NovelToon NovelToon
El Lamento De Las Flores

El Lamento De Las Flores

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencarnación / Mundo de fantasía
Popularitas:992
Nilai: 5
nombre de autor: A.B.G.L

La joven princesa olvidada, la marginada, la horrible y desgraciada hija de un duque a buscado liberarse de una familia que no la aprecia, se a enamorado, pero se han burlado de ella, la han humillado y cuando creyo que los afectos de un hombre que jamas imagino que la amaria le hizo cambiar de parecer, este la traiciona de la peor manera, rota, rota del corazon y humillada huye a los campos, donde buscareinventar a la mujer en ella, pero su mente piensa en el hombre que ama y que creyo que la amaba, pero había cometido un error.

Había cometido el terrible, el único error en toda su vida, confiar en el...

Novela romántica.

Novela extensa.

NovelToon tiene autorización de A.B.G.L para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18: El Abrigo de Nieve y Estrellas

El salón de banquetes respiraba, y su respiración era fuego, ruido, carne asada y vino oscuro, un aliento cálido y denso que se elevaba hasta las vigas de roble donde las sombras danzaban como espectros despiertos. Las mesas, dispuestas con la mano de Harriette, crujían bajo el peso de fuentes de bronce repletas de carne jugosa, de bandejas de pan dorado, de frutas escarlatas y quesos que olían a montaña y hierba salvaje. Las velas, cientos de ellas, ardían en llamas altas y doradas, derritiendo la cera en lágrimas constantes que goteaban sobre la madera, como si el propio salón llorara de alegría o de algo más antiguo y sombrío. La música estallaba, ruidosa y desordenada, violines que gemían y tambores que golpeaban el pecho al mismo ritmo que la sangre, y los caballeros —hombres de hombros anchos y manos callosas, rostros marcados por el viento y la espada— reían, cantaban canciones que hablaban de sangre y gloria, golpeaban las mesas con los puños y alzaban las copas llamando el nombre de Aleric Duskbringer una y otra vez, como si aquel nombre fuera un escudo, un conjuro, todo lo que necesitaban para sentir que estaban a salvo.

Cuando él cruzó el umbral, el ruido no cesó, sino que creció, se hizo estruendo, una ola de afecto y lealtad tan feroz que habría derribado a cualquier otro. Los tres hombres más cercanos a él —aquellos que habían compartido tienda y peligro, que habían visto la muerte cara a cara junto a él— se pusieron de pie de un salto, con los ojos brillantes de vino y emoción, y le hicieron señas para que ocupara el sitial más alto, el de terciopelo oscuro que presidía la estancia. Aleric avanzó entre ellos, alto, inmóvil, la cabellera blanca como nieve recién caída cayéndole sobre la frente, los ojos violeta profundos y quietos, como si nada de aquel alboroto pudiera tocarlo, como si el entusiasmo de sus hombres fuera algo que observaba desde la otra orilla de un río profundo. Aceptó la copa que le ofrecieron, asintió a las palabras de gratitud, sonrió apenas, un gesto tan leve que parecía más una sombra que una expresión real, y se sentó. Pero sus ojos recorrían la sala, una y otra vez, buscando.

No la vio.

Bebió. El vino era espeso, tinto como sangre coagulada, le ardió la garganta y le bajó al pecho sin calentarlo del todo. Escuchó las historias que sus hombres contaban, las voces que se alzaban más altas, las risas que se quebraban en gritos, y cada vez que alguien entraba o salía de la sala, la mirada de él se clavaba en la puerta, esperando ver aquel cabello de oro, aquel rostro donde la dulzura y la melancolía se entretejían como hilos en un tapiz. Pero la puerta se abría y se cerraba, y ella no estaba.

Se levantó entonces, sin hacer ruido, y caminó entre las mesas donde los hombres brindaban y golpeaban los pies al ritmo de la música, y nadie notó que su sonrisa se había apagado por completo. Detuvo a una doncella que pasaba apresurada, con una bandeja de plata tan grande que le ocultaba parte del rostro, y la voz de Aleric fue baja, cortante, un sonido que la hizo detenerse en seco:

—¿Dónde está la Archiduquesa?

