes de cristal, Miranda y Lissandro no podían luchar contra la gravedad que los empujaba el uno hacia el otro. La atracción entre ellos no era solo un deseo superficial; era una necesidad violenta de reafirmar que estaban vivos en medio de una guerra de sombras.
Lo que comenzó con un beso desesperado, cargado de la adrenalina del día, escaló con la rapidez de un incendio forestal. Aquella oficina, que minutos antes era un centro de mando frío y estratégico, se transformó en su santuario de desahogo.
Lissandro la acorraló contra el gran ventanal. El contraste era abrumador: el frío del cristal contra la espalda de Miranda y el calor abrasador del cuerpo de Lissandro presionándola de frente. Él trazó un camino de besos húmedos por la curva de su cuello, descendiendo por cada rincón de su piel con una devoción que la hacía estremecer, arrancándole suspiros que morían contra el hombro de él. Miranda cerró los ojos, aferrándose a sus hombros anchos, dejándose arrastrar por una marea de sensaciones que solo él había logrado despertar en el páramo que era su alma.
Para el mundo, eran dos depredadores financieros; para ellos mismos, esto seguía siendo un juego de seducción bajo la estricta regla de no enamorarse. Sin embargo, en el silencio de la oficina, las mentiras que se decían a plena luz del día se desmoronaban. Lissandro había roto esa regla hacía mucho tiempo; cada caricia suya no era solo deseo, era un juramento de protección. Y aunque Miranda se negaba a aceptarlo, refugiada tras su armadura de hielo, ella también había dejado de ser una espectadora de su propio corazón.
En ese instante, no había pasado, no había Lara, ni había venganza. Solo existía el ritmo coordinado de sus respiraciones y la confesión silenciosa de que se habían vuelto el refugio el uno del otro.
—Vamos a casa, es hora de descansar —sugirió Lissandro mientras abotonaba su camisa con movimientos lentos y precisos.
Miranda lo observaba fijamente desde la penumbra de la oficina. Cada uno de los gestos de él, la forma en que el cuello de la camisa ocultaba la piel que ella acababa de besar, era una invitación silenciosa a seguir actuando como una pareja de enamorados. Por un segundo, ella quiso cruzar la distancia y detener sus manos, prolongar esa tregua donde el odio no existía.
—Tienes razón, vayamos a casa —dijo finalmente, levantándose con una rapidez que pretendía sacudirse el rastro del deseo de encima.
Sin embargo, Lissandro parecía haber regresado a su faceta de estratega en un abrir y cerrar de ojos. Sus pupilas estaban fijas en el vacío, procesando los siguientes movimientos contra los Lara, la seguridad de la mansión y el reporte de los informantes. Estaba tan perdido en la maraña de sus pensamientos que no notó la forma intensa y vulnerable en que Miranda lo miraba. Para ella, ese breve descuido fue como un balde de agua fría.
«Es solo el negocio», se dijo a sí misma con amargura. La idea de que para él solo hubiera sido un desahogo físico, mientras ella sentía que su armadura se agrietaba, la golpeó con fuerza.
Molesta consigo misma y con él, tomó su ropa y comenzó a vestirse sin voltear a verlo, dándole la espalda como si fuera una desconocida. El silencio en la habitación se volvió pesado, cargado de una hostilidad que Lissandro no lograba descifrar.
—¿Pasa algo? —preguntó él, confundido por el cambio repentino en la temperatura de la habitación. Dio un paso hacia ella, intentando buscar su mirada.
—Nada —soltó Miranda, con una voz tan afilada que cortó el aire—. Solo quiero llegar a casa y darme una ducha.
Su tono no admitía réplicas. Era la "Presidenta Saavedra" de nuevo, la mujer que no necesitaba a nadie y que no permitía que el afecto nublara su juicio. Tomó su bolso de diseño con un gesto brusco una vez que estuvo lista y salió de la oficina a zancadas, dejando atrás a un Lissandro desconcertado.
Él se quedó un instante allí, solo en medio de la oficina que aún guardaba el calor de sus cuerpos, preguntándose en qué momento exacto el puente que habían tendido se había roto. Sin perder más tiempo, tomó su saco y fue tras ella, sintiendo que recuperar la confianza de Miranda sería una batalla mucho más difícil que arruinar a Andrés Lara.
El trayecto en el ascensor fue un suplicio de silencio metálico. Miranda miraba los números descender, sintiendo la presencia de Lissandro a su lado como una carga. Al llegar al estacionamiento, el equipo de seguridad ya tenía los motores encendidos.
—Miranda, espera —intentó Lissandro antes de que ella subiera al auto—. Si es por lo que dije sobre descansar...
—No es por nada, Lissandro —lo cortó ella, entrando en el vehículo blindado sin mirarlo—. Solo muévete. Tenemos una hija que proteger y un imperio que destruir. No perdamos el tiempo en sentimentalismos que no vienen al caso.
Lissandro cerró la puerta tras él, entendiendo que esa noche, a pesar de dormir bajo el mismo techo, estarían a kilómetros de distancia.