Tradición, armas y sangre: la mafia tiene reglas claras, y la primera es que ninguna mujer gobierna. Valeria Rossi vino a destruirlas todas. Acostumbrada a dominar el mundo empresarial, su vida da un vuelco cuando cae en las garras de Dante Volkov, un líder despiadado que no perdona ni comparte lo que es suyo. Entre noches de placer salvaje que le hacen olvidar a su novio y una posesión rabiosa que la quema por dentro, Valeria y Dante transformarán la atracción en una guerra de poder. Porque ella no se rinde ante nadie... y si Dante la quiere a su lado, tendrá que aprender a gobernar con una reina por delante.
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CAPÍTULO 9: Un beso frío y la confesión interrumpida
El ambiente en el despacho de Valeria todavía estaba cargado de la tensión residual del mediodía. Intrapolada entre carpetas de costos, planos del puerto y el cansancio acumulado de dos noches de insomnio, Valeria intentaba concentrarse en las planillas de excel para no pensar en los ojos azules de Dante Volkov. Pero era inútil. El roce de su piel contra la seda de la blusa le recordaba la firmeza con la que el ruso la había sujetado apenas unas horas atrás.
Un par de golpes suaves y educados en la puerta de madera rompió el silencio de la oficina.
—¿Se puede? —preguntó una voz pausada, impecable y predecible.
Antes de que Valeria pudiera responder, la puerta se abrió y Martín apareció en el umbral. Llevaba su impecable traje de corte italiano en tono gris topo, el cabello peinado hacia un lado con gel y esa sonrisa tranquila, pulcra y correcta que a ella siempre le había transmitido paz. Sostenía un ramo pequeño de freesias blancas en una mano y su maletín de cuero en la otra.
—Hola, mi amor —dijo Martín, caminando hacia el escritorio con paso sereno—. Pasaba cerca de la torre por una reunión en el banco y no pude aguantar las ganas de pasar a verte un ratito.
Valeria se congeló en el sillón directivo. Sintió un latigazo de culpa que le atravesó el estómago de lado a lado. Intentó sonreír, pero la cara le pesaba como si fuera de plomo.
—Martín... hola —articuló ella, poniéndose de pie con torpeza—. Qué sorpresa. No me dijiste que venías por el centro.
Martín rodeó el escritorio de nogal, dejó las flores sobre la madera pulida y se inclinó para darle un beso.
Valeria se quedó inmóvil. Los labios de Martín rozaron los suyos. Fue un beso seco, plano, automático. El típico beso de rutina que lleva tres años repitiéndose a la misma hora y con la misma intensidad descafeinada; el tipo de beso de compromiso que no calienta ni la pava. No hubo presión, no hubo humedad, no hubo el más mínimo rastro de hambre o de posesión. Fue un simple choque de mucosas que duró tres segundos.
Cuando Martín se separó con una sonrisa tibia, a Valeria se le cayó el mundo encima.
Un impacto emocional horrible, frío y destructivo le golpeó el pecho. La diferencia era abismal, casi grotesca. Su cuerpo, que todavía guardaba el eco de las quemaduras que le había dejado la boca de Dante, no sintió absolutamente nada. Ni un cosquilleo, ni un latido acelerado, ni un gramo de electricidad.
Maldijo por dentro con una rabia desesperada. Se odió a sí misma en ese instante porque su piel, traicionera y encendida, estaba exigiendo la intensidad, la violencia salvaje, el roce de la barba dura y el fuego sofocante de la boca del maldito de Dante Volkov. Comparado con la tormenta que desataba el ruso con solo mirarla, el beso de Martín se sentía como agua estancada.
—Te noté un poco ausente estos días, Vale —comentó Martín, ajeno por completo al torbellino que destruía a su prometida por dentro. Pasó una mano suave por el hombro de Valeria y le acarició el brazo con delicadeza—. Estás trabajando demasiado. Sé que el proyecto del muelle te tiene loca, pero nos tenemos muy abandonados.
Valeria tragó saliva con dificultad, evitando mirarlo a los ojos.
—Es que fue una semana dura, Martín. Muchos frentes abiertos...
