La niñera de la mafia
Su esposo la envió a trabajar a una mansión con la esperanza de que muriera y así cobrar su seguro de vida. Pero el destino tenía otros planes para ella.
Contratada como cuidadora personal de un mafioso ciego, malhumorado y temido por todos, pronto descubrirá que convivir con ese hombre será mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Él no puede verla, pero ella está a punto de convertirse en su mayor obsesión.
Y cuando la mafia descubra quién se atrevió a ponerle las manos encima a su mujer, será demasiado tarde para arrepentirse.
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Capitulo 15
El departamento estaba a oscuras, salvo por la luz de la cocina y la televisión encendida sin volumen.
Teresa esperaba sentada en el sofá, con una copa de vino entre los dedos. Llevaba toda la tarde mirando el teléfono, impaciente por recibir noticias. Cuando escuchó la puerta, se incorporó de inmediato.
Su esposo entró con el rostro endurecido y cerró de un portazo.
—¿Y? —preguntó ella, dejando la copa sobre la mesa—. ¿La pudiste matar?
Él no respondió enseguida. Se quitó la chaqueta, la arrojó sobre una silla y se pasó una mano por el cabello.
Teresa comprendió la respuesta antes de escucharla.
—No me digas que volvió a escaparse.
—No pudo ser.
—¿Qué significa que no pudo ser?
—¡Que no pude hacerlo! —espetó él—. Esa maldita está protegida.
Teresa se levantó de golpe.
—¿Protegida por quién?
—Por Damián Montenegro.
El nombre la hizo guardar silencio durante un instante.
Todo el mundo conocía a los Montenegro. No era una familia con la que uno pudiera meterse y esperar salir ileso. Su influencia llegaba a lugares donde la policía prefería no hacer preguntas, y sus enemigos solían desaparecer antes de tener la oportunidad de arrepentirse.
Teresa apretó los labios.
—¿Me estás diciendo que Valeria está viviendo en la mansión de los Montenegro?
—Eso parece.
—¿Y tú fuiste hasta allí para recuperarla?
—Fui a resolver el problema que tú misma me ayudaste a crear.
Ella lo miró con incredulidad.
—¿Mi problema? ¡Tú eres quien se casó con esa mujer!
—¡Y tú eres quien lleva meses recordándome que necesitamos el dinero del seguro!
Teresa palideció, pero no por miedo. Le molestaba que él le hablara como si toda la culpa fuera suya.
Habían hecho planes. Cuando Valeria desapareciera, él podría cobrar el seguro de vida y ambos tendrían suficiente dinero para comenzar de nuevo. Teresa dejaría de ser la amante escondida y ocuparía el lugar que, según ella, merecía desde hacía mucho tiempo.
Pero Valeria había sobrevivido.
Y ahora estaba bajo la protección de uno de los hombres más peligrosos del país.
—¿Ves? —dijo Teresa, señalándolo con el dedo—. Te dije que debiste matarla cuando vino aquella vez, pero la dejaste ir.
Él recordó perfectamente aquella visita.
Valeria había aparecido en el departamento sin avisar. En lugar de echarla de inmediato, él había intentado convencerla de que se marchara. Teresa se había escondido en la habitación mientras escuchaba la discusión, furiosa porque su presencia podía quedar al descubierto.
Después, cuando Valeria se fue, Teresa le había dicho que aquella era la oportunidad perfecta para deshacerse de ella.
Él no había querido hacerlo entonces.
Había pensado que podría manejar la situación, que su esposa seguiría siendo tan confiada como siempre y que no necesitaría llegar tan lejos.
Ahora se arrepentía de aquella decisión.
—No sabía que terminaría allí —murmuró.
—¡Ese es precisamente el problema contigo! Siempre crees que puedes controlarlo todo. La humillaste, la engañaste y la echaste de tu vida, pero ni siquiera fuiste capaz de asegurarte de que no volviera a molestarnos.
