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El Caballero Correcto Y La Dama Inconveniente

El Caballero Correcto Y La Dama Inconveniente

Status: Terminada
Genre:Romance / Época / Completas
Popularitas:680
Nilai: 5
nombre de autor: Selene Asteria

Un vals, un rumor y un compromiso que nadie supo desmentir.

NovelToon tiene autorización de Selene Asteria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18: El invernadero y las flores que no debían significar nada

Beatrice Montclair había decidido que los invernaderos eran lugares profundamente sospechosos.

No por las plantas. Las plantas, aunque demasiado verdes y en ocasiones capaces de parecer acusadoras, solían limitarse a crecer, inclinarse hacia la luz y guardar silencio. Eso ya las hacía superiores a varias damas de Valdoria.

El problema era el vidrio.

Demasiada transparencia.

Demasiada luz.

Demasiadas flores dispuestas a fingir que no estaban allí para significar algo.

—No mire esa orquídea como si fuera culpable —dijo Lady Agatha.

Beatrice apartó la vista de una flor blanca.

—Tiene una forma muy arrogante.

—Es una flor.

—También Lady Harcourt parece inofensiva desde lejos.

Lady Agatha suspiró.

La recepción de Bellhaven se había extendido hacia los jardines y, por alguna razón que Beatrice consideraba prueba de mala intención social, la duquesa había abierto el invernadero a los invitados. Los asistentes caminaban entre macetas, helechos y flores exóticas, fingiendo interés botánico mientras escuchaban conversaciones ajenas con admirable dedicación.

Beatrice no llevaba la cinta verde.

La había dejado sobre el tocador.

Visible.

Reparada.

Demasiado informada.

Su ausencia no la hacía sentirse libre exactamente. La hacía sentirse observada por algo que no estaba presente, lo cual era un logro absurdo para un trozo de tela.

—Lord Ashford está allí —dijo Lady Agatha.

Beatrice no miró de inmediato.

Eso habría sido vulgar.

Esperó dos segundos.

Luego miró.

Nathaniel estaba junto a una mesa de plantas pequeñas, escuchando a un caballero mayor que explicaba algo sobre métodos de cultivo con una pasión que ninguna raíz merecía. Nathaniel asentía con educación perfecta. Demasiado perfecta. Esa clase de educación que podía sostener una conversación durante veinte minutos, aunque el tema fuera abono.

Entonces levantó la vista.

La encontró.

No miró su cabello.

O quizá sí, apenas.

No encontró la cinta.

No reaccionó.

Beatrice sintió una punzada ridícula.

—No la estoy usando —murmuró.

—No he dicho nada —respondió Lady Agatha.

—Lo pensó.

—Pienso muchas cosas.

—Todas demasiado cerca de mi cabeza.

Lady Agatha sonrió apenas.

Nathaniel se excusó del caballero de las raíces y caminó hacia ellas.

No deprisa.

Nathaniel jamás hacía nada deprisa si podía hacerlo con decoro. A Beatrice le molestaba que incluso acercarse a ella pareciera una decisión organizada.

—Lady Agatha —saludó él—. Señorita Montclair.

—Lord Ashford.

—Lord Ashford —dijo Beatrice.

Hubo una pausa.

No larga.

Solo suficientemente incómoda para que Beatrice sospechara de ella.

—Está rodeado de flores —dijo.

—Eso parece.

—Tenga cuidado. Últimamente significan cosas.

—Intentaré no provocar a ninguna.

—Las flores no necesitan provocación. Son oportunistas por naturaleza.

Nathaniel miró una maceta cercana.

—La horticultura parece más peligrosa de lo que imaginaba.

—Todo es más peligroso cuando Valdoria lo mira.

—Eso es cierto.

Lady Agatha los observó durante un instante y luego volvió la cabeza hacia un grupo de damas.

—Creo que Lady Bellhaven me llama.

Beatrice siguió su mirada.

Lady Bellhaven no estaba mirando hacia ellas.

—No la llama.

—Lo hará en cuanto me acerque.

—Eso no cuenta.

—Cuenta lo suficiente.

Y con esa mentira socialmente aceptable, Lady Agatha se alejó.

Beatrice la vio marcharse con resignación.

—Su madre y mi tía deberían ser vigiladas.

—¿Por conspiración?

—Por eficiencia.

Nathaniel inclinó apenas la cabeza.

—Probablemente sería inútil.

—Eso es lo más preocupante.

Caminaron juntos por un sendero estrecho entre macetas. No estaban solos, no del todo. Había voces al otro lado del vidrio y pasos cerca de la entrada. Pero las plantas altas creaban pequeños rincones donde la conversación parecía menos pública.

(todas las imágenes son creadas por IA)

Beatrice tocó una hoja grande con la punta del guante.