—Lo sé, mi amor —interrumpió él con tono comprensivo, aunque con una insistencia que a ella le sonó pesada—. Pero no es solo el trabajo. Hace semanas que no estamos juntos de verdad. Hace semanas que no dormimos tranquilos en mi departamento, que no tenemos nuestro momento... Yo te necesito, Valeria. Te extraño. Siento que te me estás escapando entre los dedos y no entiendo qué te pasa.
Cada palabra de Martín era una estocada directa a la conciencia de Valeria. Miró la mano izquierda de su novio, recordando que en la suya ya no estaba la alianza que él le había regalado con tanto amor, esa misma joya que ahora yacía en el asfalto de la avenida por culpa de la locura de Dante. La culpa la carcomió por completo, volviéndose insoportable. Martín era un buen hombre. Un hombre leal, educado, que la respetaba y que soñaba con armar una vida con ella. No se merecía las mentiras, no se merecía tener a su lado a una mujer que a oscuras temblaba por los besos de un mafioso ruso.
Se le llenaron los ojos de lágrimas contenidas. La opresión en el pecho era tan fuerte que sintió que si no hablaba en ese instante, se iba a ahogar en su propia podredumbre.
Se armó de un valor desesperado. Lo tomó a Martín suavemente por los antebrazos y lo miró a los ojos, dispuesta a asumir las consecuencias de sus actos, a romperle el corazón y a descargar el peso infernal de la traición.
—Martín... —empezó a decir con la voz temblorosa, sintiendo que el corazón le martillaba las costillas a mil por hora—. Escuchame, por favor. Necesito que me escuches sin interrumpirme.
—¿Qué pasa, Vale? Te ponés tan seria... —se extrañó él, frunciendo levemente el ceño.
Valeria tomó aire, cerró los ojos un segundo para juntar las pocas fuerzas que le quedaban y abrió la boca para soltar la verdad:
—Martín, tengo que decirte algo... Cometí un error. Un error gravísimo y no puedo seguir mirándote a la cara como si nada. Yo...
Pero en el segundo exacto en que la confesión estaba a punto de salir de sus labios, la puerta del despacho se abrió de par en par con un estruendo violento.
—¡Es un desubicado! ¡Un maleducado de mierda que no tiene límites! —gritó Elena Rossi entrando como una tromba a la oficina, con la cara roja de la indignación y la respiración agitada, seguida muy de cerca por Gianna, que venía secándose unas lágrimas falsas con un pañuelito de seda.
Valeria se interrumpió de golpe, quedando con la confesión trabada en la garganta. La frase se le ahogó en el cuello mientras separaba las manos de los brazos de Martín de manera instintiva.
—¿Mamá? —exclamó Valeria, tratando de recomponer la postura mientras el pulso le daba vueltas en la cabeza—. ¿Qué pasa? ¿Por qué entrás así?
Martín dio un paso hacia atrás, desconcertado por la interrupción intempestiva de su suegra.
—¡Pasa que el magnate ruso ese se cree el dueño de esta empresa y de la familia Rossi! —vociferó Elena, caminando a pasos agigantados hasta quedar frente al escritorio, señalando con la mano a su sobrina—. Acaba de acorralar a Gianna en el vestíbulo del ascensor. ¡La insultó, la amenazó y la trató como a una trapo de piso! ¡A mi sobrina!
Valeria miró a Gianna por encima del hombro de su madre. La prima mantenía los ojos bajos, soltando sollozos ahogados que no se creía ni ella misma, aunque el papel de víctima le salía a la perfección.
—Mamá, por favor, bajá la voz —pidió Valeria, sintiendo que la cabeza le iba a explotar. La adrenalina de la confesión frustrada se le cruzó con una chispa repentina de rabia al escuchar el nombre de Dante—. Estamos en un lugar de trabajo y Martín está acá.
—A mí no me importa quién esté, Valeria —retrucó Elena con autoridad, acomodándose el saco del traje—. Esto es una falta de respeto institucional. Le acabo de decir a tu padre que cancele la almuerzo de esta tarde. No podemos sentarnos a la mesa con un salvaje que amenaza a las mujeres de la familia en los pasillos. Gianna estaba llorando en mi hombro, ¿te parece normal?
