«Tocar al emperador significa la muerte. Negarse a su placer... significa arder.» Regla I: Nunca sostengas la mirada del soberano. Regla II: Nunca toques su piel, a menos que él te lo ordene. Regla III: Oculta tus visiones; si él descubre lo que ves, jamás te dejará escapar. Lian creció jurando que jamás se arrodillaría ante Li Yan, el recién coronado soberano conocido como el «Tirano de Sangre». Su madre le advirtió que un gobernante oscuro estaba atado a su alma y que su destino era salvarlo, pero Lian solo sentía desprecio por el hombre que ahogaba la corte en ejecuciones. Hasta que es capturada y obligada a arrodillarse ante su trono. Frente a la espada desenvainada de Li Yan, Lian no suplica clemencia: le clava la mirada con furia pura. En ese instante, los ojos despiadados del emperador se quiebran por primera vez en su vida. Fascinado por la insolencia de una simple artesana, Li Yan decide perdonarle la vida y confinarla a sus aposentos privados. Encerrada en la jaula de oro del palacio, el secreto se desata: Lian ve el futuro a través de sueños premonitorios y del contacto piel con piel. Y su tacto es la única droga capaz de calmar el insomnio y la locura de sangre que consumen a Li Yan por las noches. Cuando una afrenta rebelde colma la paciencia del monarca, el castigo nocturno rompe toda distancia. Entre sábanas de seda imperial, el odio mutuo se convierte en un fuego devorador donde cada caricia desata visiones letales de conspiración, traición y sangre. Ella juró no doblegarse. Él juró no tener piedad. Pero en las sombras de la recámara imperial, el placer del tirano se convertirá en la perdición de ambos.
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Capítulo 17
El amanecer no trajo luz, sino una niebla gris y pesada que cubrió los tejados del palacio como un sudario.
Desde el mirador de la alcoba imperial, el estruendo de los tambores de guerra retumbaba en el suelo de piedra. Los cascos de miles de caballos blindados repiqueteaban en la plaza de armas exterior; las órdenes de los oficiales cortaban el aire matutino y las antorchas ardían con un crepitar seco entre la bruma.
Li Yan terminó de ceñirse la capa negra sobre la coraza de combate. La pesada espada de dragón colgaba de su cintura, y sobre su pecho, las placas de hierro negro y oro reflejaban los destellos de las velas restantes. Parecía un dios de la muerte bajado a la tierra, implacable, ajeno a cualquier rastro de duda.
Pero sus ojos seguían clavados en mí.
Yo estaba de pie junto a la mesa baja, con los brazos cruzados y una capa de lana cubriéndome los hombros. Por dentro, el pecho me ardía. Cada vez que parpadeaba, volvía a ver la imagen del mirador bajo la lluvia mansa: sus ojos cerrados sobre mi regazo, mis dedos peinando su cabello, esa devoción tan pura y asfixiante que me daba más miedo que diez espadas desenvainadas.
«No puedo amarlo», me repetía una y otra vez como un conjuro inútil. «Es un carnicero. La visión se equivoca.»
Li Yan dio varios pasos pesados hacia mí. El metal de sus grebas sonó contra las tablas antes de detenerse a escasos centímetros. Extendió su mano derecha, enguantada en cuero grueso, y me tomó de la barbilla, obligándome a levantar el rostro.
—No has dormido nada —dijo. Su voz era grave, áspera por la tensión previa a la batalla, pero había un tono sordo en el fondo que ya no sonaba a amenaza.
—El sonido de tus tambores no deja descansar a nadie —le respondí, intentando que mi voz sonara con el veneno de siempre, pero el hilo tembloroso en mi garganta me delató.
Li Yan entrecerró los ojos, notando la grieta en mi coraza. Se despojó del guantelete con los dientes y arrojó el cuero sobre la mesa. Cuando su piel desnuda, caliente y áspera, tocó directamente mi mandíbula, un escalofrío me bajó por la columna hasta las piernas.
No hubo visiones esta vez. Solo un calor denso que me oprimió el pecho, un lazo invisible que tiraba de mí hacia él con una fuerza que me costaba contener.