La muchacha parpadeó, asustada, y negó con la cabeza.

—Lo siento, mi señor... no la he visto hace un rato.

Él la dejó ir y se quedó inmóvil, con la mandíbula apretada, sintiendo una punzada de algo que no era enojo, ni miedo, sino una inquietud fría y afilada que se le clavaba en las entrañas como una astilla de hielo. En aquel momento vio acercarse a Thorne, el mayordomo, con un paquete envuelto en tela suave entre las manos, y la expresión del anciano era serena, respetuosa, pero con un brillo de satisfacción en los ojos.

—Mi señor —dijo Thorne en voz baja—. Ha llegado lo que ordenasteis. El abrigo para la Archiduquesa.

Aleric tomó el paquete. La tela se deslizó entre sus dedos y reveló lo que contenía: blanco, espeso, tan suave que parecía hecho de nieve que nunca se derrite, la piel de un zorro blanco de las tierras más altas, una criatura rara, casi legendaria, cuya pelaje atrapaba la luz de modo que brillaba tenuemente, como si tuviera estrellas cosidas en cada mechón. Era cálido, pesado, magnífico, y al sostenerlo en sus manos, Aleric sintió algo extraño: la imagen de ella, tiritando bajo aquel abrigo delgado y sin gracia, caminando entre la nieve como si fuera una flor expuesta a la tormenta, le dolió con una intensidad que no comprendía.

—¿Y ella? —preguntó, y su voz sonó más áspera de lo que pretendía—. ¿Sabéis dónde está?

—Sí, mi señor —respondió Thorne con suavidad—. Dijo que saldría a tomar el aire. Al jardín, el que está en reparaciones.

Aleric no esperó más. Salió del salón sin decir una palabra, el abrigo doblado bajo el brazo, y detrás de él las puertas se cerraron con un golpe sordo, dejando atrás el calor, la música, las voces que lo llamaban. El pasillo era frío, y cuanto más se acercaba a la salida, más intenso se volvía el frío, como si el mundo exterior estuviera esperando para recibirlo con dientes de hielo.

Cuando cruzó el umbral, el viento lo golpeó de lleno, y era como mil agujas finas y heladas clavándose en la piel, penetrando la ropa, los huesos, todo lo que era capaz de protegerlo. El aire era tan gélido que dolía respirarlo; entraba en los pulmones como cristales triturados, y exhalaba nubes de vapor que se desvanecían en un instante, como pensamientos que no se atreven a quedarse. La nieve crujía bajo sus botas, dura y compacta, y la noche se extendía a su alrededor, inmensa y silenciosa, un silencio tan profundo que parecía capaz de tragar cualquier sonido. Caminó, y caminó, el abrigo apretado contra sí, mirando a derecha e izquierda, con el corazón latiéndole de un modo extraño, rápido y pesado, un ritmo que no reconocía. ¿Cómo podía ser tan imprudente? ¿Cómo podía salir así, sin protección, cuando el invierno aquí no era estación, sino un enemigo que acechaba siempre, que podía quitarte la vida antes de que te dieras cuenta de que estabas temblando demasiado? Era una locura, era una debilidad, era... era ella.

La vio entonces.

Al final del sendero, en la parte más apartada del jardín, donde los setos aún estaban recortados a medias y la tierra aparecía en manchas oscuras entre la nieve, estaba sentada en una banca de piedra, solitaria, mirando hacia arriba. El cielo se había despejado por completo, inusualmente claro para ser tan tarde, y las estrellas colgaban en él, miles de ellas, blancas y azules y plateadas, tan brillantes que parecían cercanas, como si pudiera alargar la mano y tocarlas. Y ella estaba allí, con aquel vestido sencillo y aquel abrigo delgado que apenas la cubría, la cabeza inclinada hacia aquel espectáculo que nadie más veía, como si el frío no existiera, como si el hielo no pudiera tocarla.

