Ella era la única testigo. Él, la sentencia de muerte que terminó convirtiéndose en su dueño.
Elena Thomas vivía entre archivos y sombras, convencida de que su invisibilidad era su mayor escudo. Pero una noche, en un callejón donde el aire sabía a hierro y pólvora, vio lo que nadie debía ver: a Viktor Volkov, el heredero más despiadado de la Bratva, ejecutando a sangre fría.
Ella esperaba una bala. En su lugar, recibió unas manos de acero que la arrancaron del suelo y una voz que le prometió un infierno personal. "No te mataré, pequeña", le susurró él al oído, mientras el calor de su cuerpo la envolvía como una trampa de seda. "Pero a partir de hoy, tu nombre, tu cuerpo y hasta tu último suspiro me pertenecen".
Ahora, Elena es la prisionera de oro en una fortaleza de cristal. Viktor es un monstruo que no sabe amar, solo poseer; un hombre que la mira con una mezcla de odio y un deseo que amenaza con quemarlos a ambos.
NovelToon tiene autorización de Delenis Valdés Cabrera para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capítulo 20
El beso fue interrumpido no por la voluntad de Elena, sino por un sonido rítmico que rebotaba en las paredes de la gruta: el eco de un motor fuera de borda. Viktor se tensó al instante, su instinto de depredador sobreponiéndose al deseo. Con un movimiento rápido y posesivo, empujó a Elena detrás de él, cubriéndola con su cuerpo mientras alcanzaba su arma, que descansaba sobre la arena seca.
— Quédate atrás —gruñó, su voz recuperando esa vibración metálica de mando.
Una luz potente barrió la entrada de la cueva, cortando la neblina marina. Una lancha negra, elegante y silenciosa como un tiburón, se deslizó hacia la orilla interna. Viktor apuntó directamente a la figura que estaba al mando.
— ¡Un paso más y juro que será el último! —rugió Viktor.
La figura apagó el motor. Era una mujer. Vestía un traje de neopreno negro y llevaba el cabello rubio ceniza recogido en una trenza impecable. Al bajar a la arena, se quitó las gafas de visión nocturna. A pesar del paso de los años, sus rasgos eran una versión más fina y gélida de los de Viktor.
Viktor bajó el arma lentamente, su mano temblando por primera vez en su vida.
— ¿Madre? —susurró, su voz cargada de una vulnerabilidad que Elena nunca le había visto.
Sofia Volkov caminó hacia ellos con una elegancia que ni siquiera la humedad de la cueva podía arruinar. No miró a su hijo con calidez maternal, sino con la evaluación crítica de una reina inspeccionando a su heredero. Luego, sus ojos se desviaron hacia Elena, que permanecía semidesnuda bajo la chaqueta de Viktor.
— Veo que has heredado el gusto de tu padre por las mujeres pequeñas y complicadas —dijo Sofia, su voz era como el choque de copas de cristal—. Pero no tenemos tiempo para reuniones familiares. Sergei está a diez minutos de aquí, y esta vez no viene a "moldearte", Viktor. Viene a terminar el trabajo que empezó en la biblioteca.
Viktor dio un paso al frente, su pecho desnudo subiendo y bajando con fuerza.
— Nos dijeron que moriste en el hospital. Mi padre me llevó a tu tumba...
— Tu padre era un hombre útil, pero débil de carácter. Sergei lo convenció de que mi muerte era necesaria para que él pudiera controlar la red de inteligencia de los Volkov sin interferencias —Sofia se acercó a Elena y la miró a los ojos con una frialdad aterradora—. Y tú, pequeña archivista... tienes el diario de tu padre, ¿verdad? El diario que explica cómo Sergei desvió la fortuna de la familia para financiar su propio ejército de mercenarios.
Viktor rodeó la cintura de Elena con un brazo, pegándola a su costado en un gesto de protección absoluta que no pasó desapercibido para Sofia.
— Ella no tiene nada que ver con esto —siseó Viktor—. La traje porque me vio en el callejón.
