Natalia Serrano ha estado casada con Damián Santillán durante tres años. Un matrimonio construido por medio de un contrato con su familia y aunque durante ese tiempo, ella creyó que Damián podría llegar a amarla, estaba equivocada.
Con el regreso de Jimena, el primer amor de Damián, este solo muestra preferencias hacia ella sin importarle el dolor que causa en Natalia. Pero, justo cuando Natalia decide que ya no puede más y decide darle su libertad, Damián se niega a dejarla a ir, pero, aun así, no le da su lugar, sigue siendo frío, hiriente y le da el favoritismo a Jimena. ¿Qué es lo que realmente quiere Damián de ella?, ¿Por qué seguirla atando a un matrimonio que la hace sufrir?
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Capítulo 11
Capitulo 11
La fiebre llego antes del amanecer.
No recuerdo haberme metido a la cama. Recuerdo el piso frio, la garganta rota, el sonido del mar entrando por la ventana como si el mundo siguiera siendo hermoso aunque yo no pudiera levantarme.
Vale fue quien me encontró.
--Nati. Nati, abre los ojos.
Su voz estaba lejos.
Luego cerca.
Luego llena de miedo.
Cuando desperté de verdad, estaba en una clínico privada de Huatulco. Una bolsa de suero colgaba junto a mi cama. Vale me sostenía la mano. Adrián caminaba de un lado a otro con una furia que no sabia donde poner. Santiago revisaba mi temperatura.
--¿Qué paso? --pregunte.
--Te deshidrataste y te dio fiebre --dijo Santiago--. Nada grave si descansas. Muy grave si sigues fingiendo que no te pasa nada.
Vale apretó mi mano.
--¿Él fue?
No respondí.
No hacia falta.
Adrián se detuvo.
--Voy a matarlo.
--No.
Mi voz salió débil, pero alcanzo.
El me miro con los ojos oscuros.
--Natalia.
--No quiero mas pleitos.
--No es pleito. Es justicia familiar.
--Adrián, por favor.
Algo en mi tono lo freno.
Se acerco, me acomodo el cabello con una torpeza dulce.
--Estoy aquí.
La frase me atravesó.
Porque era simple.
Porque no pedía nada.
Porque no venia con contratos, culpas, gatos enfermos ni mujeres llorando en el pasillo.
--Lo odio --susurre.
Adrián me beso la frente.
--Esta bien.
Vale me miro como si quisiera llorar conmigo y golpear a alguien al mismo tiempo.
--Tú no eres difícil de querer, ¿me oyes? El problema es que ese idiota confunde amar con poseer.
Cerré los ojos.
--Me dijo que se canso de mi.
El cuarto se quedo quieto.
Vale soltó una grosería tan baja que casi fue una oración.
--Y que no le llego ni a los talones a Jimena.
Adrián se aparto.
--Ahora si voy.
--No.
--Nati...
--No quiero que nadie lo busque.
Me salieron lagrimas sin fuerza.
--Solo quiero que se acabe.
Nadie dijo nada.
Eso fue lo mas parecido al respeto que había sentido en días.
Cuando volvimos al hotel, Vale no me dejo sola. Pidió una sopa, me obligo a tomar medicina y se sentó en la orilla de la cama con el celular en la mano.
--Voy a llamarle.
--No.
--Si.
--Vale.
--No voy a decirle lo de anoche si no quieres. Pero si voy a decirle que casi te manda al hospital otra vez.
No tuve fuerzas para detenerla.
Marco.
Damián contesto rápido.
--¿Natalia?
Vale sonrió sin alegría.
--No, desgraciadamente para ti, soy yo.
El tono de el cambio.
--Valeria.
--Escúchame bien, Damián Santillán. No se que hiciste, no quiero saberlo porque si lo se tal vez tomo un vuelo a Ciudad de México solo para romperte la cara. Pero Natalia paso la noche con fiebre, llorando hasta quedarse sin voz. ¿Eso querías?
Silencio.
--¿Qué tiene?
--Tiene un esposo de porquería. Eso tiene.
--Pásamela.
--No.
--Valeria.
--No tienes derecho a dar ordenes aquí.
Vale colgó.
Yo la mire.
--Te va a odiar.
--Que tome turno.
Quise reírme, pero me dolió la garganta.
Dormite, dijo ella.
Y por primera vez en mucho tiempo obedecí sin miedo.
Cuando desperté, el sol ya estaba alto. Tenia la cabeza pesada, pero menos fiebre. En la mesa había caldo, medicinas y el folder blanco del convenio.
Lo abrí.
Mi firma estaba ahí.
Limpia.
Decidida.
Le tome una foto y se la mande a Damián.
No escribí mucho.
Solo:
[Firma cuando puedas. No quiero esperar más.]
El mensaje quedo en visto.
Durante largos minutos no paso nada.
Luego entro su llamada.
No conteste.
Volvió a llamar.
Tampoco.
A la tercera, apague el celular.
El silencio que siguió no fue paz.
Pero se parecía.