Tradición, armas y sangre: la mafia tiene reglas claras, y la primera es que ninguna mujer gobierna. Valeria Rossi vino a destruirlas todas. Acostumbrada a dominar el mundo empresarial, su vida da un vuelco cuando cae en las garras de Dante Volkov, un líder despiadado que no perdona ni comparte lo que es suyo. Entre noches de placer salvaje que le hacen olvidar a su novio y una posesión rabiosa que la quema por dentro, Valeria y Dante transformarán la atracción en una guerra de poder. Porque ella no se rinde ante nadie... y si Dante la quiere a su lado, tendrá que aprender a gobernar con una reina por delante.
NovelToon tiene autorización de Yamila22 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 12: Fuego cruzado en la mesa y sombras en la oscuridad
El comedor privado del club náutico olía a mariscos frescos, vino blanco helado y a una tensión tan espesa que se podía cortar con el cuchillo del pescado. La luz del mediodía se filtraba por los ventanales de cristal, reflejándose en las copas de agua y en la pulcritud de los manteles de hilo.
En la cabecera de la gran mesa de nogal se ubicaba Carlos Rossi, sonriente por la firma del acuerdo logístico. Sin embargo, el verdadero eje de gravedad de la sala estaba unos metros más allá, en el cruce de miradas que quemaba el aire entre Dante Volkov y Valeria.
Dante estaba sentado de frente a ella. Llevaba el saco desabrochado, la camisa negra abierta en el cuello y esa postura masiva, dominante y despreocupada que lo hacía destacar por encima de cualquier hombre en el lugar. No disimulaba. Sus ojos de hielo se clavaban en los labios de Valeria con un hambre explícita, recordando cada centímetro que había devorado horas atrás. Valeria, vestida con su impecable traje azul noche, le sostenía la vista a ratos, sintiendo que la piel del cuello le ardía bajo la tela de la blusa.
Al lado de Valeria, Gianna se retorcía en la silla. Notaba la electricidad violenta que circulaba entre los dos y la rabia le carcomía las entrañas. Se reacomodaba el escote, se tocaba el pelo rubio y buscaba desesperadamente la atención del ruso, pero Dante la trataba con la misma relevancia que a una servilleta usada.
Cuando los mozos terminaron de servir la entrada, Elena Rossi apoyó los cubiertos sobre el plato con un golpe seco que llamó la atención de todos.
—Carlos, perdón que interrumpa el festejo corporativo —empezó Elena con voz firme, clavando una mirada cargada de veneno en Dante—, pero creo que hay temas de caballerosidad que no se pueden pasar por alto bajo el techo de esta familia. Menos aún con un socio recién llegado.
Carlos frunció el ceño, dejando la copa a mitad de camino.
—¿De qué estás hablando, Elena? Estamos en una comida de celebración.
—Hablo de la agresión que sufrió mi sobrina —retrucó Elena, tomando a Gianna de la mano mientras la joven bajaba la mirada fingiendo un dolor profundo—. Gianna fue agredida verbalmente y amenazada en el vestíbulo del ascensor de Rossi Corp por el Señor Volkov. Un comportamiento inaceptable para alguien que pretende hacer negocios en esta casa. Exijo una explicación.
El silencio que cayó sobre la mesa fue aplastante. Alexis se echó hacia atrás en su silla mirándolo a Dante con curiosidad; Carlos miró al ruso con incomodidad, y Valeria apretó la servilleta en su regazo, intuyendo la carnicería que se avecinaba.
Dante ni se inmutó. Levantó su copa de vino, le dio un sorbo pausado y dejó el cristal sobre la mesa sin perder un solo gramo de su compostura helada.
—¿Explicaciones? —retumbó la voz rasposa y profunda de Dante, con una frialdad que heló la sangre de los presentes—. Señora Rossi, si su sobrina quiere jugar a la víctima frente a su familia, es su problema. Pero yo no vine a este país a perder el tiempo con chiquilinas caprichosas.
Gianna levantó la cabeza, pálida.
—Señor Volkov, usted no tiene derecho a...
