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BAJO LA MISMA ORDEN

BAJO LA MISMA ORDEN

Status: En proceso
Genre:Romance / Malentendidos
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Leidy Ocampo

Después de años de separaciones, heridas y secretos, Natalie Cardona, una valiente capitana de élite, y Dereck Stein, un estratega marcado por la guerra, se reencuentran entre el deber y el amor que nunca pudieron apagar, descubren que incluso las almas rotas pueden volver a latir...

NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Bajo la lluvia

La puerta del edificio retumbó al cerrarse detrás de nosotros. Afuera, el cielo se había desplomado en una tormenta densa, con relámpagos que iluminaban el asfalto mojado. Tamy se aferró a mi brazo riendo, el cabello pegado a la frente, su perfume mezclado con el olor metálico de la lluvia.

-Parece que el clima decidió acompañarnos -murmuró, y se estiró sobre la punta de los pies para besarme. No me moví. De hecho, ni siquiera la correspondí del todo. Era más un reflejo, una rutina vacía.

-Nos vemos mañana, coronel -susurró contra mis labios antes de irse corriendo hacia su coche, con esa sonrisa juguetona que me recordaba lo fácil que era mentirme a mí mismo.

Me quedé ahí, solo, ajustándome la chaqueta mientras el agua empapaba mis hombros. Fui directo hacia mi auto cuando la vi.

Natalie.

Salía de la central, con paso firme, el rostro enmarcado por mechones de cabello suelto que la lluvia había desordenado. La chaqueta negra le quedaba ceñida, el pantalón oscuro y las botas llenas de barro. Sostenía el teléfono contra la oreja, caminando sin prisa, ajena a las miradas que inevitablemente atraía.

-Emma, te dije que me esperaras -la escuché decir, su tono firme, molesto.

Di un paso instintivo hacia ella, sin pensarlo. No sabía si era la costumbre o la necesidad absurda de no verla caminar sola bajo la tormenta.

-Cardona -la llamé.

Ella levantó la vista y me observó por unos segundos, con ese gesto contenido que ya conocía: ni hostilidad abierta ni amabilidad. Solo una distancia cuidadosamente construida.

-Coronel -respondió, devolviéndome el trato formal.

-Puedo llevarte -dije simplemente.

-No es necesario. -Intentó seguir su camino.

-No te estoy preguntando si es necesario. -Me crucé de brazos. La lluvia caía más fuerte y sus hombros estaban empapados.

-Tampoco te pedí que te preocuparas -replicó, con ese filo que solía usar para cerrarme el paso.

Sonreí con ironía. -No me preocupo. Solo intento evitar que llegues a tu hotel hecha un desastre.

-Mi hotel no te incumbe.

-Por suerte, está en la misma zona donde estaré -respondí con calma, mirando de reojo cómo apretaba los labios, fastidiada.

-No necesito que me sigas, Dereck.

-No te estoy siguiendo. Te estoy ofreciendo un transporte. Acepta o vas a terminar con fiebre mañana, y no pienso dejar que faltes al informe de las 08:00.

-Sigues igual de mandón.

-Y tú igual de terca. -Di un paso más, acortando la distancia entre nosotros. Pude sentir su respiración mezclada con el aire húmedo, el perfume tenue de su piel bajo la lluvia.

Ella alzó la mirada y por un segundo todo el ruido del mundo desapareció. La tormenta, las luces, el resto... se desvanecieron. Solo quedaban sus ojos, duros, oscuros, llenos de algo que no quería reconocer: el mismo fuego que me había quemado años atrás.

-No todo se trata de órdenes, Stein -susurró finalmente.

-En nuestro caso, siempre lo fue -respondí.

Ella sostuvo mi mirada unos segundos más antes de apartarse. Caminó hacia la salida del parqueadero, sin aceptar ni rechazar del todo mi ofrecimiento.

-Haz lo que quieras, pero no vuelvas a seguirme -dijo, dándome la espalda.

-Si te dejo sola bajo esta tormenta, sería irresponsable -contesté, siguiéndola sin importarme su advertencia.

Se giró de golpe, el agua escurriendo por su rostro.

-Y si te dejo seguir creyendo que todavía puedes decidir por mí, sería un error.

Esa frase me atravesó más de lo que quise admitir.

Nos quedamos ahí, mirándonos, con la lluvia cayendo entre ambos como una frontera.

No sé quién cedió primero, pero terminé abriendo el paraguas sobre los dos. Ella lo aceptó, sin palabras. Caminamos juntos hacia el auto, en silencio, cada uno fingiendo que no le temblaban las manos.

La tensión era tan densa que podía olerse.

Ella entró primero, sin mirarme. Yo rodeé el coche, tomé el volante y encendí el motor.

El parabrisas se llenó de gotas, y mientras el limpiaparabrisas marcaba el compás del silencio, su voz rompió el aire:

-Gracias por el aventón, coronel.

-No hay de qué, capitana -respondí sin apartar la vista del camino.

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