Amanda fue regalada a la familia Smirnov para saldar las deudas de su padre, Vladimir Smirnov el patriarca intenta entregarla a su hijo para por fin tener un nieto, pero no todo sale como lo esperaban: un romance apasionado y el secreto del heredero de la familia.
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Capítulo 4: El precio de un honor perdido
El silencio reinó en la sala durante unos segundos que parecieron eternos. Vladimir apoyó ambas manos sobre la empuñadura de plata de su bastón y observó a Amanda con detenimiento. Había algo en la postura de la muchacha que rompía totalmente con el patrón de las víctimas habituales de su organización. No había lágrimas en sus ojos, no había súplicas ni temblores visibles; había un orgullo indomable.
—¿Quién es ella? —preguntó Vladimir, dirigiéndose a Héctor sin apartar la vista de Amanda.
Héctor, aún en el suelo, levantó la cabeza. Miró a su hija y luego al peligroso hombre que tenía enfrente. En la mente nublada y desesperada del adicto, una idea siniestra y abyecta comenzó a germinar. La belleza de Amanda siempre había sido comentada por los vecinos, pero él nunca la había considerado más que una boca más que alimentar. Sin embargo, en ese instante, vio en ella su único billete de salida de una tumba segura.
—Es... es mi hija, Amanda —dijo Héctor, tragando saliva con dificultad—. Tiene dieciocho años reciéntemente cumplidos. Es una muchacha sana, culta, hermosa... muy educada.
Amanda sintió que se le helaba la sangre. Miró a su padre con una mezcla de horror e incredulidad.
—Papá... ¿qué estás diciendo? —musitó.
Héctor se puso de pie con rapidez, limpiándose el sudor de la frente con la manga de la camisa y acercándose a Vladimir con tono conspirativo.
—Señor Smirnov... usted sabe cómo son estas cosas. Yo no tengo dinero, no tengo nada de valor. Pero mi hija... ella vale una fortuna. Mírela. No encontrará una joven más hermosa en toda la ciudad. Se la entrego. Tómela como pago total de la deuda. Haga con ella lo que quiera.
—¡Héctor, no! —el grito destemplado de Lorena resonó desde la puerta de la habitación. La mujer salió corriendo, despeinada y pálida, e intentó abrazar a su hija, pero el escolta de Vladimir, que había ingresado sigilosamente a la casa, la tomó del brazo firmemente, manteniéndola a distancia.
Amanda se quedó paralizada. Sabía que su padre era un hombre débil y egoísta, pero nunca imaginó que la vendería como a una res en el mercado para salvar su propia piel. El dolor del golpe emocional fue profundo, pero casi de inmediato, una coraza de hielo cubrió su corazón. En ese preciso instante, dentro de su mente, el vínculo familiar con ese hombre se rompió para siempre.
Vladimir no respondió de inmediato. Un brillo calculador y curioso cruzó sus ojos grises. Se acercó a Amanda, deteniéndose a solo un paso de ella. El aroma a tabaco caro y colonia amaderada la envolvió. Con la punta de su bastón, le levantó suavemente la barbilla para examinar su rostro a la luz de la lámpara.
Amanda no apartó la vista. Sostuvo la mirada del viejo mafioso con una frialdad absoluta.
—Interesante —murmuró Vladimir en voz baja, casi para sí mismo. El anciano no pensaba en venderla a un prostíbulo o usarla para servicios menores; su mente trabajaba en un plano totalmente diferente. Recordó a su único hijo y heredero, un hombre poderoso, inflexible y terco de veintiocho años que se negaba rotundamente a sentar cabeza y darle un descendiente a la familia Smirnov—. ¿Tienes novio, muchacha?
La pregunta tomó por sorpresa a Amanda, pero no dudó en su respuesta.
—No —dijo con voz clara y firme—. No tengo tiempo para esas cosas.
—¿Has estado con algún hombre antes?
—No.
Un brillo de profunda satisfacción se encendió en los ojos del viejo ruso. Una joven de una belleza extraordinaria, intacta, inteligente y con una entereza de carácter poco común. Era exactamente la pieza que le faltaba a su rompecabezas familiar.
Vladimir retiró el bastón y se volvió hacia Héctor con una sonrisa fría que no llegaba a sus ojos.
—La deuda queda cancelada, Héctor. Totalmente saldada. Mis hombres te traerán el documento firmado mañana por la mañana.
—¡Gracias! ¡Gracias, señor Smirnov! ¡Dios lo bendiga! —exclamó Héctor, cayendo casi de nuevo de rodillas, sin mirar siquiera a su hija.
—Pero escucha bien —añadió Vladimir, y su voz recuperó un filo letal—: Si vuelves a acercarte a ella, si intentas buscarla o pedirle dinero, te haré enterrar vivo en los bosques del norte. Amanda ya no es tu hija. Ahora pertenece a la familia Smirnov.
Vladimir hizo una seña a su hombre.
—Acompaña a la señorita al vehículo.
Amanda miró a su madre, que lloraba desconsoladamente sostenida por la pared, y luego a su padre, que ni siquiera era capaz de sostenerle la mirada. No hubo despedidas. No hubo lágrimas por parte de Amanda. Ajustó su viejo abrigo, miró al escolta y caminó hacia la salida con el mentón en alto.
Al cruzar el umbral de la casa, supo que la vida que conocía había terminado, y que se adentraba en las profundidades de la oscuridad.