—No entiendo por qué la gente insiste en traer emociones a lugares llenos de flores.

—Quizá las flores hacen que las emociones parezcan más aceptables.

—O más ridículas.

—También.

Ella lo miró.

—Usted está de acuerdo conmigo demasiado esta tarde.

—Estoy intentando no discutir sin necesidad.

—Qué decepción. Yo había venido preparada.

—Puedo discutir si lo prefiere.

—No sea complaciente. Es peor que estar de acuerdo.

Nathaniel sonrió apenas.

Beatrice sintió que esa sonrisa le molestaba menos de lo que debía.

Pasaron junto a una hilera de flores amarillas. Beatrice no sabía sus nombres y se negó a preguntar. Si las nombraba, probablemente empezarían a tener simbolismo.

—No lleva la cinta —dijo Nathaniel.

Beatrice se quedó quieta.

No lo dijo como reproche.

Eso fue lo peor.

Lo dijo como quien nombra el clima.

Como quien nota algo sin exigir que signifique.

—No —respondió ella.

—Está bien.

Beatrice lo miró.

—Esa respuesta es irritante.

—¿Por qué?

—Porque no puedo discutirla.

—No había intención de discutir.

—Exactamente.

Nathaniel bajó la voz.

—La vi reparada la última vez.

Beatrice sintió que los dedos se le cerraban sobre el abanico.

—Naturalmente.

—No he dicho nada sobre eso.

—Lo acaba de hacer.

—Tiene razón.

—Una imprudencia considerable.

—Moderada, espero.

Beatrice volvió a caminar.

—La dejé en casa.

—Lo supuse.

—Visible.

Nathaniel no respondió de inmediato.

Cuando lo hizo, su voz fue más suave.

—Entonces no está escondida.

Beatrice tragó una respuesta ingeniosa.

La tragó porque habría sido una mentira.

—No —dijo—. No está escondida.

Caminaron un poco más.

El aire del invernadero era cálido. Demasiado. Beatrice sintió que los guantes le ajustaban más que de costumbre. O quizá era la conversación. Últimamente las conversaciones con Nathaniel tenían ese defecto: empezaban con flores y terminaban cerca de heridas que ella no había autorizado a mostrarse.

—También dejé una nota en el libro azul —dijo, sin mirarlo.

Nathaniel se detuvo.

Beatrice también.

El sonido de una fuente pequeña llenó el silencio.

—¿Una nota? —preguntó él.

—Provisional.

—Entiendo.

—No, no entiende. Provisional significa que puede desaparecer antes de que usted la encuentre.

—Entonces no la buscaré.

Beatrice se volvió hacia él.

—Eso también es irritante.

—¿Que no la busque?

—Que sea capaz de no hacerlo.

Nathaniel sostuvo su mirada.

—No estoy seguro de ser capaz. Pero no lo haré si no quiere.

Ay.

Beatrice odiaba cuando la honestidad no venía adornada con nada que pudiera arrancarle.

—Usted se contiene demasiado —dijo.

Nathaniel la observó con atención.

—Ya me lo ha dicho.

—No lo suficiente, aparentemente.

—Creí que eso era lo que necesitaba.

—A veces sí.

—¿Y otras veces?

Beatrice apretó el abanico.

La pregunta era sencilla.

Demasiado sencilla.

—Otras veces parece que usa el cuidado como escondite.

Nathaniel no respondió.

Eso fue nuevo.

O quizá no. Quizá era la primera vez que ella lo decía de una forma que no podía desviar con humor.

—No digo que no quiera que me cuide —continuó Beatrice—. Lo hace. Y lo hace bien, lo cual es terriblemente inconveniente. Pero a veces siento que coloca todo lo que desea detrás de una pared de prudencia y luego me pregunta si la pared está a una distancia cómoda.

La boca de Nathaniel se tensó apenas.

No por enojo.

Por reconocimiento.

—Puede que sea cierto.

Beatrice levantó la vista hacia él.

—No esperaba que aceptara tan rápido.

—Tampoco yo.

Un grupo de damas pasó cerca del sendero. Ambos fingieron examinar una planta con hojas anchas hasta que las voces se alejaron. Beatrice tuvo la absurda sensación de que la planta había participado en la conversación.

Cuando volvieron a quedar parcialmente solos, Nathaniel habló.

—No quiero que mi deseo pese sobre usted.

—Lo sé.

—No quiero que sienta que mi paciencia es una estrategia para obtener algo.

—También lo sé.

—Pero quizá tiene razón. Quizá a veces escondo demasiado.

Beatrice sintió que algo se aflojaba en ella.

—No quiero que se vuelva imprudente.

—Menos mal.

—No soportaría tanta novedad.