—Cerrá la boca —la cortó Dante de golpe, con un tono tan oscuro y tajante que a la rubia se le ahogó la frase en la garganta. Dante se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre la mesa, clavando sus ojos congelados en Gianna—. Sos una víbora arrastrada que no sabe entender un «no» por respuesta. Te me tiraste encima en el pasillo, intentaste meterte en mi espacio y te ubiqué donde corresponde.
Toda la familia quedó petrificada. La crudeza de las palabras del ruso cortaba como un bisturí.
—¿Acaso miento, Gianna? —la encaró Dante directo, elevando levemente el tono para que retumbara en las paredes del comedor—. ¿No te dije bien claro en el ascensor que te alejaras de mí y que no me molestaras más?
Gianna se quedó en un silencio sepulcral, temblando de vergüenza, con las mejillas ardiendo en rojo vivo y los ojos llenos de lágrimas contenidas. Nadie en la mesa dijo una sola palabra. La humillación pública era completa y destructiva.
En ese preciso instante, la puerta doble del comedor privado se abrió.
—Buenas tardes a todos. Perdón por la demora, el tráfico en la avenida era un caos —anunció Martín, entrando con su soltura habitual, vistiendo un traje gris impecable y una sonrisa amable.
Caminó directamente hacia la silla de Valeria. Le acomodó la melena con delicadeza, se inclinó y la abrazó por la cintura con posesión natural, dándole un beso cariñoso en la sien antes de saludar a Carlos y a Elena.
A dos metros de distancia, Dante se transformó.
Los ojos claros del capo ruso se inyectaron en una furia negra, salvaje y primitiva. Ver la mano de Martín rodeando la cintura de Valeria, tocando lo que él consideraba estrictamente suyo, le desató un demonio interno. La mandíbula se le trabó con tanta fuerza que los músculos del cuello se le marcaron como cuerdas de acero, y la mano derecha de Dante bajó instintivamente hacia la parte posterior de su cintura, buscando la culata de acero de la pistola que llevaba oculta bajo el saco.
Si por él fuera, en ese mismo segundo le metía un tiro en el medio de la cabeza al imbécil de la corbata frente a toda su familia.
Por debajo del mantel, la reacción de sus hombres fue instantánea y coordinada. La mano dura de Damián Meddis se estampó contra la rodilla de Dante con un apretón de advertencia brutal, mientras Nicolás Vane se inclinaba ligeramente hacia su jefe, pisándole el zapato con fuerza bajo la mesa.
—Tranquilo, oso —le susurró Nicolás por bajo, con una voz helada que solo Dante pudo escuchar—. Controlate o arruinás el operativo entero acá mismo. No vale la pena matar a este perejil en un almuerzo de negocios.
Dante soltó una respiración pesada, caliente, soltando el agarre del arma sin quitarle la mirada de muerte a Martín, que conversaba animadamente con Carlos sin tener la más remota idea de lo cerca que había estado de terminar en el piso con un agujero entre los ojos.
Valeria, que había sentido la marejada de peligro emanando del ruso, necesitó aire desesperadamente. Se puso de pie con elegancia, disculpándose ante la mesa para ir al baño.
Salió del comedor y caminó a paso rápido por un corredor lateral decorado con madera oscura y cuadros náuticos, buscando la penumbra de un pasillo secundario que llevaba a los sanitarios VIP. Apoyó la mano en la pared de yeso y respiró hondo, intentando frenar el taquillado de su corazón.
No alcanzó a dar tres pasos más.
Una sombra masiva se proyectó sobre ella. Una mano gigante le atrapó la muñeca con la fuerza de un grillete y la arrastró sin contemplación hacia un nicho a oscuras, oculto tras una cortina pesada de terciopelo.
Antes de que Valeria pudiera gritar, Dante la estampó de espaldas contra la pared de piedra. El impacto seco le sacó el aire, pero el cuerpo masivo del ruso ya estaba pegado al suyo, sepultándola bajo su calor, su peso y su aroma sofocante a tabaco caro y cuero.
—Dante... —alcanzó a jadear ella.
No hubo margen de discusión. Dante bajó la cabeza y le devoró la boca en un beso salvaje, voraz y dominador.