Sus mejillas estaban encendidas, rojas como manzanas maduras, y la punta de su nariz tenía el mismo tono, y sus labios eran de un rosa pálido, casi lívido. Su cabello, suelto, caía en olas doradas por su espalda hasta tocar la nieve que se acumulaba sobre el borde de la banca, y el viento lo agitaba suavemente, como si quisiera llevárselo, como si quisiera llevársela a ella. Temblaba, lo vio en el modo en que sus hombros se sacudían levemente, en cómo cruzaba los brazos sobre el pecho, apretándose contra sí misma, y sin embargo no se movía, no bajaba la mirada del cielo. Era hermosa, sí, pero también era insensata, era valiente y temeraria y frágil todo a la vez, y la furia y algo más —algo tibio y aterrador que no quería nombrar— se mezclaron en el pecho de Aleric hasta dejarlo sin aliento.

Avanzó sin hacer ruido, sin que la nieve delatara sus pasos, y cuando estuvo justo detrás de ella, desplegó el abrigo de zorro blanco y lo dejó caer sobre sus hombros, envolviéndola por completo, como si la cubriera con un trozo de la noche más pura y cálida.

Harriette dio un respingo, sobresaltada, y se giró de golpe, los ojos muy abiertos, la mano llevada al pecho como si el corazón fuera a salírsele por la garganta. Iba a hablar, a pedir perdón, a disculparse por estar allí, pero las palabras murieron en sus labios cuando lo vio. Aleric estaba de pie frente a ella, con el cabello revuelto por el viento, los ojos violeta oscuros y fijos en ella, y la expresión de su rostro era tan tensa, tan llena de algo que no lograba descifrar —ira, preocupación, furia, ternura, todo junto— que se quedó sin aliento, sin movimiento, sin saber qué hacer.

—Mi señor... —susurró, y su voz temblaba, entre el frío y la sorpresa—. No esperaba... no os oí llegar.

Él no respondió de inmediato. Se quedó allí, de pie, mirándola, y sus ojos la recorrieron desde la cabeza a los pies, viendo cómo el abrigo blanco la envolvía, cómo la piel del zorro brillaba a la luz de las estrellas, dándole un aspecto casi espectral, como si fuera una aparición que él había conjurado sin querer.

—Estáis helada —dijo finalmente, y su voz fue áspera, cortante, como si estuviera mordiendo cada palabra antes de soltarla—. Sois imprudente. Sois imprudente hasta la estupidez. ¿Sabéis lo que puede pasar aquí cuando uno se queda quieto al frío sin protección? Se muere. Se duerme y no se despierta. ¿Buscabais eso?

Las palabras eran duras, crueles casi, y Harriette bajó la mirada un instante, herida, sintiendo el calor del abrigo empezar a penetrar en su cuerpo, reconfortándola mientras su voz la regañaba.

—No... no buscaba nada de eso —respondió suavemente, sin levantar la vista—. Solo... el cielo estaba tan claro. No lo he visto así desde que llegué. En mi casa, las estrellas se ocultaban tras el humo de las chimeneas y las murallas altas. Aquí... aquí parecen estar al alcance de la mano. Quedé mirándolas y no me di cuenta de cuánto tiempo había pasado.

Aleric guardó silencio. La explicación era tan simple, tan inocente, que lo desarmó. Se sentó en el extremo de la banca, dejando un espacio entre ellos, pero cerca lo suficiente para verla bien, para ver cómo el borde del abrigo le rozaba la barbilla, cómo sus ojos azules, profundos como lagos de medianoche, lo miraban con una mezcla de temor y extraña confianza.

—Las estrellas no calientan —dijo él, y su voz seguía siendo severa, pero ya no tenía aquel filo cortante—. Y no devuelven a los que se quedan mirándolas demasiado tiempo. Sois la Archiduquesa. No podéis permitir que el frío os lleve. No mientras yo no lo permita.

Harriette lo miró entonces, y una pequeña sonrisa, triste y dulce, apareció en sus labios.

—¿Es eso lo que teméis, mi señor? ¿Que me pierda antes de que decidáis qué hacer conmigo?

La pregunta era directa, valiente, y Aleric la sostuvo con la mirada, sintiendo que ella había tocado algo que él intentaba mantener oculto.

—Temo el desorden —respondió lentamente, eligiendo las palabras con cuidado—. Temo que algo que debería estar en su lugar desaparezca. Y vos... vos habéis venido a poner orden donde solo había ruina. No puedo permitir que la ruina vuelva a vos.

