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Demasiado tarde, Alfa, tu exesposa regresó

Demasiado tarde, Alfa, tu exesposa regresó

Status: Terminada
Genre:Mujer poderosa / Hombre lobo / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Aria Winters

Tres años de matrimonio. Un Alfa que nunca dijo «te amo». Y un divorcio firmado el mismo día en que ella descubre que está embarazada.

Aurora Bennett lo había dado todo por Alexander Sterling: su carrera, su juventud, su lugar como Luna de la manada Crescent Ridge. Pero cuando él la deja sin nada para volver con su primer amor, Aurora toma una decisión: desaparecer y criar a su hijo lejos de él, donde nadie pueda volver a usarlos.

Cinco años después, la doctora Bennett es una cirujana respetada que lo ha reconstruido todo desde cero. Hasta que el destino la devuelve al lugar que juró no pisar jamás, y frente a frente con el hombre que la abandonó.

Alexander no es el mismo. Ahora la mira como si no pudiera respirar sin ella, y quiere recuperar lo que perdió. Pero hay un niño de ojos azules que todavía no sabe quién es su padre, una esposa que no piensa soltarlo y un vínculo de pareja destinada que arde más fuerte que nunca.

¿Se puede perdonar a quien te rompió el corazón? ¿Y qué pasa cuando el Alfa que te dejó ir descubre que ya es demasiado tarde?

NovelToon tiene autorización de Aria Winters para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17

Capítulo 17

Punto de vista de Aurora

Desperté con un dolor de cabeza brutal, como si me hubiera atropellado un camión. Me dolía todo el cuerpo y el aire olía a café. La cabeza me daba vueltas y la cama se movía.

Parecía un maldito temblor.

El cuarto se ladeaba y apenas podía enfocar la vista.

¿Qué carajos había pasado anoche?

¿Me había emborrachado o qué?

Metí la mano a ciegas en el cajón del buró para sacar un Advil, pero solo encontré aire.

Gruñí, me quité el vestido incómodo de la noche anterior y decidí darme un baño antes de bajar a ver si había otra caja de Advil por ahí.

No recordaba nada de lo que pasó después de subirme al coche de Matteo, y agradecí que me hubiera llevado a casa él y no Alexander.

¿Cómo pude ser tan descuidada? ¿Por qué me emborraché tanto como para arriesgarme a que Alexander me llevara a casa y descubriera el gran secreto que le había ocultado?

¿Y si Matteo no hubiera estado en el club? ¿Y si no hubiera estado ahí y me hubiera ido a casa con Alexander? Solo de pensarlo me daba terror. ¿Qué habría pasado?

¿Qué me habría hecho Alexander si se hubiera enterado de la verdad sobre nuestro hijo?

La culpa me carcomía, y sabía que no podía seguir así. Sacudí ese pensamiento de golpe y me metí al baño.

Abrí la regadera, esperé a que el agua estuviera a la temperatura justa y entré.

No pude evitar soltar un gemido cuando el agua tibia me corrió por la espalda, aflojándome los músculos y llevándose la mugre y el sudor.

La noche anterior había sido una locura, y me la había pasado increíble.

Hacía mucho que no me divertía tanto, y aunque al principio no quería ir, me alegraba de que Jessica me hubiera convencido.

Jessica.

Matteo.

Cómo la miraba. Era la misma mirada que tenía Alexander cuando me veía a mí.

Y Matteo estaba celoso, aunque lo negara.

Era la mirada de un hombre posesivo y celoso. Esos dos estaban más metidos el uno en el otro de lo que yo creía, y solo esperaba que Matteo no resultara como su hermano y le rompiera el corazón a mi mejor amiga.

Porque si lo hacía, me las iba a pagar. Jessica ya tenía un pasado difícil del que casi nunca hablábamos. Siempre fue esa chica alegre y relajada que ponía los sentimientos de los demás por encima de los suyos.

Nunca mostraba el lado de ella que sufría, y aunque era feliz, había una parte suya que estaba rota y perdida.

Era vulnerable, y la oscuridad acechaba dentro de ella.