— No mientas, Viktor. La trajiste porque sabías que era la única pieza que te faltaba para descubrir toda la verdad —Sofia sonrió de forma gélida—. Súban a la lancha. Si quieren sobrevivir a esta noche, tendrán que confiar en la mujer que los abandonó para que pudieran endurecerse.
Elena sintió la tensión en los músculos de Viktor. Él estaba atrapado entre la mujer que le dio la vida y la mujer que se había convertido en su vida.
— No confío en ella —susurró Elena al oído de Viktor.
— Yo tampoco —respondió él, apretándola más—. Pero es la única que tiene una salida. Sube. Si intenta algo, yo mismo la enviaré de vuelta a la tumba.
(...)
La lancha cortaba las olas con una precisión quirúrgica, alejándose de los acantilados mientras el amanecer empezaba a teñir el horizonte de un rojo sangriento. Dentro de la cabina, la tensión era tan espesa que dificultaba la respiración. Viktor, aún con el torso desnudo y la chaqueta de cuero cubriendo a Elena, no le quitaba los ojos de encima a su madre. Su mano nunca se alejaba demasiado de su arma.
Sofia Volkov manejaba el timón con una calma que ponía los pelos de punta.
— ¿Por qué ahora, madre? —preguntó Viktor, su voz ronca por el frío y la desconfianza—. ¿Por qué aparecer después de todos estos años?
— Porque Sergei ha cometido un error —respondió ella sin mirarlo—. Se volvió codicioso. Ya no le basta con el dinero de los Volkov; quiere el control total de las rutas del Adriático. Y para eso, necesitaba que el contable de tu padre siguiera vivo.
Elena se enderezó de golpe, sintiendo que el corazón le daba un vuelco.
— ¿El contable? Hablas de mi padre... Él murió en la biblioteca. Yo vi las fotos, vi el informe forense...
Sofia soltó una risa seca y gélida.
— En este mundo, Elena, los informes forenses son solo literatura de ficción para los que pagan bien. Sergei necesitaba a un genio de los números para ocultar el rastro de sus robos a la familia. El incendio fue la distracción perfecta para "matar" a Thomas y llevarlo a la Prisión de Cristal, una instalación subterránea bajo el antiguo puerto de carga.
Elena sintió que el mundo giraba. Su padre... ¿vivo? ¿Esclavo de la misma familia que la había secuestrado? Se giró hacia Viktor, buscando algún rastro de humanidad en sus ojos de acero.
— Tú lo sospechabas —acusó Elena, su voz temblorosa por la rabia—. Por eso buscabas los archivos con tanta desesperación. No eran solo papeles, eran la prueba de que él seguía siendo útil.
Viktor la tomó por los hombros, obligándola a mirarlo. Su posesividad ahora estaba mezclada con una urgencia brutal.
— ¡No lo sabía con certeza! —gruñó él—. Sospechaba que Sergei ocultaba algo, pero nunca imaginé que llegaría tan lejos. Elena, escúchame... si él está vivo, lo sacaremos. Pero ahora eres un objetivo doble. Sergei sabe que si te tiene a ti, tiene la palanca definitiva para que tu padre nunca deje de trabajar.
Viktor la apretó contra su pecho, envolviéndola en un abrazo que era tanto un consuelo como una cadena.
— Ahora más que nunca, no te separas de mí. Si intentas ir tras él por tu cuenta, Sergei te usará para quebrarlo.
— ¡Es mi padre, Viktor! —gritó ella, golpeando su pecho—. ¡Tu familia lo tiene en una jaula!
— Mi familia —corrigió Viktor, inclinándose sobre ella con una mirada de fuego— acaba donde empiezas tú. Sergei ya no es nada para mí. Pero tú... tú eres mía. Y juro por la sangre que corre por mis venas que si tu padre está en esa prisión, lo sacaré solo para que dejes de mirarme como si yo fuera el que sostiene los barrotes.
Sofia observaba la escena por el retrovisor de la cabina, una sonrisa enigmática curvando sus labios.
— Qué conmovedor. Pero prepárense. Estamos llegando al puerto. Sergei tiene a tres docenas de hombres allí. Viktor, espero que tus heridas no te impidan disparar, porque hoy vamos a quemar el legado de los Volkov hasta los cimientos.