—No soy un objeto, mi señor —dijo ella, y aunque su voz era suave, había una firmeza en ella que lo hizo parpadear—. No soy algo que se coloca en un estante y se cuida para que no se rompa. Soy una persona. Y a veces... a veces necesito mirar las estrellas. Incluso si hace frío.

Él la miró largo rato, y en sus ojos violeta, profundos y enigmáticos, algo se agitó, algo oscuro y viejo que empezaba a despertar. Quería decirle que no, que su lugar era donde él dijera, que su seguridad era lo primero, que no tenía derecho a arriesgarse así. Pero sabía que no podía. Porque la había visto trabajar sin descanso, levantarse antes que el sol, arreglar lo que estaba roto, sonreír a quienes nadie miraba. Porque ella no era la esposa sumisa y silenciosa que esperaba encontrar, sino alguien mucho más compleja, mucho más peligrosa.

—Pues miradlas —dijo él, y su voz bajó hasta volverse casi un susurro, perdido entre el viento—. Pero no os dejéis llevar por ellas. No dejéis que el frío os gane. No me hagáis buscaros en la oscuridad de nuevo.

Harriette sintió cómo el corazón le daba un vuelco. No era una declaración de afecto, no era una promesa. Era algo más torpe, más oscuro, más real. Era un hombre que no sabía cómo decir "me importas", así que decía "no me hagas ir a buscarte". Asintió, apretando el abrigo más cerca de sí, sintiendo la suavidad de la piel contra sus manos, el calor que parecía irradiar no solo del material, sino de él.

—Lo prometo —dijo ella, y sus ojos no se apartaron de los suyos—. Gracias, mi señor. Es el regalo más hermoso que he recibido nunca.

Aleric desvió la mirada hacia el cielo, donde las estrellas brillaban con una frialdad indiferente.

—Es solo un abrigo —murmuró, pero había algo en su tono que decía que no era solo eso—. Para que no tengáis excusas para quedaros helada.

Se quedaron así, en silencio, sentados el uno al lado del otro, separados por un pequeño espacio de piedra y nieve, pero unidos por aquel manto blanco que los envolvía sin tocarse del todo. El viento soplaba suavemente, llevándose consigo las palabras no dichas, y las estrellas los miraban desde arriba, testigos de algo que apenas comenzaba, algo que no tenía nombre ni forma, algo que crecía entre la desconfianza y la necesidad, entre el deber y el deseo. Aleric no le dijo que se quedara, ni le pidió que se fuera. Harriette no le preguntó si se sentía solo, ni si alguna vez alguien lo había mirado a él como ella miraba el cielo. Y sin embargo, en aquel silencio, se dijeron más cosas que en cualquier conversación larga.

—Debemos volver —dijo él al fin, poniéndose de pie—. Los hombres os preguntarán. Es vuestro banquete también. Lo habéis hecho posible.

Harriette asintió y se levantó, el abrigo arrastrándose levemente sobre la nieve, como una estela de espuma blanca.

—Sí —dijo—. Volvamos.

Caminaron juntos de regreso, él un paso delante, ella siguiéndolo, pero cuando el viento sopló con más fuerza, Aleric aminoró la marcha hasta que sus pasos se sincronizaron, y su hombro rozó el de ella, brevemente, una sola vez, como si fuera un accidente, como si no lo hubiera planeado. Harriette sintió aquel contacto como una chispa que le recorría todo el cuerpo, y no se apartó. No dijo nada. Simplemente caminó a su lado, envuelta en aquel regalo que él había enviado, sintiendo por primera vez que tal vez, solo tal vez, no era tan extraña para él como él lo era para ella.

Detrás de ellos, la banca quedó vacía bajo las estrellas, y las huellas en la nieve se unían y se separaban y se unían de nuevo, como el destino que empezaban a compartir: dos caminos que no sabían a dónde iban, pero que ya no podían andar por separado.

1
A.B.G.L
estoy trabajando en los próximos capitulo para una publicación sin demora, gracias por tu apoyo y espera ☺️
Ichuu
cómo siempre muy buenas tus novelas, actualiza más seguido! ♥️
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play