Su pasado la perseguía y la iba consumiendo poco a poco.

No quería que la lastimaran, ni que volviera a pasar por lo mismo que vivió hace tantos años.

Yo no estuve ahí. No la conocía cuando ocurrió; la conocí después.

No podía evitar sentirme culpable.

Culpable por no haberla conocido antes y no haber estado ahí cuando más necesitaba una amiga.

Y quizá, solo quizá, podía darle a Matteo el beneficio de la duda.

Parecía preocuparse de verdad por Jess, y era la primera persona en la que ella confiaba desde su trauma.

Tenía esperanza.

Esperanza de que las cosas mejoraran y de que por fin pudieran encontrar la felicidad.

Después de arreglarme, bajé las escaleras, agradecida de que fuera sábado y no tuviera que ir a trabajar.

Encontré la caja de Advil y me tomé las pastillas con un vaso de agua. Al entrar a la cocina me quedé helada: mi hijo estaba junto a la estufa mientras Matteo cocinaba.

—¿Qué sigues haciendo aquí? —pregunté, confundida.

—Ah, buenos días a ti también. ¿Cómo te sientes?

—Ugh. Como si me hubiera pasado un camión encima.

—¡Mami! —Noah corrió hacia mí y lo cargué, besándole la mejilla.

—Hola, campeón. ¿Te portaste bien con la niñera? ¿Y dónde está ella?

—La mandé a su casa. Tenía unas cosas que hacer, y como yo ya estaba aquí, ¿para qué no quedarme a cuidar a Noah? Es un niño muy lindo.

—Y gracias. Por llevarnos a casa. Pudiste dejarnos y largarte, pero no lo hiciste.

—No es nada. Además, son de la familia. Es lo que hago. Pero sí necesito hablar contigo, antes de que Jessica despierte y se ponga a gritar que me quiere fuera.

Como si la hubiera invocado, su voz resonó por toda la casa.

—¡Lárgate de aquí, Matteo! ¿No tienes alguna mujer a quien andar persiguiendo, o te da un subidón acosar a la gente? Porque ya me estás dando miedo en serio.

—Qué peleonera, ¿no?

—Me disculparía, pero tú te lo buscaste. —Negué con la cabeza y me senté en el banco. Jessica se acercó a nosotros, me besó la mejilla y le revolvió el pelo a Noah.

—¿Por qué sigue aquí, Rory? Sácalo.

—Jess, escúchame...

—No, tú escúchame. No voy a volver a hablar de esto y no me vas a amenazar. Lárgate. Aquí no eres bienvenido. No me importa lo que digas. Este no es tu lugar y no tienes permiso para estar aquí.

—Noah, ¿puedes irte a tu cuarto, por favor? —pedí, volteando hacia él.

—Está bien, mami. —Asintió y se fue.

—Mira, ¿podemos hablar un minuto? —dijo Matteo.

—¿Para qué? No tengo nada de qué hablar contigo. No eres bienvenido aquí. Gracias por traernos a casa, pero ya te puedes ir.

—¿Puedes sacar la cabeza del culo por una vez? —dijo Matteo, de pronto con cara de fastidio.

—¿Quieres saber quién tiene la cabeza metida en el culo? Tú. Porque no escuchas. Lo único que haces es dar órdenes y no dejas hablar a nadie. Ya me harté de tus pendejadas. Yo no te pedí que nos trajeras a casa. Tú...

—¡Basta! —estalló de golpe, y Jessica pegó un brinco.

—Matteo... —intenté aflojar de inmediato la tensión en el aire.

—No, déjalo. ¡Grita todo lo que quieras! ¡Es lo único que sabes hacer! ¡Dar órdenes, coger con las mujeres y tratarlas como basura a la mañana siguiente, y pasar a la siguiente víctima!

—Ah, entonces de eso se trata todo esto, ¿eh? ¿Porque después de coger no me quedé a hacerte el maldito desayuno y a jurarte amor eterno? ¿Ese es el problema? ¿Eh, princesa? ¿No tuviste tu final feliz después de que tuvimos sexo? ¿Por eso estás así?

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