Cuando era pequeña, soñaba celebrando llena de emoción, con una alegría que no sé cómo explicar; solo recuerdo que mi pecho se llenaba de una sensación abrumadora al levantar en mis manos una gran copa.
Sin embargo, jamás imaginé que, para plasmar esa fantasía, tendría que sacar una fuerza que ni siquiera sabía que tenía: una especie de coraje como el de una leona que protege a su familia con uñas y dientes, o la fortaleza de una madre en pleno alumbramiento.
Pero, en fin, esta es mi historia, que espero les sirva de inspiración para perseguir de manera incansable todos sus sueños, aunque el mundo se oponga y diga que no puedes lograrlo.
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Capítulo 4
ISMARA
Mientras todo esto ocurría en las cuatro paredes de la habitación del hospital, no sé si en algún momento estuve cerca de la muerte o si simplemente fue un hermoso sueño, tan real que al recordarlo me sigue doliendo el alma...
Me encontraba en un lugar completamente pacífico. Una brisa cálida movía mi cabello de manera juguetona cuando, a la distancia, escuché una voz que conocía demasiado bien y que creí no volver a oír jamás:
—Hola, mi princesa chiquita...
—¡Mamá! ¡Mamá! —exclamé mientras mis ojos se llenaban de lágrimas de emoción.
La vi radiante, hermosa y sana. Corrí a sus brazos para refugiarme en su pecho, exactamente igual a como lo hacía cuando era una niña pequeña.
—Mira nada más qué preciosa estás, cariño... Cuánto has crecido. Ya eres toda una señorita —dijo acariciándome la cabeza.
—¡Mamita! —sollocé apretándola fuerte.
—Hija, no tenemos mucho tiempo, pero quiero presentarte a alguien que siempre ha estado a tu lado, aunque no pudiste conocerlo personalmente.
—¿A quién te refieres, mamá? —pregunté levantando la cabeza. Ella sonrió con dulzura y limpió mis lágrimas.
—Hola, mi tesoro más grande... —intervino una voz varonil a sus espaldas.
Al verlo, me quedé sin aliento. El parecido con el abuelo era impresionante.
—¡Papá!
—Sí, mi ángel. Soy yo...
—¿Estoy muerta? —pregunté con la voz temblorosa—. ¿Estoy en el cielo?
—No, mi princesa. Nos dieron la oportunidad de estar juntos solo un momento...
—¡Pero no me dejen otra vez! —supliqué rompiendo en llanto—. ¡Por favor, yo me quiero quedar con ustedes!
—Escúchanos, mi amor. Tienes que ser muy fuerte. Aún no es tu tiempo y tienes una vida entera por delante que disfrutar —intervino mi madre con tono firme pero amoroso.
—¡No, no, no! Yo solo quiero estar con ustedes... Los extraño tanto —lloré desconsolada, aferrándome a sus ropas.
—Isa, mírame —pidió mi padre tomándome suavemente del rostro—. Nosotros nunca nos hemos separado de tu lado. Aunque no nos puedas ver o tocar, siempre vamos a estar junto a ti: en la suave brisa que acaricia tus mejillas o en los rayos de sol que te calientan por las mañanas. Pero tu abuelo te necesita mucho. Tienes que ser valiente y empezar a defenderte de quienes quieran hacerte daño. Te enviaremos a las personas adecuadas para que te ayuden en el camino. Jamás tengas miedo, porque te amamos.
—¿Por qué no me puedo ir con ustedes?
—Porque tienes que cumplir tu misión, hija —respondió mi madre mirándome con orgullo—. La envidia en este mundo es muy grande; muchas veces se disfraza de rechazo para intentar lastimar a los inocentes. Pero tú, por ser quién eres, vas a lograr abrir puertas que ni te imaginas gracias a tu talento y a tu gran valía.
—No entiendo a qué te refieres, papá...
—Ya lo verás. Jamás abandones tus sueños. Lucha con fuerza, porque el camino no va a ser fácil, pero tienes todo lo necesario para abrirte paso y salir adelante.
—¡Por favor, llévenme con ustedes! —imploré en un último grito de desesperación.
—Te amamos, hijita. Nunca lo olvides. Estaremos contigo como el aire que respiras... Recuérdalo siempre, sobre todo cuando sientas que las cosas no tienen solución.
En ese instante, sus figuras comenzaron a convertirse en una ráfaga de luz dorada hasta desvanecerse en la penumbra.
—¡Mamá! ¡Papá! ¡No me dejen, por favor! —grité consumida en la tristeza y el llanto, hasta que, de repente, sentí la calidez de unas manos reales acariciándome la cabeza...
ISMAEL
Subí al auto lleno de rabia contenida y una amarga culpa quemándome el pecho. Una opresión asfixiante me dominaba con la sola idea de que mi nieta no despertara, o que sufriera daños cerebrales permanentes por lo ocurrido en ese maldito laboratorio. Esa chiquilla se me había ido metiendo en el corazón sin darme cuenta, como un rayo de luz colándose por la ventana.