—Baja la voz.
—¿Por qué? ¿Tienes miedo de que los vecinos descubran la clase de hombre que eres?
Él se acercó y la sujetó del brazo.
—Te he dicho que te calles.
Teresa miró su mano y luego su rostro.
—Suéltame.
Él obedeció, aunque ninguno de los dos apartó la mirada.
Durante unos segundos, el departamento quedó en silencio.
—Tenemos que pensar —dijo finalmente Teresa—. Si esa mujer se divorcia de ti, ¿qué pasará con el seguro?
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes? ¡Tú eres su marido!
—¡Y ella acaba de contratar a un abogado! ¿Crees que no lo sé?
Teresa comenzó a caminar de un lado a otro.
Si Valeria solicitaba el divorcio, las cosas podían complicarse. Ya no podrían fingir que su matrimonio seguía intacto, y cualquier investigación relacionada con el seguro levantaría preguntas incómodas.
Pero lo que más le preocupaba era la posibilidad de que Valeria contara lo ocurrido.
—¿Le dijiste algo sobre nosotros?
—No.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Teresa se detuvo frente a él.
—Entonces todavía tenemos una oportunidad.
Su esposo frunció el ceño.
—¿De qué estás hablando?
—Valeria no tiene por qué saberlo todo. Podemos hacer que parezca una mujer inestable, que abandonó su hogar y ahora inventa acusaciones para perjudicarte. Si conseguimos que nadie crea su versión, no podrá hacernos daño.
Él no respondió.
La idea no era descabellada. Valeria nunca había tenido demasiados amigos, y él conocía bien sus debilidades. Durante años había conseguido que dudara de sí misma cada vez que discutían. Bastaba con insistir lo suficiente para que terminara disculpándose, incluso cuando no había hecho nada malo.
Pero había algo que Teresa no entendía.
Valeria ya no estaba sola.
—No conoces a los Montenegro —dijo él.
—Entonces averigua qué quiere Damián de ella.
—¿Y cómo se supone que voy a hacer eso?
Teresa recogió su copa y bebió un sorbo.
—Todos los hombres quieren algo. Incluso los que tienen dinero suficiente para comprar el mundo.
Lo miró por encima del borde de la copa.
—Averigua qué necesita esa mujer en esa casa. Si está allí por trabajo, debe de haber alguna manera de hacer que deje de ser útil.
Él pensó en la escena de aquella tarde.
Damián había aparecido acompañado por uno de sus hombres. Aunque no podía ver, su voz había bastado para dejar claro que no permitiría que nadie tocara a Valeria. Y ella, en lugar de apartarse de él, había aceptado su ayuda.
Aquello le había molestado más de lo que estaba dispuesto a reconocer.
Valeria nunca había buscado refugio en él de aquella manera.
Con Damián, en cambio, parecía sentirse segura.
—No voy a acercarme a ese hombre —declaró—. No pienso terminar muerto por una mujer.
—Entonces deja de comportarte como un cobarde y encuentra otra solución.
Teresa dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco.
—Porque te lo advierto: no pienso pasarme la vida escondida en este departamento esperando a que tu esposa decida arruinarnos.
Él la miró.
Hasta hacía poco, había creído que el mayor obstáculo para su nueva vida era un matrimonio que ya no deseaba.
Ahora comenzaba a comprender que había cometido un error mucho más grave.
Había subestimado a Valeria.
Y quizá acababa de entregarla a la única persona capaz de convertir su vida en una pesadilla.
—Voy a averiguar qué está pasando en esa mansión —dijo al fin—. Pero no haré ninguna estupidez hasta saber a qué nos enfrentamos.
Teresa asintió, aunque su expresión seguía cargada de rabia.
No pensaba renunciar al futuro que había imaginado.
Si Valeria se interponía entre ella y ese futuro, tendría que encontrar la manera de apartarla.
Esta vez, no permitiría que su amante volviera a cometer el mismo error.