Él casi sonrió.

—Entonces ¿qué quiere?

Beatrice miró hacia la fuente. Luego a sus manos. Luego a él.

—Quiero saber que, cuando me ofrece espacio, no desaparece usted dentro de él.

Nathaniel recibió la frase como si no hubiera esperado que doliera.

O como si sí.

—No he desaparecido.

—No.

—Pero podría ser más claro.

—Podría.

—Sin exigir.

—Preferiblemente.

—Sin empujar.

—También.

—Sin esconder.

Beatrice lo miró.

—Eso sería un comienzo.

Nathaniel dio un paso más cerca.

No demasiado.

Lo suficiente para que ella pudiera apartarse.

No lo hizo.

—Entonces seré claro —dijo él.

Beatrice sintió que el aire cálido del invernadero se volvía más estrecho.

—Qué alarmante.

—Quiero tomar su mano.

La frase fue tan simple que casi no parecía una confesión.

Casi.

Beatrice miró su mano enguantada.

Luego la de él.

—Eso es bastante claro.

—Sí.

—Y bastante contenido.

—Estoy practicando equilibrio.

—No se ponga orgulloso.

—No lo haré.

Beatrice respiró.

—Puede.

Nathaniel no se movió de inmediato.

Porque era Nathaniel.

Porque incluso el permiso necesitaba ser recibido con cuidado.

Luego extendió la mano.

Beatrice dejó que sus dedos se acomodaran entre los de él.

No fue dramático.

No hubo música.

No hubo vals.

No hubo caída, rumor ni obligación.

Solo su mano en la de Nathaniel, firme y cálida incluso a través del guante.

El gesto tenía algo distinto de todos los anteriores. No era rescate. No era corrección. No era sociedad mirando y ellos fingiendo que no importaba.

Era deseo.

Pequeño.

Claro.

Permitido.

Nathaniel bajó la mirada a sus manos un instante.

—No la estoy atrapando —dijo.

Beatrice sintió que se le ablandaba algo en el pecho.

—Lo sé.

—Pero tampoco estoy escondiendo que quería hacerlo.

Ella levantó los ojos.

—Bien.

La palabra fue pequeña.

Pero no débil.

Nathaniel sonrió.

No mucho.

Solo lo suficiente para arruinarle a Beatrice cualquier posibilidad de mantener una expresión plenamente severa.

—Se nota —dijo ella.

—Lo temía.

—No se ponga satisfecho.

—Estoy intentando no hacerlo.

—Fracasa.

—¿Moderadamente?

—Cada vez menos.

Antes de que Nathaniel pudiera responder, una voz alegre resonó detrás de una hilera de helechos.

—Sabía que el invernadero escondería algo interesante.

Beatrice cerró los ojos.

Nathaniel no soltó su mano.

Eso fue importante.

No la apretó.

No la exhibió.

Solo no la soltó como si hubieran sido sorprendidos cometiendo un delito.

Sebastián apareció entre las plantas llevando un cactus pequeño en una maceta.

—¿Por qué tiene un cactus? —preguntó Beatrice.

Sebastián lo miró como si acabara de recordar que estaba allí.

—Lo he rescatado.

—¿De quién?

—De una mesa llena de flores dramáticas. Parecía moralmente solo.

Nathaniel suspiró.

—Sebastián.

Sebastián miró sus manos unidas.

Luego al cactus.

Luego otra vez a sus manos.

—Ah.

—No —dijo Beatrice.

—No he dicho nada.

—Ese “ah” traía discurso.

—Lo estoy reduciendo por respeto al cactus.

Nathaniel soltó una risa baja.

Beatrice lo miró con sorpresa.

—No lo anime.

—Lo siento.

Sebastián avanzó un paso.

—Debo decir que el cactus aprueba.

—El cactus no tiene opiniones —dijo Nathaniel.

—Eso cree usted porque nunca lo ha escuchado con el corazón.

Beatrice miró la planta.

—Tiene aspecto de saber guardar secretos.

—Exactamente —dijo Sebastián—. A diferencia de Lady Harcourt, que en este momento busca a ambos cerca de las camelias.

Beatrice enderezó la espalda.

—¿Lady Harcourt viene hacia aquí?

—Con pañuelo y propósito.

Nathaniel miró a Beatrice.

—Podemos movernos.

Ella fue consciente de sus manos aún unidas.

Podía soltarlo.

Podía dar un paso atrás.

Podía fingir que nada había ocurrido.

No lo hizo.

—No —dijo.

Sebastián levantó las cejas.

—Oh.

—No diga “oh”.

—Era un “oh” pequeño.

—Los “oh” pequeños crecen si se los alimenta.

Nathaniel miró sus manos y luego a ella.

—¿Está segura?

