Durante cinco años, creí que tenía al marido perfecto. Le abrí las puertas de mi familia, le confié la empresa de mi padre y soñé con tener un hijo con él.
Hasta que descubrí quién era la mujer que cuidaba a mi padre.
Había sido su esposa. Tenían un hijo. Y ninguno de los dos pensaba contármelo.
Mientras yo intentaba salvar nuestro matrimonio, ellos preparaban su salida.
Ahora me toca fingir. Sonreírle a mi marido. Tenerla a ella cerca. Dejar que ambos crean que sigo sin enterarme de nada.
Porque no pienso salir de esta historia con las manos vacías. Quiero saber qué hicieron con el dinero de mi familia, recuperar mi lugar y decidir cómo termina mi matrimonio.
Esta vez, las decisiones las tomo yo.
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Capítulo 7
Capítulo 7. El mismo perfume
La casa no solía parecerle un lugar difícil de preparar para una visita.
Renata sabía recibir. Sabía qué flores quedaban bien sobre una mesa, qué cosas convenía retirar para que un espacio no se viera lleno y dónde podía sentarse la gente sin tener que gritar para hablar.
Ese día cambió un arreglo de sitio y después lo volvió a poner donde estaba.
No estaba pensando en las flores.
Damián la vio desde un lado de la sala.
—¿Todavía estás acomodando?
Renata enderezó un tallo antes de responder.
—Quiero que se lleven una buena impresión.
Él miró alrededor.
—No viene un rey.
Podía haberle dicho que no se preocupara. Habría sido lo que esperaba de una esposa que se desvivía por atender a sus invitados. Renata prefirió darle un motivo que también le interesara a él.
—Trabajan contigo. Te conviene que estén a gusto.
Damián sonrió. No siguió discutiendo.
Ella esperó a que se apartara para dejar las flores quietas.
La ropa de su marido llevaba el perfume que había elegido. Lo había reconocido cuando pasó cerca. Sabía que esa parte estaba hecha. Lo que no sabía era si conseguiría encontrarlo en otra persona, ni cómo reaccionaría si lo encontraba.
Se había imaginado la fiesta muchas veces. En ninguna había logrado verse después de ese momento.
Al llegar los primeros invitados, abrió con una sonrisa.
Tuvo que aprender los nombres al escucharlos. Algunos rostros le resultaban familiares. Otros los veía por primera vez. Era más fácil cuando alguien le decía en qué área trabajaba, aunque en ocasiones ni siquiera eso bastaba para situarlo.
Damián sí sabía quién era cada uno.
Los saludaba, hacía alguna pregunta, encontraba una frase que los hacía sonreír. Renata lo había visto en reuniones con clientes. Allí le sorprendió reconocer la misma atención aplicada a las personas que estaban por debajo de él.
Le habría gustado sentirse orgullosa sin tener que vigilarlo al mismo tiempo.
Una mujer se acercó para darle las gracias por invitarlos.
Renata se inclinó a saludarla.
Percibió el olor de su cabello y una fragancia dulce. La tuvo cerca un instante más, mientras la mujer le hablaba de la casa.
No era ese.
Renata respondió al comentario y le indicó dónde estaban las bebidas.
En cuanto se apartó, comprendió lo difícil que podía resultar. No estaba en una tienda, oliendo perfumes uno por uno. Tenía que mirar a los ojos, escuchar un nombre, contestar sin perder el hilo de lo que la otra persona decía.
Y seguir oliendo.
Otra invitada le ofreció la mejilla. Renata la saludó con naturalidad y luego le tomó un momento el brazo para enseñarle dónde podía dejar sus cosas. Reconoció un perfume distinto, más fresco.
Tampoco.
Desde el fondo, Damián la llamó para presentarle a alguien.
Renata cruzó la sala. Sonrió al llegar. Era una mujer que trabajaba con él; escuchó el nombre, hizo una pregunta para no olvidarlo y se acercó al saludar.
Un olor intenso, pero diferente.
Sintió alivio antes de poder evitarlo. Después tuvo que corregirse: no encontrarlo en aquella mujer no significaba que no fuera a encontrarlo en la siguiente.
Tomó una bebida y sostuvo el vaso con las dos manos.
Había querido que todas estuvieran allí para poder verlas. Ahora empezaba a costarle que hubiera tantas cosas moviéndose a la vez.
Llegaban voces desde la entrada. Alguien preguntó por el baño. Una persona quería saber si podían tomar fotos. Otra se quedó junto a ella para contarle que había visto sus videos.
Renata contestaba. Sí, por allí. Claro que podían. Qué amable, gracias.
La mujer que conocía sus redes quiso ver el anillo.
Renata extendió la mano.
El diamante llamó la atención de otras dos personas. Una comentó la sorpresa del aniversario. Damián oyó su nombre y se volvió hacia ellas.
Sonrió desde donde estaba.
Renata también.
Le devolvieron la mano con cuidado, como si llevara algo que pudiera dañarse con tocarlo. Ella bajó los dedos y tuvo que buscar la conversación que había perdido mientras miraba a su marido.