Valuation observó detenidamente a su prima. Conocía a Gianna desde que tenían uso de razón y sabía perfectamente de qué madera estaba hecha: era una provocadora nata, acostumbrada a usar su carita de inocente para salirse con la suya y meter cizaña entre todos. Si Dante la había frenado en seco en el ascensor, Valeria estaba segura de que Gianna se le había tirado encima sin ningún tipo de vergüenza.
Una punzada ajena, oscura y peligrosa se le instaló a Valeria en la boca del estómago. Un ataque de celos instantáneo, absurdo e incontrolable la invadió al imaginar a Gianna rondando a Dante, buscando su atención y rozándole los brazos con esa sonrisa fingida.
—Gianna... ¿qué le dijiste a Volkov en el ascensor? —preguntó Valeria con la voz peligrosamente baja y cortante, clavándole la mirada a su prima.
Gianna levantó la vista, fingiendo sorpresa y dolor recargado.
—¡Nada, Valeria! —chilló Gianna, juntando las manos—. Solo lo felicité por la firma del contrato y le dije que esperaba que la pasara bien en el almuerzo. ¡Te juro que fui superdulce y educada! Pero el tipo es un monstruo... me miró con un asco horribles, me dijo que era una basura y que no me creyera nada solo por ser tu prima. ¡Me dio pánico!
—Bueno, ya está bien —intervino Martín, intentando conciliar el ambiente como solía hacer siempre—. Señora Elena, tranquilícese. Si el inversor ruso tuvo un exabrupto, lo mejor es que Don Carlos se encargue de hablarlo de hombre a hombre en privado. No vale la pena arruinar un negocio millonario por un malentendido de pasillo.
—¡No es un malentendido, Martín! ¡Es una agresión! —insistió Elena, agarrando a Gianna del hombro para protegerla—. Me voy a encargar personalmente de que tu padre le ponga los puntos sobre las haches a ese ruso hoy mismo. Y si no sabe comportarse en una sociedad civilizada, que se vuelva a su país.
Elena dio media vuelta, arrastrando a Gianna hacia afuera, y cerró la puerta de un portazo.
La oficina volvió a quedar en un silencio espeso. Valeria se apoyó con las dos manos sobre el escritorio, respirando agitadamente, sintiendo que la cabeza le daba vueltas. El momento perfecto para confesarle la verdad a Martín se había esfumado por completo, destruido por el drama familiar de su madre y la falsa víctima de su prima.
Martín se acercó a ella y le puso una mano en la espalda, intentando reconfortarla.
—Qué locura todo esto, mi amor —suspiró él con resignación—. Este negocio te está trayendo demasiado estrés. Pero bueno... ¿qué era lo que me ibas a decir antes de que entrara tu mamá? Estabas por decirme algo importante sobre un error...
Valeria miró a Martín. La confesión que segundos antes le quemaba la garganta se le había congelado por completo. La valentía inicial se evaporó, reemplazada por una confusión destructiva y la rabia contenida de pensar en Dante, en Gianna y en el infierno que se le venía encima durante el almuerzo.
—Nada, Martín... —mintió Valeria, bajando la mirada y cerrando el puño—. Nada importante. Solo que... estoy muy estresada por el trabajo y cometí un error en los cálculos de la aduana que casi me cuesta la aprobación del contrato. Eso era.
Martín la miró un segundo, como si intuyera que algo en la explicación no encajaba, pero decidió no presionar. Sonrió suavemente y le dio una palmadita en la mejilla.
—Tranquila, mi vida. Sos una profesional brillante, te sobreexigís demasiado. Nos vemos a la noche en casa, ¿sí? Descansá un poco.
Martín agarró su maletín, le dio otro beso seco en la frente y salió del despacho.
Valeria se quedó sola. Se dejó caer pesadamente en el sillón directivo, se cubrió la cara con las manos y soltó un jadeo de frustración pura. Sabía que la mentira no iba a durar para siempre, y que la sombra de Dante Volkov ya estaba sobre ella, lista para devorarla por completo.