Beatrice respiró hondo.

Lady Harcourt podía mirar. Valdoria podía interpretar. Prudence podía opinar. Sebastián podía escribir una epopeya botánica con cactus incluido.

Pero eso no cambiaba el hecho sencillo de que ella había permitido que Nathaniel tomara su mano porque quería.

—No estoy segura de muchas cosas —dijo—. Pero no voy a soltarlo solo porque alguien podría mirar.

Nathaniel se quedó quieto.

Sebastián, por una vez, pareció entender que no debía convertirlo en chiste.

Duró poco.

—El cactus está profundamente conmovido —susurró.

—Sebastián —dijeron los dos al mismo tiempo.

—Maravilloso. Coordinación manual y verbal.

Lady Harcourt apareció al final del sendero.

Se detuvo.

Vio sus manos.

Vio el cactus.

Su rostro atravesó tres emociones distintas antes de elegir la más poética.

—Oh, queridos.

Beatrice alzó la barbilla.

—Es un cactus, Lady Harcourt. No se emocione demasiado.

Lady Harcourt se llevó el pañuelo al pecho.

—A veces las plantas más severas protegen los sentimientos más tiernos.

Sebastián miró el cactus.

—Me siento validado.

—No debería —dijo Nathaniel.

Beatrice apretó los labios para no reír.

Lady Harcourt dio un paso más, mirada fija en sus manos.

—Qué imagen tan…

—Botánica —cortó Beatrice.

—Iba a decir conmovedora.

—Por eso intervine.

Nathaniel no soltó su mano.

Beatrice lo notó.

Lady Harcourt también.

Por una vez, Beatrice decidió no defenderse.

No explicó.

No desmintió.

No convirtió el gesto en accidente.

Solo sostuvo la mano de Nathaniel y miró a Lady Harcourt con la dignidad de una mujer que no pensaba entregar a nadie la autoridad de nombrar lo que todavía estaba aprendiendo a entender.

—Lord Ashford estaba siendo claro —dijo.

Nathaniel volvió la cabeza hacia ella.

Sebastián bajó la mirada al cactus, como si incluso él entendiera que debía fingir discreción.

Lady Harcourt parpadeó.

—¿Claro?

—Sí. Es una costumbre molesta, pero ocasionalmente útil.

Nathaniel sonrió apenas.

Lady Harcourt suspiró.

—Qué hermoso.

—No.

—Pero…

—No.

Sebastián levantó el cactus.

—¿Puedo sugerir que dejemos el poema para la planta?

—No —dijeron Beatrice y Nathaniel.

Lady Harcourt, decepcionada pero inspirada, se retiró murmurando algo sobre espinas y corazones.

Cuando quedaron nuevamente solos, o tan solos como se podía estar con Sebastián y un cactus presente, Beatrice miró a Nathaniel.

—Bien.

—¿Bien?

—Fue claro.

—Ah.

—No diga “ah”. Eso es asunto de mi tía.

—Entonces diré que me alegra.

—Muy suyo.

—Sí.

Sebastián los observó.

—Debo admitir que esto ha sido inesperadamente maduro.

Beatrice lo miró.

—No abuse de palabras grandes.

—Eso mismo me dijo Lady Agatha una vez.

—Era una mujer sabia.

—Lo sigue siendo. Me evita siempre que puede.

Nathaniel soltó finalmente la mano de Beatrice.

No demasiado rápido.

No demasiado tarde.

Solo lo suficiente para que el gesto terminara sin negarse.

Beatrice sintió la ausencia inmediatamente.

Qué fastidio.

—Tendré que devolver el cactus —dijo Sebastián.

—Creí que lo había rescatado —dijo Beatrice.

—Sí, pero temo estar desarrollando apego, y mi hermano no puede manejar dos historias románticas a la vez.

Nathaniel lo miró.

—No hay historia romántica con el cactus.

—Eso dirías tú. Él tiene una mirada intensa.

Beatrice rio.

Nathaniel la miró.

Y en esa mirada había algo nuevo.

No más fuerte que antes.

Más claro.

Eso, pensó Beatrice, era exactamente lo que había pedido.

Y, como muchas cosas que una pedía sin medir las consecuencias, resultaba mucho más peligroso recibido que imaginado.

Más tarde, al regresar a casa, encontró la cinta verde sobre el tocador.

Visible.

Reparada.

No la tomó.

Solo la miró.

Aquella tarde no la había usado.

Pero había tomado la mano de Nathaniel en un invernadero lleno de flores, testigos y un cactus filosófico.

Tal vez, pensó, las elecciones no siempre necesitaban llevarse en el cabello.

A veces podían sostenerse en la mano.

Y a veces, si una era particularmente imprudente, podían sostenerla de vuelta.

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