Fue un ataque bruto, desesperado, lleno de la rabia y los celos que lo habían estado carcomiendo en la mesa. La lengua de Dante se introdujo de golpe, caliente y húmeda, reclamando cada rincón de su boca con una posesión salvaje. Le mordió el labio inferior con la fuerza justa para hacerla gemir, y cuando Valeria abrió la boca buscando aire, él profundizó el contacto hasta ahogarla en su propia pasión.
Valeria intentó empujarlo, pero sus manos terminaron aferrándose al cuello de la camisa negra de Dante, hundiéndose en sus hombros rígidos. Su cuerpo traidor respondió al instante. Un choque eléctrico le bajó directo al vientre, encendiéndola por completo.
La mano libre de Dante no se quedó quieta. Subió con descaro por debajo del saco de Valeria, metiéndose por la seda de la blusa, apretándole la cintura con firmeza para pegar sus caderas a la suya, haciéndole sentir la erección dura y violenta que amenazaba con romper la tela de su pantalón. Bajó luego hasta el muslo, subiéndole la falda del traje sin pedir permiso, metiendo los dedos fríos y grandes por la cara interna de sus piernas.
El roce de los dedos de Dante contra la tela fina de su ropa interior fue destructivo. El beso era tan violento, tan húmedo y perfecto, y la caricia de sus dedos entre sus piernas era tan experta y posesiva, que a Valeria se le aflojaron las rodillas. Sintió una marea de calor líquido invadirla por completo; la humedad la empapó al instante, y la sensación de placer fue tan abrumadora que sintió literalmente cómo la bombacha se le caía del cuerpo ante la intensidad del toque.
—Ah... Dante... —gimió ella contra sus labios, perdiendo el control de la cabeza.
Dante se despegó de su boca un milímetro, bajando a besarle el cuello con voracidad, mordiéndole la piel sensible justo encima de la clavícula, dejándole una marca roja bajo la seda.
—Mirame —le ordenó él con un gruñido ronco, ahogado contra su piel, mientras sus dedos le acariciaban el centro encendido por encima de la tela húmeda—. Mirame, Valeria. Es a mí a quien tu cuerpo le pide a gritos que la rompa entera. No a ese idiota que te abraza la cintura en la mesa.
—Sos un... un demonio —alcanzó a decir ella con la respiración entrecortada, con la espalda pegada a la piedra.
—Le vas a decir a ese imbécil que se vaya a la mierda —le advirtió Dante al oído, apretándole la cadera con una firmeza que le sacó un brinco—. Te vas a alejar de él hoy mismo antes de que pierda la paciencia y lo saque de tu vida a mi manera. Sos mía, Valeria. Y no voy a permitir que nadie más te ponga las manos encima.
Dante le dio un último beso profundo, sucio y caliente, succionándole la lengua hasta dejarla sin aliento. Se separó de golpe, se acomodó el saco con una frialdad matemática, le dedicó una última mirada cargada de oscuridad y salió de la penumbra, regresando al comedor como si nada hubiera pasado.
Valeria se quedó apoyada contra la pared, temblando de pies a cabeza, con las piernas hechas de trapo y la respiración completamente desbocada. Se pasó los dedos por los labios hinchados, sintiendo el ardor de la piel y la humedad que la delataba por completo bajo la ropa.
Se acomodó la falda con manos temblorosas, apoyando la cabeza contra la piedra fría para recuperar el aire.
Pero mientras el temblor de su cuerpo se iba apagando, una chispa diferente se le encendió en los ojos. La rabia, el deseo y la adrenalina se fusionaron en su sangre. Dante Volkov creía que podía manejarla como a una presa acorralada, creía que con un par de besos salvajes y sus amenazas de mafioso la iba a tener arrodillada pidiendo piedad.
“Te equivocaste de mujer, ruso de mierda”, pensó Valeria, apretando los puños mientras se miraba en el espejo del pasillo para arreglarse el labial.
Si Dante quería jugar a la guerra, ella no iba a ser la víctima que lloraba en un rincón. Le iba a aceptar el desafío. Le iba a jugar de igual a igual, con sus mismas armas, hasta hacerlo arder en su propio infierno.