A los diez años la prometieron. A los dieciséis la humillaron. Ahora, Sicilia no está lista para la mujer en que se convirtió.
Aurora Stefanini creció creyendo en una promesa: un día se casaría con Marco Donati, el heredero destinado a ser Don. Pero bastó que una madrastra ambiciosa y su hija movieran las piezas para que Marco la despreciara y eligiera a otra. Con el orgullo hecho pedazos, Aurora abandonó el tablero, cruzó Europa y se reconstruyó ladrillo a ladrillo hasta volverse tan poderosa como los hombres que la subestimaron.
Cuando el deber la obliga a regresar a la isla, ya no es la niña que aceptaba las sobras de nadie. Vuelve convertida en una reina de hielo, con un imperio propio y un plan quirúrgico. Y si los clanes exigen que se cumpla la vieja alianza de sangre, ella impondrá sus condiciones: un contrato de dos años, habitaciones separadas, cero intimidad… y un final anunciado.
El problema es que Marco ya no es el muchacho arrogante que la traicionó. Ahora la mira como si quisiera pasar el resto de su vida ganándose el perdón que juró que nunca le pediría.
Entre olivares centenarios, traiciones que vienen del pasado, guerras entre familias y un deseo que ninguno de los dos logra apagar, Aurora tendrá que decidir qué es más peligroso: perder el control de su venganza… o volver a entregar el corazón que tanto le costó blindar.
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Prólogo
El sol de Sicilia siempre pareció arder de una forma distinta sobre las tierras de los Donati y los Stefanini. No era solo el calor del Mediterráneo; era el peso de la tradición, de la sangre y de las promesas hechas bajo el silencio cómplice de los olivos centenarios.
Aurora tenía apenas diez años cuando entendió el significado de la palabra alianza. Sentada con rigidez en una silla de terciopelo, en la inmensa biblioteca de la propiedad de su padre, observaba a los hombres de traje oscuro discutir el futuro como si movieran piezas en un tablero de ajedrez. Entre ellos estaba Marco Donati. Un año mayor, llevaba los hombros erguidos con el orgullo precoz de quien había nacido para ser Don, y apenas apartaba los ojos castaños de la niña que, ese mismo día, le había sido prometida.
Para Aurora, aquella promesa no parecía una carga. Crecieron bajo la sombra de aquel acuerdo, compartiendo veranos en la costa, cenas formales y la certeza silenciosa de que sus caminos ya estaban trazados. Aprendió a mirarlo con la expectativa inocente de una joven que creía en el destino.
Todo cambió, sin embargo, cuando la infancia quedó atrás y la realidad de la mafia empezó a dibujar sus líneas torcidas.
La llegada de Elena, la nueva madrastra de Aurora, trajo consigo a Giulia. Giulia era todo lo que Aurora no era: expansiva, ruidosa y dueña de una necesidad de afecto que atraía las miradas de todos. Bajo el techo de los Stefanini, Elena movía sus piezas con la sutileza de una serpiente: exaltaba a su propia hija mientras deslizaba comentarios venenosos y discretos sobre la rigidez de Aurora. Y Marco, en la vulnerabilidad de su adolescencia e inflado por la arrogancia de su apellido, fue el primero en caer en la trampa.
El internado en Suiza, lejos de los ojos vigilantes de los Don en Italia, se convirtió en el escenario de la ruina de Aurora.
El invierno en Ginebra era riguroso, pero el frío que le cortó el pecho a Aurora aquella tarde de jueves no venía de la nieve de afuera. Tenía dieciséis años cuando Marco la acorraló en el corredor de piedra de la biblioteca del colegio. Él tenía la mirada distante, endurecida por una masculinidad que todavía intentaba demostrarle al mundo.
—Tienes que dejar de mirarme como si te debiera algo, Aurora —dijo, en voz baja pero lo bastante afilada como para dejar una cicatriz eterna—. Este matrimonio... esta alianza de nuestros padres... es solo un pedazo de papel. Una obligación que voy a cumplir por el clan. Pero no esperes nada más que eso. Nunca voy a amarte. Métetelo en la cabeza de una vez por todas.
—¡Pero prometimos amarnos, Marco! Desde que teníamos cinco años.
Marco soltó una risa desdeñosa.
—No seas tonta, Aurora. Éramos niños. ¿De verdad creíste que sabíamos lo que era el amor?
—¿Y ahora lo sabemos?
—No. Pero podemos elegir. —Respiró hondo y lo dijo, frío, calculador—: Y yo elijo no amarte.
Aurora no lloró. El orgullo de los Stefanini le corría por las venas y mantuvo la postura impecable mientras él se alejaba, dejándola con el eco de sus palabras crueles.
La confirmación del golpe llegó pocas semanas después, durante las vacaciones de primavera. El campus estaba casi vacío. Aurora caminaba por los jardines cubiertos de neblina, buscando un lugar para leer, cuando unas voces susurradas la hicieron detenerse detrás de una hilera de pinos.
Entre las ramas, lo vio.
Marco abrazaba a Giulia por la cintura, los dedos clavados en su pelo con una urgencia que jamás había mostrado por Aurora. Giulia sonreía entre los besos, un sonido ahogado y victorioso que flotaba en el aire helado. Marco la besaba con la pasión ciega de un muchacho obstinado, el mismo que pocas semanas antes había exigido la sumisión de Aurora.
Aurora dio un paso atrás, las manos temblorosas escondidas en los bolsillos del abrigo. No hizo ruido. No interrumpió. Solo observó cómo la farsa se consolidaba ante sus ojos. En ese instante, mientras el prometido se entregaba a su hermana de crianza, algo se quebró dentro de Aurora, y lo que quedó en su lugar fue una frialdad inquebrantable.
Al volver al dormitorio, miró el mapamundi extendido en la pared. Italia parecía demasiado pequeña. Sicilia, demasiado sofocante. Tomó el teléfono y llamó a su padre, con la voz más firme que consiguió reunir.
—Papá, terminé mis exámenes anticipados —dijo, sin emoción—. No voy a volver a Sicilia este verano. Conseguí un cupo en la universidad de Frankfurt. Me voy a Alemania; me quedaré allá.
No esperó la aprobación de su padre para colgar. Aurora Stefanini estaba abandonando el tablero. Le permitía a Marco vivir su ilusión inútil con Giulia, pero se juró a sí misma, frente al espejo de aquel cuarto extranjero, que cuando el deber la obligara a pisar de nuevo suelo italiano, nunca más sería la niña que aceptaba las sobras de nadie.
Querían una novia sumisa. Pero Sicilia no estaba lista para la mujer en que ella se convertiría.