—Cien hombres de mi guardia personal vigilarán este pabellón y el de tu madre —dijo, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo que solo existía para nosotros dos—. El comandante Jin tiene órdenes estrictas: si una sola facción de la corte intenta forzar esta puerta, tiene autorización de degollar a quien sea, lleve túnica de ministro o sangre imperial.
—Sé cuidarme sola —murmuré, aunque mis dedos apretaron la tela de mi capa por pura inercia.
—No, no sabes —replicó él, y por una fracción de segundo, la comisura de sus labios se curvó en esa mueca oscura que me revolvía las entrañas—. Tienes la lengua demasiado larga y los ojos demasiado desafiantes. Cualquier rata en este palacio te cortaría el cuello solo para no ver cómo me miras.
—¿Y cómo te miro, Li Yan?
La pregunta se me escapó antes de que pudiera frenarla.
Li Yan no contestó con palabras. Sus dedos subieron por mi mejilla, acariciándome la piel con una lentitud que me cortó la respiración, y de pronto me atrajo hacia su cuerpo blindado. El impacto del hierro frío contra mi pecho me hizo jadear, pero antes de que pudiera quejarme, su boca cayó sobre la mía.
No fue el castigo voraz de la noche anterior ni la rabia ciega de la tina.
Fue un beso hondo, pesado, cargado de una posesividad desesperada que me arrancó un gemido quebrado desde el fondo de la garganta. Sus labios me reclamaron con una urgencia casi amarga, como si temiera no volver a probar mi sabor, devorando mi aliento mientras su mano libre se enredaba en mi pelo suelto, apretándome contra él hasta que sentí cada placa de su armadura marcada contra mi carne.
Mi orgullo se vino abajo. En lugar de empujarlo, mis manos subieron por su cuello desnudo, rozando la piel ardiente donde el pulso le latía desbocado, respondiendo al beso con una entrega que me llenó los ojos de lágrimas rabiosas. Odiaba necesitarlo; odiaba que su calor fuera lo único que acallara el miedo en mi pecho.
Li Yan rompió el beso despacio, respirando entrecortado sobre mis labios, con las frentes unidas. Sus ojos oscuros brillaban con una intensidad febril.
—Tres semanas —susurró contra mi boca, y su respiración me quemó la piel—. Romperé las líneas del Río Negro en tres semanas. Y cuando cruce esas murallas de regreso, Lian... quiero encontrarte esperándome en esta misma recámara.
Tragué saliva, sintiendo la punzada del dolor en el centro del pecho, exactamente igual al que había sentido en la visión del jardín.
—No mueras en ese desfiladero —le dije en voz muy baja, sin apartar los ojos de los suyos—. Si te mueres allá afuera, no tendré a quién desafiar en este palacio.
Li Yan soltó un gruñido bajo en la garganta, casi una risa ronca, y me soltó de golpe antes de que el contacto nos retuviera más tiempo.
Recogió su guantelete, dio media vuelta y caminó hacia la salida. En el umbral, con la mano sobre la pesada puerta de madera, se detuvo por última vez sin girarse del todo.
—Nadie más tocará tu piel, Lian —sentenció con una frialdad absoluta—. Y nadie más ocupará mi lugar en esa cama.
Las puertas se abrieron y Li Yan cruzó al exterior, perdiéndose entre la guardia imperial que lo escoltaba hacia la guerra.
Me quedé sola en medio del inmenso salón. Caminé hacia la ventana enrejada y apoyé las manos temblorosas contra la madera fría, viendo a lo lejos cómo el emperador montaba su corcel negro en la plaza de armas y partía al frente del ejército, abriéndose paso a través de la niebla.
El corazón me latía con un dolor sordo y constante. Por primera vez desde que había llegado al palacio, no le temía al monstruo que se marchaba.
Le temía a la verdad que ya no podía negar: el hombre de sangre y fuego no solo estaba atado a mi destino para ser salvado; estaba echando raíces tan profundas en mi pecho que, si él caía en esa batalla, una parte de mí moriría con él.