Empecé a conducir de forma automática, sin rumbo fijo, hasta que me di cuenta de que la carretera me había llevado directo al cementerio donde descansaban los restos de mi amada esposa, junto a mi hijo Santiago y su mujer...
Caminé en silencio entre las lápidas mientras la brisa fría golpeaba mi rostro. Me detuve frente a sus tumbas, contemplando los nombres grabados en el mármol. Mi cabeza no dejaba de dar vueltas. No me tragaba la absurda historia que me había contado el director Rivas, y mucho menos creía que Ismara estuviera involucrada en semejante negligencia. Analicé la situación con cabeza fría, paso a paso, pero nada encajaba.
Sin perder tiempo, saqué el teléfono y marqué a uno de mis abogados de mayor confianza. Timbró un par de veces antes de que contestaran.
—Señor Ismael, qué gusto escucharlo —dijo la voz al otro lado.
—Hola, Ray. Necesito tu ayuda urgente. Quiero que averigües exactamente qué sucedió hoy en el colegio donde estudia Ismara. Tengo una corazonada pesada y sospecho que hay mucho más detrás de todo esto. Necesito al mejor investigador privado para que me diga la verdad, y lo preciso rápido antes de que intenten borrar la evidencia.
—Claro que sí, don Ismael. Dígame qué está cruzando por su mente, no omita ningún detalle.
—Según el director, todo se trató de una 'travesura' de mi nieta. Pero ella siempre ha sido una estudiante ejemplar y sumamente cuidadosa.
—Por lo que me dice, la cosa suena seria...
—Lo es. Cuando llegué al hospital noté actitudes muy extrañas: el director le restó importancia a lo ocurrido aun viendo que la niña estaba inconsciente y con heridas graves. Por otro lado, el profesor de química estaba temblando de los nervios, pero cuando le pedí explicaciones se quedó callado. Aquí hay gato encerrado, Ray, estoy seguro.
—Entiendo... Conociendo el entorno de esos colegios élite, mi intuición me indica que podríamos estar ante un caso de bullying o acoso severo. Lamentablemente, es algo que se oculta bajo la alfombra entre la juventud adinerada. Haré lo siguiente: solicitaré una orden en la fiscalía para incautar las grabaciones de seguridad de la institución. Envíame una fotografía de la niña y su nombre completo. Tengo un contacto informático experto que se encargará de recuperar cualquier video o archivo que hayan intentado borrar.
—Perfecto, Ray. Confío en ti.
Colgué la llamada y me quedé un rato más en el cementerio, quitando las flores secas y limpiando la superficie de los sepulcros. Las palabras de Ray resonaban en mi cabeza como un disco rayado.
De pronto, el cielo se oscureció y una lluvia torrencial comenzó a caer sobre el camposanto. Corrí hacia el auto, estacionado a unos cientos de metros, y entré completamente empapado. Encendí la calefacción, me quité la camisa mojada que escurría agua y me froté las manos para intentar entrar en calor.
Mientras observaba las gotas golpear con fuerza contra el parabrisas, me vino a la memoria un recuerdo de mi juventud. Isabella y yo éramos novios en aquel entonces. Recuerdo la imagen nítida de su rostro mientras me preguntaba con una sonrisa llena de dulzura qué haría yo con mi vida si ella llegaba a morir primero...
En aquel momento me enfadé muchísimo con su pregunta. Le respondí con brusquedad que la extrañaría eternamente y que no pensara en tonterías. Pero ella solo acarició mi mejilla, me miró fijamente a los ojos y dijo con voz apacible:
"No digas eso, cariño. Cuando uno ama de verdad a alguien, quiere verlo feliz siempre... Sé cuánto me amas y que jamás me engañarías estando viva. Pero si algún día te llego a faltar, quiero que me jures por lo más sagrado que no te vas a quedar a vestir santos. Quiero que rehagas tu vida con una buena mujer, que disfrutes de cada logro y que valores cada minuto como si fuera el último... Porque desde el cielo, yo seré feliz viéndote dichoso".
"No digas eso ni en broma, Isabella. Tú eres el único amor de mi vida, ¿cómo crees que te reemplazaría?"
"Eso no es traición, Isma. Eso es amor verdadero", respondió riendo con suavidad.
Recordar aquellas palabras en medio de la tormenta me sacudió el alma. Isabella me había enseñado el valor de proteger lo que se ama y de no rendirse jamás ante el dolor. Miré hacia el horizonte lluvioso con la mandíbula apretada.
No iba a permitir que nadie destruyera la vida de Ismara. Si el director o niñitas mimadas de sociedad creían que podían aplastar a mi nieta sin que existan consecuencias, estaban a punto de descubrir de qué está hecho Ismael Santiago Bodra.