Todavía podía ponerse aquel vestido, arreglarse y recibir felicitaciones. La gente entraba y veía una casa bonita, un hombre atento, una mujer con un anillo nuevo. Era una imagen completa. No necesitaban nada más para creer que sabían cómo vivían.
Ella misma la había mostrado de ese modo.
Un empleado se acercó a Damián y le dijo algo al oído. Su marido respondió con una risa. Renata intentó recordar si aquel hombre había entrado solo o con alguna de las mujeres que acababa de saludar.
Se estaba obligando a retener demasiado.
Fue hacia la mesa y acomodó una cosa que no necesitaba acomodar. Desde allí podía mirar la entrada sin parecer pendiente de ella.
Todavía llegaba gente.
Una mujer se detuvo a agradecerle la reunión. Renata escuchó su nombre, se acercó, la saludó. Su perfume le llegó con claridad.
Otro distinto.
Empezó a preguntarse si se había equivocado.
Había rociado la ropa de Damián. La otra persona podía haberse bañado, cambiado, hecho cualquier cosa que no encajara en el pequeño plan que ella había imaginado. Era ridículo esperar que una casa llena de gente le devolviera una respuesta exacta.
Se molestó consigo misma por pensarlo allí, cuando ya no podía terminar la fiesta de golpe.
Damián se le acercó.
Renata reconoció enseguida el perfume.
Lo tenía tan presente que, por un segundo, le pareció que ya no iba a distinguir nada más. Su marido le puso una mano cerca de la cintura y miró la sala con ella.
—Les está gustando.
Renata asintió.
Él parecía contento. La reunión le daba exactamente lo que ella le había ofrecido: un rato agradable con sus empleados, la posibilidad de recibirlos en su propia casa, una esposa que se ocupaba de que se sintieran bien.
Ella no tenía motivos para explicarle el esfuerzo que le estaba costando sostenerlo.
Cuando se alejó, quedó un poco del olor junto a Renata.
Se apartó también. Quería volver a percibir las cosas por separado.
Una nueva invitada llegó a la entrada.
Renata giró la cabeza al oírla. La mujer se detuvo lo justo para orientarse. No hizo una entrada ruidosa ni pidió que todos la miraran.
Damián la reconoció.
Renata se acercó antes de quedarse quieta observándolos.
No quería hacer con aquella mujer algo distinto de lo que había hecho con las demás.
Escuchó su nombre.
Valeria Soto.
Damián la presentó como instructora de vuelo. Renata retuvo esa parte. Le dio un sitio desde el que podía iniciar una conversación, una pregunta con la que acercarse sin que pareciera otra cosa.
—Mucho gusto.
Le ofreció la mejilla.
El perfume llegó antes del contacto.
Renata lo reconoció.
No era una fragancia que le recordara a otra. No era uno de los olores que había ido descartando durante la fiesta. Era el que había elegido, el que había sentido al pasar junto a Damián.
Valeria seguía cerca.
Renata tuvo la impresión de que alguien había bajado el volumen de la casa. Las voces continuaban, pero no llegaba a distinguir las palabras. Sintió el contacto del saludo, la piel de la otra mujer próxima a la suya, y se quedó un instante sin saber qué hacer con la mano que había levantado.
La bajó.
Valeria dijo algo sobre la reunión. Renata oyó la última parte y se aferró a ella para responder.
—Sí. Queríamos que vinieran.
Su propia voz le resultó desconocida. No porque sonara distinta. Porque había conseguido salir como si no pasara nada.
Volvió a olerlo cuando Valeria se movió.
No había sido una impresión al acercarse a Damián. Estaba en ella.
Renata miró la cara de la mujer mientras escuchaba. Quería verla bien. Había pasado días mirando el cuerpo de Camila en una fotografía y el nombre de Natalia en una pantalla. Esta era una persona delante de ella, con una expresión corriente, hablando en la casa donde vivía con su marido.
No parecía sorprendida de encontrarlo allí.
Claro que no. Era su casa. Él podía recibir a cualquiera y seguir pareciendo el hombre más tranquilo del lugar.
Renata sintió que la rabia empezaba a subirle por el pecho. No tenía todavía una pregunta que pudiera hacer sin dejarlo todo al descubierto. Le habría gustado apartar a Damián, ponerlo frente a ella y obligarlo a mirarla mientras volvía a hablarle de una broma.
No se movió.
Valeria esperaba una respuesta a algo que acababa de decir.
Renata la dio. Una frase corta, suficiente para que la conversación no se detuviera.
Le indicó dónde podía dejar sus cosas y la acompañó unos pasos. El perfume seguía allí. La certeza le resultó peor al caminar a su lado que al acercarse a saludarla.
Ahora tenía que dejarla pasar.
Verla tomar una bebida. Verla hablar con los demás. Quizá verla acercarse otra vez a Damián y descubrir cómo se miraban cuando creían que ella estaba ocupada.
Su marido pasó cerca y le sonrió.
Renata lo miró.
Él no dejó de sonreír.
Ella retiró los ojos antes de que la expresión le cambiara. Fue hacia otra persona que acababa de llamarla y contestó lo que le preguntaban.
Había preparado la casa para encontrarse con aquella mujer.
Todavía tenía que terminar de recibirla.